Contigo ni en el ascensor 39. Retoques finales cómo enamorarse del mismo capullo cada día
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39. Retoques finales cómo enamorarse del mismo capullo cada día

Retoques finales: cómo enamorarse del mismo capullo cada día

Audra

D OS AÑOS DESPUÉS

El sol de primavera entraba a raudales por los ventanales de mi estudio, iluminando perfectamente el lienzo frente a mí.

Era uno de esos días que parecían hechos específicamente para pintar, con una luz que resaltaba cada detalle y convertía los colores en algo casi vivo.

Di un par de pinceladas más, añadiendo un poco de sombra entre los dedos entrelazados que protagonizaban mi cuadro: dos manos unidas, una de ellas luciendo un anillo de papel perfectamente representado.

El simbolismo era evidente, pero tampoco tenía intención de ocultarlo.

Pirata lo observaba todo desde lo alto de su rascador, con su único ojo fijo en mis movimientos como si fuera mi crítico personal.

En sus dos años con nosotros, se había convertido en un gato precioso y sorprendentemente grande, aunque conservaba esa mirada traviesa que desde el primer día me había robado el corazón.

A mis pies, Peluso dormitaba en su camita, enfundado en un jersey lila que le había hecho la semana anterior, completamente ajeno a mi proceso creativo. Como siempre.

El sonido de pasos en el pasillo me hizo sonreír sin apartar la vista del lienzo. Unos segundos después, Ryker apareció en la puerta, con una taza humeante en una mano y un plato con una galleta en la otra.

—El cuadro es perfecto, princesita —dijo acercándose para observarlo mejor.

—La verdad es que ha quedado muy bien —admití, inclinando la cabeza para verlo desde otro ángulo—. Aunque aún tengo dudas con la luz en esta parte.

—Deberíamos colgarlo encima de la chimenea —propuso, dejando la taza y el plato en mi mesita auxiliar antes de inclinarse para darme un beso—. Por cierto, me han dicho en la oficina que quieren encargarte otro.

Me reí, cogiendo la taza de café. Estaba exactamente como me gustaba: con demasiada leche y una cantidad obscena de azúcar.

—¿Te puedes creer que aún tengo que corregir unos exámenes del instituto? —dije después de dar un sorbo—. Hay uno que ha confundido a Andy Warhol con The Dandy Warhols. Ha puesto que el cuadro de las Latas de sopa Campbell es obra de ese grupo de música.

Ryker soltó una carcajada mientras se sentaba en el pequeño sofá que habíamos colocado bajo la ventana, ese que tantas discusiones nos había costado: «es demasiado grande», «es demasiado pequeño», «¿de verdad quieres el de tu apartamento?».

—Bueno, técnicamente, Andy Warhol y The Dandy Warhols tienen relación —respondió, adoptando esa expresión de falsa seriedad que usaba cuando intentaba defender lo indefendible—. Quizá el alumno pensó que el pintor se dedicaba al arte rock en sus ratos libres.

—Claro, y también debería darle matrícula de honor al que ha escrito que Willem de Kooning era «ese tío que pintaba señoras como si estuvieran derritiéndose».

—Técnicamente...

—Como vuelvas a decir «técnicamente», te lanzo el pincel —lo amenacé, aunque no pude evitar sonreír.

—Solo intentaba ayudar —se defendió con una sonrisa—. Por cierto, la profesora Moore debe de estar impresionada con tu trabajo en las prácticas si ya te deja corregir exámenes por tu cuenta.

—Me dijo que necesito toda la experiencia posible antes de terminar el programa el próximo semestre —respondí encogiéndome de hombros—. Aunque a veces me pregunto si solo quiere librarse del papeleo.

—Pues yo creo que eres la estudiante en prácticas favorita de todos —afirmó con convicción—. Pronto serás oficialmente profesora, y habrá valido la pena todo el esfuerzo de estos dos años.

Lo observé mientras bebía su propio café.

Llevaba puesta esa camiseta gris que tanto me gustaba, la que se le ajustaba perfectamente a los hombros y que, tras innumerables lavados, había adquirido esa suavidad que la hacía perfecta para acurrucarse contra él.

Su pelo estaba ligeramente despeinado, probablemente por haberse pasado los dedos a través de él mientras trabajaba en algún informe complicado.

Dos años. A veces, parecía que lleváramos juntos toda la vida; otras, me parecía imposible que hubiese pasado tanto tiempo desde aquellas primeras peleas a través de la pared.

—¿En qué piensas? —preguntó, pillándome en plena contemplación.

—En lo mucho que te odio —respondí automáticamente, utilizando nuestra broma privada.

—¿Cuánto exactamente? —siguió él con el juego, levantándose para acercarse a mí.

—En una escala del uno al diez, aproximadamente un millón.

Se colocó detrás de mi silla y apoyó las manos en mis hombros, comenzando un masaje que hizo que casi ronroneara como Pirata.

—¿Y eso cómo se traduce al sistema métrico de te quiero? —murmuró contra mi pelo.

—Probablemente un infinito y algo más.

Sus manos se detuvieron un momento, y supe que estaba sonriendo, aunque no pudiera verlo. Era sorprendente cómo, después de tanto tiempo, seguía existiendo esa electricidad entre nosotros, esa capacidad de hacernos sonreír con las tonterías más simples.

—La casa ha quedado bastante bien, ¿no crees? —dijo, cambiando de tema mientras retomaba el masaje—. Considerando que hace un año era prácticamente una ruina.

Dejé el pincel en el bote de agua y me giré para mirarlo.

—«La casa ha quedado bastante bien» —repetí imitando su tono—. Menuda forma de describir el proyecto que casi nos hace romper doce veces.

—Once —me corrigió con esa precisión matemática que me sacaba de quicio—. La crisis del papel pintado no cuenta, porque técnicamente...

Le tapé la boca con la mano.

—Te lo advertí.

Ryker retrocedió riendo, levantando las manos en señal de rendición.

—Vale, vale. Solo quería decir que, después de todo, ha merecido la pena, ¿no?

Miré alrededor de mi estudio, esa habitación circular que había sido lo primero que reformamos.

Las paredes de un blanco roto que resaltaba con el suelo de madera oscura.

Los estantes llenos de libros de arte, materiales y pequeñas figuritas que íbamos coleccionando en nuestros viajes.

La luz perfecta entrando por las ventanas que habíamos ampliado.

Y, por supuesto, el espacio donde mis cuadros cobraban vida.

—Ha merecido la pena —confirmé, levantándome para abrazarlo—. Aunque lo del fontanero aquel fue una experiencia traumática que no deseo repetir.

—¿Te refieres al que inundó la cocina o al que encontramos dormido en la bañera?

—Ambos —respondí, apoyando la frente en su pecho—. Pero principalmente al que decidió que era buena idea traer a su iguana al trabajo.

—Teo era un fontanero con visión artística —se burló, acariciándome la espalda—. Pensó que a la pintora de la casa le gustaría tener un modelo reptiliano.

—Lo que me gustó fue cuando te subiste a la silla gritando como si hubieras visto un fantasma.

—No me subí a la silla —protestó, aunque ambos sabíamos que mentía—. Simplemente consideré que la perspectiva sería mejor desde una posición elevada.

Le di un golpecito en el pecho, disfrutando de esa tontería que era tan nuestra.

Las bromas, los recuerdos compartidos, la forma en la que podíamos reírnos de nosotros mismos.

.., todo eso había sido el pegamento que nos había mantenido unidos durante la reforma, que a veces había parecido interminable y caótica.

—Por cierto —dijo tras un momento de silencio cómodo—, ¿qué piensas hacer con los exámenes de tus alumnos?

—Corregirlos después de cenar, supongo. —Suspiré—. Quiero terminar primero el cuadro. ¿Tú has avanzado con el informe ese tan importante?

—Casi terminado —respondió, y pude notar cierto orgullo en su voz—. De hecho, creo que podría tomarme libre el viernes. Había pensado que quizá podríamos ir a visitar a mi padre. Ya sabes que siempre se queja de que no le llevamos a los nietos peludos lo suficiente.

Sonreí contra su pecho. Era adorable cómo Lyall había adoptado a nuestros gatos como auténticos nietos, incluso comprándoles juguetes y jerséis cada vez que íbamos a visitarlo. El de Navidad, con luces que se encendían realmente, había sido toda una experiencia para el pobre Peluso.

—Me parece bien —acepté—. Siempre que prometas que no dejarás que tu padre nos arrastre a otra sesión de Monopoly . La última vez casi acabamos a puñaladas por Boardwalk .

—Fuiste tú quien amenazó con tragarse las fichas de los hoteles.

—Porque tú y tu padre os compinchasteis contra mí. Eso va contra las reglas.

—No existe tal regla. Lo que pasa es que eres extremadamente competitiva —murmuró contra mi pelo.

Levanté la cabeza, fingiendo indignación.

—¿Yo? ¿Competitiva? ¿Y quién se pasa seis horas viendo tutoriales en YouTube para aprender a hacer la tarta perfecta solo porque yo dije que la mía era insuperable?

—Era por superación personal —se defendió, aunque la sonrisa en sus labios lo delataba—. Además, reconociste que mi tarta de zanahoria estaba mejor.

—Solo porque te veías tan orgulloso que no tuve corazón para decir la verdad.

—Mentirosa —dijo besándome suavemente—. Admite que estaba deliciosa.

—Puede que estuviera comestible —concedí, poniendo los ojos en blanco—. Para ser tu primera tarta que no salió carbonizada.

Se acercó y me besó, no con suavidad esta vez, sino con una pasión que me dejó sin aliento. Cuando nos separamos, mantuve los ojos cerrados un momento, saboreando la sensación.

Ryker no había sido como los demás. No había intentado derribar mis murallas para entrar y encerrarse conmigo en mi pequeño mundo de miedos y desconfianza.

No. Lo que él había hecho era mucho más valiente, mucho más generoso.

Había derribado cada muro, cada barrera, no para invadir mi espacio, sino para que yo pudiera salir.

Para que viera el mundo que existía más allá de mis propias limitaciones.

Y vaya si lo había conseguido.

—¿En qué piensas? —preguntó, acariciándome la mejilla con el pulgar.

—En ti —respondí con sinceridad—. En nosotros. En cómo lo has cambiado todo.