Contra ti (Becados y dioses 2) Capítulo 49
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Capítulo 49

D ORIAN

Estaba peor de lo que pensaba. Tenía un gran trauma por lo de mi padre, que me había hecho creer que no merecía ser feliz.

Y que además era un ser horrible por desear la muerte a un familiar.

Esto lo sabía, pero, joder, costó. Costó quitarme esa culpa, esos negros pensamientos.

En el fondo miraba a mi abuelo y sentía que yo sería así.

Hasta que Abbi llegó y todo cambió, vio algo bueno en mí.

Algo floreció en mi pecho, pero lo vivido me dejó roto.

Tenía que hacer las paces conmigo mismo, con mi madre y con un pasado que no podía cambiar.

Tenía que ser algo más que el chico amargado que odia a todo el mundo y que es claramente un capullo.

Aún recuerdo ese primer encuentro con mi madre tras tantos años, al salir del hospital. Estaba al lado de un coche y la prensa hacía fotos de todo. Porque esta historia ha dado la vuelta al mundo. Sonrió y me tendió un ramo de flores.

—No sé si te gustan...

Recordé aquel ramo que le entregué de niño y que rompió.

—¿Y a ti?

—Me encantan. —Sus ojos se llenaron de lágrimas y comprendí que esa historia que recordaba tenía dos caras.

Entré al coche y ella vino conmigo. El chófer nos llevó lejos, a donde iba a estar internado para sanar.

—Te quiero mucho, Dorian, no he estado lejos de ti nunca y no voy a estarlo ahora. Si hubieras mirado las postales...

—No podía. Igual que ahora no puedo con nada más.

—Lo sé. —Me cogió la mano con dudas y apretó mis dedos—. No tengo prisa. Tal vez un día pueda ser lo que más he deseado siempre: tu mamá.

Sentí el peso de las lágrimas en los ojos y supe que yo también había deseado siempre eso. Tener una madre, una madre de verdad.

Todos los dioses fueron a la cárcel, pero yo no porque en realidad nunca hice nada.

Solo me quedaba allí mirando, asqueado por ser parte de aquello.

Pero ni uno solo de los becados tenía nada contra mí.

Incluso ayudé a varios. No solo a Abbi, con ella fue especial, pero llevaba años cuidando de los becados y de los trabajadores de nuestra casa.

Aunque me habían lavado el cerebro para hacerme creer que hasta eso era un acto egoísta y todo porque, cuando mi abuelo vio mi potencial, quiso hacerme como él.

No lo consiguió con mi padre. Pero yo iba a ser mejor. Su legado.

Ahora está encerrado en la cárcel junto a sus amigos.

La verdad solo tiene un camino y nunca debieron hacer eso. Las novatadas nunca deberían estar bien vistas. No se debería mirar hacia otro lado cuando hay personas que sufren ante tales abusos.

Uriel no está en la cárcel, él no tenía nada que ver con ese lugar.

Pero al saberse la verdad de cómo trató a sus hijos y nietos, la gente dejó de comprar sus productos y está en bancarrota.

Y todos lo han abandonado. Ahora vive en un asilo con lo que le queda.

Con lo mucho que le gustaba el dinero, perderlo todo para él es como haber ido a la cárcel.

Al menos ya no podrá hacer daño a nadie más.

Mina y Marvin eran aliados del abuelo de Abbi, que les pagó mucho dinero para que le informaran de todo lo que hacía su nieta. Mina también informaba a Idelia y sacaba más dinero. Se les ha acabado el chollo porque el dinero recibido eran pagos ilegales.

No he dejado de pensar en Abbi. También he leído mucho y en cada uno de los libros le he dejado notas y postales de las ciudades que he recorrido sin miedo a que mi abuelo me encontrara o sin tener que ser alguien que no soy.

He recorrido el mundo buscándola en cada actuación del circo de su abuelo, al que acudí por primera vez por si conseguía verla.

Fui con mi madre y resultó raro disfrutar de algo tan cotidiano a mi edad; ella estaba emocionada y compró de todo en el bar, palomitas y perritos.

Pero Abbi no estaba allí. Pensé preguntar a su familia por ella, pero el circo de su abuelo ahora solo es una franquicia.

Han vendido la marca y hay varios circos por todo el mundo que presentan sus espectáculos.

De dónde está el gran Hadrian no se sabe nada.

—La encontrarás —me dijo mi madre con la boca llena de palomitas.

Me recordó a Abbi y me pregunté si esa luz, esa sonrisa, fue lo que enamoró a mi padre.

Pero él no supo decir basta. No supo curarse y todo le vino grande.

Me pregunto si eso también me habría pasado a mí si hubiera forzado las cosas con Abbi.

Si al final todos los cabos sueltos nos hubieran ahogado.

—Lo sé —respondí a mi madre.

Tuve que cambiar mi número de móvil porque la prensa me acosaba y les di a su hermano y a Dafna el nuevo número. Ellos tampoco saben nada. Pero la pienso encontrar. Cueste lo que cueste. Esté donde esté y, mientras, le contaré todo entre libros de mitos y leyendas.

Me he cambiado de carrera, voy a estudiar Filología, que, entre otras cosas, estudia la mitología. Dudé entre esa y Criminología, pero al final me decanté por la que más me gusta a mí ahora. Empiezo en unas semanas y estoy de verdad emocionado con estudiar algo que sí me gusta.

—Entiendo que duermas en la casa de estudiantes..., pero he cogido un piso cerca —me dijo mi madre mientras hacía la maleta en el hotel donde estábamos alojados.

No se ha separado de mí. Cuando estuve en el centro para recuperarme de mi ansiedad venía cada día y me traía siempre algo: flores, un dulce. Un huevo Kinder. Eso me hizo mirarla divertido.

—¿En serio, mamá?

—Te parecerá una tontería, pero nunca pude regalarte uno de niño.

—Sus ojos se llenaron de lágrimas y entendí todo por lo que había tenido que pasar.

Se me rompió el alma. Me acerqué y la abracé.

Lloró en mis brazos, parecía muy pequeña porque nunca tuvimos el placer de poder abrazarnos cuando era ella la que me habría podido cubrir con su cuerpo.

—Anda, vamos a montar esta chorrada juntos. —Se rio y compartimos el huevo mientras montábamos el animal que nos había tocado, un lobo. Me recordó la historia que me contó Abbi del lobo encadenado. Al fin yo había roto mis cadenas y había sido más fuerte que mis captores.

Miré a mi madre mientras hacía la maleta para irme a la universidad y le dije:

—Me gusta tenerte cerca.

—Me alegro... Te quiero.

—Y yo a ti. —Vi la sorpresa en sus ojos—. Es hora de que vivas tu vida, mamá.

—Contigo cerca, todo me parece posible ahora.

Llego a mi residencia de estudiantes tras dejar a mi madre en su nuevo piso cerca de aquí y suelto las cosas en el cuarto.

Hay maletas de alguien. No les hago caso y subo a la azotea.

Me preocupé de buscar una residencia que tuviera una.

Porque si encuentro a Abbi, quiero traerla a ver el atardecer.

Subo con la mirada fija en la barandilla.

—Me tapas el sol. —No puede ser.

Me giro y veo a Abbi, que esta vez no está al revés. Está sentada con las piernas cruzadas y me mira con una amplia sonrisa. Lleva el pelo más largo. Tiene mejor color de cara. Sus ojos brillan como la primera vez que la vi, cargados de vida y sueños.

Nos miramos a los ojos y, tras tantos meses, esto no parece real.

Estoy temblando.

Si es un puto sueño, por favor, que nadie me despierte.

—Orfeo quiso rescatar a su mujer de los infiernos y solo tenía que evitar mirarla antes de salir de allí, pero se giró, solo una vez, solo un error, y la perdió para siempre.

—A veces un solo error basta para perdernos para siempre.

—Sí, eso creo yo. —Sonríe—. Vamos a estudiar la misma carrera. —Lo que me revela que sabía que yo estaría aquí—. Pero voy a ser mejor que tú.

Me acerco y me pongo frente a ella. Feliz como no recuerdo haberlo sido nunca, porque la carga que llevaba sobre mis hombros ya no está. Y, aunque mi corazón está lleno de tiritas, al fin soy libre de amar con fuerza a quien quiera y a la vida.

—Lo dudo, tú solo eres una simple becada y yo un puto dios. —Se ríe y se levanta para tirarse a mis brazos.

—Lo mejor de la historia de Eros y Psique es que al final se apiadaron de ellos y los dejaron vivir juntos para siempre.

—Como iguales. —Nos miramos a los ojos y cuento las catorce motas de su iris, no he olvidado ni una. Tampoco las pecas que tiene en sus mejillas—. Nunca fui mejor que tú.

—Lo sé. Pero eres mi reto. Mi reto para superarme. Y yo el tuyo. —Apoyo la frente en la suya.

—¿Cómo sabías que estaría aquí?

—Mandas mensajes a Dafna para contarle todo y ella me los reenviaba a mi perfil de redes por si quería saber de ti.

Me costó más de lo que creía dejar de tener miedo.

—Lo veo en sus ojos—. Y no quería tenerte delante y volver a un pasado horrible.

Quería mirarte y ver solo un futuro a tu lado.

Cuando estuve lista lo preparé todo para coincidir contigo.

Esperaba que subieras a la azotea, que quisieras buscarme en este nuevo atardecer lleno de historias por contarnos juntos.

—Cada día, Abbi, es nuestra hora mágica.

Sonríe y acerco mis labios a los suyos. Nos besamos y el beso sabe a futuro. No dejamos de besarnos por todos los meses separados. Andamos hasta mi cuarto y tiro de su ropa y ella de la mía. Se le llenan los ojos de lágrimas al tocar la cicatriz del disparo.

—He aprendido a olvidar lo que me duele y aprender de lo que me hirió.

—Yo también —respondo y se alza y cruza sus piernas en torno a mis caderas.

Caemos sobre una de las camas ya sin ropa y entro en ella con fuerza. No tengo dudas de que no ha habido nadie. Lo veo en sus ojos, lo siento en cada caricia. Ella es mía y yo sigo siendo todo suyo.

Y confío en ella para saber que si no tomara la píldora me avisaría.

Salgo y entro en ella con fuerza sin dejar de besarla, de beber de ella. De sentir sus manos en mi espalda. No dejo de moverme hasta que nos corremos juntos. Apoyo la cabeza en el hueco de su hombro y nos quedamos quietos.

—Como entre mi compañero va a verme el culo.

—Como si eso te hubiera importado alguna vez, Dorian. —Sonrío y la miro—. Y no le importa. Soy yo.

—¿Qué dices?

—Este lugar es mixto. Y moví mis hilos. Vamos, que pagué para que me dejaran estar contigo.

—Aprendes rápido. —Sonríe y la veo feliz, más feliz que nunca—. ¿Qué planes tienes para mañana?

—Recorrer la ciudad. ¿Te apuntas?

—Por supuesto.

Dormimos juntos sin soltarnos y cuando al día siguiente recorremos la ciudad lo hacemos de la mano. Sin miedo a que alguien nos vea. Nos besamos en cada esquina y nos contamos cientos de cosas mientras andamos. Comemos comida basura y vemos el atardecer juntos.

—Te mentí, nunca quise ser una sirena. —Me río.

—Ya lo sé. Y no me importa.

Toca mis ondas y me acaricia las mejillas como si quisiera memorizarme para siempre.

—Te amo, Dorian, ¿lo sabes?

—Lo sé y me lo creo.

Su sonrisa se hace más amplia y nos miramos sabiendo que somos un par de corazones con cientos de remiendos que al fin miran al futuro con ganas de comerse el mundo y de soñar que la magia existe. Al fin y al cabo, todo existe si crees y yo creo en nosotros. Por y para siempre.

Tal vez esa historia del hilo rojo sea cierta porque habla de destino y antes no creía, pero ahora sí.

Habla de personas que, por mucho que se alejen, siempre encontrarán la forma de estar juntas.

Ella siempre fue mi destino. Mi Psique, con la que encontré la fuerza de amar a pesar de la oscuridad que me rodeaba y que me dio la fuerza para enfrentarme a los mismísimos dioses que habían jodido mi vida.

Me dio la fuerza para amar y amarme.