Capítulo 41 #2
—Luego la puerta se atascó y, bueno, ha palmado, una zorra menos. ¿Vas a por una pala? —le dice a Hermes, y por cómo lo dice siento que esto no es la primera vez que pasa—. Como si fuera la primera becada que se pierde en este lugar.
Su frigidez me da escalofríos. Levanto la camiseta de Abbi y le hago un masaje cardiaco para traerla de vuelta. No quiero entrar en pánico o dejarme llevar por el miedo. No quiero siquiera pensar que ella deje de existir en este mundo.
Acerco mi boca a la suya y le doy mi aire. Siento que ahora mismo podría darle hasta mi vida por verla sonreír de nuevo. No funciona, aunque lo hago varias veces mientras le ruego que despierte. Joder, si esto fuera una puta fantasía mitológica ella solo necesitaría el roce de mis labios.
Este no puede ser nuestro último beso, un beso de muerte y despedida. ¡No, joder!
«Céntrate, Dorian», me digo cuando noto el escozor de las lágrimas en los ojos y las manos temblorosas por la posibilidad de no volver a ver su sonrisa.
No me rindo hasta que Abbi tose y la giro para que expulse toda el agua de dentro.
El alivio me hace temblar mientras la furia me ciega.
—Vale, no vamos a necesitar la pala —apunta Idelia como si nada—. Una cosa menos porque los cadáveres nos toca enterrarlos a nosotros —la miro pensando que está loca—, no podemos hacer que lo hagan los becados. Luego cuesta mucho dinero tenerlos callados.
Su frialdad me recuerda a mi abuelo. Nada le importa salvo sus fines, como si conseguirlos lo justificara todo. ¿A quién mató Idelia? ¿O sus padres? ¿Cuántos cadáveres más oculta este lugar?
Acaricio la mano de Abbi aterrado, porque ella habría podido ser uno de ellos. El miedo no se me pasa. La he visto muerta. Era aterrador pensar en una vida sin ella. Sin saber que este mundo la tiene para regalarle sus sonrisas cada día.
Abbi tose y me mira. Hay terror en sus ojos, seguramente el mismo que en los míos. Idelia está loca. Está llevando esto muy lejos.
Abbi me contempla, aún ida. No está bien y mando un mensaje a Dafna para que venga a por ella.
La cojo en brazos y la llevo hasta la enfermería.
Ella se refugia en mi pecho y la escucho llorar.
Cada sollozo me rompe el alma, pero también me recuerda que está viva y que sus pulmones están bien.
La acaricio mientras entramos en la enfermería y la enfermera, que duerme en un cuarto cerca, sale en pijama.
—Perdóname, Abbi. —Le acaricio la mejilla.
—Dorian...
—Perdóname, joder —le susurro al oído—, pero te amo demasiado para verte morir. —La beso en la frente—. Tal vez en otra vida podamos ser Eros y Psique —le susurro al oído. Sus ojos se llenan de lágrimas antes de que los párpados le pesen demasiado.
Verla de nuevo con los ojos cerrados me hace temblar. No puedo seguir con esto, he tocado fondo.
La enfermera me saca de este lugar y mando un mensaje a Dafna para que esté con ella. Yo tengo que tomar medidas, aunque eso nos separe para siempre. Aunque ella me odie.
Dafna llega agitada. Mientras espero fuera, veo cerca a Idelia y el resto.
—¿Qué has hecho? —mi amiga parece fuera de sí.
—Una novatada —dice Idelia—. Sigue viva, ¿no?
Ahora mismo me planteo seriamente si podría vivir con la muerte de alguien. Porque quiero matarlos a todos mientras veo cómo Dafna se cuela dentro para estar con su amiga.
—¿Acaso estás loca? —le digo a Idelia cuando estamos solos.
—¿Acaso crees que puedes follarte a alguien y que no haga nada? ¡Os vi juntos en el baile! ¡Te has enamorado de una puta becada! Y eso tiene consecuencias y no voy a parar hasta destruirla porque tú eres mío. —Veo que a ella le importa más tenerme que todo lo demás.
Y siento asco. Siento acoso, siento que ella me quiere como una posesión: su forma de mirarme es enfermiza.
—¿Y si hago que ella me odie, a cambio la dejáis en paz?
—¿Y crees que puedes lograrlo?
—Puedo. Pero tenemos que firmar un contrato que deje claro que ninguna de vuestras familias le pondrá un dedo encima. Tampoco la mía.
—¿De verdad sabes algo gordo de ella? —pregunta Idelia.
—Algo muy muy gordo y si os lo cuento, me odiará.
Asiente y el resto dicen que de acuerdo porque Idelia es la cabecilla del grupo. Vamos al despacho del director. Redacto el contrato con las manos temblorosas, sabiendo que Abbi no me perdonará. Pero prefiero que me odie a que la maten. Lo imprimo y les digo que lo lean.
Idelia lo firma la primera y el resto la siguen. Yo hago lo mismo.
—Y ahora dinos qué vas a hacer para que te odie —pregunta Idelia.
—Contaros de quién es nieta.
—Eso ya lo sabemos —apunta Hermes.
—Pero tiene dos abuelos: uno es el gran Hadrian y el otro... es Uriel Nelson.
Procesan la información e Idelia viene hacia mí hecha una furia.
—¡Nos la has jugado! ¡Ahora nos lo va a quitar todo!
—No si yo saco más nota que ella. Pero ya sin guarradas. Como le hagáis algo, me dejaré vencer y ella ganará.
Saben que los tengo en mis manos. Que dependen de mí para que Abbi no les quite todo.
Salgo del despacho sabiendo que van a ir con el cuento a todos y que esto hará que Abbi me odie.
Voy a la enfermería y me informan de que Abbi ha sido trasladada al hospital en ambulancia.
Este lugar tiene ambulancias, por si llega el caso de que se necesiten.
Voy a la ciudad y busco a Dafna en la sala de espera. El hermano de Abbi está también aquí.
—Debí sacarla de allí —dice este, agobiado.
—Yo he tomado medidas..., pero Abbi no las va a entender.
—¿Qué has hecho, Dorian? —pregunta Dafna.
—Ya os enteraréis. —No insisten más, pero comparten una mirada cómplice. Otra puta mirada que me hace pensar que estos dos saben algo que yo ignoro.
Mira, que les jodan a todos. Solo me importa que Abbi esté bien. Miro el móvil y me sale en redes una frase de Mario Benedetti. Es lo malo de quedarte mirando algo, que luego no paran de salirte estas cosas.
La comparto en mis historias:
Hay amores que duran para siempre,
aunque no se besen, aunque no se toquen,
aunque no se vean.
Al poco salen a decirnos que Abbi está bien.
Que le salvé la vida con lo que le hice.
Lo aprendí de pequeño porque uno de los trabajadores de mi padre se cayó en la piscina sin saber nadar y lo salvó el jardinero.
Yo le pedí que me enseñara. Nunca creí que eso, hoy, le salvaría la vida a la persona que más quiero.
—Se ha publicado algo en redes —me dice Dafna—. Intuyo que eso es lo que has hecho para salvarla y para condenarte.
—Aquí no se puede ver.
—No, pero no necesito leerlo para saber que ese aviso contiene el precio a pagar para que la dejen en paz.
—Me marcho.
—Dorian. Si le dices por qué lo has hecho...
—Ella me conoce mejor que nadie, sabrá que lo he hecho por egoísmo. Porque prefiero que me odie a vivir en este mundo sin ella. Ella quería que la apoyara y yo solo quería salvarla. Ya sabe que lo he hecho porque no quiero perderla, a pesar de todo...
Dafna va a decir algo, pero su cuñado le dice que no con la cabeza. A la mierda todos y sus putos secretos. Ya no puedo confiar en nadie.
Voy hasta mi coche escuchando el móvil sonar y a medio camino veo los coches de mi abuelo, que han salido a buscarme. A hacerme volver. Voy al despacho y mi abuelo está fuera de sí.
—Si la tocáis os juro que suspendo. Soy vuestra mejor baza y lo mejor es que a mí tampoco me toquéis los huevos o lo perderéis todo.
Mi abuelo va a decir algo, pero por una vez yo tengo la sartén por el mango. Solo me arrepiento de no haber hecho todo esto antes y haber llegado a ver a Abbi muerta entre mis brazos. Nunca olvidaré ese instante, ese momento en que sentí que la vida sin ella solo podría llamarse infierno.