Capítulo 30
D ORIAN
Me suena el móvil cuando estaba a punto de escribir a Abbi porque estamos a jueves y casi no nos hemos visto esta semana a solas, ya que Idelia y el resto me han tenido muy ocupado y sé que todo es cosa de mi abuelo, que cree que me meto algo y quiere que me controlen.
Lo miro, es Idelia. Hay reunión, nada como tener que verlos para joderme la noche. Entro a la sala de reuniones. Veo que no solo estamos los cuatro nietos; también el director y el rector, y parecen muy nerviosos.
—El otro día se hizo un examen sorpresa y Abbi Morris sacó más nota que tú. —El rector tira sobre la mesa mi examen y el de Abbi—. ¿Se puede saber qué te está pasando?
—Cómo os jode que los exámenes sean siempre revisados por un comité externo al campus...
Hace años, un estudiante los denunció con pruebas y no pudieron hacer nada. Había muchos errores en las calificaciones de sus exámenes y por eso, desde entonces, los revisan desde fuera para que todo sea legal.
—¡Dorian! —estalla el señor Harris—. ¿Se puede saber qué mierdas te está pasando? Como la tal Abbi sea nieta de Uriel Nelson, estamos jodidos.
—Pero si Nelson estará muerto. —Miro los dos exámenes—. Solo me ha ganado por dos décimas. Os estáis alarmando por nada.
—Y yo creo que tú te estás dejando ganar —apunta Idelia—. ¿No será que te sigues viendo con ella?
—No, no me veo con ella —respondo frío—.
Es imposible verse con alguien cuando no me dejáis ni respirar.
—Idelia sonríe porque sabe que es obra suya—.
Pero esto solo es un examen de prueba y si no os gusta mi inteligencia podéis poner a vuestros hijos a estudiar, en vez de dejar que se toquen las narices todo el curso y luego darles las preguntas para que al menos saquen un cinco en el examen.
—Nosotros nos encargamos de joder a los becados para que tú tengas el camino despejado —apunta Hermes—. Tendremos que subir el nivel de las putadas.
—He encontrado algo que parece un pozo, que se usaba antes para los presos.
Los encerraban allí y si se portaban mal, lo llenaban de agua y los ahogaban —añade Idelia de forma sádica—.
Se puede usar el agua de la piscina, que está cerca.
¿Verdad? —Su padre asiente—. ¿Y si la metemos ahí y le hacemos creer que la vamos a ahogar?
—Ahora no funciona —añade su padre y aparta la mirada como si ese lugar ocultara algo.
Antes fue amigo de mi padre y sé que en su promoción putearon bastante a los becados, a saber qué mierda hicieron en ese pozo—.
No podemos permitiros matar a alguien y no poder esconder su muerte.
Y menos a la nieta del gran Hadrian; investigaría... , no, descartado.
Los miro aterrado: solo lo descartan porque su muerte no se puede borrar, no porque matar sea horrible. ¿Qué clase de monstruos son estas personas? ¿Qué hicieron en ese pozo para estropearlo?
Lo dice con tal frialdad que me hiela la sangre y siento que, si pudieran matar a alguien sin que eso les pasara factura, lo harían, con tal de no perder su dinero.
—Ya tratamos de usar el pozo cuando nos tocó a nosotros hacer las novatadas —apunta el director del internado—. No salió bien... No lo uséis. Eso queda descartado.
Aprieto los puños bajo la mesa, no queriendo que se me note la rabia que siento ahora mismo.
Idelia hace pucheros como una niña caprichosa por no poder matar a nadie...
, madre mía. Están todos locos. ¿Qué ha estado pasando en este lugar mientras yo miraba hacia otro lado para poder sobrevivir?
Pienso ayudar a Abbi en todo, este lugar tiene que caer, y la verdad, salir a la luz.
—La tierra del sauce está inestable por estos días de lluvia —dice el padre de Idelia—. No hagáis nada ahí. Tememos que le pueda pasar algo al árbol y es un símbolo de nuestra universidad.
Miro al director del internado y lo veo nervioso. Luego pestañea e Idelia piensa ideas para joder a los becados. No tienen muchas, por lo que no harán nada esta noche. Escribo a Abbi de camino a mi cuarto y se lo comunico.
No me responde; debe de estar dormida.
Voy hasta mi cuarto, pero antes paso por la cocina para coger algo de comer. Estoy llegando cuando veo a varios becados moverse por los pasillos mirando a todos lados. Me escondo y veo a Dafna llevando a Abbi con una máscara que le tapa los ojos.
Quiero fiarme de Dafna, pero por norma general no confío en nadie, así que los sigo sin que se den cuenta. Van hasta la cabaña donde Ville casi abusó de ellas. Entran dentro y cierran la puerta, de modo que no puedo entrar. No como cuando Ville las atrapó. ¿Qué narices pasa aquí?
Quiero confiar, pero lo siento, no puedo. Me quedo cerca para, si pasa algo, entrar como sea. La putada es que empieza a llover de nuevo. Cuando oigo a Abbi reírse sé que no va mal la cosa.
—¡Feliz cumpleaños! —le dicen y me quedo paralizado. No sabía que era su cumpleaños. Cuando memoricé sus datos solo leí su edad, sin fijarme en qué día había nacido.
Miro el reloj: son las doce en punto. ¿Cómo no sabía algo tan esencial? Tal vez porque nunca han celebrado mis cumpleaños y para mí solo son una fecha señalada con la que sumar años, sin más. Pero ella se ríe de nuevo y parece feliz.
Me alejo de este lugar porque no corre peligro. Y porque quiero pensar qué regalarle. Será el primer regalo de cumpleaños que compre.
Voy hacia la zona del sauce y veo al director con su hijo, diciéndole que eche más tierra.
Edey protesta, pero lo hace. Ahí tiene que haber algo gordo.
De vuelta en mi cuarto me pongo a buscar noticias de hace cincuenta años de las cinco familias.
Cualquier pista puede valer. No es complicado buscar cosas de ellos porque sus apellidos son altamente reconocidos.
También busco desapariciones de becados que hayan estudiado en esta universidad.
No sale nada, pero es raro; me da la impresión de que han borrado los datos de todos los becados de la universidad que desaparecieron sin dejar rastro.
Joder, lo mismo estoy yendo demasiado lejos. Pero intuyo que no.
Anoto todo lo que encuentro, por pequeño que sea, incapaz de dormir porque quiero algo que me ayude a destruirlos por Abbi.
Cuando llega el alba me marcho a la ciudad. Quiero elegir el regalo perfecto para ella. Y eso me hace sentir algo incómodo. Pero me muero por ver su sonrisa cuando lo abra. Tiene que ser bonito regalar algo de corazón a alguien.
Mi traicionera mente me trae un recuerdo dormido.
—Es para ti, mamá. —Mi madre miró las flores y se agachó para cogerlas, vi su cara de felicidad, pero luego miró tras de mí y las tiró al suelo.
—Son horribles.
Miré las flores destrozado. Mi abuelo se acercó y las pisó con sus zapatos caros.
—Deja de hacer tonterías, Dorian.
Regreso al presente y noto la ansiedad crecer en mi pecho. Había olvidado ese momento, pero ahora no tengo tan claro que deba arriesgarme con mi regalo.