35. ¿Qué color combina con los nervios prenavideños? Todas las tonalidades de pánico
¿Qué color combina con los nervios prenavideños? Todas las tonalidades de pánico
Audra
Hay momentos en la vida en los que te preguntas cómo narices has llegado hasta ahí.
Por ejemplo, yo ahora mismo, en el asiento del acompañante de Ryker, con Taylor Swift cantando «All Too Well» a un volumen perfectamente calculado para relajarme sin aturdirme, dirigiéndome a conocer a su padre en plena Navidad.
¿En qué momento de mi vida tomé esta decisión tan adulta?
¿Y por qué no estaba sufriendo un ataque de pánico?
Bueno, lo último era mentira. Estaba teniendo uno, pero muy disimulado.
—¿Seguro que estoy bien? —pregunté por decimoquinta vez, tironeando del borde de mi jersey verde como si pudiera hacerlo crecer mágicamente cinco centímetros más.
—Estás perfecta —respondió Ryker sin apartar la vista de la carretera, pero dedicándome esa sonrisa ladeada que todavía me provocaba un cosquilleo en el estómago—. Si sigues preguntándome, voy a empezar a pensar que estás buscando una excusa para dar media vuelta.
—¿Tan transparente soy?
—Como una ventana recién limpiada —confirmó, extendiendo su mano derecha para entrelazar sus dedos con los míos—. Relájate, princesita. Mi padre te adorará casi tanto como yo.
Bufé al oír el «casi», aunque secretamente estaba encantada. Aún me costaba asimilar que eso fuera real, que Ryker Lancer estuviera enamorado de mí y que yo, la reina de las malas elecciones sentimentales, hubiera tenido por fin un golpe de buena suerte en el ámbito amoroso.
Hacía apenas una semana que habíamos hecho oficial lo nuestro, anunciándoselo a Ender y a Elaila durante una cena en nuestro restaurante americano favorito. La gran revelación había sido bastante anticlimática.
—¿En serio? —había dicho Elaila, con su cara irreal de sorpresa—. No me lo puedo creer. ¿Vosotros? ¿Los que no podíais estar juntos ni en el ascensor?
—Qué sorpresa más inesperada —añadió Ender con tanto dramatismo que casi escupí el vino por la nariz—. Jamás lo habríamos imaginado.
—Vale, ya está bien de teatro —había protestado yo, lanzándoles una mirada asesina—. ¿Desde cuándo lo sabíais?
—Desde la noche del beso en el rellano —admitió Elaila, dando un sorbo inocente a su copa de vino.
Ryker había soltado un gruñido de frustración tan adorable que no pude evitar reírme.
Lo mejor vino después de la cena, cuando mi amiga me arrastró al baño para el inevitable interrogatorio.
—A ver, quiero todos los detalles —exigió cerrando la puerta tras nosotras y cruzándose de brazos—. ¿Cómo es? ¿Cuándo empezó exactamente? ¿Es tan bueno en la cama como parece?
—¡Elaila! —protesté, aunque sabía que era inútil. Mi amiga era como un sabueso: una vez que olía una historia jugosa, no la soltaría hasta exprimir hasta el último detalle.
—No me vengas con remilgos ahora. Llevas semanas desaparecida, apenas contestas a mis mensajes, y cuando lo haces parece que estés respondiendo durante un orgasmo múltiple.
—¡Yo no...! —Me detuve, notando el calor subir por mis mejillas—. Vale, puede que esté un poco distraída últimamente.
—¿Un poco? —Se rio—. La última vez que te pregunté qué tal tu día, me respondiste: «Sí, gracias, genial». Yo no había hecho ninguna pregunta de sí o no, Audra.
El recuerdo me sacó de mis pensamientos. Miré por la ventanilla, observando cómo el paisaje urbano daba paso a zonas más residenciales. Estábamos a las afueras de la ciudad, donde las casas se espaciaban y los jardines se hacían más grandes. La casa del padre de Ryker no debía de estar lejos.
—¿Crees que le caeré bien? —pregunté, volviendo a la fuente principal de mi ansiedad—. A tu padre, digo.
—Mi padre es el hombre más fácil de complacer del mundo —respondió Ryker, dándole un apretón a mi mano—. Le interesa la pintura, adora la comida casera y le encanta hablar del trabajo. Si le mencionas una sola palabra sobre tus dibujos, no te dejará en paz en toda la Navidad.
—Mis dibujos... —murmuré, recordando de pronto la carpeta que había preparado con tanto cuidado. Una selección de mis mejores obras, elegidas con Ryker después de una noche de debate intenso en la que estuvimos a punto de romper por culpa del boceto de un gato—. ¿La has metido en el maletero?
—Junto con el regalo y la maleta —confirmó—. Todo controlado.
Dejé escapar un suspiro de alivio. Una preocupación menos en mi lista mental de «Mil formas en las que podría arruinar estas Navidades».
La lista más corta habría sido «Formas en las que no podría arruinarlas», y probablemente contendría solo el punto «no aparecer».
Lo bueno es que Peluso estaba a salvo, cómodamente instalado en casa de Ender y Elaila, donde estaba recibiendo tratamiento vip con acceso a sofás prohibidos y golosinas ilimitadas. Despedirme de él había sido un drama digno de Oscar.
—Solo son dos días —le había explicado mientras lo metía en su transportín—. Y volveré antes de que te des cuenta.
Sus ojos me habían mirado con lo que juraría era una mezcla perfecta de desdén y traición. Cuando lo dejé en brazos de Elaila, ataviado con su jersey navideño de renos, sentí como si estuviera abandonando a mi propio hijo en un internado británico.
—No te preocupes —me tranquilizó Elaila—. Te mandaremos fotos cada hora para que veas que está bien.
Y cumplió su palabra. En las últimas tres horas había recibido exactamente tres fotos: Peluso durmiendo en el regazo de Ender, Peluso jugando con un juguete nuevo y Peluso mirando mi retrato enmarcado, como diciendo «te estoy vigilando, traidora».
—¿Otra foto de Peluso? —preguntó Ryker, notando mi sonrisa al mirar el móvil.
—Está en la fase de ignorar estratégicamente mi foto —expliqué mostrándole la imagen—. La etapa de negación. Mañana pasará a la ira, y cuando volvamos estará en la aceptación y me dará la espalda durante al menos tres horas.
—O te recibirá como si hubieras vuelto de la guerra —replicó negando con la cabeza—. Es el gato más dramático que he conocido nunca.
—Lo dice el hombre que estuvo a punto de desmayarse cuando le manché el sofá con salsa de tomate.
—¡Era un sofá de tres mil dólares!
—Y por eso la gente normal no compra sofás de color claro —respondí sacándole la lengua.
Estábamos a punto de llegar a nuestro destino y sentí cómo se me cerraba la garganta.
La voz suave de Taylor Swift no conseguía calmar ya mis nervios.
Ryker giró en una calle flanqueada por árboles decorados con luces navideñas. Cada casa parecía competir con la siguiente en cuanto a decoración festiva, con renos iluminados, muñecos de nieve hinchables y Santa Claus trepando por las fachadas.
—Es esa de allí —indicó, señalando una casa al final de la calle—. La del porche azul.
Miré hacia donde señalaba y casi dejé escapar un grito ahogado.
No era una casa, era una mansión. Bueno, quizá exageraba, pero comparada con mi minúsculo apartamento, aquel chalet de dos plantas con jardín delantero, garaje para dos coches y lo que parecía un cenador en el lateral era prácticamente una mansión.
—No me habías dicho que tu padre vivía en un palacio —murmuré, sintiendo cómo mis nervios se multiplicaban por diez.
—No es un palacio. —Se rio—. Es un chalé normal.
—Para alguien que creció en una casa de muñecas, esto es el palacio de Buckingham —repliqué, clavándome las uñas en las palmas—. Dios, seguro que tiene cubertería de plata y servilletas de tela.
—Pues sí —admitió desconcertado—. ¿Eso es malo?
—Es intimidante —confesé, mordiéndome el labio—. Yo como con cubiertos de IKEA y servilletas de papel. A veces ni siquiera uso servilleta; me limpio con la manga.
Ryker detuvo el coche frente a la casa y se volvió hacia mí.
—Audra, mírame —exigió con suavidad.
Obedecí y me encontré con sus ojos color avellana, que me transmitían tanta seguridad, tanto cariño, que noté cómo algo dentro de mí se aflojaba.
—Mi padre no va a juzgarte por cómo comes o con qué te limpias —dijo tomando mi rostro entre sus manos—. Te adorará porque yo te adoro. Porque eres divertida, inteligente, talentosa y la persona más auténtica que he conocido nunca. Porque me haces feliz. Y eso es lo único que le importa.
Durante toda mi vida había sentido que tenía que pedir disculpas por ser quien era: demasiado intensa, demasiado caótica, demasiado... yo. Pero ese hombre, que amaba el orden y la previsibilidad, me miraba como si yo fuera perfecta exactamente tal como era.
—¿Sabes lo cursi que suenas ahora mismo? —dije intentando disimular la emoción con humor.
—Por ti me convierto en el rey de los cursis —respondió, acercándose para darme un beso rápido—. Prepárate, porque vas a ver mi versión más empalagosa. No se puede ser hijo de Lyall Lancer sin absorber un poco de su dramatismo romántico.
—Estoy deseando verlo —respondí, sintiendo cómo mi miedo se transformaba.
El timbre sonó, anunciando nuestra presencia como una trompeta de juicio final. Respiré hondo, alisé mi jersey verde una última vez y me preparé para conocer al hombre que había criado al que ahora era, oficialmente, el amor de mi vida.
Porque, sí, Ryker Lancer, mi antiguo enemigo vecinal, era sin duda el amor de mi vida. Y si tenía que enfrentarme a sofás inmaculados, cuberterías de plata y un interrogatorio navideño para demostrarlo, que así fuera.
Aunque todavía no descartaba un ataque de pánico en toda regla después del postre.
Cuando la puerta por fin se abrió, esperaba encontrarme con la versión adulta de Ryker: alguien formal, contenido, quizá un poco intimidante.
En su lugar, un hombre alto y robusto con una sonrisa que le ocupaba media cara y un jersey navideño con luces intermitentes me recibió como si llevara años esperando verme.
—¡Tú debes de ser Audra! —exclamó con una voz que retumbó por todo el porche—. ¡Por fin conozco a la chica que ha conquistado a mi hijo!
Antes de que pudiera responder, me vi envuelta en un abrazo de oso que prácticamente me levantó del suelo.