37. Cómo fingir que no rompo a llorar frente a un árbol de Navidad #4
Por supuesto que los había hecho. Probablemente tenía una hoja de Excel detallando cada posible escenario financiero para los próximos diez años.
—¿Harías todo esto por mí? —pregunté con un nudo en la garganta—. ¿Una casa, un perro, estudios...?
Apoyó su mano en mi mejilla, acunando mi rostro como si fuera algo precioso.
—Haría lo que fuera por ti —respondió él con tanta certeza que sentí temblar mis rodillas—. Cualquier cosa.
Y entonces me besó, suave y lentamente, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Y quizá lo teníamos. Quizá, por primera vez en mi vida, el futuro era algo por lo que estar emocionada, no aterrada.
—Solo tienes que decir que sí —murmuró contra mis labios—. Y esta aventura será nuestra. Esta casa, esta vida..., nuestro futuro.
«Nuestro futuro».
Pensé en mi apartamento minúsculo, en las tardes grises pintando sola mientras Peluso me observaba. Pensé en cómo había sido mi vida antes de Ryker: segura, predecible y terriblemente solitaria.
Y luego pensé en todo lo que podríamos tener: mañanas perezosas en una cama grande, tazas de café compartidas en un jardín lleno de vida, noches de tormenta acurrucados junto a la chimenea restaurada, Peluso persiguiendo a un cachorro por el pasillo, mis pinturas esparcidas por el estudio luminoso, fiestas de cumpleaños en ese comedor espacioso con todos nuestros amigos. ..
Una vida. Una vida real, plena, compartida.
Sentí cómo otra muralla, una que ni siquiera sabía que seguía en pie, se derrumbaba dentro de mí.
—Sí —dije, y fue como soltar el aire que había estado conteniendo toda mi vida—. Sí quiero.
La sonrisa que iluminó su rostro podría haber alimentado una ciudad entera. Me besó de nuevo, con una intensidad que me hizo olvidar dónde estábamos, quiénes éramos, todo excepto la sensación de sus labios contra los míos.
Y entonces, sin previo aviso, me cogió por la cintura y me elevó en el aire, dándome vueltas como en esas escenas de películas románticas que siempre había considerado absurdamente cursis. Solté un grito de sorpresa que se transformó en risa cuando vi la expresión de pura felicidad en su rostro.
—¡Vamos a hacerlo! —exclamó cuando por fin me dejó en el suelo, aunque sin soltar mi cintura—. Vamos a comprarnos una casa. Vamos a tener un perro. Vamos a tener una vida juntos.
—Vamos a ser adultos de verdad —añadí, riendo—. Con facturas y todo.
—Con facturas de luz que podremos pagar a tiempo —puntualizó, besándome la punta de la nariz.
—Y un recibo de agua estratosférico porque me gusta cantar en la ducha durante horas.
—Y reuniones de vecinos a las que nunca iremos porque estaremos demasiado ocupados haciendo otras cosas —sugirió, arqueando una ceja de forma sugerente.
—Y seguro que tendremos que podar los árboles, o lo que sea que se haga con ellos —añadí señalando el jardín—. No tengo ni idea de jardinería.
—Yo tampoco —admitió, y parecía encantado por ese hecho—. Aprenderemos juntos. Nos compraremos libros, contrataremos a un jardinero para que nos enseñe, le preguntaremos a mi padre, que tiene esa extraña obsesión con las orquídeas...
De repente, me encontré pensando en todas las pequeñas cosas que implicaría vivir juntos en una casa así: elegir cortinas, discutir sobre el color de las paredes, descubrir que ninguno de los dos sabía cómo funciona una caldera.
—Va a ser un desastre —dije, mordiéndome el labio para contener la sonrisa—. Un completo caos.
—El mejor caos posible —respondió, apoyando su frente contra la mía—. Nuestro caos.
Un ruido de pasos nos recordó que no estábamos solos. Sonia nos observaba desde la puerta del balcón.
—Disculpad la interrupción, pero tengo otra visita dentro de veinte minutos —dijo—. ¿Habéis tomado ya una decisión o necesitáis más tiempo para pensarlo?
Ryker me miró, con una pregunta silenciosa en sus ojos. Y yo, que siempre había sido indecisa para todo, que jamás compraba algo sin pedir treinta opiniones diferentes, que había diseñado mi vida alrededor de evitar cualquier riesgo, asentí sin un atisbo de duda.
—La queremos —respondió él, con tanta firmeza que casi me hizo llorar otra vez.
Mientras Ryker discutía los detalles con Sonia, yo me quedé en el balcón un momento más, contemplando el jardín que pronto sería nuestro.
Recordé todas las veces que había pensado en mi futuro con miedo, todas las noches que me había acostado creyendo que estaba destinada a una existencia de soledad autoimpuesta.
La vida tenía un sentido del humor muy retorcido, desde luego.
Cuando Ryker volvió a buscarme, traía la sonrisa más brillante que le había visto nunca.
—Tenemos que firmar algunos papeles abajo, pero básicamente... —Hizo una pausa dramática—. ¡Somos propietarios de una casa en ruinas!
Solté una carcajada.
—Qué romántico suena.
—Es nuestra primera gran aventura juntos. La casa del ascensor que nunca funcionaba, capítulo dos: la casa que necesita ser reconstruida desde los cimientos.
—¿Estás seguro de que quieres pasar del orden absoluto de tu apartamento a... esto? —pregunté señalando el caos que nos rodeaba.
—Estoy seguro de que quiero pasar el resto de mi vida contigo —respondió con sencillez—. El resto son solo detalles.
Y con esa declaración, que sentí resonar en lo más profundo de mi ser, me tomó de la mano para bajar a firmar los papeles que cambiarían nuestras vidas para siempre.
Mientras descendíamos por aquella escalera que crujía, pensé en lo lejos que habíamos llegado desde nuestras peleas a través de la pared.
Pensé en todas las veces que había maldecido el día en que Ryker Lancer se mudó al apartamento contiguo.
Pensé en cómo el destino, o el azar, o lo que fuera, nos había puesto en el camino del otro por una razón.
Y supe, con una certeza que nunca había sentido, que esa era la decisión correcta. Que ese hombre era exactamente lo que necesitaba mi vida caótica.
Que esa casa destartalada, con su jardín salvaje y sus ventanas redondas, era exactamente donde debíamos estar.
Que, por fin, después de tanto tiempo perdida, había encontrado mi hogar.