34. Manual para presentar a tu novia y a su gato vestido de duende a la familia
Manual para presentar a tu novia y a su gato vestido de duende a la familia
Ryker
Caminaba hacia el edificio con la bolsa de comida china en una mano y el móvil en la otra, escuchando a mi padre hablar con ese entusiasmo que solo mostraba cuando hablaba de mi futuro sentimental. O, más específicamente, de su falta de nietos.
—Entonces, ¿quieres presentarnos a alguien? —repitió como si no pudiera creer lo que acababa de oír—. ¿Tú? ¿El que siempre dice que las relaciones son una pérdida de tiempo?
—Yo nunca he dicho eso —protesté, esquivando a una señora con un carrito de la compra.
—Hijo, llevo oyéndote decir eso desde que tenías veinte años —respondió con una risita—. Pero me alegro de que hayas cambiado de opinión. ¿Es tu novia?
Me detuve frente al semáforo, considerando la pregunta.
¿Era Audra mi novia? No habíamos tenido «la conversación» oficial, pero prácticamente vivíamos juntos desde hacía semanas.
Bueno, no juntos-juntos, pero pasábamos cada noche en uno de nuestros apartamentos, y el cepillo de dientes de Audra llevaba tanto tiempo en mi baño que parecía que hubiera nacido allí.
No solo eso: su cepillo del pelo, tres tipos distintos de mascarillas capilares, su champú favorito, que yo mismo le había comprado en tamaño familiar, varios conjuntos de ropa y hasta los platos de comida de Peluso y su pienso especial, que ahora compraba yo porque sabía exactamente cuál le gustaba.
El estante de mi nevera que antes guardaba proteínas y batidos energéticos ahora estaba ocupado por yogures de fresa y chocolate blanco.
¿Eso nos convertía en novios oficiales? No tenía ni idea.
—Algo así —respondí finalmente mientras el semáforo cambiaba a verde.
—¡Maravilloso! —exclamó mi padre, y casi podía verlo moviéndose por su casa, ese pequeño chalet a las afueras que se había comprado después del divorcio—. ¡Tráela a casa en Navidad! Puede quedarse los dos días. Haré mi famoso asado de cordero.
—Papá, tendría que preguntárselo primero —le recordé, llegando por fin al portal de mi edificio—. No puedo simplemente arrastrarla a una celebración familiar sin consultarle.
—Claro, claro —concedió, aunque su tono indicaba que ya estaba planeando dónde sentarla en la cena—. ¿Y qué le gusta? ¿Qué puedo regalarle?
Sonreí sin poder evitarlo, pensando en Audra y en la manera en la que se sumergía en sus dibujos, completamente ajena al mundo exterior.
—Le gusta pintar —dije pulsando el botón del ascensor—. Es muy buena, de hecho. Tiene un estilo único.
—¡Perfecto! —Mi padre parecía estar tomando notas mentales a toda velocidad—. Le conseguiré algo relacionado con eso. Creo que conozco una tienda especializada en el centro.
El ascensor llegó con un tintineo, y entré mientras sostenía precariamente la bolsa de comida, que empezaba a dejar manchas de grasa en el papel.
—Te llamo luego —le dije—. Acabo de entrar en el ascensor.
—¡No olvides preguntarle lo de Navidad! —Fue lo último que oí antes de colgar.
Mientras el ascensor subía con su habitual lentitud, miré la bolsa en mis manos.
Era del restaurante chino que le gustaba a Audra, el que tenía esos rollitos de primavera que ella juraba que eran «orgásmicos».
Llevábamos semanas alternando: un día cocinábamos, otro pedíamos a domicilio.
Una rutina cómoda, agradable, que había surgido de forma tan natural que ni siquiera recordaba cómo habíamos empezado.
Cuando llegué a nuestra planta, saqué las llaves.
Ahora tenía dos juegos: el mío y el de Audra.
Ella me había dado las suyas unos días antes, diciéndome que era «una estupidez estar llamando siempre» cuando podía entrar directamente.
Venían con un llavero en forma de gato tricolor que ella me había regalado «para que no las confundas con las tuyas», según me explicó.
Un gesto que me había dejado una sonrisa idiota en la cara durante todo el día.
Lo más sorprendente era que yo, el que siempre había detestado los llaveros llamativos por considerarlos poco prácticos, ahora acariciaba distraídamente ese pequeño gato de plástico cada vez que abría una puerta.
Abrí la de su apartamento y fui recibido por el sonido inconfundible de Audra regañando a Peluso.
—¡Por el amor de Dios! ¿Era necesario tirar el bote de pintura? ¿Sabes cuánto cuesta esa maldita pintura? ¡Y ahora tienes las patas azules, genio!
—Hola, princesita —saludé, cerrando la puerta con el pie.
Audra se giró, con el ceño fruncido y Peluso en brazos. El gato, efectivamente, tenía las patas delanteras manchadas de azul eléctrico y llevaba puesto un jersey verde con lo que parecían cascabeles cosidos en el borde. Parecía un duende navideño particularmente malhumorado.
—Hola —respondió, soplándose un mechón de pelo que le caía sobre los ojos mientras le limpiaba como podía las patas—. Disculpa el caos, pero alguien —miró al gato— ha decidido que mi estudio necesitaba redecoración.
—Traigo la cena —anuncié, levantando la bolsa como una ofrenda de paz.
—Mi héroe —murmuró dejando a Peluso en el suelo con cuidado—. Voy a lavarme, ahora vuelvo.
Dejé la bolsa en la mesita del comedor y me quité la chaqueta.
Peluso se acercó a mí con ese andar elegante que tenía, como si sus patas azules fueran un accesorio de moda y no el resultado de un accidente.
Se frotó contra mis piernas, manchándome los pantalones del traje, pero no me importó.
Era una especie de ritual entre nosotros: yo llegaba, él marcaba el territorio, y luego ambos esperábamos a que Audra terminara de refunfuñar por lo que fuera que hubiera pasado ese día.
Esas últimas semanas habían sido... diferentes.
En el buen sentido. Después de la primera noche, ambos habíamos entrado en una especie de terreno desconocido, tentando los límites, averiguando qué éramos exactamente y cómo funcionaba eso.
Había habido roces, por supuesto. Audra era caótica y yo obsesivamente ordenado.
Ella dejaba la ropa tirada por todas partes, yo necesitaba tener cada cosa en su sitio.
Ella improvisaba, yo planificaba. Pero, de alguna manera, conseguíamos encontrar un punto medio.
Hablábamos, solucionábamos, avanzábamos.
Y la verdad es que las pequeñas discusiones no eran nada en comparación con la felicidad de estar juntos cada día.
De verla desayunar en mi cocina con el pelo revuelto, de oírla canturrear en la ducha, de sentir su cuerpo cálido contra el mío por la noche.
Era como si hubiera descubierto una nueva forma de existir, más completa, más plena.
Y todavía me sorprendía cada mañana al despertar y darme cuenta de que era real.
—¿También te ha dejado su firma? —La voz de Audra me sacó de mis pensamientos. Miré hacia abajo y vi las manchas azules en mis pantalones.
—Parece que sí —respondí, sin poder evitar sonreír—. ¿Deberíamos venderlos como arte contemporáneo?
—Muy gracioso —respondió, acercándose para darme un beso rápido en los labios—. Esos pantalones cuestan más que todo mi guardarropa junto.
—Exagerada —la acusé, atrayéndola hacia mí para un beso más largo y satisfactorio—. Además, el azul le da un toque interesante.
Audra se rio contra mis labios y sentí esa calidez familiar expandiéndose en mi pecho. Era adictivo, ese sonido. Haría cualquier cosa por oírlo más a menudo.
—Voy a por los platos —dije, separándome de ella con cierta reticencia—. ¿Cenamos en la mesa o en el salón?
—En la alfombra —respondió ella, dirigiéndose a la cocina—. Es más cómodo. Y puedo mantener un ojo en el delincuente de patas azules.
Cogí los platos del armario mientras ella abría un cajón y sacaba una botella de vino tinto. Era otro de nuestros pequeños rituales.
—Me voy a cambiar un momento —anuncié, dejando los platos en la mesita del café—. Estos pantalones ya no tienen salvación.
Audra asintió, demasiado ocupada intentando abrir la botella con ese sacacorchos infernal que se negaba a cooperar.
Me dirigí a su habitación, donde ya tenía un pequeño espacio en su armario con algunas de mis cosas.
Un pijama, un par de camisetas, ropa interior.
Un arreglo que extrañamente había surgido sin que lo planeáramos.
Me quité el traje y me puse el pijama. Mientras me cambiaba, mi mente no dejaba de darle vueltas a la conversación con mi padre.
No sabía cómo plantearle a Audra lo de Navidad.
Era un paso importante, ¿no? Presentarla a mi familia.
Hacer oficial lo que fuera que teníamos.
Y, aunque estaba seguro de mis sentimientos, sabía que ella aún tenía dudas, miedos que no terminaban de disiparse.
Cuando regresé al salón, Audra ya estaba sentada en la alfombra, sirviendo arroz en los platos y colocando las cajitas de cartón en el centro como si fuera un bufet. Peluso la observaba desde la distancia, vigilante, pero con suficiente sentido común para no acercarse demasiado a la comida.
—Mmm, huele de maravilla —comenté al lado de ella.
Ella sonrió, pasándome uno de los platos, y comenzó a servirse un poco de todo: rollitos de primavera, pollo agridulce, arroz frito.
La observé mientras comía, con ese entusiasmo que ponía en las cosas que le gustaban.
Tenía una mancha de salsa en la comisura de los labios, y me entraron unas ganas irresistibles de besarla.
—¿Qué? —preguntó, captando mi mirada—. ¿Tengo algo en la cara?
—No, es solo que... —empecé, y de pronto me sentí nervioso, como un adolescente a punto de pedir una cita—. Bueno, estaba pensando en algo.
Ella dejó los palillos sobre el plato, súbitamente alerta.
—¿En qué? —preguntó frunciendo ligeramente el ceño—. ¿Va todo bien?
Vi cómo su mirada cambiaba. ¿Estaba pensando que iba a cortar con ella? Dios, qué absurdo.
—Sí, sí, todo bien —me apresuré a aclarar, inclinándome para darle un beso tranquilizador en los labios—. Es solo que... he hablado con mi padre hoy.
—¿Y? —preguntó, todavía con cierta cautela.