Contigo ni en el ascensor 34. Manual para presentar a tu novia y a su gato vestido de duende a la familia #2
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34. Manual para presentar a tu novia y a su gato vestido de duende a la familia #2

—Y quiere invitarte a pasar la Navidad en su casa —solté de golpe, observando atentamente su reacción—. Los dos días.

Audra abrió mucho los ojos, y durante un segundo pareció que se había quedado sin palabras, algo extremadamente raro en ella.

—Oh —dijo al fin, con una voz tan pequeña que apenas la reconocí.

—Quizá es demasiado pronto —me apresuré a añadir, sintiendo cómo las palabras se me amontonaban—.

Quiero decir, no hemos definido qué somos exactamente, y ya tenemos que fingir delante de Ender y Elaila que esto es más casual de lo que es, pero.

.., no sé, tal vez deberíamos aclarar qué somos, o no, a lo mejor no hace falta, porque lo que importa es cómo nos sentimos y no las etiquetas y, sinceramente, esto se me da fatal y. ..

—Ryker —me interrumpió, poniendo su mano sobre la mía—. Estás divagando.

—Lo sé —admití, sintiendo cómo me ardían las mejillas—. Perdona.

Audra se mordió el labio pensativa. Esa manía suya de morderse el labio cuando estaba considerando algo importante me volvía loco. La hacía parecer vulnerable y decidida a la vez, una contradicción que resumía perfectamente su personalidad.

—¿Y si sale mal? —preguntó al fin.

—¿El qué? ¿La Navidad con mi padre? —repuse, aunque sabía perfectamente a qué se refería.

—No —contestó con suavidad—. Nosotros. Esto. Lo que sea que tengamos.

La miré, esa chica que había pasado de ser mi vecina más irritante a ser lo más importante de mi vida en cuestión de meses.

Cada día descubría algo nuevo que me gustaba de ella: cómo hablaba con Peluso como si fuera una persona, cómo se concentraba tanto en sus dibujos que se olvidaba de comer, cómo dormía con un brazo colgando fuera de la cama.

—No tiene por qué salir mal —dije entrelazando mis dedos con los suyos—. Mira cómo estamos ahora.

—Ahora, sí —asintió—. Pero ¿y si dentro de una semana ya no sientes lo mismo?

—No voy a sentir lo mismo —afirmé con total convicción, y la vi encogerse ligeramente antes de añadir—: No sentiré lo mismo porque tampoco siento lo mismo que hace una semana. Ahora lo siento más, Audra. Cada día un poco más. Y no va a dejar de ser así.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Y si dejo de sentirlo yo? —preguntó.

—Entonces te enamoraré otra vez —respondí sin dudarlo—. Y otra, y otra, hasta que no haya dudas.

Una sonrisa tímida se dibujó en sus labios, y sentí que algo dentro de mí se aflojaba. Era esa sonrisa, la que aparecía cuando la pillaba desprevenida con algo bonito, la que me confirmaba que iba por el buen camino.

—Eres un cursi insoportable, ¿lo sabías?

—Con los demás sigo siendo un cabrón intratable, no te preocupes.

Su risa suave llenó el espacio entre nosotros, y me sentí ridículamente orgulloso de haberla provocado.

—No he dicho que sí a lo de Navidad —me recordó.

—Lo sé —asentí—. No tienes que decidirlo ahora. Solo... piénsalo, ¿vale?

—Lo pensaré —prometió, cogiendo su vaso de vino—. Pero tendrás que compensarme si digo que sí.

—¿Con qué? —pregunté intrigado.

—No lo sé —dijo—. Seguro que se te ocurre algo.

La mirada que me lanzó por encima del vaso era una promesa de cosas que me hicieron tragar saliva.

Me reí ante su insinuación, sintiendo un calor agradable extenderse por mi pecho. Audra siempre conseguía ese efecto en mí: una mezcla de deseo y ternura que me dejaba completamente a su merced.

—Tengo un catálogo entero de compensaciones —respondí guiñándole un ojo—. Algunas incluyen chocolate.

—¿Solo chocolate? —preguntó arqueando una ceja—. Qué poco ambicioso, Lancer.

Estaba a punto de mostrarle exactamente cuán ambicioso podía ser cuando su móvil vibró sobre la mesa. Lo miró de reojo y suspiró.

—Es un recordatorio —explicó dejando el vaso—. La casera me ha llamado esta mañana. Quería hablar conmigo, pero me dijo que mejor después de Navidad.

—¿Te comentó para qué?

Audra negó con la cabeza, pasándose una mano por el pelo naranja que caía en ondas suaves alrededor de su rostro.

—No, pero seguro que no es nada bueno —murmuró con resignación—. A lo mejor los vecinos se han quejado de Peluso. O ha descubierto que tengo un novio no oficial pernoctando regularmente aquí.

La palabra «novio» flotó entre nosotros, y aunque intentó decirla de forma casual, noté el peso que tenía. Era la primera vez que me llamaba así, aunque fuera indirectamente.

—¿Así que ahora soy tu «novio no oficial»? —pregunté sin poder contener una sonrisa.

—No te emociones. Solo estaba buscando una descripción técnicamente correcta.

—¿«Técnicamente correcta»? ¿Qué somos, un manual de instrucciones?

—Si lo fueras, seguro que estarías perfectamente ordenado por secciones, con índice incluido —bromeó al tiempo que me lanzaba un trozo de pan.

Lo atrapé al vuelo y me lo metí en la boca.

—Y tú serías un caos de páginas arrancadas y manchas de café —contraataqué después de tragar—. Imposible de entender para cualquiera que no sea yo.

Su expresión se suavizó ante mis palabras, aunque intentó disimularlo tomando un sorbo de vino.

—Bueno, pensándolo bien —dijo cambiando de tema—, si me voy contigo en Navidad, tendré que dejar a Peluso con alguien.

—¿Elaila?

—Si es Elaila, tendré que explicarle el motivo —continuó, mordiéndose el labio—. Y, por tanto, decir...

—Que estamos saliendo —completé la frase.

Ella asintió, jugueteando nerviosa con el vaso.

—A ver, ya te di el anillo —señalé, intentando aligerar el ambiente.

Audra soltó una carcajada que me calentó el alma.

—¡Era de papel, idiota! Eso no vale.

—Claro que vale —protesté—. La intención es lo que cuenta, ¿no? —Me incliné hacia ella, bajando la voz como si compartiera un secreto—. Además, ambos le prometimos a la dependienta de la heladería que íbamos a hacer un equipo de fútbol.

—¿Qué?

—Ya sabes, hijos. Y, por si no lo sabías, mi padre estará encantado. En estos momentos probablemente ya esté planeando dónde colocar la cuna.

Audra volvió a reírse, esta vez más fuerte, echando la cabeza hacia atrás. La observé, cautivado por la forma en la que la luz jugaba con los ángulos de su rostro, con las pecas que salpicaban su nariz, con la curva de su cuello.

—Eres ridículo —dijo al fin—. Completamente ridículo.

Me acerqué más, invadiendo su espacio personal, le quité el vaso y lo dejé en el suelo.

—Soy tu ridículo —murmuré antes de besarla suavemente.

Ella respondió al beso de inmediato. Era increíble cómo, en tan poco tiempo, había aprendido cada recoveco de su boca, cada suspiro, cada pequeño gesto que indicaba que quería más.

Sin romper el beso, la empujé con suavidad hasta que quedó tumbada sobre la alfombra y me coloqué sobre ella, apoyando mi peso en los codos para no aplastarla.

—Mmm, tienes razón —murmuró contra mis labios—. Definitivamente, deberíamos practicar más. En más posiciones. Para el equipo de fútbol, claro.

—Por supuesto —asentí con toda la seriedad que pude reunir—. Es nuestro deber cívico estar preparados.

Me apartó el pelo de la frente con un gesto tan tierno que sentí un nudo en la garganta. Era en esos pequeños momentos, esos gestos cotidianos de intimidad, donde más me golpeaba lo que sentía por ella.

—Te quiero —solté de repente, sorprendiéndonos a ambos.

Audra contuvo la respiración, sus ojos verdes se abrieron como platos. Las palabras habían salido sin pensarlas, pero en cuanto las pronuncié, supe que eran absolutamente ciertas.

—Eres todo lo que nunca supe que buscaba —continué, incapaz de contenerme—. Y ahora que te he encontrado, no me imagino la vida sin ti.

Sus ojos se humedecieron y, durante un instante, temí haber dicho demasiado. Pero entonces me rodeó el cuello con los brazos y me atrajo hacia sí.

—Te quiero —susurró contra mis labios antes de besarme con una intensidad que me dejó sin aliento—. Y creo que tienes razón. Debería conocer a tu padre.

Me aparté ligeramente para mirarla, asegurándome de que hablaba en serio.

—¿Estás segura?

—Claro que no —respondió con una risa nerviosa—. Pero supongo que ninguna de las mejores cosas de mi vida ha surgido de estar segura de algo. Y tú... —Deslizó un dedo por mi mejilla—. Tú eres definitivamente la mejor.

—Peluso se va a ofender si te oye —bromeé, aunque sentía el corazón a punto de estallar.

—Peluso está demasiado ocupado planeando cómo manchar más patas de azul —respondió, mirando hacia donde el gato nos observaba desde la distancia—. Pero no te preocupes, está acostumbrado a compartir el podio. Mientras seas un claro segundo lugar, no tendremos problemas.

—¿Segundo lugar? —protesté, haciéndole cosquillas en los costados.

Ella se retorció, riendo e intentando apartarse.

—¡Vale, vale! —Se rindió entre carcajadas—. Podéis ser cocampeones. Pero solo porque te quiero.

—Eso está mejor —murmuré, inclinándome para besarla de nuevo.

Y, entre besos, risas y promesas silenciosas, supe que estaba exactamente donde debía estar. Con esta chica caótica y su gato vestido de duende, en un apartamento donde nada estaba en su sitio y, aun así, todo parecía perfectamente correcto.