35. ¿Qué color combina con los nervios prenavideños? Todas las tonalidades de pánico #2
—Soy Lyall, el padre de este desagradecido —se presentó cuando al fin me soltó, señalando con la cabeza a Ryker, que esperaba paciente su turno para entrar—. Pero pasa, pasa, eres más preciosa de lo que me habían contado. ¿Has tenido buen viaje? Hace frío, ¿verdad?
Me empujó con suavidad hacia el interior de la casa, dejando a Ryker literalmente en el umbral con las maletas. Intenté lanzarle una mirada de socorro, pero él tan solo sonrió y se encogió de hombros, como diciendo «te lo advertí».
—Es un placer conocerlo, señor Lancer —conseguí decir cuando recuperé el habla—. Gracias por invitarme.
—¿Señor Lancer? —Soltó una carcajada que resonó por todo el vestíbulo—. Por favor, llámame Lyall. O «papá», si lo prefieres. Estoy seguro de que pronto seremos familia.
Sentí cómo el calor subía por mis mejillas. ¿Acababa de sugerir que...?
—¡Audra! —Una voz familiar me salvó de aquella incómoda situación.
Emma bajó corriendo las escaleras y se abalanzó sobre mí con tanto entusiasmo que casi caímos las dos al suelo.
—¡Has venido! —exclamó, agarrándome de las manos—. No creí que Ryker fuera capaz de convencerte. ¡Vas a alucinar con la cena de Nochebuena! Papá ha estado cocinando desde ayer.
Justo cuando estaba a punto de responder, un ladrido potente y alegre interrumpió la conversación.
Un enorme golden retriever de pelaje dorado apareció desde lo que parecía la cocina, dirigiéndose hacia nosotros como un tren de mercancías peludo.
Por un segundo temí que me derribara, pero el perro se detuvo justo frente a mí, meneando la cola con tanta fuerza que todo su cuerpo se bamboleaba.
—Y este es Rubio —presentó Lyall con orgullo—. El miembro más inteligente de la familia Lancer, sin duda.
Rubio me miró con esos ojos marrones llenos de bondad que solo los retrievers poseen y soltó un pequeño gemido de súplica. No necesitaba ser una experta en lenguaje canino para entender que pedía caricias.
—Hola, precioso —dije, agachándome para acariciarlo detrás de las orejas.
El perro cerró los ojos en éxtasis, apoyándose contra mi pierna con total confianza. Pensé en lo diferente que era de Peluso, que jamás se entregaría tan fácilmente a un extraño. Mi gato necesitaba semanas de cortejo antes de permitir una sola caricia.
—Has hecho un amigo para toda la vida —comentó Ryker, que finalmente había conseguido entrar con el equipaje—. Rubio es muy selectivo con sus afectos.
—Siempre he sido buena con los animales —respondí, encantada con la idea de haber sido aceptada tan rápidamente por al menos un miembro de la familia.
—Y con los hombres de esta casa, por lo que veo —añadió Lyall con un guiño—. Mi hijo tiene un gusto excelente, debo decir. Eres exactamente como te imaginaba: preciosa, amable, y con ese brillo en los ojos que indica inteligencia.
—Papá... —advirtió Ryker.
—¿Qué? Solo le estoy dando la bienvenida a tu novia —se defendió Lyall—. No todos los días tenemos la suerte de conocer a la mujer que ha logrado lo imposible: que mi hijo admita que el amor existe y no es solo una invención de las películas.
Esta vez Ryker puso los ojos en blanco, pero pude ver que, en el fondo, estaba disfrutando de la situación.
—Ignora a mi padre —dijo, pasándome un brazo por la cintura—. Está emocionado porque es la primera vez que traigo a alguien a casa.
—¿La primera? —pregunté, incapaz de ocultar mi sorpresa.
—La única y la primera —confirmó Lyall, con una expresión tan tierna que casi me derritió—. Lo que significa que eres extremadamente especial, querida. Mi hijo es muchas cosas, pero impulsivo no es una de ellas. Si te ha traído aquí es porque está seguro.
La idea de ser la «única» a quien Ryker había presentado oficialmente a su familia era tan abrumadora como emocionante.
—Bueno, yo tampoco suelo conocer a los padres de mis... —Me detuve, sin saber cómo definir a Ryker. ¿Novio? Sonaba tan adolescente. ¿Pareja? Demasiado formal.
—De tus novios —completó Emma—. Podéis usar esa palabra, ¿sabéis? No va a invocar ninguna maldición.
—Gracias por la aclaración, enana —respondió Ryker—. Ahora, ¿podemos pasar de la entrada? Llevamos aquí diez minutos y Audra aún no ha visto la casa.
—¡Por supuesto! —exclamó Lyall, como si acabara de darse cuenta—. ¿Dónde están mis modales? Pasad, pasad. Emma, ¿por qué no le enseñas a Audra dónde van a dormir mientras yo pongo al día a tu hermano?
Algo en cómo dijo eso último me hizo sospechar que Ryker estaba a punto de enfrentarse a un interrogatorio en toda regla.
—Vamos —dijo ella, tomándome de la mano—. Te va a encantar la habitación. La he decorado yo misma.
Mientras seguía a Emma escaleras arriba, con Rubio pisándome los talones como si temiera que me perdiera, eché un último vistazo hacia atrás. Ryker me guiñó un ojo, tranquilizador, antes de que su padre lo arrastrara hacia lo que parecía el estudio.
Contra todo pronóstico, me sentía sorprendentemente cómoda.
Puede que la casa fuera impresionante, con su decoración elegante y sus muebles caros, pero la calidez de la familia Lancer era aún más impactante.
No era en absoluto lo que esperaba del entorno que había criado a alguien tan metódico y reservado como Ryker.
Quizá, después de todo, esas Navidades no iban a ser un desastre.
Y, si no, siempre podía esconderme con Rubio bajo la mesa durante la cena. El perro ya parecía más que dispuesto a ser mi cómplice.
Emma me guio por un pasillo con fotografías familiares enmarcadas donde pude ver a un Ryker adolescente con brakets y ese pelo que siempre intentaba mantener perfecto.
Iba a memorizar cada detalle para usarlo como munición en nuestras futuras discusiones.
—Esta es vuestra habitación —anunció Emma, abriendo una puerta blanca al final del pasillo. Rubio nos seguía fielmente, como si hubiera sido asignado como mi guardaespaldas personal.
La estancia era amplia y luminosa, con una enorme cama de matrimonio que parecía más cómoda que todo mi apartamento junto. Las paredes estaban pintadas en un tono suave de azul, y había un pequeño escritorio junto a la ventana que daba al jardín trasero.
Sobre la cama, varios cojines decorativos formaban una pequeña montaña, y en la mesilla de noche, un jarrón con flores frescas añadía un toque acogedor.
—¿Te gusta? —preguntó Emma, observando mi reacción—. He puesto flores porque Ryker me dijo que te gustaban, pero solo los tulipanes. Y cambié los cojines. Antes eran todos azules, superaburridos.
Me acerqué a la pared donde habían colgado unas láminas que parecían acuarelas de paisajes marinos, trazando los contornos con la punta de los dedos.
—Es perfecta, Emma. Gracias.
Desde abajo, nos llegaron las risas de Ryker y su padre.
—Nunca lo había visto así —comentó ella, siguiendo la dirección de mis pensamientos—. Tan... feliz, ¿sabes? Y creo que es gracias a ti.
—¿A mí? —La idea me pilló desprevenida.
—Sí, a ti —insistió, como si fuera obvio—.
Antes era como un robot, todo programado y aburrido.
Solo hablaba de trabajo, inversiones y ese tipo de cosas de adulto.
Ahora habla de tus dibujos, de Peluso, de lo que habéis hecho el fin de semana.
.. —Se detuvo y arrugó la nariz—. Aunque hay detalles que preferiría no conocer, la verdad.
No pude evitar reírme.
—Todos tenemos nuestros secretos —le dije guiñándole un ojo—. Incluso los robots programados.
La puerta se abrió y apareció Ryker, con las mejillas ligeramente sonrojadas, probablemente por la conversación con su padre.
—Emma, papá te está llamando —anunció—. Algo sobre probar el relleno del pavo.
—¡Voy! —exclamó la chica, poniéndose en marcha—. No os hagáis nada raro mientras no estoy —advirtió señalándonos con el dedo antes de salir corriendo por la puerta.
Rubio dudó un momento, mirándonos a ambos como decidiendo con quién quedarse, pero finalmente optó por seguir a Emma, no sin antes frotar su cabeza contra mi pierna como despedida.
En cuanto nos quedamos solos, Ryker cerró la puerta y se apoyó contra ella, dejando escapar un suspiro exagerado.
—¿Y bien? —preguntó con una sonrisa nerviosa—. No ha estado tan mal, ¿verdad?
Me senté en la cama, dejando que mis dedos acariciaran la suave colcha.
—Tu padre es encantador —respondí con sinceridad—. No se parece en nada a ti.
—¿Perdona? —dijo acercándose hasta sentarse a mi lado—. ¿Estás insinuando que no soy encantador?
—Eres muchas cosas, Lancer —respondí, dándole un pequeño empujón con el hombro—. Pero «encantador» no sería la primera palabra que usaría para describir al tipo que me gritaba a través de la pared por cantar en la ducha.
—No te gritaba por cantar —se defendió—. Te gritaba por cantar TAN MAL.
Le di un manotazo en el brazo, pero él lo interceptó y entrelazó sus dedos con los míos, atrayéndome más cerca.
—En mi defensa, ahora encuentro tus desafinaciones extrañamente entrañables —añadió con esa sonrisa torcida que me desarmaba por completo—. Como todo lo demás en ti.
—¿Todo? —pregunté arqueando una ceja—. ¿Incluso cuando dejo la tapa del dentífrico abierta?
—Bueno, eso sigue siendo un crimen contra la humanidad. Pero estoy dispuesto a vivir con ello. Ya sabes, por amor y esas cosas.
—Qué romántico —me burlé, aunque mi corazón se aceleró al oír la palabra «amor»—. Un verdadero poeta.
—Aprendí del maestro —dijo señalando hacia el piso de abajo, donde estaba su padre.
—Ahora entiendo de dónde viene tu lado secretamente sensible.
—No tengo un lado secretamente sensible —protestó.
—Claro que sí —insistí—. Lo descubrí la noche que lloraste viendo Del revés .
—¡Era alergia!
—Por supuesto —asentí—. Una alergia que casualmente apareció justo cuando Tristeza y Alegría volvieron juntas a la central.
Ryker me empujó suavemente hasta tumbarme en la cama y se inclinó sobre mí, su rostro a centímetros del mío.
—Te voy a hacer pagar por esa difamación —amenazó.
—Ah, ¿sí? —lo desafié—. ¿Y cómo piensas hacerlo, don Organizadito?
—Tengo mis métodos —murmuró, acercándose para besarme.
Justo antes de que nuestros labios se tocaran, oímos la voz de Lyall desde el piso de abajo:
—¡A comer! ¡Y dejad lo que estéis haciendo para después, que la comida se enfría!
Nos separamos de golpe y no pudimos evitar estallar en carcajadas. Ryker dejó caer su frente contra la mía, suspirando con resignación.
—Te lo advertí —dijo—. Mi padre no tiene filtro. Y probablemente ahora esté abajo diciéndole a Emma que estamos «consolidando nuestra relación» o alguna frase igual de horrible.
—Me gusta —confesé—. Es refrescante después de toda una vida con adultos que nunca dicen lo que piensan.
—Pues aprovecha, porque en estos dos días tendrás más sinceridad de la que puedas manejar —me advirtió, levantándose y ofreciéndome su mano para ayudarme—. ¿Lista para el primer round ?
Tomé su mano y me puse de pie, sintiendo una confianza que no esperaba. Quizá era el ambiente acogedor, quizá la calidez de Lyall y Emma, o quizá simplemente la certeza de que, pasara lo que pasase, Ryker estaría a mi lado.
—Lista —respondí apretando su mano—. Aunque creo que es tu padre quien no está preparado para mí.
—De eso no tengo ninguna duda. —Sonrió, besándome rápidamente antes de conducirme hacia la puerta—. Tienes ese efecto en la gente. Apareces y cambias todo su mundo. El mío, desde luego, nunca ha vuelto a ser el mismo.