Contigo ni en el ascensor 38. Cómo sorprender a alguien que odia las sorpresas sin morir en el intento
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38. Cómo sorprender a alguien que odia las sorpresas sin morir en el intento

Cómo sorprender a alguien que odia las sorpresas sin morir en el intento

Ryker

El tímido sol de enero se filtraba a través de las cortinas mal cerradas, creando patrones dorados sobre el rostro de Audra.

Permanecí unos minutos contemplándola dormir, con el pelo naranja desparramado sobre la almohada y una mano bajo la mejilla.

Seguía pareciéndome increíble que esa mujer fuera mía.

Que dentro de unos meses viviríamos juntos en aquella casa que todavía estaba en proceso de reforma, pero que ya sentía como nuestro hogar.

Mi reloj marcaba las nueve menos cuarto. Tenía que darme prisa si quería estar de vuelta antes de que llegaran Elaila y Ender. La sorpresa para Audra llevaba semanas planeándose con un nivel de secretismo que habría impresionado a la CIA.

Con cuidado para no despertarla, me deslicé fuera de la cama. Necesitaba vestirme y salir sin que ella sospechara nada. Misión casi imposible, teniendo en cuenta que Audra tenía una especie de sexto sentido para detectar cuando yo tramaba algo.

Apenas había puesto un pie en el suelo cuando oí un gruñido proveniente del montículo de mantas.

—Como te vayas ahora mismo, te mato —murmuró con voz pastosa, sin abrir los ojos.

—Tengo que hacer algo importante —susurré, inclinándome para besarle la frente—. Solo será un rato.

Audra entreabrió un ojo, mirándome con esa expresión que reservaba para cuando estaba a punto de soltar alguna barbaridad.

—¿Qué puede ser más importante que quedarte en la cama calentita un sábado por la mañana, Lancer? ¿Se está quemando el edificio?

—Ojalá fuera tan simple. —Sonreí dirigiéndome al armario, donde ya tenía parte de mi ropa—. Volveré antes de que te des cuenta.

—Eres un capullo insufrible —protestó, tirándome un cojín que esquivé por los pelos—. Y si te vas, más te vale traer desayuno.

—¿Ahora tengo que pagar un rescate para que me dejes salir?

—Exactamente —respondió, incorporándose al fin.

Con el pelo revuelto y mi camiseta —robada, como de costumbre— resbalando por uno de sus hombros, era una tentación en toda regla.

—¿No tienes curiosidad por saber adónde voy? —pregunté mientras me ponía los vaqueros.

—Seguro que vas a alguna reunión secreta de la Hermandad-de-los-que-organizan-sus-calcetines-por-colores —respondió, estirándose como un gato—. O quizá te han convocado para recibir el Premio al Novio Más Insoportablemente Madrugador.

—Qué graciosa estás por las mañanas —repliqué, acercándome para darle un beso rápido.

Ella me agarró por el cuello de la camisa, impidiéndome apartarme.

—Si te vas, más te vale volver pronto —dijo contra mis labios—. O enviaré a Peluso a buscarte. Y sabes que tiene contactos en los bajos fondos.

Miré hacia la cesta donde Peluso dormía plácidamente, con su jersey de rayas azules y blancas ligeramente torcido.

—Estoy temblando de miedo —me burlé, consiguiendo finalmente liberarme de su agarre.

Me vestí en tiempo récord mientras ella me observaba desde la cama, con los brazos cruzados y un mohín de fastidio que encontraba inexplicablemente adorable.

—Vendré pronto —prometí, deteniéndome en la puerta—. Y, sí, traeré desayuno.

—Más te vale, Lancer —fue lo último que oí antes de cerrar la puerta.

Bajé las escaleras a toda prisa y salí al frío de enero. El cielo estaba sorprendentemente despejado para ser invierno, con ese azul casi doloroso que parece más intenso en los días fríos.

Subí a mi coche, encendí la calefacción al máximo y puse rumbo a mi destino: la tienda de animales donde estaría hoy la protectora con la que llevaba semanas hablando.

El tráfico era sorprendentemente fluido para ser sábado por la mañana, así que llegué en menos de veinte minutos.

La tienda estaba en una zona comercial a las afueras, un local amplio con un enorme cartel que rezaba « M ASCOTA M UNDO» junto a la silueta de un perro, un gato y lo que parecía un hámster con esteroides.

Aparqué y me dirigí hacia la entrada, notando que había bastante más gente de la que esperaba. Al parecer, no era el único que había tenido la brillante idea de visitar una tienda de mascotas en sábado.

El interior era un caos organizado de pasillos repletos de accesorios para animales, comida, juguetes y todo lo imaginable para consentir a una mascota.

Pasé junto a un expositor de arneses para perros, otro de rascadores para gatos con forma de nave espacial y, al fin, divisé lo que buscaba al fondo de la tienda: un cartel colorido que anunciaba: « A DOPCIONES - E NCUENTRA A TU COMPAÑERO PERFECTO ».

Debajo había instalada una pequeña zona con jaulas transportadoras y varios voluntarios atendiendo a la gente interesada. Busqué con la mirada a la persona con la que había estado en contacto.

—Disculpe —me dirigí a una mujer de unos cincuenta años que llevaba un chaleco con el logo de la protectora—. Soy Ryker, hablé por teléfono con usted sobre la adopción de un gato que vi en redes sociales.

La mujer me miró con atención un momento antes de que su rostro se iluminara con reconocimiento.

—¡Ah, sí! Ryker Lancer. —Sonrió—. El que rellenó la solicitud con una foto de usted, su mujer y su gato.

—En realidad es mi novia, no mi mujer —corregí automáticamente, sintiendo un extraño cosquilleo al pensar en Audra como «mi mujer»—. Pero, sí, ese soy yo.

—Claro, claro —asintió con una sonrisa que sugería que no veía mucha diferencia—. Te estábamos esperando.

—Todavía tengo que comprar todo lo necesario —le expliqué—. Comida especial para gatitos, juguetes, mantas... Todo lo que necesite.

—No te preocupes, te ayudaré a elegir lo más adecuado —respondió la mujer con amabilidad—. Ven, te presentaré primero a quien has venido a buscar, y luego podemos recorrer la tienda para conseguir todo lo que necesitará.

La mujer me guio hacia una zona más tranquila donde tenían varias jaulas parcialmente cubiertas con mantas para dar más privacidad a los animales. Se detuvo frente a una de ellas y se agachó con cuidado.

—Este es del que te hablé —dijo señalando el interior—. El pequeñín del que te enviamos la foto.

Me incliné para mirar y allí estaba: un gatito de color naranja atigrado, sobre una manta que amasaba rítmicamente con sus patitas delanteras.

Era pequeño, no debía de tener más de dos meses, con ese aire frágil pero resistente de los supervivientes.

Su pelaje era brillante, de un tono rojizo muy similar al pelo natural de Audra, y tenía las patitas y el pecho blancos, como si llevara calcetines y pechera.

Pero lo que más llamaba la atención era su rostro: donde debería haber un ojo solo había una cuenca vacía, cerrada y con una pequeña cicatriz que revelaba la dureza de su corta vida.

En cuanto me vio, dejó de amasar la manta y emitió un ronroneo tan fuerte que parecía imposible que saliera de un cuerpo tan pequeño.

—Hola, colega —lo saludé con voz suave, acercando un dedo a la rejilla.

Para mi sorpresa, el gatito se incorporó de inmediato y se acercó, restregando su cabecita contra mi dedo a través de los barrotes, intensificando su ronroneo.

—Parece que le gustas. —Sonrió la mujer—. Lo encontramos hace un mes y medio en un contenedor de basura. Sus hermanos no sobrevivieron, pero este pequeño luchador se aferró a la vida.

Sentí una punzada en el pecho al imaginar a ese ser diminuto luchando por sobrevivir entre la basura.

—¿Qué le pasó en el ojo? —pregunté, aunque ya lo había leído en su ficha.

—La infección fue tan grave que no pudimos salvárselo —explicó ella con tristeza—. Tuvimos que extirparlo para que la infección no se extendiera. Pero eso no lo ha detenido en absoluto. Es completamente independiente, juega como cualquier gatito y está lleno de energía.

El animal seguía restregándose contra mi dedo, como si quisiera convencerme de que la falta de su ojo no era importante.

—Es perfecto —dije sin dudar—. Me lo quedo.

No necesitaba pensarlo más. Había algo en ese gatito tuerto, luchador y cariñoso que me recordaba inevitablemente a Audra: superviviente, fuerte a pesar de su aparente fragilidad, y con una capacidad infinita para dar cariño a pesar de todo lo que la vida le había echado encima.

—¿Estás seguro? —preguntó la mujer, aunque su rostro mostraba que ya conocía la respuesta—. Muchas personas prefieren gatitos sin... peculiaridades.

—Estoy seguro —afirmé—. Es exactamente lo que estábamos buscando. Mi novia lo adorará.

La mujer sonrió, claramente complacida con mi respuesta.

—En ese caso, vamos a rellenar el papeleo y después podemos elegir todo lo que vas a necesitar para él.

Mientras ella sacaba los formularios de adopción, el gatito seguía intentando acercarse a mí a través de la jaula, como si supiera que yo era su boleto de salida hacia una nueva vida.

—Vas a tener que esperar un poco más, amigo —le dije en voz baja—. Pero te prometo que merecerá la pena.

Rellenar la documentación fue sorprendentemente rápido.

La mujer era claramente una profesional que había hecho eso cientos de veces.

Me explicó los términos del contrato de adopción, las responsabilidades que asumía, y me aseguró que el gatito ya estaba desparasitado, con la primera vacuna y solo le faltaba el chip.

—Ahora necesitamos elegir sus cosas —dijo una vez completados los trámites—. Un gatito nuevo requiere bastantes accesorios, especialmente si ya tienes otro gato en casa.

Me condujo por los pasillos de la tienda, explicándome pacientemente qué necesitaba. Seleccionamos un transportín cómodo, comida específica para gatitos, juguetes variados, una bandeja sanitaria extra y varias mantas suaves.

Mi tarjeta de crédito probablemente ardería después de eso, pero no me importaba. Por primera vez en mi vida, gastar dinero de forma impulsiva me producía una sensación de felicidad absoluta.

—Creo que con esto tendréis suficiente para empezar —dijo la mujer, mirando el carrito repleto—. Si se me ocurre algo más, os lo haré saber cuando vengáis a sus revisiones.