Contra ti (Becados y dioses 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

A BBI

Despierto agitada y desorientada. Miro a mi alrededor y veo que estoy en uno de los sofás de mi planta. No sé cómo narices he llegado aquí. Hay una botella vacía en el suelo. Y recuerdo que cogí la botella de los chupitos antes de ir a ver a Dorian.

Me duele el brazo y cuando me lo miro veo que alguien me ha curado la herida que me hice. Sé que ha sido cosa de Dorian. ¿Fue él quien me dejó en este lugar? Seguramente.

Voy hasta mi cuarto queriendo acordarme de lo que dije o hablé con Dorian, pero no recuerdo nada. Entro a la ducha y espero que el agua me quite esta resaca. Me duele mucho la cabeza y tengo clases. Dafna me espera y al verme corre a por un paquete de pastillas.

—¿Qué pasó?

—No lo recuerdo. Cogí la botella y me debí de dormir de camino.

—Pues vaya imprudencia, Abbi.

—Lo sé.

Solo recuerdo que quería olvidar lo que Dorian me hace sentir.

Que si tenía que estar a su lado era deseando olvidar cada instante porque me duele lo que siento por él.

Dafna y yo vamos a clase corriendo. Nos despedimos y al entrar en mi clase espero ver a Ville, pero no está.

Mejor, aunque sí está Dorian con sus superamigos del Olimpo.

Idelia me mira como si odiara que siga viva. Dorian me mira de una forma diferente.

¿Acaso le dije algo anoche? Lo dudo.

Decido centrarme en las clases y olvidarme de todo. Sobre todo, de mi dolor de cabeza. Por eso, cuando dicen: «Examen sorpresa», me pongo muy nerviosa. No me siento preparada, no he repasado nada en días y temo no hacerlo perfecto.

Soy de las últimas en dejarlo en la mesa y el profesor me mira alzando una ceja.

—¿Problemas?

—Como si te importara —le respondo, sabiendo que si le importaran los estudiantes no estaría en un lugar donde les hacen tantas putadas.

Salgo de clase y voy a la siguiente. Me cuesta mucho centrarme en ellas con el dolor de cabeza y sé que coger anoche esa botella no fue mi mejor decisión y lo peor es que no dejo de darle vueltas a qué pude decirle a Dorian porque me mira de forma distinta.

A la hora de la comida me llega un mensaje de Dorian:

Dorian: Ven a mi cuarto.

Guardo el móvil e ignoro su mensaje mientras me siento en la mesa con Dafna y Mina, que parece que cree que somos tontas y no sabemos que está a nuestro lado solo para sonsacarnos información. Tal vez por eso Dafna le está contando una receta de un bizcocho que vio en redes sociales.

—La verdad es que tiene una pinta tremenda. —Daf­na saca el móvil y le enseña el vídeo una y otra vez para que aprecie mejor el glaseado por encima—. Se me hace la boca agua.

—¿Y esa cara, Abbi? —me pregunta Mina.

—Como si no supieras lo de la noche de los chupitos.

—Bueno, lo sé, pero ya sabéis que no puedo hacer nada. Pero estoy de vuestro lado. —Dafna y yo intercambiamos una mirada que deja claro lo poco que la creemos—. Por cierto, qué lástima que no te contraten en la biblioteca.

—Estoy en lista de espera, tal vez en algún momento lo hagan. —Sonríe fingiendo pena, pero es demasiado falsa hasta para molestarse en ocultar lo poco que le importan mis palabras.

¿Fue siempre así o es que ahora veo su verdadera cara? No lo sé, en este juego de roles ya no sabes quién dice la verdad y quién miente.

Mina trata de sonsacarme cosas, pero no le dejo y Dafna le enseña más recetas. Al final se cansa y se marcha.

—Se cree que somos tontas.

—Y yo que creía que era la mejor por no dejarme el cuarto más feo —digo. Dafna me mira sin comprender y le cuento mi técnica del primer día sobre el reparto de cuartos.

—Vi tus cosas en el cuarto pequeño —me responde—. Abrí el armario para saber cómo era de grande y me di cuenta de que había algo de ropa enganchada. Al tirar vi el doble fondo y pensé que era una gran idea. Así que, como tú ya habías elegido, escogí el que más me gustaba a mí.

La miro atónita. Ella solo sonríe.

—Siento que no vas a dejar de sorprenderme nunca —le digo y se ríe.

—Y lo que te queda, pero estoy de tu parte. —Esto lo dice muy seria mientras me coge la mano sobre la mesa y veo una madurez en ella que me descoloca. Es solo un segundo antes de volver a su cara de siempre, pero eso hace que de nuevo me pregunte qué oculta.

Quiero creerla, pero no sé si puedo. Por eso solo sonrío y sigo comiendo.

Cuando regresamos al cuarto le digo que voy a dar un paseo para despejarme y me dice que vale.

Subo a la azotea y la puerta se abre. Ando hasta el cuarto de Dorian, que me espera apoyado en la barandilla mirando hacia la zona de deportes.

A pesar del frío que hace, solo lleva unos vaqueros y una camiseta negra, que se pega a su cuerpo.

Cuando gira la cabeza para mirarme noto cómo mi corazón da un vuelco.

Odio no poder dejar de sentir, de añorarlo. De desear que todo fuera diferente. Odio seguir enamorada de este idiota.

—¿Qué quieres de mí?

—No con esas ropas.

Lo miro enfadada y entro en su cuarto. Cojo la ropa de sirvienta y me la pongo en el aseo. Al salir, Dorian me mira el brazo donde tengo la herida.

—¿Te la has curado?

—No, no he tenido tiempo. —Pone mala cara.

—Siéntate. —No lo hago, pero abre su gran bocaza—. ¿Quieres que les diga quién eres?

—De verdad, no sé cómo te soportas a ti mismo.

Hago lo que me dice y Dorian va a por el botiquín.

En ese momento mi mente sufre un déjà vu y sé que esto ya lo vivimos ayer.

Tiro de ese recuerdo mientras me quita la venda y me cura.

La herida parece infectada. Por eso no miro mientras lo hace.

Me agobian las heridas. Dorian me la cura con precisión, se le da bien.

Lo miro. Tiene la mirada concentrada en lo que hace y parece de nuevo diferente a los días pasados.

Parece estar librando una lucha interna.

Alza la mirada, nuestros ojos se encuentran y, como si despertara de un largo letargo, recuerdo lo que pasó en este cuarto. La pregunta que me hizo y lo que le respondí.

¿Por qué quiso sacarme la verdad estando borracha? «Los borrachos dicen la verdad», me dijo. Su padre. Su padre debió de decirle cosas horribles. Si eso era cierto..., ¿era cierto todo lo demás?

Cuando estás en lo alto de la cuerda de alambre y sabes que un paso en falso puede significar una caída, tienes que tomar decisiones. De cómo poner el pie, de en qué pensar para que el miedo no te juegue una mala pasada. Un paso en falso y la caída puede ser letal si no hay protecciones.

Al mirar a Dorian siento que ahora mismo estoy caminando en la cuerda floja y que un paso en falso puede hacerme caer para siempre.

Dorian aparta la mirada y termina de curarme la herida.

Sé que es mejor así, sé que es mejor tenerlo de enemigo porque no confío en él.

Pero por un momento me pregunto si de verdad me usó.

Si de verdad hace todo esto para sacarme información, si de verdad la otra noche no estaba ahí para protegerme, sino para reírse de mí.

Entonces, ¿por qué no me preguntó otra cosa? Una que me sacara información de dónde está mi abuelo. Su única pregunta fue sobre nosotros. Como si le doliera haberse enterado de mi traición.

—Ordena mi cuarto, tengo que estudiar.

Se pone a estudiar mientras yo ordeno sus cosas.

Tiene un poco de desastre. Libros en el suelo y notas.

Cómo no, leo las notas. Hablan sobre el origen de este lugar.

No creo que sea casualidad que las haya dejado aquí.

Dorian no da puntada sin hilo. Me está poniendo a prueba.

Las guardo todas sin querer leerlas y siento su mirada puesta en mí.

Capullo. No sé qué espera de mí. Y eso hace que me lleve la mano al brazo para rascarme, provocando que tire de la venda.

—Para o te quitarás lo que he hecho para curarte.

—Me pica.

—No te pica, tienes ansiedad —dice a las claras.

—Me has puesto a prueba —le digo y no lo niega—. ¿Qué quieres de mí? Aparte de hundirme y volverme loca.

—Y tú, ¿qué quieres de mí?

Se apoya en la silla y me mira a la espera.

—Desde que sé que solo te acercaste a mí para descubrir quién era y hundirme..., destruirte —admito.

—Y yo que te tenía por alguien inteligente.

—No sé qué quieres decir y hoy menos, con este dolor de cabeza. —Sigo recogiendo.

—Según tu inteligencia me acerco a todas las becadas para obtener información, porque si no, ¿qué te hacía a ti especial? ¿Ser inteligente? Han pasado por aquí muchas mujeres inteligentes.

—Me mandaste un mensaje diciendo que solo te acercaste a mí por eso. ¿Recuerdas?

—Estaba dolido por lo que acababa de descubrir. Ni me acuerdo de qué te puse. —Saca el móvil y lo busca. Alza sus rubias cejas—. Vale, estaba muy jodido..., pero sabes que este lugar parece más bien una cárcel para todos..., que quería estar lejos de aquí...

—No sé adónde quieres ir a parar y hoy no es mi mejor día, intento pillarte, pero estoy espesa, me duele la cabeza y no puedo más...

—admito cansada. Dorian duda, pero se levanta a buscar agua y una pastilla.

Me la tomo sin dudarlo y tarde me doy cuenta de que puede ser un gran error y me llevo la mano al brazo.

—Solo es para el dolor de cabeza.

—¡Es que no sé qué quieres que vea! ¡Ni qué esperas de mí! ¿Sabes la ansiedad que me genera eso? ¡Sí! Escribí esa mierda cuando te vi la primera vez, pero no..., da igual. No confío en ti.

—Ni yo. Puedes irte, me he cansado de ver tu rostro ceniciento.

No me lo pienso dos veces y voy a cambiarme antes de irme.

Aun así, no paro de dar vueltas a toda esta conversación porque todo parece apuntar a que Dorian no se acercó a mí para averiguar quién era, sino porque no pudo evitarlo y cuando supo quién era yo todo le explotó en la cara y eso le hizo mandarme ese mensaje, dolido y sintiéndose traicionado.

La esperanza late con fuerza en mi pecho y tengo miedo de estar cayendo de nuevo en su trampa por lo mucho que deseo una explicación que de nuevo tienda un puente entre su mundo y el mío.

Entro a mi cuarto y Dafna está mirando la tele mientras hace un trabajo.

—¿Has hablado con Dorian alguna vez? —le pregunto.

—No.

—¿Y el resto de las becadas?

—Dorian no pierde su tiempo con los becados. Todo el mundo lo sabe. Si se ha liado con alguna ha sido porque Idelia la acercaba a él y ella elegía con quién podía o no juntarse y, además, Dorian no tenía que ir tras ninguna chica, todas van tras él. ¿Por qué me preguntas eso?

—¿Por qué se acercó a mí? ¿Por qué nos hicimos amigos? —admito al fin, cansada de hacer todo esto sola.

—¿Y no sabes la respuesta? —me dice y me mira como si fuera tonta, la misma mirada que me dedicó Dorian.

—¿Sin una razón?

—Que esperes que necesite una razón para sentirse atraído por alguien como tú no sé muy bien dónde te deja. ¿Tan raro es que alguien quiera estar a tu lado?

—Sí lo es. Me voy a dormir, no me encuentro bien.

—Dorian nunca te miró como mira al resto. Lo vi yo, lo vio Idelia y lo vieron todos. —Me giro y la observo agitada—. Por eso Idelia desde el principio iba contra ti, porque odiaba cómo te miraba cuando nadie parecía darse cuenta y cómo lo mirabas tú.

—¿Y si todo era mentira?

—No lo sé. Tú fuiste quien vivió esa historia. Tú eras la que estaba ahí. ¿Era mentira? ¿Tanto se puede fingir?

—Es mejor dejarlo aquí. Está prometido y yo sigo siendo...

—La nieta de Uriel Nelson —lo dice como si nada. Como si no acabara de soltar una bomba en medio del salón.

El dolor de mi cabeza se hace más fuerte a pesar de la pastilla que me dio Dorian y me pregunto si todo esto no es más que un mal sueño en el que nada tiene sentido.

—¿Cómo lo sabes?

—No eres la única que tiene secretos. —Mira la puerta y se levanta. Coge mi mano y me lleva hasta su cuarto. Nos encerramos en él con pestillo y no sé qué esperar ahora. Que me cuente qué esconde o que saque un cuchillo y me mate en nombre de los dioses del Olimpo.

A ver, lo segundo queda descartado, pero su cara, joder, su cara parece diferente, como si la viera por primera vez... y pareciera más adulta...