Contigo ni en el ascensor 39. Retoques finales cómo enamorarse del mismo capullo cada día #2
100%

39. Retoques finales cómo enamorarse del mismo capullo cada día #2

Él sonrió, tomó mi mano izquierda y la levantó a la altura de nuestros ojos. En mi dedo anular brillaba un sencillo pero precioso anillo de compromiso.

—También deberíamos informar sobre esto, ¿no crees? —dijo señalando el anillo—. Sería un buen detalle añadirlo al cuadro.

Miré mi mano en la suya y sonreí. El anillo real había llegado de una forma tan típica de Ryker.

.. Una mañana cualquiera, me había despertado con el desayuno en la cama —tortitas con sirope y café, mis favoritos— y una pequeña caja de terciopelo junto a la taza.

Sin grandes gestos teatrales, sin discursos ensayados.

Solo él, siendo él mismo: sincero, directo, perfecto.

«¿Te casarías conmigo? Porque no imagino un solo día de mi vida sin ti a mi lado», me había preguntado con aquella sonrisa torcida que me volvía loca. Y yo había dicho que sí entre lágrimas y risas, porque no podía imaginar otra respuesta.

—Sí —respondí, volviendo al presente—. Deberíamos informarlos.

Ryker se inclinó y me besó de nuevo. Sus manos encontraron mi cintura y me acercó más a él. Sentí cómo el calor se extendía por todo mi cuerpo, esa sensación de urgencia que, sorprendentemente, no había disminuido con el tiempo.

—Ahora serás oficialmente mía, princesita —murmuró contra mi cuello, provocándome un escalofrío.

—Fui tuya desde el primer golpe que diste en aquella pared —confesé, enterrando mis dedos en su pelo.

Sus labios volvieron a encontrar los míos, y durante unos minutos el mundo desapareció por completo. Solo estábamos él y yo, nuestros cuerpos, nuestras respiraciones aceleradas, nuestras manos explorando territorios perfectamente conocidos, pero siempre fascinantes.

Estaba desabrochándole los primeros botones de la camisa cuando un estruendo procedente del piso inferior nos sobresaltó, seguido de una voz inconfundible.

—¡Hemos llegado! —gritó Elaila desde abajo—. ¡Y traemos vino, así que espero que estéis presentables!

Ryker apoyó su frente contra la mía, dejando escapar un suspiro de frustración que me hizo reír.

—Te juro que voy a quitarle esas llaves —murmuró.

—Sabes que encontraría la forma de entrar de todos modos —respondí, recolocándome la ropa—. Además, son la excusa perfecta para anunciar la boda.

—Cierto —concedió, besándome una última vez antes de separarse—. Supongo que tendremos que posponer esto para más tarde.

—Te tomo la palabra, Lancer. —Sonreí, dirigiéndome a la puerta—. No creas que te has librado.

Él me guiñó un ojo, ese gesto tan suyo que siempre me hacía sentir mariposas en el estómago.

—Nunca querría librarme de ti —dijo con una sonrisa—. De hecho, pienso pasar el resto de mi vida contigo.

El camino no había sido fácil. Habíamos discutido, nos habíamos enfadado, habíamos chocado como dos planetas en órbitas opuestas. Pero, al final, habíamos encontrado el equilibrio perfecto. Mi caos y su orden. Mi impulso y su reflexión.

—¡Por fin! —exclamó Elaila al vernos bajar—. Pensé que tendría que subir a buscaros.

—Estábamos ocupados —respondí, lanzándole una mirada cómplice.

—Ya, ya —dijo con una sonrisa pícara—. ¿Cuántos años lleváis juntos y seguís siendo como dos adolescentes?

—Y espero que sigamos así cuando tengamos ochenta años —intervino Ryker, pasando un brazo por mi cintura.

Me apoyé instintivamente contra él, sintiendo esa familiar sensación de seguridad y pertenencia que siempre me embargaba cuando estábamos así.

Ender levantó las botellas de vino que traía, como si fueran trofeos.

—Hemos traído tinto y blanco porque nunca sabemos qué vais a preparar —explicó—. ¿Qué toca hoy? ¿Cocina Ryker o nos arriesgamos con un experimento de Audra?

—Muy gracioso —protesté, lanzándole una mirada asesina—. Solo porque quemara lasañas una vez...

—Tres veces —me corrigió Elaila—. Y no olvidemos el incidente del horno.

—Cocino yo —intervino Ryker, salvándome de más humillaciones culinarias—. He preparado risotto.

—¡Bendito seas! —exclamó Elaila, dirigiéndose hacia la cocina—. Voy a abrir el vino. Necesitamos copas.

Mientras nuestros amigos se instalaban en la cocina, intercambié una mirada cómplice con Ryker. Él asintió, dándome el silencioso permiso que estaba esperando.

—En realidad... —dije alzando la voz para captar su atención—. Tenemos algo que contaros.

Elaila y Ender se detuvieron en seco y se giraron hacia nosotros con expresiones de intriga.

—¿Estás...? —comenzó ella, señalando mi vientre con los ojos como platos.

—¡No! —exclamé riendo—. Dios, no. El único embarazo aquí sería de comida, después de las tortitas de esta mañana.

—Nos casamos —soltó Ryker, directo como siempre.

El silencio duró aproximadamente un segundo y medio. Después, Elaila dejó escapar un grito que probablemente alertó a todos los vecinos en un radio de tres kilómetros y se lanzó sobre nosotros, envolviéndonos en un abrazo que casi nos tira al suelo.

—¡POR FIN! —exclamó, apretujándonos como si quisiera fundirnos en una sola persona—. ¡Ya era hora! ¿Desde cuándo lo sabías? ¿Por qué no me lo habías contado? Soy la madrina, ¿verdad? ¡Voy a ser la madrina!

Ender se acercó más tranquilamente y nos dio un abrazo más contenido, aunque su sonrisa era igual de amplia.

—Felicidades, chicos —dijo con sinceridad—. Aunque todos sabíamos que era cuestión de tiempo.

—Desde que os vi discutiendo en aquel restaurante, supe que acabaríais así —aseguró Elaila, separándose por fin para mirarnos—. Era demasiado evidente.

—Claro que lo era —respondí con ironía—. Por eso tardamos meses en darnos cuenta y casi nos matamos en el proceso.

—Los mejores amores siempre empiezan con ganas de asesinato —filosofó Elaila, dirigiéndose de nuevo a la cocina—. Esto merece un brindis. ¡Ender, abre el champán que hemos traído!

Mientras nuestros amigos se afanaban preparando el improvisado brindis, Ryker me atrajo hacia él.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

Lo miré a los ojos, esos ojos que habían visto a través de todas mis defensas desde el principio, y sentí una oleada de gratitud y amor tan intensa que casi me dejó sin respiración.

—Nunca he estado mejor.

Y era cierto. Si alguien me hubiera dicho, aquel día que el ascensor se estropeó y tuve que subir ocho pisos cargada con la compra, que el vecino insufrible que me miraba con desdén acabaría siendo el amor de mi vida, probablemente me habría reído en su cara.

Sin embargo, ahí estábamos ahora, en nuestra casa reformada, con nuestros dos gatos, nuestros amigos, y un futuro por delante que, por primera vez en mi vida, no me daba ningún miedo afrontar.

Porque lo afrontaríamos juntos.

Ryker me sonrió, esa sonrisa torcida que había llegado a amar con locura, y me besó suavemente en la frente.

—¿Sabes qué? —murmuró contra mi pelo—. Creo que deberíamos tener un perro.

Solté una carcajada y le di un golpe juguetón en el pecho.

—Paso a paso, Lancer —respondí—. Primero la boda, luego ya veremos.

—Siempre tan prudente —bromeó.

—Uno de los dos tiene que serlo —contraataqué—. Y claramente no eres tú, que me propusiste comprar una casa antes de que lleváramos juntos ni tres meses.

—Y tú me dijiste que sí —me recordó con una sonrisa triunfal—. Así que la imprudente eres tú, por seguirme en mis locuras.

—Puede que tengas razón —admití, apoyando mi cabeza en su pecho—. Pero ha sido la mejor locura de mi vida.

Elaila apareció con las copas de champán y nos las entregó con ceremoniosidad. Ender, a su lado, sostenía la botella recién abierta.

—Por los futuros esposos —brindó ella, levantando su copa.

—Por nosotros —respondió Ryker, entrelazando sus dedos con los míos.

Mientras brindábamos, miré a mi alrededor: a Elaila y a Ender, que ahora también vivían juntos y que habían sido nuestros cómplices desde el principio; a Pirata y a Peluso, que habían aparecido como por arte de magia al oír el alboroto; nuestra casa, que había pasado de ser una ruina a un auténtico hogar.

Y, por supuesto, a Ryker, el hombre que había cambiado mi vida de todas las formas posibles.

No sabía qué nos depararía el futuro. Quizá más gatos, quizá un perro, quizá incluso hijos algún día. Pero de una cosa estaba segura: fuera lo que fuese, lo afrontaríamos como siempre habíamos hecho las cosas. Juntos, a nuestra manera imperfecta y caótica. Y perfecta por ello.

Porque, al final, lo que había empezado con golpes en la pared se había convertido en la historia de amor más inesperada e increíble que jamás podría haber imaginado.

Y no cambiaría ni un solo minuto de ella.

Toda mi vida había creído que no era suficiente; que era demasiado intensa, demasiado caótica, demasiado rota como para que alguien pudiera quererme de verdad.

Había construido muros tan altos que ni yo misma sabía ya cómo escalarlos.

Y entonces apareció él. No para derribarlos a la fuerza, sino para mostrarme que, tras ellos, existía un mundo donde yo no solo era suficiente, sino extraordinaria.

Donde mis defectos no eran algo que tolerar, sino parte de lo que me hacía única.

Donde podía ser simplemente yo, sin filtros ni disculpas.

Ryker me había dado el regalo más valioso que jamás había recibido: la libertad de amarme a mí misma tal como era.

Y por eso, cada día a su lado, me enamoraba un poco más de ese capullo insufrible que había convertido mi caos en el hogar que siempre había buscado.