Contra ti (Becados y dioses 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

D ORIAN

Espero nervioso a Abbi. Pensando en que mi regalo es una mierda. Tengo otro, pero no sé si podré dárselo. Le abro la puerta de la azotea y luego la oigo bajar por las escaleras. Lleva una sudadera y nada más.

—¿Acaso no ves el frío que hace?

—No creo que tenga frío contigo. —Me mira la boca y me muero por besarla. Esta semana ha sido una mierda sin poder perderme en ella a todas horas.

—El regalo de tu hermano ha sido bueno. —Va hasta su tarta.

—¿Quieres ver cómo me queda el tuyo? Para eso tendrás que dejar esa cara de gruñón y quitarme la sudadera.

Me mira coqueta mientras mete un dedo en la tarta y la prueba, luego gime y sé que, o hago pronto lo que tengo en mente, o la follaré con fuerza sobre mi cama o donde pille.

Voy hasta ella cuando se quita los zapatos y tiro de su sudadera, que le llega por los muslos, mandando todo a la mierda menos lo mucho que la deseo.

La subo acariciando su cuerpo desnudo y viendo cómo la piel se le pone de gallina, y no por el frío. Cuando le paso la sudadera por la cabeza veo su cuerpo listo para mis atenciones. Pechos grandes y rosados, pezones duros y el sexo ya perlado por el deseo.

—¿Sabes que tienes el mismo color de labios que tus pezones? —Le beso la boca mientras toco su sexo—. Y cuando están mojados por mis besos me recuerdan a tu sexo.

—Eres un guarro. —Me río, pero noto cuánto le ponen mis palabras.

—No he traído cucharas para tomar la tarta. —Cojo un poco con el dedo y lo llevo a su boca.

Lame mis dedos mientras veo cómo el collar le brilla en el cuello. Me encanta verla con él. Me hace sentir que algo mío está junto a ella en todo momento.

Lo toco con los dedos.

—No es muy caro..., podría haberte comprado la tienda entera...

—No quería la tienda, Dorian, este regalo es perfecto, y no por su valor en el mercado. Es porque significa algo para nosotros. Habla de nuestra historia.

Paso los dedos por el collar. Cuando lo vi, nos vi a nosotros, y que ella piense lo mismo hace que me relaje. Busco más crema de chocolate y la paso por sus pechos. Pienso darme un festín con ella.

La subo a la mesa y le abro las piernas.

—¿Nada de regla?

—Sin regla, sin dolores y sin haberme tomado pastillas raras que anulen la píldora. —Lo está dejando en mi tejado. Me da la opción de confiar en ella de nuevo con los ojos cerrados—. No ha habido nadie desde que estuve contigo. Era imposible porque solo te deseaba a ti, a pesar del odio.

—No pienso negar que me gusta saber que ningún capullo ha tenido tu cuerpo después de mí.

Llevo las manos a su sexo y lo toco con los dedos mientras lamo el dulce en sus montículos. Sus gemidos me vuelven loco mientras mi lengua se da un festín con ella. Meto los dedos dentro y dejo caer el dulce en su sexo rasurado. Me gusta ver lo mojado que está y sus labios sonrojados por el deseo.

Abro las piernas cuando me agacho hasta ella y meto la cabeza entre sus cremosos muslos. La beso cerca de donde se muere por sentir mi lengua antes de lamer el dulce en su sensible carne.

Me tira del pelo mientras lamo su sexo con gula.

La llevo al límite una y otra vez. Miro su cuerpo sonrojado, sus pezones duros y sus tetas rebotando por sus movimientos de caderas.

Sonríe y siento que aquí, con ella, lo tengo todo.

Y es raro sentir que al lado de una persona eres feliz y dejas de sentirte tan solo.

Tengo miedo...

Estoy aterrado...

Quererla me destruye y a la vez me da paz mientras no recuerdo un tiempo en que no la amara.

Subo hasta su boca y la beso dejando que se saboree en mis labios.

Restriega su cuerpo contra mí y casi se corre.

La cojo en volandas para tirarla en mi cama y me quito toda la ropa hasta que no llevo nada en mi piel salvo la tinta de mis tatuajes.

Mira mi cuerpo con deseo y se toca mientras yo dudo si coger un condón o no.

Al final no lo hago porque a pesar de todo confío en ella más que en nadie en esta vida.

Entro en ella mientras nos miramos a los ojos y veo cómo los de ella se humedecen por el gesto. Por confiar a ciegas en su palabra. La beso lentamente mientras meto hasta el fondo mi polla. Cuando está todo instalado dentro de su menudo cuerpo salgo y entro con fuerza.

—¿Te gusta?

—Me encanta sentirte de nuevo sin nada. —Le beso el cuello y lamo sus pechos mientras la embisto con fiereza.

Sus gritos y gemidos resuenan por el cuarto, pero insonoricé el lugar en Navidades para que nada pueda oírse y tampoco yo pueda oír nada de fuera.

Apoyo la mano en el cabecero y me muevo dentro de ella sintiendo sus uñas en mi piel.

Nos besamos reclamando al otro y veo cómo el collar se mueve en su cuello, rojo como la sangre.

Cuando estoy cerca llevo la mano a su sexo y le froto el clítoris hasta que se corre. La sigo y me derramo dentro de ella con fuerza. Al acabar caemos sobre la cama abrazados. No hace amago de irse. Ni yo de dejarla ir.

—Tengo un regalo más. —Abbi está de espaldas a mí, mirando en mi biblioteca qué libro robarme porque dice que no me lo va a devolver.

Lleva una de mis camisetas, que se ha puesto tras la ducha que nos hemos dado juntos, donde volví a entrar en ella sin poder separar las manos de su cuerpo. Luego salí a coger algo de cena y vimos una película en mi cama. Su cumpleaños está a punto de acabarse y es ahora o nunca.

Se gira y me mira con la ilusión brillando en sus grandes ojos marrones.

Dudo, dudo mucho, porque ahora, con ella delante, me parece estúpido e infantil. Tengo miedo de ver el rechazo en sus ojos, pero sé que hacerlo es un golpe de fe aún mayor en que hasta alguien como yo tiene derecho a ser amado.

Alguien a quien le hicieron creer que podía vivir sin amor.

Llevo la mano a su oreja y hago un truco como si de su pelo hubieran salido flores, que tengo cogidas ahora.

—Nunca dejes de creer en la magia pase lo que pase. —Soplo y sale purpurina. Lo mira emocionada y feliz. Joder, parece más feliz que nunca—. No es nieve...

—Pero podría ser polvo de hadas. —Muerde su boca. Coge las flores y se tira a mis brazos—. Te quiero, Dorian. Te quiero mucho.

Sus palabras me dejan paralizado. Nunca nadie me ha dicho «te quiero» de verdad.

Nunca he sabido lo que se siente al estar al lado de una persona que te quiere.

Es una mierda porque me siento un tonto que no sabe qué hacer o qué decir.

Pero sé que podría morir en este instante y lo haría feliz.

Que ella me quiera es lo más bonito que me ha pasado en la vida y ahora mismo me aterra no saber qué hacer con sus sentimientos sin estropearlo todo.

—¿Qué te pasa? —Me mira a los ojos.

—No sé ni qué debo responderte, ni qué debo hacer ahora. —En vez de ofenderse se ríe y me besa con dulzura.

—Solo sé tú mismo, Dorian, porque eso es lo que me gusta de ti. Y por lo que he llegado a amarte.

Ahora mismo pienso que no la merezco, pero veo la verdad en sus ojos. Me quiere de verdad y sé que quien tiene el problema de no creerse esto soy yo, por lo roto que me siento.

La quiero, joder, la quiero como nunca he querido a nadie, pero no sé cómo dar voz a lo que siento y que entienda que la palabra se me queda corta por lo mucho que me importa.

Por eso abro la boca y digo cualquier estupidez que rompa este momento.

—Tendrás que demostrarme cuánto me quieres, becada. Y se me ocurren varias cosas que puedes hacer con esa boquita.

—Por suerte para ti, a mí también.

No espera nada, no comenta nada de mi cambio de tema. Solo me hace el amor mientras lo disfrazamos de sexo del bueno para no explicar todo lo que siento. No la dejo ir a su cuarto. No protesta mientras cae rendida en mis brazos.

Y cuando creo que se ha dormido me permito decirle lo que siento:

—Te amo a pesar de que creí que yo era incapaz de volver a sentir nada.

—Lo sé —responde la jodida y me mira divertida.

—Ahora mismo te odio un poco.

—Te jodes, era mi regalo de cumpleaños.

Ella es así, natural e inesperada. Se abraza a mí y esta vez se duerme de verdad. O eso creo, pero la verdad es que no me importa. Porque yo estoy demasiado feliz para poder dormir y demasiado aterrado por ello.

Porque estoy soñando que puedo de verdad tenerlo todo y quiero todo con ella.

Estoy aterrado, me da un miedo atroz volver a perderla...