Contra ti (Becados y dioses 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

D ORIAN

Doy vueltas sin rumbo hasta regresar a la casa de Abbi. Cuando entro, Ineta y su hija se han marchado. Solo están aquí Kiefer y Dafna. Ambos me miran.

—¿Y Abbi?

—Salió a por algo de cena —me responde su hermano.

Asiento y dejo las llaves. Luego me quito la chaqueta y lo miro. Él me devuelve la mirada. No sé qué decir, me estoy ahogando. No recuerdo esa puta noche.

—Hay un vídeo que mi abuelo tiene en la caja fuerte.

Salgo yo sacando del coche a Ineta. No recuerdo qué pasó, no sé cómo acabé en ese coche con ella...

, pero cuando todo acabe te lo daré para que Ineta pueda hacer justicia.

Estoy cansado de que mi abuelo me presione con eso...

y de no buscar una explicación que me diga si merezco ese castigo o no.

—Te lo agradezco, pero no sabemos qué pasó esa noche y si hay un vídeo, es que alguien más estaba allí para grabarlo... —dice Kiefer—. No vamos a culpar a nadie que no lo merezca. Y te juro que antes me daba igual, solo pensaba en hacer justicia cayera quien cayera..., pero antes no conocía a Abbi.

—Ojalá supiera más de esa noche. O quién lo grabó.

—¿No os suena raro que en toda esta historia dos personas hayan perdido la memoria y eso cambiara el curso de sus vidas?

—Dafna se da golpes en el labio—. Lo que quiero decir es que tal vez sabían qué hacer para presionarte.

Para tenerte donde querían y, mira tú por dónde, la que más sale ganando con todo esto es Idelia, si se convierte en tu mujer y heredera de una gran fortuna.

Miro a Dafna y noto algo agitarse dentro de mí.

No puedo descartar que sea una trampa porque mi abuelo consiguió con esto que mis ganas de escapar desaparecieran.

Y empecé a odiar a los becados porque ellos podían dejar todo esto.

Y se rebajaban con tal de ser algo en la vida, cuando ya lo eran todo.

E Idelia sabe todo esto, lo sabe porque tal vez ella estaba allí. O mandó a alguien a conducir ese coche...

Di por sentado que alguien, al ver el accidente, se acercó y lo grabó. Y ese vídeo llegó a mi abuelo. Pero tal vez todo estaba planeado, o lo planearon para tener ese vídeo. ¿Y si yo nunca estuve en ese coche? ¿Y si me pusieron ahí y mi abuelo se aprovechó de eso?

Mi abuelo sabía qué hacer o qué decir para retenerme. Tenía tanto miedo de mí mismo... De ser un adicto como mi padre, de ser peligroso..., que dejé que me encerraran en este internado.

Voy a la ventana y la abro para tomar aire. Oigo la puerta y Abbi entra con la cena. Se pone a mi lado y me coge la mano.

—Sea lo que sea, lo solucionaremos. Ya no estás solo. —Sonríe sin darse cuenta de que hasta que llegó ella me sentía tan solo que prefería pensar que me sobraba todo el mundo para poder vivir con la añoranza de dejar de sentirme así.

No digo nada, me siento con los demás a cenar y los veo hablar y comentar cosas entre ellos. Yo no sé cómo hacer eso. Cómo dejar de ser un capullo que mira a todo el mundo por encima del hombro. Se me dan mejor los libros que las personas.

—Tenemos que averiguar qué hay oculto bajo el sauce llorón —apunta Dafna—. La semana que viene tienes una fiesta con tu prometida y todos los del Olimpo —bromea. Asiento—. Ese día no habrá nadie importante en el internado. Podríamos aprovechar para ir a escarbar un poco.

—Por mí bien —se apunta Abbi.

—Es peligroso —le digo agitado.

—No menos que lidiar con los celos de tu prometida. —Me mira fijamente—. Podremos con ello y tenemos aliados.

—No, no metamos a nadie más en esto —dice Kiefer con voz autoritaria y Dafna asiente enseguida—. Cuanta menos gente sepa lo que descubramos, mejor.

—¿Y hacerles alguna putada por todo lo que nos han hecho? —dice Abbi, y Kiefer y Dafna comparten una mirada cómplice. O se quieren mucho como cuñados, o aquí se me escapa algo.

—No, mejor no hacer nada —tercia Kiefer—. Si hacemos algo, irán más contra ti y eso puede joder toda la investigación que tenemos entre manos.

—Se merecen pagar. Tenemos gente lista para hacerles guarradas. —Abbi los mira.

—Es mejor así —apunta Dafna—. Si creen que tienen el poder... será más fácil quitárselo.

Me mira y asiento porque tienen razón, aunque me encantaría ver a Idelia recibir su propia medicina. Pero hacer algo es seguramente despertar a una bestia peor. Abbi no parece convencida. Quería hacérselo pagar. Devolverles la jugada. Solo asiente y mira a cualquier parte menos a nosotros.

Es mejor así.

Hablamos de lo que van a hacer mientras estamos fuera y cuando se marchan me quedo recogiendo las cosas en la cocina, agitado.

—Si tienes prometida, ¿eso me convierte en tu amante?

—A la amante se la folla con más fuerza que a la esposa —bromeo y la pongo sobre la encimera. Me atrapa con sus piernas.

—No, en serio..., ¿qué soy para ti?

—Todo, lo eres todo y no lo ves.

—Tú tampoco te crees que te quiera. —Muerde su boca y no la desmiento—. Me gusta el plan en que follamos como locos.

—A mí también.

La cojo en brazos y vamos hasta su cuarto para hacer eso, follar como locos toda la noche. Y sé que lo hago porque quedarme quieto y pensar me acojona. Pero al final ella cae rendida y yo, preso de mis pensamientos.

¿Me hizo mi abuelo lo mismo que al abuelo de Abbi? ¿Qué nos hizo a ambos? No se puede ir contra lo que no conoces. Él sabía que yo dudaría tanto de mí, que me creería tan parecido a mi padre, que eso me llevaría a no hacer nada.

¿Qué es lo que sabía de Uriel para que se lo diera todo?

No consigo dormirme y es aún de noche. Y salgo de la cama.

Escribo una nota a Abbi y me marcho de vuelta al internado, nervioso y agitado.

Al llegar dejo el coche y voy al sauce llorón con una pala que he encontrado en mi cabaña.

Y empiezo a cavar como si no hubiera un mañana.

Lo hago hasta que empiezo a creer que no habrá nada.

Hasta que temo que el alba me encuentre. Y entonces doy con una bolsa.

Tiro de ella y lo que veo me hace sentir miedo. Pavor...

En el fondo lo esperaba...

Pero ahora sé que no estaba preparado para ver la verdad.