33. Cómo salir corriendo y fallar en el intento #2
Un revoloteo nervioso se instaló en mi estómago.
—¿Todas las noches? —repetí, intentando procesar lo que estaba diciendo.
—No me refiero al sexo —se apresuró a aclarar—. Bueno, también, pero no es eso lo que... —Parecía visiblemente frustrado por no encontrar las palabras—. Me refiero a dormir contigo. A despertar a tu lado. A desayunar juntos. A todo eso.
«A todo eso». Tres palabras simples que de alguna manera contenían un universo de posibilidades y promesas.
Me quedé en silencio, intentando ordenar el torbellino de emociones que me atravesaba.
Una parte de mí quería salir corriendo, esconderse bajo las sábanas y no salir nunca.
Otra parte, una que llevaba demasiado tiempo callada, quería lanzarse a sus brazos y decirle que sí, a todo, sin importar lo aterrador que fuera.
—No tienes que responder ahora —dijo, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros—. No te estoy presionando. Solo quería que supieras cómo me siento.
Su honestidad, su vulnerabilidad, me desarmaron por completo. Era tan diferente de todos los juegos, de todas las máscaras a las que estaba acostumbrada. Ryker Lancer, el hombre ordenado y controlado, estaba abriéndome su corazón sin pedir nada a cambio.
—Tengo miedo —confesé finalmente, porque era lo único real que podía ofrecerle en ese momento—. No de ti, sino... de esto. —Hice un gesto vago entre nosotros—. De sentirme así.
Asintió, comprensivo.
—Lo sé —respondió—. Créeme, yo también estoy cagado de miedo. —Soltó una risa nerviosa—. ¿Has visto mi apartamento? Tengo los calcetines ordenados por colores y texturas. No soy exactamente el tipo de persona que se lanza a lo desconocido sin un plan detallado.
Sonreí, sintiendo cómo parte de la tensión se disipaba.
—Dios, eres un friki —bromeé, dándole un pequeño empujón con el hombro.
—Mira quién habla, la que pinta a su gato calvo —respondió siguiéndome el juego.
Nos reímos, y por un momento todo pareció más sencillo, más ligero. Como si pudiéramos hacer eso, fuera lo que fuese, sin que el mundo se acabara.
—No sé qué somos, Ryker —dije encontrando finalmente las palabras—. Pero me gusta desayunar contigo. Me gusta cómo me miras. Me gusta... estar aquí.
Su sonrisa podría haber iluminado una habitación a oscuras.
—Con eso me basta —declaró, acercándose para darme otro de esos besos en la frente que me desarmaban por completo—. Por ahora.
«Por ahora». Dos palabritas que, extrañamente, no me provocaron el pánico que esperaba.
—¿Seguimos desayunando? —dijo, rompiendo el momento intenso con naturalidad.
—Dios, sí —respondí agradecida por el respiro—. Y pásame otra berlina. Si vamos a tener esta conversación tan de adultos, necesito todo el azúcar posible.
Mientras me servía más café, observé su perfil, la línea fuerte de su mandíbula, la curva de sus labios cuando sonreía. ¿Cómo había pasado de ser mi vecino insufrible a ese hombre que me miraba como si fuera lo más precioso del mundo?
No lo sabía. Pero quizá, solo quizá, no necesitaba saberlo todo para disfrutar del viaje.
Y ese pensamiento, más que cualquier otra cosa, me hizo darme cuenta de cuánto había cambiado. De cuánto me había cambiado él.
—Bueno, si vamos a ser sinceros... —dije de repente, dejando la berlina a medio comer sobre la servilleta.
Ryker me miró expectante, con esa forma suya de alzar ligeramente la ceja izquierda cuando algo lo intrigaba.
—Creo que también tengo algo que darte.
—¿A qué te refieres?
Me levanté de un salto, dejando que los pantalones de pijama enormes arrastraran levemente por el suelo.
—Espera aquí. Vuelvo en un minuto.
Cogí mi bolso del perchero y salí dejando la puerta de su apartamento completamente abierta. Llegué a mi puerta y la abrí con mi llave.
—¡Peluso! —llamé, dejando mi puerta abierta también.
Desde el umbral de su apartamento, Ryker se asomó.
—¡Ey, Peluso! —lo llamó con un tono sorprendentemente cariñoso—. Ven aquí, campeón.
Mi gato apareció en el pasillo, mirando alternativamente a Ryker y a mí.
Luego trotó directamente hacia él, colándose entre sus piernas y entrando en su apartamento como si fuera el dueño del lugar.
—Traidor —murmuré negando con la cabeza.
Sin perder más tiempo, fui directa hacia el armario. Al fondo, escondido tras unas mantas viejas, estaba el paquete.
Lo saqué y lo miré, sintiendo una punzada de culpa. Había llegado el momento de enfrentar las consecuencias.
Tomé aire, cerré la puerta de mi apartamento con decisión —no fuera a ser que Peluso cambiara de opinión y volviera— y regresé con el paquete entre las manos.
Ryker estaba en el umbral de su puerta, observándome con curiosidad mientras rascaba distraídamente a mi gato detrás de las orejas; este parecía estar en la gloria.
—¿Todo bien? —preguntó, notando mi expresión tensa.
—Eso depende de cuánto te enfades —respondí, mordiéndome el labio.
Su mirada se desvió hacia el paquete en mis manos.
—Vamos dentro, esto parece una reunión familiar.
«Reunión familiar».
Entré al apartamento, y Ryker cerró la puerta tras de mí.
Peluso ya había tomado posesión del sofá, amasando con sus patas el cojín más cómodo, como si estuviera en su casa.
Coloqué el paquete sobre la mesita del café, frente a Ryker, que se había acomodado también en el sofá.
La caja estaba algo aplastada en las esquinas, con la etiqueta de envío parcialmente rasgada, pero el nombre del destinatario seguía perfectamente visible: Ryker Lancer.
—Esto es tuyo —dije cruzándome de brazos—. En realidad, siempre lo fue. Lo siento.
Él miró la caja y luego a mí. Para mi sorpresa, en lugar de enfadarse, una lenta sonrisa fue extendiéndose por su rostro.
—¿Has tenido mi paquete todo este tiempo? —preguntó, sin rastro de disgusto en su voz.
—Sí —admití, encogiéndome ligeramente—. Cuando empezamos con toda esa guerra absurda..., bueno, me pareció una buena idea en ese momento. Una forma de devolverte lo del champú.
Ryker se rio suavemente, negando con la cabeza.
—Eres increíble, princesita.
—¿No estás enfadado?
—¿Después de todo lo que nos ha pasado? —Se encogió de hombros—. Es solo un paquete.
—Bueno, ni siquiera sé lo que hay dentro —confesé—. Nunca lo abrí.
Me miró confundido.
—¿Me estás diciendo que robaste mi paquete, pero tuviste la decencia de no abrirlo?
—¡Oye! Tengo mis principios —protesté—. Una cosa es interceptar tu correo y otra muy distinta es violarlo. Hay límites en la guerra vecinal.
Ryker soltó una carcajada que resonó por todo el apartamento.
—Ábrelo —pidió, empujando la caja hacia mí.
—¿Qué? No, es tuyo.
—Insisto —dijo con un brillo travieso en los ojos—. Considéralo un gesto simbólico. Después de todo, ya me has abierto otras cosas —añadió, señalándose el pecho con un gesto teatral.
Puse los ojos en blanco ante su cursilería, pero no pude evitar sonreír.
Con cierta vacilación, comencé a abrir la caja.
La cinta adhesiva ya estaba medio despegada por el tiempo, así que no fue difícil.
Dentro, envueltas cuidadosamente con papel de burbujas, había varias cosas: tres latas de comida húmeda para gato de la marca más cara del mercado, un frasco grande del mismo champú que me había robado en formato muestras, un ratón de juguete con plumas para gatos, una caja de bombones de lujo y un estuche con pinceles profesionales.
Me quedé sin palabras, mirando el contenido sin entender. ¿Por qué Ryker habría pedido todas esas cosas?
—No lo entiendo —murmuré, dejándome caer en el suelo con las piernas cruzadas.
Peluso, intrigado, se acercó y comenzó a olisquear las latas con interés.
Ryker se sentó frente a mí.
—Cuando me mudé —comenzó, escogiendo sus palabras con cuidado—, fui un auténtico capullo contigo. Te traté fatal el día que nos conocimos y, después, lo del champú... me sentí mal por ello.
—¿Qué?
—Todo esto —señaló el contenido del paquete— lo pedí para ti. Para disculparme. La comida para Peluso porque deduje que era importante para ti por cómo le hablabas. El champú, porque te había robado el tuyo y me sentí culpable. Y los pinceles...
—¿Los pinceles? —lo alenté, sintiendo que mi corazón latía cada vez más rápido.
—Te oí una tarde hablando con Peluso sobre tus dibujos —confesó, mirándome directamente a los ojos—.
A través de la pared. Estabas tan emocionada explicándole los detalles, tan.
.. apasionada. Parecías otra persona, ¿sabes?
Sin todas esas defensas, sin esa armadura de sarcasmo.
Solo tú, siendo tú misma. Y me di cuenta de que quería conocer a esa Audra también.
Además, había visto tu caos desde el primer día por encima de tu hombro y pensé que no era mala idea.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué nunca me lo diste?
—Porque nunca llegó. O eso creía. Lo di por perdido. Y para cuando comenzamos a hablar, a conocernos de verdad, me pareció que ya era tarde para explicarte todo esto.
Me quedé en silencio, procesando lo que acababa de oír. Todo ese tiempo pensando que era yo quien espiaba a Ryker, cuando en realidad él también me había estado observando. Había visto partes de mí que creía invisibles para los demás.
—Me ves —murmuré, más para mí misma que para él—. Me ves de verdad.
Ryker se acercó, tomando mi rostro entre sus manos.
—Desde el principio, Audra. No eres transparente. No eres invisible. Te veo. Con todas tus contradicciones, tus miedos, tu valentía, tu talento. Todo. Y me encanta lo que veo.
Peluso, que había estado concentrado en las latas de comida, decidió que era momento de intervenir. Saltó al regazo de Ryker.
—Creo que me está dando su aprobación —dijo, acariciando cautelosamente la cabeza del gato, que comenzó a ronronear como un motor pequeño—. O tal vez está marcando el territorio.
—Peluso nunca se equivoca con las personas. Si te ha elegido, debo de estar haciendo algo bien.
—O nos estamos equivocando los dos a la vez —respondió él, inclinándose para besarme suavemente—. En cuyo caso, será un error maravilloso.
Y, mientras nos besábamos, con Peluso como testigo silencioso de nuestra pequeña revolución personal, supe que estaba en el lugar correcto. Con la persona correcta. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro no me daba miedo.
Porque, quizá, algunas cosas estaban destinadas a ocurrir. Incluso si comenzaban con una guerra de ruidos a través de paredes de papel.