Contigo ni en el ascensor 37. Cómo fingir que no rompo a llorar frente a un árbol de Navidad #3
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37. Cómo fingir que no rompo a llorar frente a un árbol de Navidad #3

—Imagínate esto en otoño —susurró, tan cerca que su aliento me hizo cosquillas en la mejilla—.

Las hojas caídas formando una alfombra dorada, el aire frío, la lluvia golpeando contra las ventanas mientras estás dentro, pintando.

Imagínate todas las estaciones pasando por este jardín.

Todo ese caos natural. Todo ese desorden perfecto.

Me miró entonces, con una expresión tan abierta, tan vulnerable, que sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Con vida —añadió simplemente, y esa palabra pareció resonar en el aire entre nosotros—.

Sé que tenemos muchos meses por delante.

La reforma no será rápida; podemos tomarnos nuestro tiempo para decidir cada detalle, para estar seguros.

Sé que es una locura..., pero tengo el presentimiento de que estoy haciendo lo correcto con esto.

Contigo —confesó—. Sé que ya me has dado muchos permisos, que has bajado tus barreras por mí, y probablemente te esté pidiendo demasiado ahora.

Pero igual que tú me contaste tu sueño, yo quiero contarte el mío: convertir esta casa, que ahora parece que se vaya a caer a pedazos, en un hogar.

Lleno de caos, de vida..., de ti. De nosotros.

Noté que mis ojos se llenaban de lágrimas. Era demasiado. Demasiado intenso, demasiado perfecto, demasiado aterrador. Porque lo que proponía era exactamente lo que siempre había querido sin saber que lo quería: un lugar que fuera mío, nuestro. Un lugar donde pudiera ser yo misma, sin disculpas.

—Y hablo en serio sobre el perro —añadió con una sonrisa ladeada—. Sé que te gustan, aunque te hagas la dura. Te he visto con Rubio, derritiéndote cada vez que te lame la mano.

Sonreí a través de las lágrimas que amenazaban con desbordarse. Tenía razón, como siempre.

—Podrías estudiar aquí —continuó, señalando hacia la casa—.

En tu estudio, mientras pintas. Podrías sacarte ese título que tanto deseas, cumplir tu sueño mientras yo estoy a tu lado, apoyándote.

Seguir creciendo como artista, como profesora, como persona, mientras ves los árboles cambiar a través de esas ventanas.

Me imaginé exactamente lo que describía: yo, sentada junto a la ventana redonda, con los libros desparramados junto a mis cuadernos de bocetos.

La luz del atardecer entrando a raudales.

El sonido lejano de Ryker en la cocina, preparando café.

Un perro durmiendo a mis pies y Peluso en el alféizar, observando el jardín. Un hogar. Nuestro hogar.

—Esto es una locura —susurré finalmente, con la voz rota.

—Lo sé —admitió, acercándose más a mí—. Completamente demencial.

Solté una risa acuosa.

—Debe de ser que me estás contagiando tu caos —añadió, limpiando con el pulgar una lágrima que se había escapado por mi mejilla—. Y me encanta.

Miré a mi alrededor, a ese lugar desgastado pero lleno de posibilidades. ¿Podía verme allí? Dios, sí. Con tanta claridad que casi dolía. Pero el miedo también estaba ahí, agazapado en las esquinas de mi mente, recordándome todas las veces que había confiado y me habían decepcionado.

—¿Y si no funciona? —pregunté en voz baja, exponiendo por fin mi mayor temor—. ¿Y si dentro de unos meses decides que todo esto fue un error? ¿Y si termino sola en una casa demasiado grande, con demasiados recuerdos?

Ryker me miró con una intensidad que me dejó sin aliento.

—Una casa sin ti no me serviría de nada, Audra —dijo tomando mis manos entre las suyas—. Podrían darme el palacio más lujoso del mundo y seguiría sintiéndome vacío si no estás conmigo. Porque mi hogar no está en las paredes, ni en los suelos de madera, ni siquiera en ese jardín. Mi hogar eres tú.

Sentí una opresión en el pecho que me dificultaba respirar.

—Yo ni siquiera sé lo que es un hogar —confesé, con la voz apenas audible—. Nunca he tenido uno de verdad. Solo lugares donde dormía, donde guardaba mis cosas. Sitios de paso.

Ryker puso un dedo bajo mi barbilla y me obligó suavemente a mirarlo.

—¿Sabes qué es un hogar para mí? —preguntó—. Es ese momento en el que me despierto y lo primero que veo es tu pelo naranja esparcido por la almohada. Es Peluso maullando para que le demos el desayuno. Es oírte cantar desafinando en la ducha.

Se acercó más, como si quisiera asegurarse de que sus palabras llegaran directamente a mi corazón.

—Es cuando te beso la frente mientras dibujas y tú haces ese sonido, entre suspiro y gruñido, porque te he desconcentrado, pero no quieres que pare.

Es abrazarte por la espalda mientras preparas café y sentir cómo te relajas contra mi pecho.

Es ver esa sonrisa que pones cuando crees que no te estoy mirando, esa que solo te sale cuando estás verdaderamente feliz.

Su voz se volvió más suave, casi un susurro.

—Es encontrar tus pinceles en mi maletín porque los has dejado allí, distraída.

Es cómo te muerdes el labio cuando estás concentrada.

Es discutir sobre quién tiene que sacar la basura y terminar riéndonos porque sabemos que ninguno lo hará hasta el último momento.

Es que me robes la manta por la noche. Es sentarme a verte pintar durante horas y pensar que podría hacer eso toda la vida.

Pasó su pulgar suavemente por mi mejilla.

—Es saber que, pase lo que pase ahí fuera, hay un lugar donde puedo ser yo mismo, sin filtros ni expectativas. Donde mis manías obsesivas se encuentran con tu caos creativo y, de alguna manera, encajan. Eso es lo que siento cuando estamos juntos, Audra. Eso es un hogar.

Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a deslizarse libremente por mis mejillas. Nadie me había hablado así, nadie había visto lo asustada que estaba en realidad.

—Llevo toda mi vida construyendo refugios temporales —dije, intentando explicarle lo que ni yo misma entendía del todo—. Nunca me he permitido pensar en algo permanente porque... porque siempre espero que todo termine. Que me abandonen. Que me digan que soy demasiado, como siempre me han dicho.

—Pues yo quiero construir algo permanente contigo —respondió, secando mis lágrimas con sus pulgares—.

Y nunca serás demasiado para mí, Audra. Al contrario, nunca tengo suficiente de ti.

Siempre quiero más: más tiempo juntos, más de tus risas, más de tus historias, incluso más de nuestras absurdas discusiones sobre la tapa del dentífrico.

Cuando estoy lejos de ti, las horas se me hacen eternas, y cuando estamos juntos, el tiempo siempre parece demasiado corto.

Solté una risa entrecortada por el llanto.

—No puedo prometerte que todo será perfecto —continuó con sinceridad—. Pero sí puedo prometerte que lucharé por nosotros cada día. Que, cuando tengamos problemas, que los tendremos, los enfrentaremos juntos. Que, cuando quieras escapar, te recordaré por qué vale la pena quedarse.

Llevó mi mano a sus labios y depositó un beso suave en mis nudillos.

—Y cuando tengamos ochenta años y estés cansada de mí, te recordaré que una vez me dejaste comprar esta casa ruinosa contigo, así que ya no hay vuelta atrás —añadió, con esa sonrisa torcida que me desarmaba por completo.

—¿Ochenta años? —pregunté, arqueando una ceja a pesar de las lágrimas—. Eso es mucho tiempo para soportarte, Lancer.

—Es que planeo ser muy persistente —respondió, acercándome más a él—. Además, imagínanos: dos viejecitos gruñones discutiendo sobre quién dejó la dentadura postiza en el vaso equivocado.

La imagen era tan absurda que no pude evitar reírme. Ese era Ryker, siempre sabiendo cómo aligerar los momentos más intensos.

—Y si en algún momento sientes que necesitas espacio, literalmente tendrás una habitación solo para ti —añadió, señalando hacia la casa—. Con cerrojo, por si acaso. Porque a veces necesitarás escapar de mí y de mi manía de organizar los calcetines por colores.

Solté una carcajada, sintiendo cómo algo se aflojaba en mi pecho. Ese hombre me conocía, de verdad me conocía, con todas mis contradicciones y mis miedos. Y, aun así, quería construir un futuro conmigo.

—¿Qué te parece? —preguntó finalmente, con una vulnerabilidad que raras veces mostraba—. ¿Un poco de locura para variar?

Miré una última vez al jardín salvaje, a los árboles majestuosos, a la casa antigua que pedía a gritos ser amada de nuevo. Luego miré a Ryker, con su pelo perfectamente peinado, su sonrisa esperanzada y sus ojos que decían «confía en mí» tan claramente como si lo hubiera pronunciado en voz alta.

Y, por primera vez en mi vida, el futuro no me daba miedo. Al contrario, no podía esperar a que llegara.

Nos quedamos en silencio un momento, contemplando juntos ese futuro que parecía extenderse ante nosotros como el jardín salvaje.

La luz del atardecer lo bañaba todo con un resplandor dorado, suavizando las aristas, haciendo que incluso las partes más deterioradas de la casa parecieran hermosas en su imperfección.

—La hipoteca... —comencé, siempre práctica a pesar de la emoción del momento—. ¿Cómo funcionaría eso? No creo que pueda permitirme...

—Yo me ocupo de eso —me interrumpió con suavidad—. Ya lo tengo mirado. En realidad, la casa está muy barata porque necesita reforma. El banco me ha confirmado que, con mi historial crediticio y mis ingresos, no habría problema.

Por supuesto que ya lo había calculado. Era Ryker, después de todo.

—Las reformas son lo que más costaría —continuó, haciendo ese gesto con la mano que siempre hacía cuando estaba organizando ideas—.

Pero mi padre conoce a mucha gente: electricistas, fontaneros.

.. Y estoy seguro de que Ender y Elaila querrán ayudar.

Él es sorprendentemente bueno con las herramientas.

Lo miré, intentando asimilar todo lo que estaba proponiendo. No era solo una casa, era todo un futuro.

—Con lo que ganas, aunque sea a media jornada mientras estudias, y con mi sueldo, será más que suficiente —prosiguió, tan seguro de todo que casi resultaba contagioso—. Además, tengo ahorros. He hecho los cálculos, Audra. Varias veces.