33. Cómo salir corriendo y fallar en el intento
Cómo salir corriendo y fallar en el intento
Audra
Me desperté poco a poco, con esa sensación de estar flotando entre dos mundos, el del sueño y el de la realidad. Estiré los brazos perezosamente, disfrutando de la suavidad de las sábanas contra mi piel, y entonces lo recordé todo. Ryker. Yo. Nosotros. La noche anterior.
«Oh, joder».
Extendí la mano hacia el otro lado de la cama, esperando encontrar su cuerpo cálido, pero mis dedos solo hallaron un vacío frío.
Me incorporé de golpe, súbitamente alerta.
La cama estaba deshecha, pero vacía. Me miré a mí misma: llevaba puesta una camiseta suya que me quedaba como un vestido corto. Ni rastro de mi ropa interior.
Recorrí la habitación con la mirada. Mi ropa estaba perfectamente doblada sobre una silla —típico de Ryker, el muy obsesivo del orden—, y en la cómoda había un pijama plegado. Pero ni rastro de su dueño.
—¿Ryker?
Nada. Ni un ruido, ni una respuesta.
—¿En serio? —murmuré.
Maldita sea. Maldita sea mil veces. Era una idiota. La mayor idiota del universo. ¿En qué narices estaba pensando? ¿Acostarme con Ryker Lancer? ¿El mismo Ryker que se follaba a una tía diferente cada fin de semana y nunca repetía? ¿El rey del «una noche y fuera»?
Claro, ahora todo encajaba. Me había seducido, había conseguido lo que quería y se había largado. Clásico. Tan predecible que daba risa. O la daría si no me sintiera como si acabaran de darme una patada en las tripas.
—Gilipollas —mascullé, levantándome de la cama de un salto.
Busqué mis bragas por toda la habitación, pero no aparecían por ninguna parte. ¿Se las habría llevado como trofeo? ¿Qué tipo de pervertido hacía eso?
—¿Dónde cojones está mi ropa interior? —gruñí, poniéndome cada vez más furiosa.
Rebusqué debajo de la cama, entre las sábanas, incluso miré dentro del armario abierto. Nada. Ni mis bragas ni mi sujetador habían sobrevivido al huracán de la noche anterior.
—Que le den —decidí finalmente—. Me llevo su puta camiseta. Es lo mínimo después de robarme las bragas, el muy cerdo.
Me puse los vaqueros directamente sobre la piel desnuda, una sensación extraña que no hizo más que incrementar mi mal humor. Me calcé las zapatillas sin calcetines y recogí mi jersey, metiéndomelo bajo el brazo.
Mientras caminaba hacia la puerta con furia, mi mente no dejaba de darle vueltas a lo estúpida que había sido. Había caído. Y lo peor es que había sido yo quien se había lanzado sobre él. Lo había besado yo primero, joder.
—Eres la reina de las gilipollas, Audra Emrin —me regañé en voz alta—. Premio a la imbécil del año.
Y ahora tendría que verlo en el rellano, en la lavandería, en el ascensor si el maldito trasto funcionaba alguna vez. ¿Cómo iba a mirarlo a la cara sin morirme de vergüenza? O, peor, ¿cómo iba a evitar partirle la cara?
Porque una cosa la tenía clara: eso no iba a quedar así. Nadie, absolutamente nadie, trataba a Audra Emrin como un polvo de una noche y se salía con la suya. Ya se me ocurriría algo.
Agarré el pomo con fuerza y abrí la puerta de un tirón, lista para salir corriendo a mi apartamento.
Y entonces me quedé helada.
Allí estaba Ryker, justo al otro lado, con el pelo húmedo como si acabara de ducharse, cargando una bandeja con dos cafés humeantes y una bolsa grande que olía sospechosamente a bollería recién hecha. Su expresión de sorpresa al verme probablemente reflejaba la mía propia.
—Buenos días, princesita —dijo con una sonrisa tímida—. Te he traído el desayuno.
Me recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en la camiseta que le había robado, en mis vaqueros, en mi expresión, que debía de ser un poema.
—¿Ibas a irte así, toda ofendida?
Me mordí el labio, sintiendo cómo el calor subía por mis mejillas. Quería que la tierra me tragase en ese preciso instante.
—Mierda —mascullé, dando media vuelta y regresando al interior del apartamento.
Dejé caer el jersey en el sofá mientras Ryker entraba tras de mí cerrando la puerta con el pie, ya que tenía las manos ocupadas con nuestro desayuno.
—Lo siento, yo... —empecé, sin saber cómo explicar el desastre de pensamientos que había tenido.
—¿He hecho algo mal? —preguntó, dejando la bandeja y la bolsa sobre la mesita del café.
—Te he estado maldiciendo mentalmente durante los últimos minutos —confesé mientras me pasaba una mano por el pelo enmarañado—. Creía que te habías largado después de... ya sabes.
Ryker soltó una carcajada mientras sacaba el contenido de la bolsa: dos sándwiches envueltos, un trozo de tarta de zanahoria que olía a gloria bendita y lo que parecían berlinas con azúcar, mis preferidas.
—¿Adónde iba a irme? —preguntó divertido—. Es mi apartamento.
—No sé, a trabajar, al gimnasio, ¡a cualquier lado! —exclamé, sintiendo que cada palabra me hundía más en mi propia vergüenza—. Pensé que me habías dejado tirada.
Se detuvo y me miró directamente.
—Te dejé un pijama doblado en la cómoda —explicó con suavidad—. Pensé que quizá querrías ponerte algo cómodo al despertar. Quizá debería haber dejado una nota, lo siento.
—No, yo lo siento —murmuré, sintiéndome cada vez más idiota—. Es que no estoy acostumbrada a... esto.
Se acercó y, para mi sorpresa, depositó un beso tierno en mi frente. Un gesto tan simple, tan casto comparado con lo que habíamos hecho anoche, pero que me hizo derretirme por dentro.
—Ha sido culpa mía —dijo, sus labios aún rozando mi piel—. Debería haber pensado que podrías malinterpretarlo. ¿Qué tal si te pones el pijama y desayunamos? Creo que he comprado suficiente comida para alimentar a un regimiento.
Asentí, todavía demasiado avergonzada para hablar, y me dirigí hacia la habitación.
El pijama seguía allí, perfectamente doblado, esperándome como una prueba silenciosa de que había sacado conclusiones precipitadas.
Me quité los vaqueros, aliviada de deshacerme de esa sensación áspera contra mi piel desnuda, y me puse los pantalones de algodón.
—Eres idiota, Audra —me dije a mí misma en el espejo—. ¿Por qué siempre piensas lo peor?
Ya sabía la respuesta, obviamente. Porque cuando esperas lo peor, las decepciones duelen menos.
Porque es más fácil construir muros que arriesgarse a que te rompan el corazón.
Porque había asumido que todos los hombres eventualmente me decepcionarían.
Pero Ryker no era como todos. Había ido a comprar desayuno. Para mí. Para nosotros.
Regresé al salón con el pijama puesto, sintiéndome extrañamente vulnerable a pesar de ir más tapada que antes. Ryker lo había dispuesto todo sobre la mesita del café: los sándwiches, las berlinas, la tarta y nuestros cafés, el suyo negro y el mío... ¿Era eso un café con caramelo?
—¿Es ese mi café favorito? —pregunté señalando el vaso con la tapa marrón.
—Caramelo con extra de nata y canela por encima —confirmó con una sonrisa satisfecha—. Creí que acertaría. ¿Lo he hecho?
Asentí con la cabeza de forma enérgica y me quedé boquiabierta.
—El desayuno está servido, señorita —anunció con una pequeña reverencia exagerada que me arrancó una sonrisa.
Me senté en el sofá, todavía algo cohibida, y cogí el café. El primer sorbo fue una explosión de sabor dulce y reconfortante que me hizo cerrar los ojos de placer.
—Dios, esto está buenísimo —murmuré—. Justo como me gusta.
—No ha sido difícil —respondió, sentándose a mi lado, a una distancia respetuosa—. Sé lo que te gusta, así que solo es mezclarlo todo en un café.
—No todo el mundo se acordaría de lo que me gusta.
Ryker sonrió, esa sonrisa ladeada que siempre me provocaba un revoloteo en el estómago, y mordió su sándwich. Yo escogí una berlina, pues necesitaba urgentemente una dosis de azúcar para procesar todo lo que estaba pasando.
—Por cierto, ¿dónde está mi ropa interior? —pregunté de repente, recordando mi búsqueda infructuosa—. No la he encontrado por ninguna parte.
Él casi se atraganta con su café.
—Eh, no lo sé —respondió, evitando mi mirada—. Anoche estábamos un poco... emocionados. Podría estar en cualquier parte.
—Genial —gruñí, aunque no estaba realmente molesta.
—Puedo prestarte unos calzoncillos —ofreció con una expresión tan seria que no pude evitar soltar una carcajada.
—¿Calzoncillos? ¿En serio? —Me reí, imaginándome con sus bóxeres, probablemente tres tallas más grandes—. ¿Y qué hago con el sujetador?
Ryker sonrió, pero de repente su sonrisa se desvaneció, dando paso a una expresión que no le había visto antes.
Sus ojos se volvieron más intensos, más vulnerables.
Se quedó mirando un punto fijo en la mesa durante unos segundos, como si estuviera debatiendo consigo mismo si decir o no lo que estaba pensando.
—¿Ryker? —pregunté desconcertada por su repentino cambio de humor.
Su expresión cambió y se volvió sorprendentemente seria de repente.
—Nunca le he prestado mi ropa a nadie —confesó—. Eres la primera.
Algo en cómo lo dijo, en la vulnerabilidad repentina de su mirada, hizo que sintiera un nudo en la garganta.
—¿De verdad? —pregunté, incapaz de ocultar mi sorpresa.
—De verdad —asintió, dejando su sándwich y girándose para mirarme de frente—. Siempre lo he odiado, ¿sabes? La idea de que alguien usara mis cosas, que invadiera mi espacio. Hasta que llegaste tú.
Mi corazón empezó a latir más rápido. Eso era importante, lo notaba en su tono, en la forma en la que me miraba, como si estuviera a punto de saltar a un precipicio.
—¿Por qué yo? —murmuré, no del todo segura de querer oír la respuesta.
—No lo sé —dijo con honestidad—. Solo sé que verte con mi camiseta, con mi pijama... me hace algo aquí dentro. —Se llevó una mano al pecho—. Algo que no había sentido nunca.
Tragué saliva, sintiendo cómo el mundo a mi alrededor se reducía a ese momento, a ese sofá, a sus ojos fijos en los míos.
—Ryker, yo... —comencé, sin saber realmente qué iba a decir.
—No sé qué somos, Audra. No sé cómo llamar a esto que está pasando entre nosotros. Pero sé que quiero que sea algo. No quiero que sea solo una noche, ¿sabes? Quiero que sean todas las noches.