32. ¿Por qué las disculpas nunca entran por el ascensor?
¿Por qué las disculpas nunca entran por el ascensor?
Ryker
Lancé el bolígrafo contra la pared con más fuerza de la necesaria, dejando una pequeña marca negra sobre la pintura blanca que ahora tendría que limpiar. Genial. Una tarea más para añadir a mi lista de desastres del día.
Llevaba dos horas sentado frente al portátil, tratando de concentrarme en los informes que debía entregar al día siguiente, pero mi mente tenía otros planes.
Planes que implicaban revivir una y otra vez la expresión de Audra cuando Emma había mencionado la casa.
Como si le hubiera dado una bofetada, como si yo le hubiera dado una bofetada.
La había cagado. Monumentalmente. Primero el beso —de lo que, para ser sincero, no me arrepentía en absoluto—, después su huida y, ahora, eso.
Debería haber mencionado la casa antes, debería haberle explicado que solo la había visto por insistencia de mi padre, que ni siquiera me había planteado comprarla seriamente.
Pero no. En su cabeza, yo ya estaba haciendo las maletas.
Me pasé ambas manos por el pelo, desesperado. Sabía que Audra había salido; la había oído cerrar la puerta hacía una hora, justo después de que dejara a Emma con mi madre. Probablemente había ido a casa de Elaila, a desahogarse sobre lo capullo que era su vecino.
Cogí el móvil y, tras un momento de duda, hice una llamada. Necesitaba ayuda, aunque eso implicara admitir delante de Ender que había metido la pata hasta el fondo.
—Tío, ¿qué pasa? ¿No estabas con Emma?
—Ya la he llevado con mi madre —respondí poniendo el manos libres y dejando el teléfono sobre la mesa—. Necesito consejo.
—Uf, suenas fatal.
—Lo estoy, colega. Lo he jodido todo con Audra.
Se hizo un silencio al otro lado que no auguraba nada bueno.
—¿Qué has hecho? —preguntó finalmente, con ese tono cauteloso que indicaba que ya se estaba preparando para lo peor.
—La besé.
Otro silencio, esta vez más corto.
—¿Y? ¿Fue tan terrible que ahora no puede ni mirarte a la cara?
—¡No! El beso fue..., joder, fue perfecto. Ella me respondió, todo iba genial y entonces salió corriendo. Literalmente, me dejó plantado en el pasillo.
—¡¿QUE HAS HECHO QUÉ?! —Una voz femenina, aguda e indignada, resonó a través del altavoz.
—Elaila, ¿estás ahí? —pregunté, aunque la respuesta era obvia.
—¡Pues claro que estoy aquí! —exclamó—. ¿Has besado a Audra? ¿DESPUÉS de todo lo que te dije sobre ir despacio? ¿De darle espacio? ¿De permitir que ella marcara el ritmo?
Me hundí más en la silla. Ya me sentía lo bastante mal sin necesidad de que me lo recordaran.
—No fue exactamente así —intenté justificarme, sabiendo que era inútil—. Fue un impulso. Estábamos en el pasillo, acabábamos de volver del restaurante, y había algo entre nosotros, algo que llevaba tiempo ahí. Y simplemente... pasó.
—Las cosas no pasan simplemente, Lancer —replicó Elaila, y podía imaginarla poniendo los ojos en blanco—. Las decisiones se toman. Y tú tomaste una bastante cuestionable.
—Ella me correspondió —insistí, aferrándome a ese hecho como a un clavo ardiendo—. Por un momento, fue perfecto. Y luego se asustó y salió corriendo.
—Claro que se asustó, idiota. Es Audra. Se asusta de todo lo que implique sentimientos de verdad. Es como un gato arisco; si te acercas demasiado rápido, huye.
—Pero eso no es lo peor —continué, pasándome una mano por la cara—. Esta mañana Emma ha venido a ver a Peluso...
—¿Y? —presionó Ender cuando me detuve.
—Y ha soltado delante de Audra que estuve viendo una casa para comprarla. La cara que ha puesto..., como si le hubiera dicho que voy a mudarme a la Antártida...
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Elaila—. ¿Encima ahora piensa que te vas a mudar? ¿Después de besarla?
—¡No voy a mudarme! —me defendí—. Bueno, no en un futuro inmediato. Solo fui a ver la casa porque mi padre lleva meses insistiéndome con el tema, pero no era nada serio.
—Pues en la cabeza de Audra ahora mismo eres el tío que la besó y luego planeaba largarse —sentenció Elaila—. La combinación perfecta para confirmar todos sus miedos.
—¿Y qué hago? —pregunté con un tono que bordeaba la desesperación.
—¿Has probado a mandarle un mensaje? —sugirió Ender, interviniendo por fin—. Algo directo, sin rodeos.
—Los mensajes son lo peor para estas cosas —contradijo Elaila de inmediato—. Se malinterpretan, les das mil vueltas, acabas analizando cada palabra, cada coma... No, tiene que ser cara a cara.
Solté un gruñido de frustración. Entre la insistencia de Elaila en hacer las cosas a su manera y la valiosa pero insuficiente aportación de Ender no estaba avanzando nada.
—Mirad, os agradezco la intención, pero necesito pensar —dije finalmente, sintiendo que la cabeza me iba a estallar—. Ya os llamaré luego.
—Vale, vale —cedió Ender—. Pero no hagas ninguna locura, ¿eh?
—Ninguna más de las que ya he hecho —murmuré antes de colgar.
Me quedé en silencio mirando al techo, con la sensación de que me estaba ahogando en mi propio apartamento.
No podía aguantarlo. No podía sentarme a esperar a que Audra decidiera que estaba lista para hablar conmigo. No después de ese beso que me había revolucionado por dentro. No después de ver el dolor en sus ojos cuando Emma mencionó la casa.
Justo cuando estaba a punto de levantarme para dar vueltas por el salón, oí un sonido familiar en el rellano. El tintineo inconfundible de unas llaves.
Había vuelto.
Me puse en pie de un salto. No lo dudé. Abrí la puerta de golpe, sobresaltando a Audra, que estaba justo al otro lado, con la llave suspendida frente a su cerradura.
—Hola —dijo con una expresión de sorpresa que rápidamente se transformó en cautela.
El pelo naranja le caía alrededor del rostro, dándole un aire salvaje y vulnerable a la vez. El cambio era sorprendente: sin el tinte rojo intenso, sus rasgos parecían más suaves, más naturales. Estaba preciosa. Más que nunca.
—Hola —respondí, sin saber muy bien qué más decir ahora que la tenía delante.
Nos quedamos mirándonos. Finalmente, tomé aire y decidí saltar.
—¿Podemos hablar? —pregunté—. Me estoy volviendo loco aquí dentro.
Ella me miró fijamente, y durante un terrible segundo pensé que se negaría, que entraría en su apartamento y cerraría la puerta, dejándome con todas esas palabras atascadas en la garganta. Pero entonces, para mi sorpresa, asintió.
—Vale —dijo tan solo, guardando las llaves en su bolso.
Se acercó a su puerta y se apoyó contra ella, como si necesitara ese soporte para enfrentarse a lo que fuera a decirle. Yo me quedé en el umbral de la mía, manteniendo una distancia que parecía necesaria después de lo ocurrido.
—Quería disculparme —comencé—. Si me sobrepasé anoche, si malinterpreté las señales..., lo siento. Pero necesitaba besarte. Llevo semanas necesitando besarte.
Ella suspiró, bajando la mirada hacia el suelo como si encontrara algo fascinante en las baldosas del pasillo.
—La culpa no es tuya, realmente —dijo al fin—. Solo es que no me lo esperaba.
—Sí lo es —insistí dando un paso hacia ella, incapaz de mantener la distancia por más tiempo—. La culpa es mía. Como también es mía la culpa de querer besarte ahora mismo.
Sus ojos se abrieron de golpe, fijándose en los míos con una intensidad que me dejó sin aliento. Bajé la mirada hacia sus labios de modo inconsciente, recordando su suavidad, su calidez, y la vi tragar saliva, su mirada desviándose también hacia mi boca.
—Si quieres que me aleje, lo haré —continué, aunque cada célula de mi cuerpo gritaba en contra de esa posibilidad—. Pero eso no hará que deje de querer enamorarte, Audra. Día tras día, semana tras semana. Soy muy pesado cuando me lo propongo.
Una sonrisa asomó a sus labios ante mis últimas palabras.
—Y sobre lo que dijo Emma... —añadí, queriendo aclararlo todo de una vez—. Es cierto, vi esa casa. Pero no es a corto plazo, no ahora, no ya.
Audra asintió y algo en su expresión se relajó.
—De verdad que no pasa nada, Ryker —dijo, y su voz sonaba sincera, casi conciliadora—. Lo entiendo.
—No, no lo entiendes —repliqué, cerrando un poco más la distancia entre nosotros—.
Nada está bien. Nada ha estado bien desde que entraste en mi vida con tus canciones desafinadas, tu caos y tu gato sin pelo.
Nada ha vuelto a estar bien desde que te vi llorando en el rellano aquella noche, o riendo mientras hacíamos la guerra de tenedores en la cafetería, o dormida en mi sofá, o mientras delirabas a causa de la fiebre.
Nada ha estado bien porque todo lo que quiero es. ..
No pude terminar la frase. De repente, Audra había salvado la distancia entre nosotros y sus labios estaban sobre los míos, acallándome con un beso tan inesperado como perfecto.
No dudé ni un segundo en responder, rodeando su rostro con las manos, atrayéndola más hacia mí como si temiera que fuera a desvanecerse.
La besé como si pudiera transmitirle a través de ese contacto todo lo que sentía, todo lo que había estado guardándome durante semanas. La besé suavemente, luego con más intensidad, explorando cada rincón de su boca, memorizando su sabor, su textura.
Sentí sus manos aferrarse a mi camiseta, arrugando la tela entre sus dedos, acercándome más a ella, si es que eso era posible.
No era como el beso de la noche anterior, tímido y cuidadoso.
Este estaba cargado de urgencia, de necesidad, como si ambos temiéramos que al separarnos todo volviera a complicarse.
Cuando finalmente nos apartamos para respirar, apoyé mi frente contra la suya, sintiendo su aliento entrecortado mezclándose con el mío.
—¿Esto significa que me perdonas? —pregunté sin poder evitar una sonrisa.
—Cállate y sigue besándome —respondió tirando de mi camiseta para acercarme de nuevo.
Obedecí sin dudarlo, volviendo a capturar sus labios entre los míos.
Esta vez fue más lento, más profundo, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Mis manos se deslizaron hasta su cintura, sintiendo la calidez de su cuerpo a través de la ropa, mientras las suyas subían hasta enredarse en mi pelo.