Capítulo 1 #3
—Señor, me da vergüenza todo esto. No me atrevería a pedir nada, y menos cuando yo entré gracias a Mischa.
Pero ella sí es perfecta —las lágrimas me nublaron los ojos—.
Mia fue más que una niñera. Me cuidó como nunca lo hicieron mis padres.
Siempre estuvo ahí, de forma incondicional.
Y cuando tuve un problema importante de dinero, vendió su escuela solo para ayudarme.
Y ahora está en Nueva York aceptando trabajos mal pagados, intentando salir adelante; por eso sería fantástico que pudiera postularse como los demás.
Davenport estiró el brazo y apretó mi hombro con un gesto afectuoso que me agradó.
—Avisadla para que coja un vuelo y esté mañana aquí para la entrevista. No puedo prometer nada más.
Mischa y yo asentimos, satisfechas. Ella se puso de pie y abrazó a Davenport con fuerza.
—Eres el mejor. Y por eso he pensado… ¿te apetece venir a cenar esta noche a casa? Kai cocina y tú sabes que no hay plato que se le resista. ¿Qué dices?
Me aparté un par de pasos para dejarles su momento y me adentré en el túnel, sacando el móvil. Busqué su nombre y presioné llamar.
Cuando Mia respondió, el alma se me cayó a los pies.
Llevaba un uniforme de limpieza, guantes de goma y un carro lleno de productos a su lado, en uno de los muchos locales nocturnos que adecentaba durante el día.
—Cariño, ¿cómo estás? ¿Ya has firmado? Eso que veo… ¿es el estadio? —acercó un poco más la cara a la pantalla.
—Sí, Mia. He firmado —respondí con una sonrisa débil—, aunque no te llamo por eso.
Volteé un poco el móvil, enseñándole el espacio a mi alrededor.
—Aquí tienen una vacante para trabajar con los hijos de los jugadores. No es exactamente una guardería, pero se ocupan de ellos en los entrenamientos y partidos. Mañana te van a hacer una entrevista. En un rato te compro los billetes, coges un vuelo y traes tu culo hasta aquí.
—Kels, cariño, tengo mucho trabajo. No puedo faltar. Aunque te lo agradezco.
—No. Esta es una oportunidad única. Es lo tuyo, Mia, lo que te hace feliz. Y yo voy a vivir aquí ahora; vamos a estar lejos. Te necesito. Siempre te necesito.
Suspiré, sabiendo usar justo ese tono que la ablandaba.
—Y oye, si te dan el puesto, viajaremos juntas con el equipo. ¿No crees que merece la pena intentarlo?
Mia se llevó una mano a la frente, negando con una sonrisa cansada.
—Ay, cariño, por ti todo merece la pena. Está bien, mándame el billete.
—¡Síííí! —solté un gritito ahogado—. Contigo aquí todo será mejor.
Seguía en videollamada, caminando por el túnel del estadio sin mirar al frente, demasiado ensimismada en la cara de Mia. Ni escuché las cuchillas sobre el hielo ni las pisadas acercándose. Nada.
Hasta que choqué de lleno contra algo duro. Muy duro.
El golpe me arrancó un quejido. Mi móvil casi salió volando de mis manos.
—¿Kels? —alcancé a oír a Mia, pero mis dedos ya estaban buscando el botón de colgar en un acto reflejo. La llamada se cortó bruscamente, sin despedida.
Y entonces lo sentí.
Un torso.
Caliente.
Firme.
Demasiado familiar.
Mis manos estaban apoyadas en él, como si hubieran decidido sobrevivir aferrándose a esa pared humana. Ese muro.
Ese muro con nombre y apellido.
Juraj Novák.
Su mano estaba en mi cintura, sujetándome con una seguridad irritante, como si yo fuera quien había perdido el equilibrio. Vale, sí, lo había perdido un poco, pero no se lo iba a reconocer.
Cuando levanté la vista, él ya me estaba observando.
Esa mirada suya. Esa mirada que me erizó la piel, me sacudió y me enfureció a la vez. Ámbar intenso, como bourbon viejo: cálida, seductora y peligrosa.
Mi corazón dio un salto que me negué en redondo a admitir.
—Vaya, mira quién nos honra con su presencia, la princesa de los followers .
Perfecto. Ya había empezado.
—Suéltame, idiota —gruñí, intentando separarme.
Sin embargo, él no se movió. Al contrario: bajó la cabeza, acercándose a mi oído. Tuve que cerrar los ojos un segundo porque aquello me puso más nerviosa de lo que quería.
—Por lo que veo, Seattle te gustó tanto que hasta has decidido dejar tu castillo perfecto de la Gran Manzana —arrastró las palabras—. Esta ciudad es más divertida. Aunque eso tú ya lo sabes.
Eso.
El subtexto.
El pasado.
El maldito error… o errores.
Lo empujé con toda la rabia acumulada. Esta vez sí se dejó mover un paso atrás, sonriendo como si yo fuera un chiste.
—No tienes ni idea de por qué estoy aquí —espeté—. Pero si las circunstancias no me obligaran, jamás cambiaría Nueva York por Seattle. Odio esta ciudad.
No hablaba de ciudades. Y él era muy consciente de ello. Ese era el problema: siempre sabíamos exactamente de qué hablábamos, aunque usáramos cualquier excusa para no nombrar lo sucedido.
Juraj dio dos pasos lentos hacia mí. Dos pasos enormes, porque él era enorme. Terminó de nuevo demasiado cerca, su pecho rozando el mío. Su sombra cubriéndome. Su calor pegado a mi piel.
Pero yo no retrocedí.
Nunca retrocedía con él.
Ese era mi error.
—Para no gustarte la Costa Oeste —murmuró—, la visitas mucho. Y la disfrutas aún más.
—Ni te imaginas lo que a mí me hace disfrutar de verdad, idiota arrogante —bufé.
Sus ojos chispearon.
Maldita sea.
—Así que soy arrogante —bajó la voz.
Su mano volvió a mi cintura, empujándome con firmeza contra una de las paredes del túnel—. Idiota también.
Bajó la cabeza, tan cerca que pude sentir su aliento en mis labios.
—Pero uno que te vuelve loca.
Su dedo enguantado rozó mi labio inferior. Un roce que me congeló y me incendió al mismo tiempo.
Negué con la cabeza; sin embargo, ni una palabra salió de mi boca.
Como siempre.
Con él, mi mente se rendía por completo, dejando solo ese sentimiento prohibido que ni quería reconocer ni me atrevía a nombrar.
—¡Juraj!
Una voz femenina rompió el momento de golpe.
Yo respiré de repente, como si me hubieran sacado de un trance.
Él entrecerró los ojos, molesto.
Lo separé de un empujón —esta vez él no se resistió— y giré la cabeza.
Zoey.
Perfecto.
Justo lo que necesitaba: que Recursos Humanos me viera pegada a un jugador dos minutos antes de empezar mi trabajo.
La expresión de ella era un poema. No de los bonitos.
—Te he traído los documentos que pidió tu agente —indicó ella, dulce como el veneno.
Juraj la miró con un desprecio que casi me dio vergüenza ajena.
—A ver, no entiendo —respondió, seco—. ¿Vienes hasta aquí para darme algo que yo no he pedido? ¿Esa es la excusa de hoy? ¿Cuál será la de mañana?
El rostro de Zoey se desmoronó: primero, decepción; luego, algo mucho más doloroso; y, finalmente, cuando me miró, odio puro.
Oh.
Oh.
Vale.
Eso explicaba muchas cosas.
Juraj se giró hacia mí, ignorándola por completo, como si ya hubiese terminado la conversación con ella.
—Bienvenida, princesa de los followers —murmuró, pasando su mano enguantada por mi mejilla antes de sonreír con esa arrogancia que siempre me había sacado de quicio—. Va a ser entretenido tenerte por aquí.
Y se fue.
Así.
Como si nada.
Como si no acabara de empotrarme contra una pared para recordarme… no sé qué exactamente.
Ya sola, me dejé caer contra el muro, agotada, con el corazón desbocado y la cabeza hecha un desastre.
Juraj Novák iba a ser mi mayor reto.
Y yo acababa de perder la primera batalla sin siquiera darme cuenta.