Contigo ni en el ascensor 38. Cómo sorprender a alguien que odia las sorpresas sin morir en el intento #2
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38. Cómo sorprender a alguien que odia las sorpresas sin morir en el intento #2

Mientras pagaba, no podía dejar de pensar en la reacción de Audra. Iba a volverse loca de alegría con ese nuevo miembro de nuestra peculiar familia.

Con todo pagado y empaquetado, volvimos a donde estaba el gatito. La mujer lo sacó con delicadeza de la jaula y me lo ofreció.

—Toma, sostenlo un momento antes de meterlo en el transportín. Es importante que se familiarice con tu olor.

Cogí al pequeño bribón en mis manos con más nerviosismo del que había sentido firmando la hipoteca de nuestra casa.

Era sorprendentemente ligero, apenas un puñado de pelo naranja y huesos, pero irradiaba un calor que parecía desproporcionado para su tamaño.

Sus patitas se aferraron a mi muñeca mientras me miraba con su único ojo, como si me evaluara.

Y entonces, su ronroneo se intensificó aún más, vibró contra mis dedos, y sentí algo extraño en el pecho. Una especie de calor, de conexión instantánea que jamás había experimentado con un animal.

—Creo que te ha dado su aprobación.

—Eso parece —respondí, acariciándole detrás de las orejas con un dedo.

Con mucho cuidado, coloqué al gatito en el transportín, donde inmediatamente se acurrucó sobre la manta que habíamos elegido. La mujer me dio las últimas recomendaciones y, finalmente, nos despedimos.

—Mucha suerte —dijo mientras yo ya me dirigía a la salida, cargado con el transportín y varias bolsas—. Que seáis muy felices juntos.

—Gracias por todo —respondí sinceramente.

Una vez en el coche, coloqué el transportín en el asiento del acompañante, asegurándolo con el cinturón de seguridad. El gatito me observaba curioso desde dentro.

—Muy bien, colega —le dije mientras arrancaba el motor—. Soy tu papá ahora, ¿vale? Y tengo que advertirte que vas a tener un hermano mayor un poco especial. Se llama Peluso, no tiene pelo y viste mejor que la mayoría de los humanos que conozco.

El ronroneo que recibí como respuesta me arrancó una sonrisa.

—Y luego está tu madre —continué, incorporándome al tráfico—. Es bastante loca, te lo advierto. Canta fatal en la ducha, deja la ropa tirada por todas partes y se enfada si me levanto demasiado temprano los fines de semana. Pero te va a querer con locura.

Miré de reojo el transportín, donde el gatito parecía estar escuchando atentamente.

—Y, entre tú y yo, creo que vais a llevaros genial. Sois prácticamente idénticos. Mismo color, mismo carácter luchador. Hasta tenéis la misma manía de ronronear cuando estáis contentos.

Me sentía un poco ridículo hablándole así a un gato que probablemente no entendía ni una palabra. Quizá me estaba convirtiendo en uno de esos padres de mascotas que tanto me habían hecho poner los ojos en blanco antes.

—Vamos a ser una familia peculiar —continué, detenido en un semáforo—. Un tipo obsesionado con el orden, una artista caótica, un gato sin pelo vestido de diseño y tú, nuestro nuevo miembro tuerto.

El semáforo cambió a verde y seguí conduciendo, con una sensación de alegría que me calentaba por dentro a pesar del frío de enero.

—Por cierto —añadí—, aún no tienes nombre. Tu madre se encargará de eso.

El gatito bostezó desde su transportín, aparentemente agotado por toda la emoción. Se acurrucó sobre la manta nueva y cerró su único ojo, confiando completamente en mí para que lo llevara a su nuevo hogar.

La llave giró en la cerradura mientras intentaba equilibrar el transportín y las bolsas sin hacer demasiado ruido.

Desde el rellano ya oía voces y risas procedentes del apartamento de Audra.

Elaila y Ender habían llegado antes que yo, lo cual era parte del plan que habíamos orquestado meticulosamente para esa sorpresa. Ellos traían el desayuno y yo el gato.

Empujé la puerta con el codo y entré, procurando mantener una actitud casual, a pesar de que parecía un mulo de carga.

Elaila fue la primera en verme, y su expresión cómplice me confirmó que había mantenido el secreto.

Audra estaba sentada en el sofá, con una taza de café en la mano y el pelo recogido en un moño desordenado.

—Por fin llegas, ¿dónde están mis...? —comenzó a decir, pero su voz se cortó abruptamente cuando sus ojos se posaron en el transportín.

El silencio que siguió duró apenas un segundo, pero pareció estirarse en el tiempo. Vi cómo su mirada pasaba de la confusión al entendimiento y, finalmente, a una emoción tan pura que me dejó sin aliento.

Se llevó las manos a la boca, con los ojos tan abiertos que parecían ocupar la mitad de su cara. Y entonces, como si algún resorte invisible la hubiera impulsado, saltó del sofá y se acercó a mí con pasos temblorosos.

—¿Es lo que creo que es? —susurró con la voz entrecortada.

Sonreí, incapaz de contenerme, y dejé las bolsas en el suelo. Con cuidado, deposité el transportín frente a ella y me arrodillé para abrirlo.

—Este —dije sacando con delicadeza al pequeño felino naranja— es nuestro nuevo miembro de la familia.

El gatito parpadeó con su único ojo, acostumbrándose a la luz, y cuando vio a Audra, su ronroneo se intensificó como si reconociera a alguien familiar. Lo coloqué en sus manos temblorosas y vi cómo las lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas.

—Es... es... —intentó hablar, pero parecía que las palabras se le habían atascado en la garganta.

—Sé que no es lo mismo que un perro. Pero pensé que Peluso podría necesitar un hermano, y cuando vi a este pequeño en la protectora...

—¡Eres un capullo integral! —exclamó de repente, con la voz rota y una sonrisa enorme iluminando su rostro bañado en lágrimas—. ¿Cómo no me lo habías dicho? Es... es perfecto. Es la cosa más bonita que he visto en mi vida.

El gatito, como si entendiera que estaban hablando de él, estiró su patita para tocar la cara de Audra, provocando que más lágrimas brotaran de sus ojos.

—Lo sabía desde Navidad —confesé—. Pero era demasiado pequeño para adoptarlo entonces. Tuve que esperar a que cumpliera la edad mínima.

Audra no dejaba de mirar al gatito con absoluta adoración, acariciándolo con dedos temblorosos.

—Solo tiene un ojo —murmuró, pasando suavemente un dedo por la cicatriz donde debería haber estado el otro.

—Lo rescataron de un contenedor de basura —le expliqué—. Perdió el ojo por una infección, pero eso no le ha impedido ser el gatito más valiente y cariñoso que he conocido.

Audra asintió, como si entendiera perfectamente lo que le estaba diciendo.

Un movimiento a nuestro lado nos recordó que no estábamos solos. Peluso se había aproximado sigilosamente y observaba al recién llegado con desconfianza y curiosidad. Su cola se movía lentamente.

Audra, con infinito cuidado, bajó al gatito al suelo, manteniéndolo cerca de ella por si necesitaba protección. Peluso se acercó a olfatearlo y su nariz se arrugó en una expresión de clara desaprobación. Por un momento, temí que la presentación acabara en desastre.

Peluso emitió un bufido que parecía decir «¿qué narices es esto y por qué está en mi territorio?», y creí que iba a atacar. Pero entonces, para sorpresa de todos, se inclinó y le dio un lametón rápido al pequeño intruso.

El gatito tuerto, lejos de asustarse, intentó jugar con la pata de Peluso, que dio un salto hacia atrás como si acabara de tocar un cable electrificado. Ofendido en su dignidad, Peluso se alejó unos pasos, pero se detuvo y miró por encima del hombro, como si dijera «¿vienes o qué?».

El pequeño, claramente intrigado, dio un paso tentativo hacia él, que huyó inmediatamente bajo la mesa, aunque su cola asomaba, traicionando su curiosidad.

Era como presenciar una extraña danza de aceptación felina, y por la expresión de Audra, supe que ella lo entendía mejor que nadie.

—Se llevarán bien —declaró con certeza, secándose las lágrimas—. Peluso necesitaba a alguien más en su vida.

Y entonces, con la misma energía impulsiva con la que lo hacía todo, se levantó de un salto y se lanzó a mis brazos.

El impacto casi me hizo perder el equilibrio, pero logré mantenerme firme mientras ella me besaba una y otra vez: en los labios, en las mejillas, en la frente, en cualquier parte que pudiera alcanzar.

—Te quiero —repetía entre besos—. Gracias, gracias, gracias.

La sostuve con fuerza, saboreando cada segundo de su entusiasmo desbordante, sintiendo cómo mi corazón se expandía de una manera que nunca creí posible.

—¿Ya podemos dejar de fingir que no estamos aquí? —Elaila nos devolvió a la realidad.

Audra se separó ligeramente, sin soltarme, y miró a nuestros amigos con una sonrisa acuosa.

—Vosotros lo sabíais, ¿verdad?

Ender asintió, levantando las manos en un gesto de rendición.

—Culpable. Pero el mérito es todo de Ryker. Él encontró al gatito, hizo todos los trámites y nos pidió que te distrajéramos hoy para darle tiempo de ir a buscarlo.

Elaila se acercó a observar mejor al pequeño, que seguía intentando entablar amistad con un reticente Peluso.

—Es precioso —dijo, y luego le dio un codazo nada sutil a Ender—. Yo también quiero uno. O dos. O tres.

Mi amigo puso cara de pánico momentáneo, lo que provocó una carcajada general.

—¿Podemos pensar primero en terminar de amueblar nuestro piso? —negoció, aunque su expresión sugería que ya estaba calculando cuánto costaría un gato.

Mientras ellos discutían, Audra se giró hacia mí, aún con los ojos brillantes de emoción.

—No puedo creer que hayas hecho esto —dijo en voz baja, como si todavía estuviera procesando lo sucedido—. ¿Cómo supiste que era exactamente lo que quería? Ni siquiera yo lo sabía.

Miré a esa mujer que había puesto mi vida ordenada patas arriba de la mejor manera posible y sentí una claridad que me dejó sin aliento. Cada decisión, cada momento, cada pequeño giro que me había llevado hasta ella, hasta ese instante, parecía perfectamente correcto.

—Porque te conozco —respondí con sencillez—. Y porque, a veces, lo que más queremos es aquello que ni siquiera nos hemos permitido desear.

Audra apoyó su frente contra la mía, un gesto íntimo que se había convertido en nuestra forma particular de conectar, de decir sin palabras todo lo que a veces costaba expresar.

El gatito había conseguido atrapar la cola de Peluso, que ahora corría por todo el salón con su pequeño acosador naranja persiguiéndolo torpemente sobre sus patas aún no del todo coordinadas.

—¡Es valiente! —exclamó Ender—. Enfrentarse así a Peluso en su primer día.

—Es un superviviente —dijo Audra con orgullo.

La observé mientras seguía con la mirada a los dos gatos, uno sin pelo y otro sin ojo, enfrascados en su juego de persecución. En su rostro había una expresión de felicidad tan pura, tan completa, que sentí un nudo en la garganta.

—¿Ya has pensado un nombre? —le pregunté.

Se mordió el labio, pensativa.

—¿Qué te parece Pirata? —sugirió después de un momento—. Ya sabes, por lo del ojo. Y sería perfecto junto a Peluso, ¿no crees? Peluso y Pirata.

—Me parece perfecto —respondí, sintiendo que encajaba a la perfección—. Suena como el dúo de un programa infantil.

—Pirata —repitió, saboreando el nombre—. Bienvenido a nuestra extraña familia, pequeñín.

Y mientras Elaila y Ender se acomodaban para desayunar todos juntos, yo me quedé observando esa escena que jamás habría imaginado como parte de mi vida: amigos riendo, gatos persiguiéndose y la mujer que amaba apoyada contra mi pecho, con la promesa de una casa en obras y una vida juntos que apenas comenzaba.

Una vida que, con todas sus imperfecciones, con todo su caos encantador, era más de lo que nunca me había atrevido a soñar.

Y, por primera vez, entendí lo que mi padre me había dicho una vez sobre la felicidad: no es encontrar el orden perfecto en el caos, sino encontrar a alguien con quien compartir ese caos y convertirlo en algo hermoso.