Contra ti (Becados y dioses 2) Capítulo 47
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Capítulo 47

D ORIAN

Observo a mi madre y no sé qué pensar. Mi abuelo está rojo de ira y va contra mi madre, pero Kiefer le pone una pistola en la nuca y le dice que se detenga. Mi madre me mira y veo dolor en sus ojos. Me separo de Abbi agitado, nervioso y sin saber cómo tomarme todo esto.

Mi abuelo mira a mi madre.

—Llevo años trabajando con la policía para conseguir esto —dice Kiefer—, una confesión, pero para obtenerla teníamos que hacer que Uriel saliera de su escondite y os hiciera perder los nervios a todos porque él sabía la verdad, estaba en su mente.

Abbi nos dijo que venir le hacía daño, pero que vendría si veía cerca el triunfo.

Mi madre me mira con tristeza.

—Os han usado, chicos..., yo no quería intervenir en esa parte, pero ellos insistieron en que vuestra historia de amor forzaría las cosas y haría que Uriel se implicara más si veía que su plan maestro se ponía en riesgo.

Miro a Abbi, que mira a su hermano. Este aparta la mirada y Dafna también.

—¿Nos puede decir alguien qué pasa aquí? —Voy hacia ellos.

—Pasa que este lugar estaba apestado, pero el dinero hacía imposible que se supiera la verdad y era casi impenetrable —añade Dafna—.

Lo siento, Abbi, Dorian, pero tras lo que le pasó a mi hermana quise llegar hasta el final.

Y mi cuñado también. Soy una policía infiltrada y cuando Dorian nos entregó el ordenador pudimos infiltrar a más gente.

—Mira a los que yo creía que eran becados.

Nunca los había visto, pero tampoco miraba mucho a la gente antes de Abbi, por eso no le di importancia.

Recuerdo lo del bosque, cómo encontró a Abbi, y todo cobra sentido. Ella está entrenada para esto.

—Costó entrar aquí, pero lo logré. Kiefer sabía quién era su hermana y por eso me acerqué a ella sabiendo que podría serme de ayuda.

—¡Casi me matan!

—Han matado a gente antes. No solo a mi tío abuelo.

—Dafna nos mira fría—. Hicieron lo de las putadas, no para que los descendientes de Uriel no ganaran, sino porque disfrutaban del dolor de otros y pasaron eso a sus descendientes.

Por eso nunca movían un dedo. Lo que hacíais era su legado.

¡Su legado de ricos aburridos que jugaban a ser dioses y huir de la justicia a golpe de dinero!

—Para ellos siempre fuimos peones —dice mi madre.

Me mira y sé que quiere que la crea. Que vea la verdad en sus ojos. Aparto la mirada porque ahora mismo todo esto me supera.

—Por eso tú seguiste con eso —añade Abbi mirando a su abuelo—. Porque tú también querías jugar a ser un dios. Como hace años. Llevarnos a todos al límite era algo placentero para ti.

Nelson no lo niega, dejando claro que es cierto. Que joder a sus descendientes le daba placer.

—Hice de ti una mujer de provecho...

—¡Me has jodido la vida! ¡Estoy hecha una mierda! Esto me va a dejar secuelas. —Abbi va hacia él, pero la detienen.

—Este lugar apesta y con esto conseguiremos una orden para registrarlo de arriba abajo —dice Dafna—. Y que se haga justicia. Y si alguien mató a alguien..., lo pagará caro. —Idelia se pone pálida y me da que va a pasar mucho tiempo en la cárcel.

Entonces ocurre algo que no espero. Hermes le roba la pistola a mi guardaespaldas y nos apunta a todos con ella.

—No pienso caer con todo esto.

—Tenemos vídeos tuyos tratando de violar a Abbi, yo que tú bajaba el arma —le dice Dafna apuntándole con su pistola.

—No, ese no era yo. Estaba drogado..., algo inventaremos. ¿Verdad, papá? —Su padre lo mira con asco y Hermes le dispara a la cabeza.

Abbi grita y la pongo detrás de mí.

Hermes me apunta y pienso que me va a disparar. Acaba de matar a su padre a sangre fría.

—Todo iba muy bien hasta que ella llegó y tú sentiste que necesitabas algo más.

Antes de que pueda disparar, Dafna le mete un tiro en la mano.

Suelta la pistola y esta cae al suelo con tan mala suerte que un tiro errado me da en el pecho.

Veo cómo atrapan a Hermes y le ponen las esposas. Él me mira y ve la sangre, pero nadie más se ha dado cuenta de que estoy herido. Me llevo una mano al pecho. Y noto cómo la sangre me moja. Abbi grita al verla.

—¡Así no era la historia! —grita cuando caigo de rodillas—. ¡Eros era inmortal! ¡Ellos vivían para siempre en el Olimpo! —Le acaricio la mejilla—. ¡No puedes dejarme! ¡No existe Eros sin Psique! No existo yo sin ti.

Le toco la cara mientras gritan a Abbi que se aparte. Ella grita que no, pero la cogen y de nuevo nos separan sin comprender que si este fuera mi último suspiro querría hacerlo sobre sus labios.

Todo se torna negro mientras escucho que todo ha acabado.

Tal vez sí, tal vez todo haya acabado para mí siendo solo un esclavo de la mente enfermiza de un hombre que jugó con sus amigos a ser dioses hasta que los bajaron del Olimpo para vivir entre rejas como meros mortales.