Capítulo 36
D ORIAN
Abbi me ha escrito para preguntarme cómo estoy.
Estoy mal, hecho una puta mierda. Porque no dejo de verla a ella en esa bolsa.
Me aterra hasta dónde serían capaces de llegar para no perder todo el dinero que tienen.
Y no dejo de preguntarme si hay más cadáveres bajo este suelo.
He buscado información de desaparecidos, pero nada los ata a este lugar en redes.
Lo que me hace pensar que tal vez alguien borró el rastro, o no ha habido desaparecidos desde que se abrió la universidad, cosa que, sabiendo cómo son, me extraña.
Y, mientras lo hago, no dejo de pensar en Abbi, en el odio de Idelia hacia ella porque Abbi tiene algo mío que ella nunca tendrá: mi corazón. Y, para una mimada malcriada, que otro posea algo que ella ansía es una ofensa.
Idelia no va a consentir dejarla en paz. No va a parar hasta destruirla. Y no sé cómo mantenerme al margen.
Llego a mi cuarto y veo las notificaciones. Hay una postal de mi madre. Voy a romperla, pero la giro. Gran error porque mi mirada va a su firma:
Te quiero.
¿Que me quiere? ¿Que me quiere? ¿Cómo se puede querer a alguien a quien dejaste solo con un loco?
Me tiemblan las manos, no puedo respirar.
No soy capaz de pensar con claridad. Destruyo la postal.
¿Cómo puede ser tan hipócrita? ¡Ella debió salvarme!
Es tan egoísta como el abuelo de Abbi; a la hora de la verdad, el gran Hadrian solo pensó en él.
Estoy tan agitado que cuando me llega un mensaje de Idelia me cuesta verlo:
Idelia: Noche de novatadas, se va a cagar esa zorra.
No estoy preparado para ver cómo joden a Abbi sin hacer nada. La aviso y me quedo al margen. Si voy y veo cómo le hacen daño, ahora mismo dudo que pueda mostrarme impasible.
Abbi me responde con un «vale, estoy preparada» y me quedo en mi cuarto agitado y nervioso.
Psique: ¿Estás bien?
Dorian: Lo estaré cuando acabe todo esto.
Psique: Te quiero, mi Eros. ¿Vas a bajar a los infiernos por mí si me muero?
Dorian: Vete a la mierda, becada. ¡No bromees con eso!
Psique: Solo quiero saber que sí. ¿No dijiste que no dejara de creer en la magia?
Dorian: Iría al paraíso por ti, aunque me prohibieran la entrada por lo que hice esa noche.
Psique: Alguien tan capullo como tú arde antes de cruzar la puerta. Tranquilo, eso no pasará, nos vemos en el infierno.
Dejo el móvil y miro el cuarto agitado. Bebo agua a tragos pequeños, pero no consigo calmarme. ¡Es una mierda querer a alguien! ¡Joder!
Al final bajo a las prisiones donde han metido a los novatos. Al llegar, Idelia me ve y cree que estoy aquí por ella.
—Querido, no debes faltar a clase. Y gracias por tu mensaje...
—No lo he escrito yo, es de un autor.
—Me da igual, ha salido en redes. Se nota que te importo. O al menos ellos lo creen y eso me basta. —Me da un beso en la mejilla y oímos un grito desgarrador. Sé que procede de Abbi—. Mira, lo mismo hoy cede.
Se mira las uñas y se quita una pelusa inexistente de ellas.
—¡No me toques! —grita Abbi y aprieto los puños para no ir.
—Tápale la puta boca —dice Hermes—. ¡Vamos!
—¿Y si se la tapo con mi polla? —Miro a Idelia tras las palabras de Edey.
—¿Acaso la van a violar?
—No van a penetrarla... Si no hay penetración...
¡Hijos de puta!
La aparto y saco el móvil. Voy hasta la luz y, cuando entro, grabo cómo Hermes abre el sujetador de Abbi y le toca las tetas mientras Edey la sujeta y le tapa la boca.
Me cuesta procesar lo que veo. Lo lejos que estos cabrones han llegado.
Me cuesta asimilar la escena. Dejo caer el móvil y voy hasta Hermes.
Le doy un puñetazo, que lo estampa contra la pared.
—¡Que no la he tocado! ¡Solo la estaba asustando! —Le doy en la cara y veo que sale despedido un diente—. ¡Estás loco! ¿Tanto te importa?
Edey se tira a por mí y me sujeta. Trato de golpearlo, pero no puedo. Idelia le desata las manos a Abbi, que tras ponerse el top se marcha corriendo.
—¡Es la hija de alguien importante! ¡Nos van a acusar de violación, capullo! —grito para no salirme de mi papel.
Me cuesta mucho seguir con este juego sin destruirlos. Joder, ahora solo quiero destrozarles la cara por haberla hecho sufrir de esa forma.
—Vale —dice Hermes—, se me ha ido de las manos, pero quería ver si sus tetas eran tan grandes como parecía.
—¡Vais a conseguir que nos encierren a todos! —le digo y no lo miro para no golpearlo de nuevo.
Estoy temblando de ira.
—Para eso tenemos a nuestros papás —apunta Edey.
—¡Tu padre no tiene dinero, pedazo de mierda! Y mi abuelo no os va a salvar el culo.
Se miran y no lo niegan. Dependen de mi abuelo.
—Vale, la próxima vez lo pensaremos mejor. —Idelia tira de Hermes para llevarlo a que se cure. Yo estoy fuera de mí.
Busco mi móvil y veo que ha seguido grabando. Se lo mando a Abbi.
Dorian: Haz lo que tengas que hacer.
No me responde. Edey viene conmigo hasta nuestros cuartos y espera a que entre en el mío.
Estoy agitado, nervioso, y sé que habría matado a Hermes.
Me llega el aviso de que Abbi está en la puerta de la azotea.
La abro y espero en las escaleras a que llegue.
Cuando lo hace, tiro de ella y la abrazo con fuerza.
—¿No querías que te siguiera al infierno? Pues ahí hemos estado los dos.
—Tenemos que ser más fuertes.
—¡Casi te viola!
—¿Te crees que no lo sé? Estoy rota. —Me aparto y le seco las lágrimas—. Hazme el amor, Dorian. Hazme que me olvide de sus manos.
—No sé si ahora mismo puedo ser cariñoso...
—Entonces, fóllame con fuerza.
—Será un placer, becada.