Contra ti (Becados y dioses 2) Capítulo 14
27%

Capítulo 14

D ORIAN

Abbi viene a clase con ojeras. Tiene mala cara y parece enferma. Idelia disfruta de esta imagen, pero yo no. No soporto verla así. Y más tras lo que me dijo esa noche estando borracha y que no paro de pensar si será verdad.

Lo cierto es que esa becada me importa, aunque yo no quiera. Y no es indiferente para mí.

—Al final estamos consiguiendo hundirla —dice Idelia al ver que Abbi va medio ida por la clase—. Va a caer. Esta noche, putadas... Voy a prepararlas.

Se marcha y no aparece en las siguientes clases.

Solo aprueba porque su padre, cansado de que no saque buenas notas, le pasa algunas preguntas de los exámenes.

En la siguiente clase, Abbi se queda dormida, la gente se ríe de ella, alza la mirada y me ve.

Veo dolor en sus grandes ojos castaños y algo más.

Por eso le escribo y le digo que no vaya a comer a la cafetería, que tengo algo urgente que hacer y la necesito.

En realidad, es mentira. Lo que quiero es que descanse y no sé bien dónde me deja eso.

Veo a Abbi en la puerta de la azotea y le abro. El móvil me avisa cuando hay gente cerca. También cuando hay gente cerca de mi cuarto, o si entra alguien. No me fío de nadie aquí, por eso tomé medidas.

Salgo al balcón y al poco veo a Abbi bajar por la escalera.

Cuando llega hasta mí le pongo la mano en la frente. Agranda los ojos, sorprendida por mi contacto, y noto cómo tiembla.

—No tienes fiebre.

—Lo sé. Solo tengo muchas cosas en la cabeza que no me dejan respirar. —Advierto su mirada agitada.

—Te preguntaría qué cosas, pero dudo que me las cuentes o que te crea.

—Mira, en ese punto estoy, no creo a nadie.

Entra a mi cuarto y ve la comida recién hecha que subí de la cocina. Puse un poco de todo.

—Vamos, come algo.

No dice nada y que no me discuta me preocupa. Ella siempre tiene una réplica ingeniosa o una historia. Echo de menos sus historias. Su mente volando lejos de aquí. Este lugar está matando su esencia. O todo era mentira... ¡Joder!

Comemos en silencio.

No deja de mirarme de reojo y yo a ella. Esta comida es incómoda y me recuerda a esos días en que comíamos juntos y creía que todo era real. Sin dobleces.

—Escribí esa nota en el diario al principio..., pero nunca te hubiera usado ni me hubiese acostado contigo si no sintiera algo...

—La pasión nos ciega.

—No espero que me creas, pero solo te oculté lo de mi procedencia o qué hago aquí para salvar a mi abuelo. Mi abuelo Uriel no es menos desgraciado que el resto.

Mira su comida.

—Esta conversación ya llega tarde. Porque no te creo... y tal vez hace meses lo hubiera hecho, pero ahora..., ahora no. Sigue comiendo.

No dice nada, solo come en silencio mientras yo me muero por creerla. Pero hace años creí a mi padre cuando me juraba que iba a cambiar, y a mi madre cuando me abrazó fuerte cuando él se murió y me dijo que nunca me abandonaría...

¡Joder!

Agitado salgo al balcón y miro a la gente de este podrido lugar ir de un lado a otro.

—Yo tampoco sé en quién confiar ahora. He descubierto cosas nuevas y me va a estallar la cabeza.

—Te diría que usaras tu instinto, pero es que el instinto debe de estar atrofiado porque me lleva a ti una y otra vez.

—Siento lo mismo. —La miro, el aire mueve su pelo—. Estoy cansada. No puedo más..., quiero rendirme.

Se limpia una lágrima de su mejilla y no puedo mirarla sin hacer nada. Tiro de ella y la abrazo. La abrazo porque me muero por ella, por este instante, por tenerla de nuevo entre mis brazos con cualquier excusa.

—Esto no cambia nada —dice, pero me aprieta fuerte.

—Nada de nada —digo mientras dejo caer mi mejilla sobre su cabeza y la sujeto con fuerza contra mi pecho.

Ojalá ella y yo no fuéramos ella y yo...

Si fuéramos otras personas diferentes, no tendríamos esta carga que ahora nos separa y nos hace aferrarnos al otro a pesar de temer que en verdad seamos enemigos.

La miro y parece muy cansada. Como si hubiera dejado de correr.

—Deberías irte lejos...

—Meterán a Hadrian en la cárcel. —Se separa—. No puedo hacerle eso. Cometió errores por amor a sus trabajadores. Esta gente hace cosas peores por amor a su dinero. No puedo fallarle.

—¿Y si no me ganas?

—Habré llegado hasta el final y mi abuelo Uriel me dejará ir sin represalias.

—¿Y si no puedes llegar?

—No puedo decir basta, no puedo. —Se pasa las manos por el pelo y veo cómo le tiemblan—. Dime qué esperas de mí y ya...

—No lo sé —le digo, sincero, y le doy la espalda—. Come y luego recoge algo. No hace falta que te pongas el uniforme.

La escucho entrar. Se sienta a comer y luego recoge cosas. No entro. Pero pienso en que mi abuelo y el suyo usan el mismo método para retenernos aquí a los dos. Se cae algo y me giro a ver qué pasa. Veo que se le ha caído un jarrón y se agacha a cogerlo.

—Vete —le digo porque no sé si puedo contener de nuevo las ganas de abrazarla otra vez y protegerla de toda esta mierda.

—Como quieras. —Anda hasta mí y va hasta la escalera—. ¿De verdad confiabas en mí o te acuestas con todas sin condón? Dime la verdad, por favor..., no sé si puedo soportar más mentiras.

—Por si no lo sabes, no soy un estúpido.

—No, pero corren muchos rumores.

—Estamos en el mismo barco. —Nos miramos a los ojos—. En el de la desconfianza. Y hay distancias que son insalvables.

—Psique buscó a Eros hasta en el infierno y Eros bajó a él por ella...

—Yo ya he estado en el infierno, becada. —Agranda los ojos por el mote y aparto la mirada—. No pienso volver allí por nadie.

Aprieto los puños ante mi debilidad. Ella me hace desear cosas. Cosas como creerla. Se marcha tras sacar algo de su pequeña mochila. Cuando miro hacia la escalera veo un libro. El libro que compró para mí ese día en que por un momento jugué a ser otra persona.

Lo abro con manos temblorosas y dentro encuentro historias de ella con su abuelo Hadrian, de cómo le enseñaba los trucos. Me quedo leyéndolas todas hasta altas horas de la noche. Al cerrar el libro sé que por ese hombre haría lo que fuera, hasta acabar muerta por culpa de las locuras de este lugar.

Por salvarlo haría lo que fuera, aunque eso nos hiciera ser enemigos.