Contra ti (Becados y dioses 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

A BBI

Dorian: Quiero un café caliente. No tardes. Usa la azotea para venir a mi cuarto.

Recuerdo el mensaje que me mandó Dorian a primera hora de la mañana, que me sacó de un sueño inquieto y agitado. Esperaba que vinieran a por nosotros esta noche, pero nada. Aun así, no dormí bien. Tuve pesadillas y en todas ellas Dorian era quien me hacía más daño.

Subo a la azotea tras haber cogido un café en la máquina expendedora.

Cuando llego a la puerta, esta se abre sola.

Intuyo que Dorian ha instalado un sistema moderno para ello.

La azotea está igual, pero al llegar a la barandilla que da a su habitación veo una escalera de caracol que antes no estaba.

Parece que el señorito se ha ampliado el cuarto.

Uso la escalera procurando que no se vierta el café y mientras bajo recuerdo cuando me colaba a su cuarto por algo muy diferente. ¿Por qué me engañó? ¿Por qué me hizo creer que teníamos algo más grande que nosotros?

Tomo aire y entro en su cuarto en el momento en que Dorian sale de la ducha solo con los vaqueros puestos. Los lleva medio abiertos y puedo ver sus perfectos oblicuos y su bóxer negro. Se me seca la boca y noto cómo mi sexo palpita.

No soporto desear a este pedazo de zoquete.

—Deja de mirarme, Abbi, que no pienso pedirte nada sexual.

—Que mire no significa que tenga el cuajo de hacer algo.

Sonríe y viene hacia mí. Había olvidado lo alto que es comparado conmigo. Su presencia impone. Su mirada es afilada y el pelo rubio le cae sobre la frente. Me pican los dedos por el deseo de enredarlo en él.

—Tu café. —Se lo acerco al pecho, gran error, porque lo toco y mi cuerpo da una sacudida.

—Ya no tengo ganas. Bébetelo tú. —Se apoya en la mesa del escritorio—.

Vamos. Es una orden, o diré a todos lo que sé de ti...

—Saca el móvil y me enseña fotos de todo.

La última es de mi diario. Había olvidado que escribí eso.

Pero ahora, al verlo, recuerdo que lo puse ese primer día en la azotea.

Veo el odio en sus ojos al dejar esa foto y me doy cuenta de la verdad: cree que fui yo quien lo usé...

, que solo me acerqué a él para tener un aliado.

Por eso el odio en sus ojos. Pero eso no cambia que él solo se acercó a mí para sacarme información.

Por eso, que crea lo que quiera, así le joderá tanto como a mí que él lo hiciera. Si es que a pesar de todo sintió algo por mí, que lo dudo.

Abro el café y doy un trago. Intento mantenerme impasible, pero acabo por salir corriendo al aseo a echar el contenido.

—¿Sal o pimienta? —me pregunta divertido desde la puerta.

—Wasabi.

—Joder, eso es ir a matar. —Me mira la lengua. Bebo agua del grifo, pero el ardor no cesa. Pone ante mí un vaso de leche.

—¿Por qué debería confiar en ti?

—No tienes que confiar en mí ni yo en ti. Pero, joder, Abbi, te creía más lista.

De nuevo usa mi nombre, no el de «becada». Antes lo usaba para meterse conmigo y ahora usa mi nombre... ¡Este idiota no tiene sentido!

Me pica tanto la lengua que acepto un pequeño tetrabrik de leche sin abrir. Es leche sola y me alivia. Lo miro con los ojos llenos de lágrimas y la rabia bailando en ellos.

—Estás muy fea con todo el maquillaje corrido.

—Así estoy a tu altura, para que mi belleza no te haga sentir de menos por lo feo que eres. —Qué idiota soy, eso no tiene sentido, pero la culpa es suya por ponerme nerviosa, ahí plantado sin camiseta. Tiro el tetrabrik vacío a la basura—. ¿Algo más?

—«Algo más, señor» para ti.

—¿En serio, Dorian? ¿Ahora te va el rollo señor y sumisa? —Cuando lo digo, mi mente recrea esto de forma sexual y noto cómo sube la temperatura.

—Solo contigo. —Va hasta su armario y busca una camisa. Tira una tras otra a la cama hasta que da con una negra y se la pone. Luego se la arremanga en los antebrazos y se pone el reloj y las pulseras de cuero—. Recoge esto antes de salir... y tengo cámaras. No intentes hacer nada o te castigaré.

Y, sin más, se marcha. Busco las cámaras y les regalo un dedo corazón antes de arreglar su ropa.

Lo hago enfadada porque este lugar me trae recuerdos en los que me sentía protegida.

Querida. Duele evocar cada instante aquí, oler su perfume y recordar cuánto me gustó estar con él en aquel hotel.

Despertar a su lado, sentir sus dedos por mi espalda dibujando caricias.

Cuando me miraba, de verdad creí que yo le importaba.

Intento no desmoronarme, me aferro a la ira para poder soportar estar ahí sin emociones, hasta que se me ocurre una idea y, tratando de que no lo recojan las cámaras, guardo una de sus camisas bajo mi sudadera.

D ORIAN

—¡¿Esa no es tu camisa?! —Idelia observa enfurecida un punto de la sala de descanso y sé que es Abbi sin necesidad de girarme.

Se le van a salir los ojos de las órbitas.

Miro hacia ella y veo que se ha puesto una de mis camisas caras como si fuera un vestido.

La lleva arremangada y deja un hombro al descubierto.

Está sexi a rabiar y me pone mucho verla con mi ropa.

Pero no debería. Cuando me ve, sonríe y me saca un dedo corazón.

—¿Has vuelto a follar con ella?

—No, esa la tiene de antes —miento—. Es su forma de provocarte. Intenta no caer a su nivel.

—¡¿Y por qué le dejaste tu ropa?! —La miro cansado de sus tonterías.

—Es pasado, no hagas de esto un espectáculo que la hará a ella ganadora.

—¡Es que hasta que llegó ella, tú nunca te interesaste más de una vez por nadie!

—Si alguien te oye, pensará que me importaba; eso sería darle demasiado poder y tú no quieres eso.

Idelia asiente y, sin dejar de mirar a Abbi, me besa en la boca y la odio. Odio que haga eso en público, cuando habíamos quedado en que nada de besos. La miro enfurecido y se sienta como una reina en su sillón.

La verdad es que esta jugada no la esperaba. La del café, sí. Se lo puse muy fácil. Hasta que me dio pena y le tendí la leche. Soy un idiota que va de capullo, pero soy incapaz de joder la vida a la mujer que me la jodió a mí primero.

Estoy buscando los vídeos de las cámaras de seguridad cuando el profesor entra e Idelia habla con Hermes.

Abbi se sienta con Dafna y lo hace de manera sugerente, sin dejar de mirarme de reojo.

No me gusta lo que siento cuando la veo con mi ropa.

Es como si de alguna forma yo estuviera tocando su cuerpo desnudo.

Me mira sonrojada y la recuerdo corriéndose en mis brazos. ¡Joder! ¡No debería desearla tanto!

Me marcho de clase porque ahora mismo, por culpa de Abbi, estoy demasiado cachondo. Tengo que cambiar el juego. Ha dejado una nota en mi cama. Subo a mi cuarto y la leo:

Gracias por la camisa..., me la quedo... Tal vez acabe haciendo guarradas con ella y mis dedos...

—¡Joder! —grito a nadie en particular. Porque solo imaginarla tocándose con mi camisa me la pone dura y odio desearla con tanta fuerza a pesar de todo. Odio no poder dejar de seguirla con la mirada y querer buscar algo que me haga entender por qué me hizo todo eso sin remordimientos.

La Abbi que yo creía que era nunca me habría usado y eso hace que me sienta aún más tonto por seguir creyendo que esa persona existe dentro de ella.

Escribo a Idelia y le digo que continúen con las novatadas. Que, si no, se aburrirán. A ver si luego tiene ganas de joderme.

Mi mente recuerda a mi padre. Cuando me juraba que no había bebido y que iba a ser bueno. Lo creía, me iba con él a cualquier sitio hasta que bebía, perdía los nervios y me pegaba. Caí una vez, no pienso volver a caer. Ya no soy ese niño...

Ya no necesito el cariño de nadie.