Contigo ni en el ascensor 32. ¿Por qué las disculpas nunca entran por el ascensor? #2
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32. ¿Por qué las disculpas nunca entran por el ascensor? #2

No sé cuánto tiempo pasamos así, besándonos en el rellano como dos adolescentes. En ese instante, nada más importaba. Solo ella, su boca, su calor, su cercanía.

—Deberíamos entrar —murmuré contra sus labios cuando nos separamos para tomar aire.

No tuve que decirlo dos veces. Audra asintió; sus ojos verdes brillaban con una intensidad que hizo que me temblaran las rodillas.

Sin dejar de besarla, tanteé a ciegas la puerta de mi apartamento, empujándola torpemente hasta que cedió.

Entramos trastabillando, chocando con el marco de la puerta con tanta fuerza que probablemente me dejaría un moretón en el hombro.

Cerré de una patada, sin molestarme en mirar si había quedado bien cerrada.

Audra seguía besándome, sus manos ahora exploraban mi pelo, mi cuello, mis hombros, con una prisa que me volvía loco.

De pronto, lanzó su bolso hacia el sofá con un movimiento descuidado.

Este rebotó y se deslizó hasta el suelo, derramando parte de su contenido.

Miré por encima de mi hombro, pero, honestamente, en ese instante me importaba un comino que el salón entero se derrumbara.

Al avanzar hacia el interior, chocamos con la mesita auxiliar, provocando que la lámpara temblara peligrosamente. Seguimos moviéndonos a trompicones, como dos imanes que no pueden separarse, hasta que su espalda dio contra la pared del pasillo con un golpe sordo.

—Lo siento —murmuró ella contra mis labios sin dejar de besarme—. Lo siento muchísimo.

—¿Por qué? —conseguí articular mientras mis manos se perdían en los mechones naranjas de su pelo.

—Por salir corriendo anoche —continuó, las palabras saliendo atropelladamente entre besos—. No debería haberlo hecho. Soy idiota. Una completa idiota.

—No pasa nada —respondí, deslizando mis manos hasta su cintura para atraerla más hacia mí.

Chocamos con el mueble del pasillo, haciendo que varias llaves y monedas cayeran al suelo con un tintineo metálico. Ninguno de los dos les prestó la más mínima atención.

—Deberías estar enfadado conmigo —insistió retrocediendo un paso, aunque sus manos seguían aferradas a mi camiseta—. Muy enfadado.

En lugar de responder, la empujé suavemente contra la pared, acorralándola con mi cuerpo, y volví a besarla, esta vez más profundo, más intenso. Sentí cómo se derretía contra mí, cómo sus músculos se relajaban bajo mis manos.

—De verdad, deberías odiarme —continuó cuando nos separamos para respirar, aparentemente incapaz de dejar de hablar—. O, al menos, tenerme manía. Te dejé ahí plantado como una gilipollas después de un beso que fue... que fue..., joder, ¿por qué no me haces callar?

No pude evitar sonreír. Audra nerviosa era algo nuevo, algo adorable. Verla normalmente tan segura de sí misma, tan mordaz, ahora tartamudeando y soltando frases sin filtro, resultaba extrañamente fascinante.

—No estoy enfadado, Audra —dije separándome un poco para mirarla a los ojos, para que viera que hablaba en serio—. De verdad. Lo entiendo.

Se quedó mirándome con los ojos como platos, flipando por completo con lo que acababa de oír.

Y antes de que pudiera abrir la boca para decir nada más, se abalanzó sobre mí.

Me besó con una intensidad que me dejó sin aliento, mientras sus manos se colaban por debajo de mi camiseta y recorrían la piel de mi espalda.

Mi rodilla golpeó la mesita y algo cayó con un ruido sordo. Seguimos avanzando entre besos, chocando con cada superficie posible, como si mi perfectamente ordenado apartamento se hubiera convertido de repente en un campo de obstáculos.

—Es que llevo tanto tiempo sin hacer esto —murmuró contra mi cuello mientras depositaba pequeños besos que me hacían perder la cabeza—. Y normalmente no voy tan rápido, pero contigo es como si...

Me separé ligeramente, colocando mis manos en sus caderas, necesitando aclarar algo antes de continuar por un camino del que quizá se arrepintiera.

—Audra, mírame —pedí, esperando hasta que sus ojos se encontraron con los míos—. Si quieres que paremos, paramos. No hay prisa. No hay expectativas.

Vi cómo tragaba saliva, cómo sus ojos bajaban hacia mis labios y luego volvían a encontrar mi mirada.

—No —dijo con firmeza—. No quiero parar.

No necesité más confirmación. La levanté en brazos, colocando mis manos bajo su trasero, y ella inmediatamente envolvió sus piernas alrededor de mi cintura. Nuestras bocas se encontraron de nuevo mientras la llevaba hacia mi dormitorio, golpeando con el codo el marco de la puerta en el proceso.

La deposité con suavidad en la cama, como si fuera la cosa más frágil y preciada del mundo, y me incliné sobre ella, apoyándome en los codos para no aplastarla con mi peso.

Su pelo naranja se extendía sobre mi almohada como una llamarada, y sus mejillas estaban tan sonrojadas que parecían a punto de arder.

—Dios, no sé si voy a saber —murmuró Audra, mirándome con una mezcla de deseo y pánico—. Va a salir fatal, te lo advierto. Llevo más de un año sin hacer esto, y lo digo completamente en serio.

La observé, cautivado por el rubor que se extendía por sus mejillas y bajaba por su cuello.

—Esto es como montar en bicicleta —le aseguré con una sonrisa, aunque sentía un extraño nerviosismo creciendo en mi interior.

Y era raro. Yo, que siempre había considerado el sexo como algo sencillo, mecánico incluso, ahora tenía las manos ligeramente temblorosas y el corazón desbocado. No era miedo, era más bien... la conciencia de que eso significaba algo. Algo importante.

—¿Me estás llamando bicicleta? —preguntó entornando los ojos.

No pude evitar reírme, sintiendo cómo parte de la tensión se disipaba.

—No, princesita —respondí, besando la punta de su nariz—. Me refería a que algunas cosas no se olvidan.

—Yo creo que es más como el Tetris, ¿no? —dijo, mientras sus dedos agarraban el borde de mi camiseta, tirando hacia arriba—. Todas las piezas tienen que encajar en el sitio correcto.

Me quité la prenda, ayudándola en su misión de desnudarme, y luego me incliné para besar su cuello, descendiendo lentamente hasta el borde de su jersey.

—Como el Tetris —asentí mientras le quitaba la prenda, revelando un sujetador negro sencillo que me pareció la cosa más sexy del mundo—. Aunque con menos presión y más diversión.

—Siempre he sido malísima jugando al Tetris —confesó mientras mis labios trazaban un camino por su vientre, notando cómo se estremecía bajo mi toque.

—A mí tampoco se me ha dado nunca especialmente bien —admití, desabrochando el botón de sus vaqueros y bajándolos lentamente por sus piernas.

Besé el interior de sus muslos, deleitándome con la suavidad de su piel, con los pequeños sonidos que escapaban de su garganta cada vez que mis labios encontraban un punto especialmente sensible.

Subí y bajé, explorando cada centímetro, memorizando lo que le gustaba, lo que la hacía arquearse contra mí.

—Ryker... —susurró.

No necesité más pistas. Empecé a besarle la cara interna de los muslos, subiendo poco a poco hasta donde más le apetecía. Me encantaba ver cómo se iba impacientando. Cuando por fin llegué a donde quería, noté cómo se tensaba entera y me agarraba del pelo con fuerza.

—Dios..., esto es mucho mejor que el Tetris —jadeó, arrancándome una sonrisa que ella no podía ver.

Me tomé mi tiempo, saboreándola, aprendiendo lo que la hacía gemir, lo que la hacía susurrar mi nombre. Cuando sentí que estaba cerca, volví a ascender, trazando un camino de besos hasta capturar sus labios, que me recibieron con entusiasmo.

—Necesitas un preservativo —murmuró contra mi boca.

Asentí, estirándome hacia la mesilla de noche para sacar uno del cajón. Ella lo cogió de mis manos con confianza.

—Déjame a mí —dijo, empujándome suavemente para que me tumbara bocarriba.

Y mientras sus manos se ocupaban con experiencia de la tarea, pensé que nunca había visto algo tan hermoso como Audra Emrin, con su pelo naranja despeinado y esa mirada segura que significaba que había tomado una decisión.

Y su decisión era yo.

Sus manos me guiaron hacia ella y, cuando finalmente nos unimos, tuve que cerrar los ojos un momento, sobrecogido por la intensidad de la sensación. No era solo físico —aunque eso, joder, era increíble—, sino también algo más, algo que no había sentido nunca.

—¿Estás bien? —preguntó.

Abrí los ojos y me encontré con su mirada, preocupada y vulnerable a la vez.

—Mejor que bien —respondí, comenzando a moverme lentamente—. Eres perfecta.

—Tú tampoco lo haces mal —bromeó, aunque su voz tembló un poco cuando cambié el ángulo.

Nos movimos juntos, encontrando un ritmo que parecía tan natural como respirar. Con cada embestida, con cada gemido compartido, sentía que algo se deshacía dentro de mí, alguna barrera que ni siquiera sabía que existía.

—Esto es... —comenzó ella, interrumpiéndose con un suspiro cuando la besé en el cuello.

—¿Mejor que el Tetris? —pregunté contra su piel, notando cómo se reía por la vibración en su garganta.

—Mucho mejor —confirmó, enredando sus piernas alrededor de mi cintura para acercarme más—. Aunque sigo siendo mala jugadora.

—A mí me parece que vas muy bien —murmuré, perdido en la sensación de su cuerpo bajo el mío, en su piel contra mi piel.

—Ryker...

—Me encanta cómo dices mi nombre —confesé besándola profundamente—. Me encanta todo de ti.

Ella se rio, echando la cabeza hacia atrás mientras seguíamos moviéndonos juntos.

—Eres muy raro, ¿lo sabías? —dijo, pero no había burla en su voz, solo un cariño que me calentó más que cualquier contacto físico.

—Soy tu raro —respondí sin pensar.

No dejé de besarla, incapaz de mantenerme alejado de su boca, de su piel, de ella.

El ritmo se aceleró, nuestros movimientos se volvieron más urgentes, más desesperados.

Sentí cómo se tensaba a mi alrededor, cómo sus uñas se clavaban en mi espalda, y entonces ella se dejó ir, arrastrándome consigo a un éxtasis que me dejó sin aliento.

Nos desplomamos uno junto al otro, jadeantes, sudorosos y absolutamente saciados. Me quité el preservativo y lo anudé antes de tirarlo en la papelera junto a mi cama. Cuando me giré hacia ella de nuevo, me quedé sin palabras.

Audra yacía desnuda sobre mis sábanas, con las mejillas sonrojadas, el pelo desparramado como una llamarada y el pulso aún acelerado. Era la imagen más hermosa que había visto jamás.

Extendí los brazos hacia ella, notando cómo dudaba un momento, como si no estuviera segura de lo que iba a hacer. La atraje hacia mí, abrazándola contra mi pecho y depositando un suave beso en su frente.

—Creo que ha sido el mejor Tetris de mi vida —murmuré contra su pelo.

Ella se rio contra mi pecho, una risa suave y relajada.

—Supongo que sí —dijo mientras trazaba patrones invisibles sobre mi piel con sus dedos.

—¿Supones? —fingí ofenderme, apartándome un poco para mirarla—. ¿Solo lo supones?

Su sonrisa se ensanchó, y pude ver en sus ojos que estaba disfrutando de ese juego tanto como yo.

—Bueno, no tengo mucho con lo que comparar últimamente —bromeó—. Pero sí, ha estado bastante bien.

—¿Bastante bien? —repetí, atrayéndola más cerca y besándola de nuevo en la frente—. Eres imposible, Audra Emrin.

La abracé con fuerza, sintiendo cómo se amoldaba perfectamente a mi cuerpo, como si hubiera sido diseñada específicamente para encajar entre mis brazos.

Me di cuenta de algo que jamás habría imaginado: por primera vez en mi vida, no sentía esa necesidad de escapar, de poner distancia.

Al contrario. Lo único que quería era quedarme así para siempre, con ella entre mis brazos, escuchando su respiración acompasada, sintiendo el calor de su piel contra la mía.

Audra Emrin, la mujer que me había vuelto loco desde el primer día con sus manías y su caos, era ahora la única capaz de hacerme sentir en casa. Y eso, más que cualquier otra cosa, me aterraba y me fascinaba a partes iguales.

Nunca había estado tan cómodo, tan en paz, como en ese momento.