Capítulo 33
A BBI
Preparo el café para cuando venga mi hermano con su mujer y su bebé.
Dorian dijo que tenía una comida y que si podía escaparse se pasaba.
Me ha dejado su ordenador con las claves puestas para poder revisar cosas de la universidad y los desfalcos de dinero que hayan podido hacer.
De momento lo que más me mosquea, aparte de lo de los becados, es que el abuelo de Dorian repartía las ganancias a partes iguales sin que ni los Scott, los Adams o los Harris hayan aportado algo para la causa en todos estos años.
Cuando hace falta liquidez, quien pone el dinero es la familia de Dorian.
¿Por qué tener a esas otras familias gorroneando una fortuna?
Algo debió de pasar cuando mi abuelo lo olvidó todo.
Como si con ese dinero pagara su silencio...
Tocan al timbre y les abro el portal. Espero en la puerta y veo salir del ascensor a la hermana de Dafna con una niña en brazos.
—Hola, Abbi, esta es tu sobrina Alma.
Le doy dos besos mientras oigo a mi hermano subir por las escaleras.
Aparece con el capazo de la pequeña. Entramos en la casa y lo colocan en mi cuarto con la niña dormida dentro.
No puedo parar de mirarla, me pasó lo mismo con Defin; de golpe sentía que no había vida antes de él.
Como si siempre hubiera sido parte de mis momentos.
Dejo a la niña dormida y voy al salón. Les cuento a mi hermano y a su mujer lo que he encontrado.
—Está claro que si les están dando ese dinero sin aportar nada... —empieza él y mira a Ineta.
—Les están pagando por su silencio —acaba ella.
—Exacto —digo yo—. Esa noche debió de pasar algo que explique la pérdida de memoria de nuestro abuelo. Y su golpe en la cabeza. Y por qué firmó ese acuerdo.
—Yo he pensado en algún asesinato. —Kiefer mira los informes.
Me recorre un escalofrío—. Esa gente está loca y se rumorea que alguno de los becados no sobrevivió.
Ya vimos lo que pasó con Ineta. Y había más...
, gente de la que no se sabe nada una vez que han pasado por allí.
—Mi hermano habla como para sí mismo, como si supiera algo que yo ignoro.
La puerta se abre y aparece Dorian. Al ver a mi hermano dice un frío «hola», pero cuando ve a Ineta se pone pálido. Luego duda y entra. ¿Qué me he perdido?
—Hola, Dorian, pensé que nunca compartiría cuarto contigo tras lo que pasó. —Ella va hasta él—. ¿Ella lo sabe? —Dorian le sostiene la mirada y niega con la cabeza—. Merece saberlo. Merece saber lo que pasó.
Dorian me mira nervioso y noto cómo sus ojos se vuelven letales.
—No sé de qué mierdas hablas.
—Claro, porque estabas demasiado borracho para acordarte, ¿no? Y como no te acuerdas, no pasó nada, ¿verdad?
Noto cómo se aceleran los latidos de mi pecho. Miro a mi hermano y está disfrutando de esto como si hubiera esperado este encontronazo.
—Pude acabar muerta. ¿Acaso no hay límite? —le dice Ineta a Dorian, que cada vez se retrae más en sí mismo. Su mirada ahora es glacial y sé que lo hace para protegerse.
—¡Basta! —digo y me pongo junto a Dorian, pero este rechaza mi mano y va hasta la puerta—. Dorian...
—Ella tiene razón. Hay un límite y tú no deberías haberlo cruzado conmigo.
Miro a mi hermano y a su mujer mientras Dorian se marcha.
No me lo pienso dos veces y lo sigo con zapatillas de estar por casa y sin abrigo.
Voy por la calle y, aunque lo llamo, no me hace caso.
No se detiene hasta llegar a un banco y sentarse.
Apoya la cabeza en sus piernas. Está teniendo un ataque de ansiedad.
Voy a una tienda cerca y les pido una bolsa de papel. Me ven tan mal que ni me la cobran.
Salgo y se la tiendo a Dorian.
—Estoy... de... puta... madre.
—Coge la bolsa o te la meto yo en la boca.
—Eres mi sirvienta...
—Y tú mi capullo. ¡Que cojas la puta bolsa! —Alza una ceja rubia y la coge.
Veo cómo toma aire. Las manos le tiemblan y se me hace raro verlo así. Le acaricio la espalda y me quedo a su lado. Me da igual lo que pasara esa noche, conozco a Dorian lo suficiente para saber que tiene que haber una explicación.
—¿No quieres saber cómo le jodí la vida? Casi muere por mi culpa —me ataca.
—¿Puedes dejar de apartarme de tu lado? Estoy aquí.
Se pasa la mano por el pelo.
—¡No lo recuerdo, Abbi! —Mierda, si usa mi nombre la cosa pinta mal—.
¡No recuerdo esa puta noche! Pero, aun así, me perseguirá toda la vida.
—Se remueve agitado—. Aparecí en mi cama en el internado y mi abuelo me dijo que cogí el coche borracho y hubo un accidente.
Pero que él se había encargado de todo. —Se remueve inquieto—.
No he olvidado nada de toda mi vida. Salvo esa noche.
Recuerdo cada palabra de odio de mi padre.
Sus miradas de asco. Sus desplantes. Pero esa noche...
no la recuerdo y desconoces lo que daría por saber por qué cogí un coche borracho y por qué ella estaba en mi coche.
Luego vi los vídeos... y, joder, yo le jodí la vida... , pero no sé cómo lo hice, por qué...
Me mira nervioso.
—Seguro que hay una explicación.
—Me fugué del internado unos días antes. Y cuando mi abuelo me encontró me dio una paliza..., me llevó de vuelta y de la rabia bebí sin parar... Es la última vez que he bebido, pero mientras lo hacía veía a mi padre en mí. Tengo una adicción...
—No, no la tienes, dijiste basta.
—¡Porque me enteré de que dejé en silla de ruedas a una joven!
¡A esa joven de tu piso! —Se pasa la mano por el pelo—.
Mi abuelo tiene pruebas que me llevan a esa noche, a ese coche, y si voy contra él me meterá en la cárcel y se las dará a ella para que declare en mi contra.
Y no me importaría pagar por algo que he hecho, pero no por algo que no recuerdo.
—Dudas que fuera cierto. —Lo veo en sus ojos.
—No tengo la certeza de que no sea una trampa de mi abuelo.
Pero no recuerdo esa puta noche. No recuerdo nada, pero él sí tiene pruebas y un vídeo en el que se me ve saliendo del coche con sangre en la ceja y sacando a Ineta antes de desplomarme en el suelo.
Si ese vídeo ve la luz, darán por hecho que ella dijo la verdad y que, aunque estaba borracha, era cierto.
—¿Y crees que tu abuelo sería capaz de ir contra ti?
—Sí, tiene dos hijos más y nietos a los que adora. Pero, por alguna extraña razón, siempre ha dejado claro que yo era su heredero. Pero si no hago lo que quiere me sacará de la ecuación.
—Y si vamos contra él y lo cabreamos, publicará ese vídeo para destruirte la vida.
—Sí.
—¡¿Y por qué te has unido a esta cruzada?! ¡Puede acabar contigo, Dorian! Y te conozco lo suficiente para saber que podrías mirar hacia otro lado... —Entonces caigo en la cuenta—. Por eso conoces ese sitio antialcohol de gente en rehabilitación.
Tensa la mandíbula.
—Es mi forma de pedir perdón.
—¿Es tuyo? —Aparta la mirada—. ¿Es tuyo, Dorian?
—¡Entiendo a esa gente porque yo soy un puto adicto! —Esto confirma mis sospechas de que lo creó para darles otra salida.
—¡No lo eres! Solo fallaste una vez...
—¡Y casi la mato! —Se pasa la mano por el pelo y me besa con ternura en la frente—. Necesito estar solo.
—No me dejes de lado.
—No lo hago, solo quiero ordenar mis ideas. Ahora iré a tu casa.
Lo dejo irse porque comprendo que necesita fuerza para dejar de sentir que se ahoga. Asimilo toda esta nueva información mientras regreso a la casa.