37. Cómo fingir que no rompo a llorar frente a un árbol de Navidad
Cómo fingir que no rompo a llorar frente a un árbol de Navidad
Audra
Mientras miraba el árbol de Navidad, me sentía como una infiltrada en una escena de película navideña perfecta.
Todo estaba ahí: las luces parpadeantes, el olor a chocolate caliente, los villancicos sonando de fondo y, por supuesto, la familia feliz intercambiando regalos.
Excepto que yo no pertenecía a esa postal.
.., o al menos eso creía, hasta que Lyall me miró y me guiñó un ojo como si fuera parte de la familia desde siempre.
—¡El siguiente es para Emma! —anunció con entusiasmo, grabándolo todo con su móvil—. De parte de Ryker y de Audra.
«Espera. ¿Qué?».
Miré a Ryker con pánico. No recordaba haber comprado nada para Emma. De hecho, estaba bastante segura de que no lo había hecho, principalmente porque mi cuenta bancaria apenas me permitía regalos para Peluso.
Emma rasgó el papel con violencia. Y, efectivamente, sus ojos se iluminaron más que el árbol cuando sacó una caja con el logo de una manzana mordida.
—¡UN IPHONE NUEVO! —chilló, saltando del suelo como si tuviera un muelle bajo los pies—. ¡OH, DIOS MÍO! ¡GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS!
Se abalanzó primero sobre Ryker, casi estrangulándolo con un abrazo que habría tumbado a cualquiera menos corpulento. Luego, para mi sorpresa, hizo lo mismo conmigo, dejándome sin respiración por unos segundos.
—Gracias, Audra —me dijo al oído—. Es exactamente el que quería.
Cuando me soltó, miré a Ryker con una ceja levantada y expresión de «vamos a hablar de esto luego». Él se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa culpable que, maldita sea, lo hacía parecer aún más guapo.
—El siguiente es para Audra —dijo Lyall, señalando un paquete enorme apoyado contra la pared, más grande que yo misma, y otros dos más pequeños—. ¡Estos son de mi parte!
—No teníais que regalarme nada —murmuré.
Me sentía fatal por estar recibiendo tantos porque los que yo había llevado eran ridículamente modestos en comparación. Unos dibujos enmarcados.
—Tonterías —respondió Lyall con un gesto despreocupado—. ¡Venga, ábrelos!
Con las manos ligeramente temblorosas, me acerqué al paquete grande.
El papel de regalo estaba perfectamente colocado, con pliegues tan precisos que parecían obra de un robot, probablemente lo había envuelto Ryker.
Al rasgarlo, se reveló un caballete profesional de madera de roble, de esos que había visto en catálogos y en escaparates de tiendas donde ni siquiera me atrevía a entrar por miedo a que me echaran por «parecer pobre».
—Esto es... —Me quedé sin palabras, pasando mis dedos por la madera pulida—. Es demasiado.
—¡Y aún te quedan dos más! —exclamó Emma, emocionada como si fueran regalos para ella.
Los otros dos paquetes resultaron ser un set completo de pinturas al óleo de la mejor marca —esas que siempre miraba en internet con anhelo, pero nunca compraba porque «tengo que pagar el alquiler»— y un estuche de pinceles profesionales que probablemente costaba más que todo mi armario junto.
—Ryker me dijo que estabas intentando perfeccionar tu técnica al óleo —explicó Lyall con una sonrisa cálida—. Y cada artista merece tener buenas herramientas.
Sentí un nudo en la garganta. No solo por los regalos, que eran increíbles, sino por el hecho de que Ryker hubiera hablado de mí, de mis sueños, de mis aficiones, con su padre. De que me hubiera prestado suficiente atención para saber exactamente qué tipo de materiales anhelaba.
—Yo no... —Tragué saliva, intentando no romper a llorar como una idiota—. No sé qué decir.
—«Gracias» suele funcionar —bromeó Ryker, pasándome un brazo por los hombros y atrayéndome hacia él.
—Gracias —dije, mirando a Lyall a los ojos para que viera lo mucho que significaba para mí—. Es el mejor regalo que me han hecho nunca.
—Oh, pero aún falta el de Ryker —señaló Emma, mirando debajo del árbol como si esperara que apareciera por arte de magia—. ¿Dónde está?
Él se removió un poco incómodo.
—Se ha retrasado con las fiestas —explicó, y por un momento me pareció ver un destello de nerviosismo en sus ojos, algo raro en él—. Llegará pronto.
—No pasa nada —me apresuré a decir—. Ya has hecho suficiente con... con todo.
De hecho, me sentía terriblemente culpable. No solo por el iPhone que aparentemente había regalado sin saberlo, sino porque todos los míos no estaban a la altura. «Genial, Audra, muy generoso por tu parte».
—Lo digo en serio —añadí, mirando a toda la familia—. Me siento fatal por no haber traído nada adecuado para vosotros.
—¡Tonterías! —protestó Lyall—. Nos has traído algo mucho mejor que cualquier regalo material.
—¿El qué? —pregunté, genuinamente confundida.
—Has hecho feliz a mi hijo. Y eso, querida, no tiene precio.
Y ahí estaba otra vez, ese nudo en la garganta que amenazaba con transformarse en un sollozo vergonzoso frente al árbol de Navidad.
Porque tenía razón: yo hacía feliz a Ryker.
Lo veía en sus ojos cada mañana, en la forma en la que me miraba cuando creía que no me daba cuenta, en cómo su rostro se iluminaba cuando yo entraba en la habitación.
Y lo más asombroso era que él también me hacía inmensamente feliz a mí.
—Además —intervino Emma, sacándome de mi momento emotivo—, tus dibujos son increíbles. El que me has regalado a mí va directo encima de mi cama, para poder presumir de tener una obra de Audra Emrin antes de que te hagas famosa.
Solté una carcajada, agradecida por la interrupción.
—Vale, ahora me toca abrir mis regalos —dijo Ryker, actuando como si estuviera impaciente, aunque sospechaba que lo hacía para desviar la atención de mi momento vulnerable.
Mientras él abría sus regalos —un reloj de parte de su padre y una corbata de Emma—, yo me quedé mirando mi caballete y mis pinturas, todavía sin poder creer que fueran míos. Eran el tipo de regalo que demostraba que alguien te conocía de verdad, que entendía tus pasiones, tus sueños.
Emma empezó a juguetear con su nuevo iPhone, descargando aplicaciones a la velocidad del rayo, mientras Lyall recogía los papeles de regalo esparcidos como confeti por toda la alfombra.
—¿Qué planes tenéis para esta tarde? —preguntó, dirigiéndose más a mí que a Ryker—. Podríamos sacar los juegos de mesa. Emma y yo tenemos una tradición navideña con el Monopoly , aunque siempre acaba igual: ella arruinándome con hoteles en Boardwalk .
—¡Es que eres malísimo negociando! —protestó Emma sin levantar la vista de su teléfono.
Antes de que pudiera responder, Ryker intervino con un tono casi ensayado:
—En realidad, tenemos que irnos pronto.
Lo miré sorprendida. No recordaba que hubiéramos hablado de marcharnos antes de tiempo.
—¿Nos vamos? —pregunté confundida.
—Tenemos que hacer una parada antes —respondió con una sonrisa misteriosa que me intrigó y me puso nerviosa a partes iguales.
—Oh, entiendo —dijo Lyall, guiñándome un ojo de forma tan poco sutil que hasta Emma levantó la vista de su teléfono y puso los ojos en blanco.
No tenía ni la más remota idea de qué estaba pasando, pero decidí seguirles la corriente.
Con esa familia había aprendido que, a veces, dejarse llevar era la mejor estrategia.
—Bueno, pues ahora toca el chocolate. —Lyall dio una palmada.
Mientras preparaba los chocolates, Emma se sentó a mi lado en el sofá y me enseñó todas las funciones de su nuevo teléfono, que ya había personalizado con una foto de Rubio como fondo de pantalla.
—Mira, puedo editar fotos directamente —dijo, abriendo una aplicación—. Hagámonos un selfi.
Nos hicimos al menos doce selfis en diferentes poses, algunos con Rubio metiendo el hocico en el encuadre, otros con Ryker al fondo poniendo cara de sufrimiento.
Emma aplicó filtros extravagantes a cada foto, convirtiéndonos alternativamente en alienígenas verdes, vampiras pálidas y versiones caricaturizadas de nosotras mismas.
—Esta la voy a poner de estado —decidió, mostrándome una donde ambas sacábamos la lengua mientras Ryker aparecía al fondo con expresión de «¿por qué tengo que aguantar esto?».
—Mi momento más favorecedor, sin duda —comenté riéndome.
El tiempo pasó volando entre chocolates, fotos y conversaciones. Emma me contó todas sus teorías sobre sus series favoritas, Lyall me habló de sus pacientes más peculiares y Ryker simplemente observaba con una expresión de felicidad contenida que me derretía por dentro.
Cuando llegó la hora de comer, Lyall sirvió los restos recalentados de la cena de Nochebuena, que seguían estando espectaculares.
La conversación fluyó naturalmente, como si llevara años sentándome a esa mesa.
Nunca había experimentado algo así: una comida familiar donde nadie gritaba, nadie criticaba y todos parecían genuinamente interesados en lo que tenías que decir.
Después de comer, subimos a recoger nuestras cosas. Ryker parecía extrañamente nervioso mientras metía su ropa en la maleta con una precisión casi quirúrgica.
—¿Estás bien? —le pregunté, doblando mi pijama—. Pareces tenso.
—Estoy perfectamente —respondió demasiado rápido—. Solo quiero llegar a tiempo.
—¿A tiempo, adónde?
—Ya lo verás.
De vuelta abajo, nos esperaba la inevitable escena de despedida. Lyall me abrazó tan fuerte que por un momento temí por la integridad de mis costillas.
—Ha sido un verdadero placer conocerte, Audra —dijo con sinceridad, sujetándome por los hombros cuando finalmente me soltó—. Espero verte muy pronto. Volverás, ¿verdad? Prométemelo.
—Lo prometo —respondí, sorprendida porque lo decía muy en serio.
—Excelente. La próxima vez haremos una barbacoa —anunció como si ya estuviera planeando el menú—. Y trae a tu gato. Estoy seguro de que Rubio y él serán grandes amigos.
La imagen mental de Peluso y Rubio socializando me arrancó una carcajada. Mi gato probablemente se pasaría tres días escondido bajo algún mueble, mirando al perro como si fuera un monstruo.
—Estoy segura de que Peluso estaría... encantado —mentí con descaro.
Emma fue la siguiente en abrazarme.