Contra ti (Becados y dioses 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

D ORIAN

Bajo a por mi coche, pero han cerrado la cochera para no dejar salir ninguno por la que está cayendo. Trato de que me permitan marcharme, pero ni puñetero caso. Salgo por la puerta del internado decidido a ir andando hasta donde esté Abbi.

Con lo feliz que estaba antes. Sin preocuparme por nadie. Sin desear abrazos de mierda y sin sentir que la vida se me escapa si le pasa algo a ella.

Voy andando hacia la carretera cuando veo que el director y el rector están echando tierra bajo el gran sauce. No entiendo qué mierda hacen con esta lluvia y por qué no han mandado a nadie a hacer esto.

Ya lo investigaré. Ando por la carretera hasta que veo las luces de un coche estrellado.

Voy hasta allí corriendo, temiendo que haya tenido un accidente y esté dentro muerta.

La idea me destroza y me hiela la sangre más que esta lluvia incesante que me cala los huesos, hasta que la veo salir del coche agitada.

Joder, nunca en mi vida he sentido tanto alivio. La sola idea de perderla me mata.

—¡Acaso estás loco! —dice al verme empapado por la lluvia.

—No dejan sacar los coches. ¿Estás bien?

—Sí, el coche perdió el control por la lluvia. Por suerte no iba demasiado deprisa, pero los airbags me dieron una buena leche y me ha costado un poco salir del coche...

Veo su ceja partida y la toco, agitado al ver la sangre.

—¡Joder! No debiste volver con esta puta lluvia...

—Ya, hasta ahí llego. —Andamos de vuelta, la sujeto y la veo bien, pero eso no me quita el miedo de los huesos por todo lo que imaginé que le había pasado. Al llegar al internado sé que debemos separarnos y, reticente, la dejo ir.

—Sube a mi cuarto ahora.

La veo alejarse con el alivio latiéndome en el pecho y odiando esto, y espero un poco antes de seguirla.

Al volver me fijo de nuevo en la escena del padre de Idelia y el director: echan sacos de tierra y los pisan con los pies.

Me quedo entre las sombras viendo qué narices hacen.

Al cabo de unos veinte minutos el móvil me avisa de que Abbi está en la puerta de la azotea, probablemente fue a cambiarse de ropa antes de subir.

La dejo pasar y hago un vídeo de lo que estoy viendo para analizarlo más tarde.

Pero con esta lluvia lo mismo no sirve de nada.

Subo a mi cuarto calado hasta los huesos. Cuando entro, Abbi está sentada en la cama y viene hacia mí.

—Estás empapado, no debiste salir... —La callo cogiéndole la cabeza para besarla.

—Voy a la ducha. Ahora salgo.

Asiente. No tardo mucho. Vuelvo solo con un bóxer y voy hasta ella. Miro el corte de la ceja.

—No es profundo.

—Lo sé.

Nos miramos a los ojos y mi idea era ser bueno y no hacer nada, pero acabo por besarla porque soy muy débil cuando se trata de ella.

Nos enrollamos sin poder dejar de tocarnos.

Sus caricias hacen que poco a poco el miedo se disipe.

No hacemos más que besarnos, pero me duelen las pelotas por mi deseo de entrar en ella con fuerza.

Por eso me separo jadeante, cuando sé que si no paro esto se nos irá de las manos, y voy a por mi móvil para buscar algo que me distraiga.

—He visto algo raro al volver. —Se lo enseño—. No sé por qué narices echaban tierra ahí, ellos, que odian mancharse.

—Y no mandan a otros... Tenemos que investigar. —Su mirada se ilumina.

Y de nuevo miro la herida. Odio ver el dolor reflejado en su cuerpo en forma de cicatrices.

—Estoy bien. —Su mirada se desvía a mi mesita de noche—. ¿Otra vez leyendo a Mario Benedetti?

Lo abre y lee el poema que he marcado. Me muevo algo incómodo:

—«Me perdí en su mirada, es que el color de sus ojos me encantaba; no eran ni azules ni verdes. Eran color café, café que quita el sueño, café que me produce desvelos».

Nos miramos y veo su pecho subir y bajar de forma agitada. Lee lo que puse al margen:

—«Nunca podré olvidar lo que es perderme en su mirada». —Voy hacia el ordenador mientras ella busca un boli y escribe algo.

Luego me abraza por detrás y, por suerte para la vergüenza que siento, no dice nada.

Tenía ese libro desde hace años. Pero nunca entendí los poemas de amor hasta que la conocí a ella.

¿Cómo se va a comprender algo que nunca has experimentado hacia ninguna persona de tu vida?

Ella hizo que dejara de ver solo letras preciosas en un papel y viera trozos de poemas que me llegan al alma.

—Tengo que ir a mi cuarto. Por si esta noche vienen a buscarme.

Está agotada y odio que hagan esto.

—¿Por qué seguir adelante por un hombre que te ha fallado?

—Porque no quiero ser yo la que lo condene. Lo quiero, Dorian, a pesar de todos sus defectos, porque mi infancia a su lado fue feliz. No puedo condenarlo porque, aunque estaría bien que pagara por sus propios errores, yo nunca me lo perdonaría y no podría vivir con esa culpa.

Le acaricio las manos y la giro para verla.

—Un día acabará todo esto. Y entonces podrás pedir explicaciones a todos. —Apoyo su frente en la mía.

La vuelvo a besar y me cuesta mucho separarme de ella. Cuando la dejo ir estoy ardiendo y a la vez muy preocupado. Busco el libro que ha dejado sobre la cama y leo lo que ha puesto:

Aunque los tuyos no sean color café, giras en mi mente sin parar desde que te vi. Eres y siempre serás mi Eros.

Sonrío y noto algo cálido en mi pecho. Algo que me carga de energía y a la vez me llena de terror, el terror a perderla.