Contra ti (Becados y dioses 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

D ORIAN

Vamos hasta mi cama tirando de la ropa del otro. Cuando veo sus pechos recuerdo las manos de Hermes sobre ellos y desearía haberlo matado.

—Un día, cuando todo acabe, lo denunciaré. Pienso hacerlo —dice firme.

—Y yo te apoyaré en todo. —Bajo besos por su cuello hasta llegar a sus sonrojados pezones. Me los meto en la boca y escucho sus gemidos—. Un día pagarán por todo.

—Sí..., pero no sé qué quedará de mí. Todo esto me está destruyendo por dentro.

La miro y yo siento lo mismo, pero no ahora, sino por toda una vida bajo el yugo de mi abuelo.

—Hazme que me olvide de todo —me pide acariciándome la mejilla con sus dedos aún helados por el miedo.

—Será un placer.

Bajo la boca por su cuello y le lamo y chupo la piel.

Soy adicto a su perfume, a ella. Llego hasta sus senos y la imagen de ella gritando de ansiedad por lo que estaban haciendo me rompe por dentro mientras los toco con mis dedos antes de llevarlos a mi boca y lamerlos para borrarle otros amargos recuerdos.

Me doy un festín con sus pechos, no tengo suficiente de ellos, la llevo al límite una y otra vez.

Me tira del pelo, se contonea contra mí buscando alivio.

Está fuera de sí. Meto la mano dentro del elástico de su pantalón y paso los dedos por su clítoris.

Está muy mojada y las yemas se me resbalan por sus jugos.

Se los meto dentro y la follo con ellos sin dejar de devorarle las tetas.

Lo hago hasta que casi se corre y solo entonces me aparto y tiro de su ropa.

Se sube a la cama y me tiende una mano cuando me quito las prendas.

Voy hasta ella y busco su boca mientras le meto la polla hasta el fondo de su apretado coño.

—¿Te gusta sentirme dentro?

—Me encanta..., eres mío.

—Soy todo tuyo.

Giro en la cama y la dejo sobre mí. Sonríe y se apoya en mi pecho para subir y bajar. Veo sus pezones duros y su cuerpo perlado por el sudor. Echa la cabeza hacia atrás, presa del éxtasis.

Llevo las manos a sus caderas y las aprieto mientras se mueve adelante y atrás buscando la fricción perfecta entre su cuerpo y el mío. Es preciosa, una jodida belleza, y es toda mía.

Me alzo y busco su boca para besarla. Llevo mi mano a su clítoris y lo toco hasta que suplica. Lo hago una y otra vez hasta que acaba lloriqueando por no darle el alivio que busca. Noto su apretado coño succionarme. Voy a explotar.

Nos movemos juntos hasta que me corro con fuerza en su interior y ella me sigue.

Luego apoyo mi frente en la suya. Nos miramos jadeantes.

—Lo habría matado...

—Lo sé. Yo también lo deseaba muerto.

—Me estás pidiendo un imposible.

—Merecerá la pena.

—¿De verdad, Abbi? Podemos irnos, dejar todo...

—He llegado demasiado lejos para abandonar ahora. Entiéndeme.

—Lo siento, pero tras lo de esta noche no te entiendo, aunque sigo a tu lado... ¿Qué opción tengo?

La dejo en la cama y salgo nervioso. Noto la ansiedad crecer en mí. Me sigue y me abraza con fuerza.

—Necesito llegar hasta el final.

—Ya te lo dije, Abbi, si corres peligro... no miraré para otro lado y hoy he estado a punto de mandarlo todo a la mierda.

Nos miramos a los ojos y nos quedamos así un rato, hasta que volvemos a la cama.

Le cuesta dormirse y tiene pesadillas. Yo no puedo dormir.

Por eso me levanto y cojo el ordenador. Y busco todas y cada una de las noticias que se hayan publicado de desaparecidos en Londres hace cincuenta años; decido ampliar las fechas porque ese cuerpo que hemos encontrado creemos que tal vez fue el detonante para que el abuelo de Abbi donara toda su fortuna.

Creo que no voy a encontrar nada hasta que doy con algo que une otra de las piezas que siempre sentí que me faltaba.

Alguien va a tener que darme explicaciones.