Contra ti (Becados y dioses 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

D ORIAN

Veo su cuerpo listo para mí. Me empapo de ella. De esta imagen real de alguien que me desea sin fingir. Veo su culo respingón y su sexo perlado por el sudor. Está muy mojada y yo muy excitado por lo que me ha hecho antes.

Por eso necesito llevarla al mismo punto en el que estoy.

Nunca me ha preocupado eso, pero con ella no quiero ser egoísta. Aunque a Abbi muchas veces se le olvide que, cuando he podido, siempre he elegido protegerla.

Ella cree que la tengo en mis manos por todo lo que sé de ella, pero ignora que, por lo que siento cuando la tengo cerca, es ella quien me tiene cogido a mí por los huevos.

Me aterra lo que puedo hacer por ella. Tanto bueno como malo.

Por eso me alejo o hago que el sexo esté por delante de todo lo demás.

Es más fácil así.

Ando hasta ella y meto un par de dedos dentro de su sexo. Los muevo de dentro hacia fuera.

—¿Oyes lo mojada que estás?

—Sí. —La imagino mordiendo esos labios rojos que antes me rodeaban la polla.

Muevo los dedos hasta que grita de puro éxtasis.

Entonces acerco mi boca a su sexo y la devoro.

Su sabor me pierde y más saber que está tan cachonda por mí.

Le lamo su perlado coño de arriba abajo mientras los dedos entran y salen de ella, sigo mis atenciones hasta su culo y meto un dedo dentro de su ano.

—¡Dorian!

—Vamos, admite que te gusta. —No lo niega y muevo los dedos en sus dos agujeros disfrutando de tenerla a mi merced.

La llevo al límite una y otra vez.

—Me está empezando a gustar esto de torturarte, becada. —Gruñe.

Su sexo cada vez está más mojado y a mí me duele la polla de lo mucho que ansío estar dentro de ella. Por eso me acerco y me meto de una estocada, cogiéndola de las caderas para acercar su trasero más a mí.

Entro más hondo y tiro de ella hacia atrás.

—Dorian —dice y me pone mucho oír mi nombre en su boca cuando está tan cachonda.

Salgo y entro de ella con fuerza. La alzo y le beso el cuello mientras disfruto de sus tetas, que se mueven con cada una de mis embestidas. Tiro de sus pezones con una mano mientras llevo la otra a la unión de sus piernas. Está muy resbaladiza. Me encanta pasar los dedos por su clítoris.

—Necesito correrme —me implora.

—Pues hazlo.

—No sin ti. —Que quiera hacer esto juntos expande por mi pecho una emoción que desconocía.

Busco su boca y la beso.

—Córrete, becada —le digo aumentando las embestidas cuando yo estoy cerca.

No dejo de moverme y de tocarla mientras nos corremos juntos entre gritos y jadeos. Al acabar caemos sobre la cama y la acerco a mí. Se abraza fuerte a mi pecho y no quiero que se mueva. No quiero perder esto. Este abrazo que tanto se me ha prohibido en mi vida.

—Me moría de hambre —dice antes de morder el sándwich que he ido a preparar—. A vosotros os cuidan mejor.

—Hay un cocinero solo para nosotros cuatro. Pero admito que esto lo he hecho yo.

—Pues está delicioso. ¿No sospechan nada porque te subas tanta comida?

La miro, lleva el pelo mojado por la ducha que nos hemos dado y una de mis camisetas negras. Está preciosa y sus labios rojos por mis besos me recuerdan dónde han estado solo hace un rato.

—No. Por norma general, con la comida no me tocan los cojones.

—Ceno sin querer contarle mucho, pero algo me dice que si no me abro a ella la perderé y no quiero—.

Mi abuelo vino porque Idelia le ha dicho que estoy diferente.

Me hicieron pruebas de todo y no pude estar solo hasta la tarde del domingo, cuando te escribí.

—Quedé con mi hermano. —Algo oscuro pasa por su mirada—. Y me dieron un susto de muerte. Luego se quejan de las putadas, pero a veces me pregunto dónde está la línea que nos separa.

—He visto de todo aquí. Sobre todo, mucha falsedad. Gente que rogaba que parásemos y luego me seguían el juego para besarme. —Se remueve inquieta—. Tengo un pasado...

—Y yo —dice entre dientes.

—Al final, todos estamos atrapados, pero siempre he sentido que los becados podían elegir, decir basta. Yo no, pero trataba de que no se fuera todo a la mierda y a veces, cuando los ayudaba, me preguntaba si servía de algo porque ellos, en vez de huir, seguían aquí.

—Por eso los odias.

—Los odio porque envidio su libertad —admito al fin algo incómodo.

—¿Por eso me llamas becada?

—Es de forma cariñosa. —Alza una ceja—. Tenemos unas reglas, para no intimar con los becados más de lo necesario. Era mi forma de recordarme que tú estabas prohibida y ahora..., bueno, es mi forma de recordarme que me la suda todo.

—¿Y si eso es lo que soy para ti? ¿Un desafío para joder a tu abuelo? —Me mira inquieta—. Tal vez soy como ese cigarrillo que ves consumirse lentamente...

—¿Tanto te cuesta creer que puedes gustarme de verdad? ¿Tan raro sería que alguien te quisiera? —No dice nada—. Yo estoy jodido, pero tú también. Tu pasado te ha dejado huellas que tal vez ignorabas. —Su mirada es dolida.

—Vete a la mierda, Dorian. Al menos yo tuve una infancia buena...

—Con un hombre que te dejó ir con un psicópata.

—Viene hacia mí y la cojo. Forcejeamos hasta que me mira con lágrimas en los ojos—.

Lo nuestro es una putada de las gordas. Me complicas la puta vida y a pesar de todo estoy aquí.

Deja de dudar de mí y si tienes un puto problema, háblalo conmigo en vez de dejarme fuera de todo o lo que estamos construyendo se irá a la mierda.

—Como si tú quisieras que esto fuera a más. Huyes de mí.

—Matiza eso: intento huir de ti..., pero no puedo. —Miro su boca y ella la mía—. No puedo huir de ti y eso a veces duele.

Entro en ella, esta vez sin prisa, tras ponerme un condón. Sin nada que no sea sentirnos. Y acojona mucho lo ligado que estoy a ella. Lo mucho que me gusta estar aquí, sin que nada más importe excepto tenerla conmigo un poco más.