Contigo ni en el ascensor 37. Cómo fingir que no rompo a llorar frente a un árbol de Navidad #2
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37. Cómo fingir que no rompo a llorar frente a un árbol de Navidad #2

—Te voy a echar muchísimo de menos —declaró—. Pero te escribiré, ¿vale? Ahora tengo tu número.

—Escríbeme cuando quieras —dije.

Después de despedirnos también de Rubio, que parecía triste por nuestra partida, Ryker y yo salimos por fin de la casa. El frío nos recibió, y me alegré de llevar el gorro de lana que Lyall me había prestado insistiendo en que «no podía dejar que me congelara las orejas».

Montamos en el coche y Ryker arrancó, consultando algo en su móvil antes de ponerse en marcha. Parecía nervioso, tamborileando con los dedos en el volante mientras esperaba a que el motor se calentara.

—¿Me vas a decir ya adónde vamos? —pregunté mirándolo de reojo.

—Es una sorpresa —dijo, conectando su móvil al sistema de audio del coche.

Un segundo después, la inconfundible voz de Taylor Swift llenó el habitáculo. Lo miré boquiabierta.

—¿Estás poniendo a Taylor Swift? ¿Voluntariamente?

—Es Navidad —respondió con una sonrisa enigmática—. Hay que hacer sacrificios.

El coche se puso en marcha, y yo me acomodé en el asiento, intrigada por ese giro inesperado de los acontecimientos. Ryker nunca hacía cosas impulsivas, todo en su vida estaba meticulosamente planeado. ¿Qué estaría tramando?

—¿Me das al menos una pista? —insistí mientras salíamos del barrio residencial.

—Solo te diré que es algo que llevo tiempo pensando —respondió con la vista fija en la carretera—. Y que espero que te guste.

Y con esas crípticas palabras, giró en una rotonda en dirección contraria a la ciudad. Fuera lo que fuese lo que Ryker Lancer había planeado, tenía el presentimiento de que iba a ser algo importante.

Entre «We Are Never Ever Getting Back Together» y «Lover», Taylor Swift seguía cantándonos mientras Ryker conducía por calles que cada vez me resultaban más familiares.

Después de unos veinte minutos, ralentizó la marcha al entrar en un barrio residencial que no quedaba muy lejos de nuestros apartamentos, quizá a unos diez minutos en coche.

—Ya casi llegamos —anunció, girando en una calle flanqueada por casas antiguas con carácter.

El coche se detuvo frente a una construcción de color verde pálido, con un porche amplio y ventanas grandes.

Era antigua pero encantadora, con ese tipo de encanto vintage que no se puede fabricar.

Tenía algunas zonas que necesitaban reparación: pintura descascarillada, un canalón torcido, y las escaleras del porche parecían cansadas de soportar tantos años de pisadas.

Pero, bajo esos detalles de vejez, se intuía una belleza adormecida esperando a ser despertada.

Una mujer elegante con un abrigo color camel y una carpeta en la mano aguardaba junto a la valla.

—¿A que es bonita? —preguntó Ryker, observando mi reacción.

—Sí, tiene mucho potencial —respondí de manera automática, como quien valora un cuadro sin terminar. Aún no entendía qué hacíamos allí, pero la casa era objetivamente preciosa—. ¿Qué estamos haciendo aquí?

En lugar de responder, Ryker salió del coche y lo rodeó para abrirme la puerta. Me tendió la mano y yo la tomé.

Nos acercamos a la mujer, que sonrió ampliamente al vernos.

—Ryker, un placer verte de nuevo —saludó con tono profesional.

—Igualmente, Sonia —respondió él antes de volverse hacia mí—. Te presento a Audra, mi novia.

—Encantada —dije, estrechando la mano de Sonia, que tenía una manicura impecable y un apretón sorprendentemente firme.

—Queremos ver la casa otra vez —explicó Ryker.

«Espera, ¿“otra vez”?». Lo miré confundida. ¿Él ya había estado allí antes? ¿Qué estaba pasando?

—Por supuesto —asintió Sonia, sacando un juego de llaves—. Pasad, por favor.

Abrió la puerta principal y nos hizo un gesto para que entráramos primero.

El interior era aún más impresionante que el exterior.

Suelos de madera noble, paredes altas con molduras antiguas y una sensación de amplitud que mi apartamento nunca podría ofrecer.

A la derecha, un comedor con enormes ventanales dejaba entrar la luz natural a raudales, presidido por una chimenea de piedra que parecía sacada de un cuento.

A la izquierda, lo que supuse sería un despacho o sala de estar.

Y, al fondo, alcanzaba a ver una cocina espaciosa con una isla central.

Sonia nos guiaba, señalando características y explicando la historia de la casa, cuando su teléfono sonó. Después de mirar la pantalla, nos dirigió una sonrisa de disculpa.

—Tengo que atender esta llamada, es urgente. ¿Os importa seguir vosotros? Ryker ya conoce la distribución más o menos. Estaré aquí abajo cuando terminéis.

Cuando se alejó, miré a Ryker con los brazos cruzados.

—Vale, ¿me explicas qué está pasando? ¿Por qué estamos viendo una casa?

—Primero terminemos la visita —respondió de forma enigmática, tomándome de la mano—. Vamos arriba, pero ten cuidado, los escalones son antiguos.

Subimos por una escalera de madera que crujía suavemente bajo nuestros pies, pero Ryker tenía las manos en mi cintura por si acaso. El pasillo superior conducía a varias puertas cerradas.

—Tiene desván, sótano, cuatro habitaciones arriba y dos abajo —explicó, como si estuviera recitando una lección bien aprendida—. Cuatro baños, la cocina y el comedor que has visto, y un despacho.

—¿Por qué me estás enseñando todo esto? —insistí, cada vez más confundida.

—Solo... mira el resto, ¿vale? —pidió.

Abrimos puertas y exploramos habitaciones espaciosas con muebles antiguos cubiertos de sábanas, baños con azulejos vintage que necesitarían una renovación pero que mantenían un encanto innegable.

Cada estancia parecía contar una historia, y mi mente de artista ya imaginaba colores, texturas, posibilidades.

Finalmente, Ryker me condujo hacia una puerta al final del pasillo.

—Esta es especial —dijo antes de abrirla.

La habitación era diferente de las demás.

Tenía una forma ligeramente circular, con ventanas redondeadas que daban a un jardín trasero enorme.

La luz entraba a raudales, creando patrones dorados en el suelo de madera.

Era el tipo de luz con la que soñamos los pintores, perfecta en su calidez y claridad.

Me acerqué a la ventana y observé el jardín. Era salvaje y estaba descuidado, con fuentes antiguas parcialmente rotas pero hermosas en su decadencia y árboles majestuosos que debían de tener décadas. El potencial era abrumador.

—Aquí podrías pintar —dijo Ryker detrás de mí, con voz suave—. Con esta luz, sería perfecto. Este espacio sería solo tuyo.

Me giré despacio para mirarlo, completamente descolocada por sus palabras.

—¿Qué estás diciendo? —pregunté, aunque una parte de mí ya comenzaba a entenderlo.

Él se acercó a mi lado junto a la ventana, contemplando también el jardín salvaje que se extendía ante nosotros. Sus ojos brillaban de una manera que nunca le había visto antes.

—Sé que no es habitable ahora mismo —dijo, pasando su mano por la pared descascarillada—. Habría que reformarla por completo, cambiar la instalación eléctrica, la fontanería, aislar mejor, restaurar los suelos... Tardaríamos meses en tenerla lista.

—¿«Tardaríamos»? —repetí, sintiendo cómo mi corazón empezaba a latir más rápido.

Se giró hacia mí con una media sonrisa.

—Imagina este espacio como tu estudio —continuó, señalando la habitación circular—. Con tu caballete aquí, junto a la ventana, para aprovechar esa luz. Podríamos poner estanterías a lo largo de esta pared para todos tus materiales.

Luego señaló hacia el jardín.

—Y ahí fuera... podríamos restaurar las fuentes, plantar un huerto en esa esquina. A Peluso le encantaría explorar entre los árboles. Y quizá..., no sé, podríamos tener un perro.

Me quedé sin palabras, intentando procesar todo lo que estaba insinuando.

—Y si te digo la verdad —continuó, cada vez más entusiasmado—, creo que tres gatos no serían mala idea. Peluso necesita compañía, ¿no? Podríamos adoptar un par más de esos bichos calvos que tanto te gustan.

Lo miré completamente atónita.

—¿Me estás diciendo que quieres que nos mudemos juntos? ¿Aquí?

Asintió, y pude ver un atisbo de vulnerabilidad en sus ojos.

—Sé que es pronto. Sé que apenas llevamos unos meses juntos. Pero también sé que nunca he estado tan seguro de nada en mi vida. —Hizo una pausa, tomando aire—. No digo que tengamos que hacerlo ya. La reforma llevará tiempo. Meses. Y podemos usar ese tiempo para... para estar seguros. Para avanzar.

Me quedé mirándolo, incapaz de encontrar palabras. Ryker Lancer, el hombre que organizaba sus calcetines por tonalidades, el que planeaba cada minuto de su día, estaba proponiendo algo completamente impulsivo y loco.

—Sería nuestro —añadió en voz baja—. Un lugar que no sea ni tuyo ni mío, sino nuestro. Un hogar que construyamos juntos.

Una parte de mí quería salir corriendo. Era demasiado, demasiado rápido, demasiado comprometido. Pero otra parte, esa que había empezado a confiar de nuevo, esa que se había enamorado perdidamente de este hombre, podía verlo claramente: nosotros, en esa casa, construyendo una vida juntos.

—Yo... —comencé, sin saber realmente qué iba a decir a continuación.

Él me cogió la mano con suavidad y me miró.

—Sigamos viendo la casa —dijo, tirando de mí con delicadeza—. Hay muchas más habitaciones. Una podría ser exclusivamente para los gatos, con esos rascadores de pared que estuviste mirando en Pinterest la semana pasada.

»Podrías pintar murales en las paredes —continuó mientras avanzábamos por el pasillo—. Convertir este lugar en tu propio lienzo. Esta casa tiene mucha vida, Audra, pero tú... tú la harías inmortal.

En ningún momento me soltó la mano, como si temiera que fuera a desvanecerme si me dejaba ir. Quizá no estuviera tan equivocado. Mi instinto de huida estaba a toda potencia, zumbando bajo mi piel como una alarma.

En mitad del pasillo había unas puertas de cristal que daban a un pequeño balcón. Ryker las abrió y salimos. Desde allí, la vista del jardín era aún más impresionante. Los árboles desnudos por el invierno parecían figuras escultóricas contra el cielo gris.