Capítulo 16
A BBI
—¿Qué vas a hacer este fin de semana? —me pregunta Dafna.
—Escapar de aquí, quiero dormir. —Se ríe.
—Tu hermano quiere verte. —Muerde su boca—. Abbi, no puedes retrasar tomar una decisión.
—Lo sé.
Vamos hasta la clase y no sé qué decirle. No quiero ir de nuevo contra Dorian; a pesar de todo, no quiero destruirlo y me duelen todos los secretos que nos separan. Sobre todo, cuando lo miro a los ojos y lo veo tan perdido, tan solo.
Estoy al borde de un abismo, donde un fallo es la muerte. Pero aquí sigo, por un hombre que tal vez nunca entienda lo mucho que lo amo y lo aterrador que es saber eso.
Marvin me espera en la puerta; hoy comparto clase con él.
—Estás muy guapa —me dice mirándome de una forma que no me gusta. Es así como me miraba aquel hombre hace años y me hace sentir desnuda. Y, tras su propuesta y saber que espera que acepte, no me gusta tenerlo cerca.
—Gracias.
Entra conmigo a clase y se sienta a mi lado.
Habla del trabajo y de los libros. Hubo un tiempo en que llegué a considerarlo un amigo, pero ahora no.
Ahora sé que solo baila al son que más le conviene y que a la hora de la verdad me venderá al mejor postor.
Por suerte, no compartimos todas las clases y en la siguiente me siento sola.
Dorian está al final con los otros «dioses». Escucho a Idelia hablar de una fiesta la semana que viene a la que deben ir como pareja. Lo ha dicho tan alto que todos en la clase se han enterado, de la fiesta y del precioso vestido con pedrería que va a llevar.
Al acabar la clase tengo un mensaje de Dorian para que vaya a su cuarto. Parece que se está convirtiendo en una costumbre. Lo malo es que, tras lo de ayer, estoy más nerviosa que otras veces. Al bajar las escaleras que dan a su cuarto no lo veo allí. Hay comida y una nota:
Tengo que comer con Idelia..., está celosa. Puedes ordenar mis libros, no me gusta cómo están.
Me guardo la nota en la mochila. La comida está mucho mejor que la que ponen en la cafetería.
Se nota que esta la hacen especialmente para ellos o para los profesores.
Y aquí, en su cuarto, comer sin miradas de nadie me tranquiliza.
No era consciente de cuánto me afectaban todas esas miradas.
Y el miedo a tener que estar siempre alerta.
Como si en cualquier momento fueran a ir a por mí.
Aquí sé que no pasará nada de eso. Yo llegué a este lugar preparada y, aun así, todo es mucho peor, así que no quiero ni imaginarme lo que sería vivir estas novatadas sin un porqué, solo porque a unas personas aburridas se les ha ocurrido que putear a los novatos es divertido.
Al acabar recojo todo y me pongo a ordenar la estantería de Dorian. Tiene muchos libros que he leído. En una pila de libros veo uno de Mario Benedetti con un marcapáginas. Lo abro y leo la frase:
Te conocí cuando no tenía ganas de conocer a nadie y terminaste obteniendo una versión de mí que solo puedes tener tú.
La frase me hace sentirme identificada. Junto a ella hay anotada una fecha de hace poco. Busco un boli y escribo:
Y, a pesar de todo lo que iba en contra de sentir algo por ti, caí sin remedio.
Dudo, dudo mucho. Pero lo dejo en la estantería tras poner la fecha de hoy, sabiendo que si algún día coge este libro verá mi letra ahí, junto a la suya.
Sigo ordenando los libros. Sobre las seis me canso de estar aquí y de esperarlo, recojo todo y me marcho.
Es viernes y estoy deseando largarme lejos de este lugar, sobre todo antes de que anochezca.
Necesito estar en la ciudad, en mi piso.
Y saber que allí nadie me encontrará para hacerme putadas.
Tengo que pensar en muchas cosas y ver qué camino debo tomar.
Bajo hasta mi coche sin pasar por mi cuarto.
He escrito a Dafna para decirle que nos vemos el domingo por la noche y me ha respondido con un vale.
Las cosas entre las dos están tensas hasta que no decida qué hacer con todo lo que sé.
Conduzco hasta la ciudad y cuando llego siento alivio.
No soy la única que ha decidido irse. La carretera estaba muy concurrida.
Me han adelantado varios coches a mucha velocidad.
El estudio que ha comprado mi abuelo está en una zona tranquila, lejos del centro.
Aparco el coche y voy hasta el portal. Entro y subo por el ascensor.
Solo hay un estudio por planta porque el edificio no es muy grande.
De hecho, el ascensor solo es para dos personas y poco más.
Salgo y abro la puerta. Es entonces cuando lo siento, a Dorian, pero eso es imposible. Miro hacia las escaleras y lo veo subiendo como si nada, con esa chulería que lo caracteriza. Su mirada es muy oscura y fiera.
—Te dije que nada de sexo con otros. ¿Acaso no me explico bien, becada?
—¿Qué pasa, que estás celoso? —Se acerca y el rellano se hace pequeño con él aquí.
Los latidos de mi corazón se aceleran ante su presencia y recuerdo lo que casi pasó ayer. Lo deseo tanto que me duele.
—Si no tienes nada que esconder, abre la puerta.
Dudo porque sí tengo mucho que esconder, pero no a alguien en concreto. Lo miro y me siento como cuando estoy andando sobre la cornisa. Un paso en falso y puedo caer al vacío.
Si abro esta puerta conocerá todos mis secretos. Todo lo que he recopilado de mi abuelo Uriel y de la universidad.
—¿Ves?, sabía que había alguien. —Lo miro y no parece solo celoso, parece triste, como si imaginarme con otro le doliera de verdad.
Muerdo mi boca y, agitada y nerviosa, abro el estudio.
Entro y lo dejo pasar. Enciende las luces y puedo ver cómo su mirada se agranda al contemplar el panel con todo lo que sé, que ocupa la pared del salón entera.
Me quito el abrigo y el resto de las cosas para quedarme solo con un vestido sencillo de manga larga.
—Joder, esto no lo esperaba.
—Eso es porque tiendes a pensar lo peor de mí.
Voy a la cocina, que es abierta, solo separada del salón por una isleta, y saco un par de botellas de agua mientras Dorian lo lee todo. Me siento más expuesta que ayer cuando me corrí delante de la cámara.
Dorian se quita la chaqueta de cuero y la deja sobre el respaldo de una silla. No me mira mientras lee cada nota. También las que hay sobre la mesa. Se empapa de todo lo que he ido descubriendo y lo que robé de casa de mi abuelo Uriel, ve la dirección y me mira.
—Podrías destruirnos con todo esto.
—Lo sé —respondo mientras me pregunto si he tomado la decisión correcta.
Me acerco a tenderle agua. La coge y da un trago. No me mira mientras lee la lista de todos mis hermanos y primos.
—Conozco a varios de estos de cursos pasados. No aguantaron una mierda. Solo este. —Señala a Kiefer—. Aunque se fue, no sé por qué.
—¿Puedo confiar en ti? —Me mira divertido.
—¿No crees que es un poco tarde para hacerme esa pregunta?
—Ya, sí, pero hay más. Algo que he descubierto esta semana y tengo que tomar una decisión que me hará ir contra ti.
—¿Y no es eso lo que has hecho desde que llegaste?
—Sí, vamos, echarte wasabi en el café fue una gran putada...
—Sin olvidar el coche. —Muerdo mi boca—. Por cierto, tenía otro de reserva.
—Te lo merecías.
—No participé en las putadas. —Mira la pared—. Pero le dije a Idelia que estuvimos juntos y eso es algo que la encoleriza.
—Bueno, no le dijiste lo de mi abuelo, no sé si sentirme halagada.
—¿Qué es lo que sabes? No voy a traicionarte y no sé bien por qué, porque... no confío en ti. —Veo la verdad en sus ojos y es triste porque yo sí. Si no, no hubiera hecho todo esto.
Si no, no dudaría de en qué bando estoy. Pero yo no pasé por lo que pasó Dorian de niño. Eso le ha dejado heridas muy profundas.
—Dafna es hermana de una de las becadas de hace años. Tras una putada se quedó en silla de ruedas y —señalo a Kiefer— es su novia. Se fue con ella para apoyarla en la recuperación. Ahora ya hace vida normal, pero Dafna ha vuelto para vengarse. Para destruiros, y me ha pedido que me alíe con ella.
—¿Y por qué dudas?
—Por ti. No quiero ir de nuevo contra ti, tener secretos... Qué tonta soy, ¿verdad? Tú no confías en mí ni somos amigos..., pero no puedo traicionarte más.
Pasa el tiempo y me atrevo a mirarlo. Sus ojos aguamarina están clavados en mí. Como si estuviera sosteniendo una lucha interna.
—No confío en ti —alza la mano y me acaricia la mejilla—, pero me he cansado de ir contra ti, becada.
Me coge la cara entre las manos y me besa. Es un beso feroz y un beso de los que marcan un antes y un después. Como si, al igual que yo, llevara tiempo ansiando volver a ese instante en que solo existimos los dos y el latir de nuestros corazones acelerados.
Le devuelvo el beso hambrienta de él, de lo que siento a su lado y de esta sensación de que cuando lo tengo cerca busco todos los caminos que me llevan de vuelta a su lado.
—Esto no cambia nada —dice antes de que su boca vuelva a devorar la mía.
Los dos sabemos que esto lo cambia todo. Pero ahora no es momento para expresar lo que sabemos que luego tendremos que poner sobre la mesa.
—Si seguimos no sé si podré parar. —Muerde la curva de mi cuello tras sus palabras.
—No quiero que te detengas. —Ruge antes de cogerme en brazos y buscar la cama.
He elegido y ahora no quiero pensar en lo mucho que me aterra que todo esto se vuelva en mi contra.