36. Planes de futuro entre turrón y vino
Planes de futuro entre turrón y vino
Ryker
Mi padre había superado sus propios estándares con la cena de Nochebuena.
La mesa estaba perfectamente dispuesta, con la vajilla de porcelana que solo sacaba en ocasiones especiales, las copas de cristal que habían pertenecido a mi abuela y las servilletas de tela perfectamente dobladas en forma de árbol de Navidad, obra de Emma, sin duda.
En el centro, un pavo asado descansaba gloriosamente rodeado de patatas, verduras asadas y otros acompañamientos que conformaban un auténtico festín.
—Dime sinceramente, Audra, ¿cómo está el pavo? —preguntó mi padre observándola con fijeza, como si de su respuesta dependiera la paz mundial—. Es una receta nueva. He sustituido la mantequilla por aceite de oliva y le he añadido romero fresco.
Audra, que acababa de llevarse un trozo a la boca, masticó con deliberada lentitud mientras todos la observábamos.
Mi padre contenía la respiración, Emma sonreía y yo simplemente disfrutaba viéndola.
A lo largo del día, su nerviosismo inicial se había transformado en una confianza tranquila.
Se había ganado a mi familia en tiempo récord, especialmente a Rubio, que ahora descansaba bajo la mesa con su cabeza apoyada en el pie de Audra.
—Es, sin duda, el mejor pavo que he probado en mi vida —dictaminó al fin, y no había forma de dudar de su sinceridad.
Mi padre prácticamente se hinchó de orgullo y de inmediato le sirvió otra porción como recompensa por su buen gusto.
—Ya te dije que la experiencia sería mejor que comprar uno precocinado —me dijo, recordándome nuestra discusión del año anterior, cuando había sugerido que podríamos ahorrarnos horas de cocina comprando la cena hecha.
—Y, como siempre, tenías razón —admití, alzando mi copa en un brindis.
La conversación fluía naturalmente mientras cenábamos. Emma contaba anécdotas del instituto, mi padre compartía historias de sus pacientes y yo me sorprendía a mí mismo relajándome por completo.
—Audra —dijo mi padre durante una pausa natural en la conversación—, Ryker me ha contado que eres una artista excepcional. ¿Seguiste alguna clase de formación o eres autodidacta?
—Un poco de ambas —respondió ella, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta—. Estudié Bellas Artes, pero lo que realmente me enseñó a dibujar fue observar a mi padre.
Mi padre asintió con interés.
—¿También era artista?
—No profesionalmente —explicó, y noté un ligero cambio en su tono, ese que aparecía siempre que hablaba de su padre—.
Era arquitecto, pero dibujaba constantemente.
Tenía cuadernos llenos de bocetos: edificios, personas, paisajes.
.. A veces pasábamos horas juntos dibujando en silencio, cada uno en su cuaderno.
La expresión de mi padre se suavizó, reconociendo el peso emocional detrás de sus palabras.
—Debió de ser un hombre especial —comentó con suavidad.
—Lo era —confirmó Audra con una pequeña sonrisa—. Falleció cuando yo tenía diecisiete, pero sigo dibujando como si estuviera a mi lado, evaluando cada trazo.
La mesa quedó en silencio por un momento, no incómodo, sino respetuoso. Había aprendido que mi padre, a pesar de su exuberancia habitual, sabía cuándo dar espacio a las emociones de los demás.
—He visto sus obras recientes —intervine, queriendo aligerar el ambiente—. Son realmente impresionantes. Tiene un estilo único.
—¿Nos las enseñarás después de cenar? —preguntó Emma entusiasmada—. Ryker ha dicho que habías traído algunas.
Audra me miró y yo me encogí de hombros.
—Puede que haya mencionado tu talento una vez o dos —admití, aunque en realidad no había parado de hablar sobre sus dibujos en mis últimas conversaciones con mi familia.
Mi teléfono vibró en mi bolsillo, interrumpiendo el momento. Normalmente, no lo habría sacado durante la cena, pero llevábamos todo el día desconectados y podría ser una emergencia.
—Disculpad —murmuré, comprobando la pantalla.
Esperaba ver el nombre de Ender o quizá algún correo del trabajo, pero, en su lugar, un mensaje de Sonia, la agente inmobiliaria, iluminó la pantalla:
La casa de Tyrisu está disponible. Los anteriores compradores se han retirado. Si sigues interesado, podríamos cerrarla con las mismas condiciones que discutimos. Feliz Navidad.
Se trataba de otra propiedad que había visitado solo. Una que me había gustado especialmente por su ubicación y su distribución. La que estaba para reformar por completo.
—Es Sonia, la de la inmobiliaria —comenté sin pensar—. Dice que la casa que me gustó ha quedado libre.
Guardé el teléfono aprisa, arrepintiéndome de haber mencionado el mensaje.
—¿Estás pensando en mudarte? —preguntó mi padre con curiosidad.
—Solo estaba mirando opciones —respondí, intentando restar importancia—. Mi apartamento actual es bastante pequeño.
—¿Cuánto pagas ahora por ese sitio? —continuó él, siempre práctico cuando se trataba de finanzas.
—Ochocientos cincuenta al mes —respondí, dando un sorbo a mi vino.
Audra casi se atragantó con su bebida, tosiendo violentamente. Le di unas palmaditas en la espalda, preocupado.
—¿Estás bien? —pregunté cuando por fin recuperó el aliento.
—¡¿Ochocientos cincuenta?! —exclamó—. ¿Por un apartamento idéntico al mío?
—Sí, ¿por qué? —respondí, confundido por su reacción.
—Yo pago exactamente la mitad —declaró con los ojos como platos—. Cuatrocientos veinticinco, y el apartamento es prácticamente el mismo.
Ahora fue mi turno de sorprenderme. Siempre había asumido que los precios serían similares en todo el edificio.
—Eso es imposible —protesté—. Debe de haber alguna diferencia. Quizá el mío tiene mejores acabados o...
—Ryker, nuestros apartamentos son idénticos —insistió Audra—. Misma distribución, mismo tamaño, mismas goteras en el techo del baño. Estoy segura de que no hay bañera de oro en tu piso que justifique esa diferencia.
Emma soltó una risita ante el comentario, y mi padre parecía absolutamente fascinado con la conversación.
—Seguramente por eso la casera quiere hablar conmigo después de Navidad —reflexionó Audra, frunciendo el ceño.
—Si te suben el precio, siempre puedes mudarte —sugirió papá, con un brillo en la mirada que conocía demasiado bien—. Ya sabes, con alguien que tenga espacio de sobra.
Audra captó la insinuación y sus mejillas se tiñeron de un rosa encantador.
Miré a mi padre con los ojos muy abiertos. Apenas llevábamos unas horas en casa y ya estaba prácticamente organizándonos la vida.
—Papá, por favor —lo reprendí en voz baja—. Estás yendo demasiado rápido.
—¿Qué? —se defendió—. Solo expongo ideas lógicas. Si ya estáis casi viviendo juntos, pared con pared, ¿cuál es la diferencia? Una casa más grande, mejor, con jardín para los futuros nietos...
Emma soltó una carcajada ante mi expresión horrorizada. Para mi sorpresa, Audra también se rio, sin parecer incómoda en absoluto. Al contrario, parecía estar disfrutando de mi sufrimiento.
—Hace poco más de dos meses que estamos juntos, papá —señalé, aunque en mi cabeza la idea no sonaba tan descabellada como quería aparentar.
La verdad es que lo había pensado. Quizá era demasiado pronto, pero ¿qué más daba?
Tarde o temprano iba a pasar, lo sabía con una certeza que nunca había experimentado.
La idea de mudarme a una casa nueva y estar lejos de Audra, aunque solo fueran unos kilómetros, me provocaba un vacío en el estómago que no podía ignorar.
Mi padre, ajeno a mi debate interno, seguía con la mirada fija en ella.
—En mis tiempos, eso era una eternidad —dijo guiñándole un ojo—. Además, estoy convencido de que mis nietos serán adorables. Con tu pelo y los ojos de Ryker... ¡Imagínatelos!
—Serían unos artistas preciosos —respondió ella, siguiéndole el juego con una naturalidad que me dejó boquiabierto—. Aunque espero que hereden mi sentido del humor y no el de su padre.
—¡Oye! —protesté, pero nadie me prestó atención.
Rubio, que había permanecido bajo la mesa durante toda la conversación, eligió ese momento para poner su barbilla sobre mi pierna.
—Al menos uno está de mi lado —murmuré, rascándole detrás de las orejas.
Mi padre fijó su atención nuevamente en Audra, cambiando ligeramente el tono.
—Ryker me ha contado que te gustaría seguir estudiando y llegar a ser profesora —dijo—. Una vocación admirable.
Audra asintió.
—Sí, es lo que siempre he querido —confirmó—. Pero si ahora me suben el alquiler, sería imposible. Gano lo justo para cubrir el alquiler y las facturas. Añadir las tasas de matrícula sería demasiado.
Mi padre me miró con esa expresión que solía reservar para cuando consideraba que no estaba viendo lo obvio.
—Bueno, hay una solución sencilla para eso —declaró, como si fuera evidente—. Podrías trabajar solo media jornada y sacarte los estudios mientras Ryker se hace cargo de los gastos principales.
—Papá... —advertí, notando cómo Audra se tensaba ligeramente.
No era el tema del dinero lo que me preocupaba.
La idea de apoyarla económicamente para que pudiera estudiar me parecía lo más natural del mundo.
Lo que me inquietaba era presionarla demasiado, hacerla sentir atrapada o en deuda conmigo.
Conocía sus muros, las cicatrices que había dejado su ex, el miedo a perder su independencia.
—¿Qué? Sería temporal —insistió mi padre, mirando alternativamente a Audra y a mí—. Es lo más lógico. Ryker gana más que suficiente, y tú podrías cumplir tu sueño. Es un intercambio justo.
Para mi sorpresa, Audra se rio de nuevo, pero no parecía estar rechazando la idea.
—Ahora entiendo de dónde ha sacado Ryker esa tendencia a planificar toda su vida con cinco años de antelación.
—Créeme, antes era mucho peor —respondió Emma con complicidad.
—No me sorprende en absoluto —contestó Audra.
Las dos rompieron a reír como si acabaran de compartir el chiste del siglo. Mi padre las observaba con aprobación, como un artista admirando su obra. Yo, por mi parte, me sentía atrapado en una extraña dimensión donde todos parecían estar planeando mi futuro sin consultarme.
Aunque, para ser sincero, no me importaba en absoluto.
La imagen de Audra estudiando en nuestro salón mientras yo preparaba la cena, de levantarnos juntos cada mañana sin tener que cruzar un pasillo, de construir una vida juntos.
.., todo eso parecía correcto. Como si fuera exactamente lo que estaba destinado a suceder.
Pero aún era pronto, ¿verdad?
Entonces, como si hubiera leído mis pensamientos, Audra me miró directamente a los ojos por encima de su copa de vino. No había dudas en su mirada, ni miedo, solo una tranquila certeza que resonó con la mía propia.
Y supe, en ese preciso instante, que ambos estábamos pensando exactamente lo mismo: tal vez no fuera demasiado pronto después de todo.
Terminamos la cena con un postre que mi padre había anunciado como «el mejor turrón casero del mundo». Para ser justos, estaba delicioso, aunque la combinación de turrón, vino y conversación sobre hipotecas compartidas había creado un ambiente extrañamente íntimo.
Tras ayudar a recoger y soportar varias indirectas más de mi padre sobre «la próxima Navidad, cuando quizá ya seamos más en la mesa», por fin subimos a la habitación.
La rutina nocturna con Audra se había vuelto tan natural que ni siquiera necesitábamos hablar para coordinarnos en el baño.
Ella se lavaba los dientes mientras yo me ponía el pijama, luego intercambiábamos posiciones y finalmente acabábamos los dos en la cama, listos para ese momento de paz antes de dormir.
Cuando entré en la habitación después de haberme lavado la cara, ella ya estaba en la cama, con su pijama de franela de cuadros, tecleando furiosamente en su móvil. Por su sonrisa, supe de inmediato que estaba hablando con Elaila.
—¿Buenas noticias de Peluso? —pregunté, sentándome en mi lado de la cama.
—Aparentemente ha descubierto que, si se sienta sobre el mando a distancia, puede cambiar el canal —respondió sin levantar la vista del móvil—. Elaila dice que ha pasado la última hora viendo documentales de National Geographic. Creo que está planeando su fuga a la selva.
Sonreí mientras sacaba mi propio teléfono. El mensaje de Sonia seguía ahí, esperando respuesta. Después de meditarlo un momento, le escribí:
Gracias por avisarme. ¿Sería posible verla mañana por la tarde? Estaríamos interesados en cerrar pronto si las condiciones son las que discutimos.
No esperaba una respuesta inmediata en Nochebuena, pero apenas unos segundos después, mi móvil vibró:
Por supuesto, Ryker. Podemos quedar a las 16.00 h. Feliz Navidad para ti y los tuyos.
Dejé el teléfono en la mesilla de noche y me tumbé al lado de Audra, que ya había terminado su conversación y dejaba su móvil junto al mío. Con la naturalidad que solo da la costumbre, se acurrucó contra mí, apoyando la cabeza en mi pecho, y le di un beso en la frente.
Nos quedamos así un momento, en silencio, escuchando los sonidos de la casa.
—Sé sincera —dije al fin, acariciándole el pelo—. ¿Te ha molestado lo que ha dicho mi padre en la cena?
Ella suspiró contra mi pecho y sentí cómo su cuerpo se tensaba ligeramente.
—No lo sé —respondió con honestidad—. Es complicado. No quiero depender de ti, Ryker. No quiero convertirme en eso.
No necesitaba que especificara a qué se refería con «eso». Conocía suficiente de su historia para entender sus miedos.
—Solo quiero ayudarte a que vueles —le dije, apartándole un mechón de pelo de la cara con suavidad—. Solo quiero que seas feliz y cumplas tus sueños. Nada más.
Ella levantó la mirada.
—Nunca creí que podría cumplir mis sueños —confesó en voz baja—. Siempre pensé que tendría que conformarme con sobrevivir, con ir tirando.
—Estando conmigo —dije mientras sostenía su rostro entre mis manos—, te aseguro que haré todo lo posible para que cumplas todo lo que desees. Todo.
Nos miramos en silencio, y en sus ojos vi un millón de emociones pasando como nubes en un cielo tormentoso: miedo, esperanza, duda, deseo...
La besé con suavidad, intentando transmitirle con ese gesto todo lo que a veces las palabras no podían expresar.
—Te quiero —murmuré contra sus labios—. Te quiero como nunca he querido a nadie.
Y en ese momento, en esa habitación donde había dormido tantas noches solo, supe que había encontrado mi hogar. No en las paredes ni en los muebles, sino en ella. En Audra. En nosotros.