Contigo ni en el ascensor 31. Cuando el miedo y la felicidad se parecen demasiado #2
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31. Cuando el miedo y la felicidad se parecen demasiado #2

Era extraño, como reencontrarse con una vieja amiga a la que había estado evitando. Pero también sentía que era lo correcto, de alguna manera. Como si, en medio de todo el caos emocional que estaba viviendo, al menos eso fuera una pequeña verdad a la que aferrarme.

No tenía ni idea de qué iba a pasar con Ryker, ni de cómo enfrentaría nuestro inevitable encuentro. Pero al menos sabía quién era yo ahora, mirando ese reflejo que me devolvía una mirada cansada pero firme.

Una chica con todas sus inseguridades, con todos sus miedos. Pero también con la valentía suficiente para, tal vez, dejar caer algunos muros.

Aunque solo fuera uno a la vez.

Me puse el pijama de franela, ese con estampado de nubes que me quedaba dos tallas grandes y que usaba cuando necesitaba sentirme protegida, como si fuera una armadura suave contra el mundo.

El estómago me rugió, recordándome que no había comido nada desde la hamburguesa de anoche, así que me dirigí a la cocina con la intención de prepararme un café. Pero al pasar junto a la pared que separaba mi apartamento del de Ryker, me detuve en seco.

Había ruido. Voces.

Una de ellas, indudablemente, era la suya. La otra, femenina y más aguda, hizo que el corazón se me detuviera un instante. ¿Una chica? ¿Tenía una chica en su apartamento, la mañana después de besarme?

Pero entonces la reconocí. Esa risa aguda, ese tono ligeramente mandón.

Emma. Era Emma, su hermana.

El alivio que sentí fue tan intenso que me avergonzó. Me apoyé contra la pared, escuchando sin querer la conversación al otro lado.

—¡No es justo! ¡Me lo prometiste! —Emma estaba protestando.

—Te prometí que jugaríamos, no que te dejaría ganar —respondió Ryker, y su risa, suave y despreocupada, hizo que las mariposas revoloteasen en mi interior.

Ryker con Emma era una versión completamente distinta de sí mismo, y ese pensamiento me hizo sonreír sin darme cuenta.

Me aparté de la pared, sintiéndome como una espía en mi propia casa, y continué mi camino hacia la cocina. Peluso me siguió, trotando a mis pies con ese andar elegante tan suyo.

—Hoy me apetece café frío —murmuré para mí misma mientras abría la nevera.

Saqué la botella de leche y el café que había preparado el día anterior.

Peluso se sentó frente a la pared que daba al apartamento de Ryker con las orejas erguidas, atento a las voces que llegaban desde el otro lado.

—Sí, tiene visita —le confirmé mientras vertía el café en un vaso largo y le añadía hielo y leche—. Es Emma, la chica que te cae bien.

Mi gato maulló como respuesta, fuerte y claro, y entonces oí a Emma al otro lado:

—¿Has oído eso? ¡Es Peluso! Seguro que está en casa.

Mi gato, el muy traidor, volvió a maullar, como si estuviera contestando.

—Emma, no —dijo Ryker—. No vamos a molestar a Audra.

—¡Pero quiero verlo! La última vez me dejó darle de comer. ¡Y me ronroneó! —Emma insistía, con ese tono que sugería que estaba acostumbrada a salirse con la suya.

—Otro día —respondió Ryker—. Seguramente Audra estará ocupada.

Sonreí mientras le daba un sorbo a mi café. Qué considerado por su parte. Qué cobarde, también. ¿Él estaba evitando a sí mismo el inevitable encuentro después del beso?

—¡Ya sé! Puedo ir a llamar y, si no está o está ocupada, me vuelvo. ¿Vale? —propuso Emma con entusiasmo.

—Emma...

—¡Solo voy a llamar! ¡No seas aguafiestas, Ryker!

Oí pasos rápidos acercándose a la puerta del apartamento de Ryker, luego el sonido de esta al abrirse. En cuestión de segundos, sonó el timbre de mi puerta.

Peluso me miró con esa expresión que parecía decir «¿ves?, al final he conseguido lo que quería».

—Vienen a verte, pequeño manipulador —le dije, dejando el café sobre la encimera—. Espero que estés contento.

Tomé aire, me pasé una mano por el pelo y caminé hacia la puerta. El timbre volvió a sonar, esta vez acompañado de unos golpecitos impacientes.

—¡Ya voy, ya voy! —exclamé mientras giraba el pomo.

Al abrir, me encontré con Emma, sonriente. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y vestía una sudadera verde que le daba un aire aún más juvenil.

—¡Hola, Audra! Yo... —comenzó alegremente, pero entonces se detuvo, sus ojos abriéndose como platos—. ¡Te has cambiado el color del pelo!

—Algo así —respondí mientras me pasaba una mano por los mechones, sintiendo de repente una desacostumbrada timidez—. He vuelto a mi tono natural.

—¡Te queda genial! —exclamó con entusiasmo—. Pareces una princesa Disney, como Mérida, pero más guay. Es la película favorita de mi hermano.

No pude evitar sonreír.

Un movimiento en el rellano captó mi atención. Ryker estaba allí, apoyado contra el marco de su puerta. Vestía unos vaqueros oscuros y una camiseta blanca simple, con el pelo ligeramente despeinado, como si acabara de pasarse la mano por él repetidamente.

Nuestras miradas se encontraron y, durante un segundo que pareció eterno, ninguno de los dos abrió la boca.

—Lo siento —dijo finalmente, apartando la mirada—. Emma quería ver a Peluso y ha salido corriendo antes de que pudiera detenerla.

—No pasa nada. Puede pasar a verlo, si quiere.

Me aparté para dejar entrar a la chica, que ya estaba prácticamente dentro, buscando con la mirada a Peluso. Ryker seguía en el umbral, como si no estuviera seguro de si la invitación se extendía a él también.

—Está en la cocina —le indiqué a Emma.

—¡Peluso!

Ryker y yo nos quedamos solos, aún con la puerta abierta entre nosotros, como una invitación silenciosa que ninguno de los dos se atrevía a aceptar o a rechazar.

—Tu pelo... —comenzó, parpadeando mucho, como si estuviera procesando el cambio—. Es diferente.

—Sí. —Me pasé la mano por la nuca, súbitamente consciente de mi aspecto, del pijama holgado—. Decidí volver a mi color natural.

—Te queda bien —dijo con suavidad, y algo en su mirada me hizo sentir desnuda, expuesta—. Es como si fueras otra Audra, pero más..., no sé, más tú.

—¿Eso tiene sentido? —pregunté, con una pequeña sonrisa escapándose sin permiso.

—En mi cabeza, sí —respondió, sonriéndome a su vez.

Era como si ambos estuviéramos esperando a que el otro diera el primer paso.

—Audra, sobre lo de ayer... —comenzó, justo cuando Emma reapareció con Peluso en brazos.

—¡Está más guapo que nunca! —exclamó la chica—. ¿Y este jersey? ¡Es precioso! Ryker, mira, tiene pececitos bordados. ¿A que es monísimo?

Ryker desvió la mirada hacia su hermana, y algo en su expresión se suavizó de inmediato.

—Absolutamente ridículo —dijo, pero el tono cariñoso desmentía sus palabras—. Como su dueña.

¿Era un cumplido? Con Ryker nunca se sabía, y eso, por alguna razón, me gustaba más de lo que debería.

—¿Puedo darle de comer? —preguntó Emma.

—Claro, está en la cocina —respondí—. El armario de arriba a la derecha.

Emma desapareció de nuevo, feliz con su misión. Ryker seguía en el umbral, como si no pudiera decidirse a entrar o marcharse.

—¿Quieres pasar? —pregunté finalmente.

Él pareció tan sorprendido como yo por la invitación, pero asintió y entró, cerrando con suavidad la puerta tras de sí. Seguí sus pasos hacia la cocina, consciente de cada centímetro que nos separaba.

Una parte de mí sabía que eso era una locura. Que después de huir anoche, lo sensato habría sido evitarlo, darnos tiempo para procesar lo que había pasado, para reconstruir los muros que se habían agrietado con ese beso.

Pero otra parte, una mucho más insistente, estaba cansada de huir. Cansada de esconderse. Al menos por hoy, decidí escuchar a esa parte. Al menos por hoy, intentaría ser un poco valiente.

Solo un muro menos. Solo uno.

En la cocina, Emma estaba del todo absorta en su tarea de alimentar a Peluso. Había encontrado sus croquetas y las servía en su cuenco.

—Solo tienes que darle un puñado pequeño —le indiqué apoyándome en la encimera—. Si se emociona, luego le duele la tripa.

—Vale —respondió ella.

Me giré hacia Ryker, que se había quedado de pie en la entrada de la cocina, como si no estuviera seguro de dónde colocarse en ese nuevo territorio.

—¿Café? —ofrecí levantando mi vaso de café frío—. Tengo también caliente, si prefieres.

—Frío está bien.

Asentí y me dispuse a preparar otro café igual que el mío.

Se lo tendí a Ryker, cuidando que nuestros dedos no se rozaran al intercambiar el vaso de manos.

—Gracias —murmuró, dando un pequeño sorbo.

Emma se había llevado a Peluso al salón y le hablaba en ese tono meloso que se reserva para los bebés y los animales.

—Hay más obras que la última vez —comentó mirando los cuadros apoyados contra la pared—. Son geniales.

—Gracias —respondí, agradecida por tener algo de que hablar que no fuera el elefante en la habitación—. He estado trabajando en una serie nueva.

Ryker dio otro sorbo a su café, mirándome por encima del borde del vaso.

—¿Puedo verlas? —preguntó Emma, señalando una carpeta que sobresalía de debajo del sofá.

—Claro —asentí, aunque no recordaba qué dibujos había en esa carpeta en particular—. Son solo bocetos.

Emma se sentó en el suelo, cruzando las piernas, con Peluso instalado cómodamente en su regazo. Abrió la carpeta con cuidado y comenzó a pasar páginas, exclamando de vez en cuando ante alguno que le gustaba especialmente.

Ryker y yo seguíamos de pie en la cocina, a una distancia prudencial el uno del otro, como si hubiéramos acordado de manera tácita mantener al menos metro y medio entre nosotros.

—Oye, Audra —comenzó finalmente, bajando la voz para que Emma no pudiera oírlo—. Sobre lo de anoche...

Apreté el vaso de café entre las manos, buscando el valor para enfrentar esa conversación.

—No es necesario que... —empecé, pero en ese momento el móvil de Ryker sonó con insistencia.

Lo vi sacar el aparato del bolsillo, fruncir el ceño y contestar con un tono mucho más formal que el que solía usar.

—Sí, está conmigo... No, no hay problema... Ahora bajamos.

Colgó y se dirigió hacia Emma.

—Era mamá —anunció—. Está abajo, viene a recogerte.

—¿Qué? ¡No! —protestó ella, cerrando la carpeta de dibujos—. ¡Apenas he estado con Peluso!

—Llevas toda la mañana conmigo —le recordó Ryker—. Y mamá tiene que hacer recados antes de volver a casa.

—No es suficiente —insistió Emma, poniendo esa cara de berrinche que debía de funcionar a menudo con su hermano—. Además, ni siquiera le has contado a Audra lo de la casa.

Mi corazón dio un vuelco ante la mención de esa «casa». ¿Qué casa?

—¿Qué casa? —pregunté.

—¡Una casa superchula que vimos hace algún tiempo! —explicó entusiasmada—. Está casi a las afueras, pero es enorme. Con jardín y todo. ¿No te lo ha dicho?

Ryker se pasó una mano por el pelo.

—Emma... —comenzó, pero ella ya estaba lanzada.

—Tiene cuatro habitaciones, tres baños y la cocina más bonita del mundo —continuó—. Papá dice que es perfecta, y por una vez estoy de acuerdo con él.

Se iba a mudar. Ryker iba a dejar el edificio, a separarse de ese pequeño mundo compartido que habíamos construido, cada uno a un lado de esa pared de papel.

Sabía que era temporal, por supuesto. Alguien como él no iba a quedarse para siempre en un piso antiguo con goteras y un ascensor que funcionaba a capricho. Pero no imaginaba que sería tan pronto.

No después de lo de anoche.

—Todavía no lo sé —intervino Ryker, lanzándole a su hermana una mirada de advertencia—. No he decidido nada.

—Pero papá dice que es perfecta —insistió Emma—. Y el precio está bien.

Mi mente volaba a toda velocidad, intentando procesar esa nueva información mientras mantenía una expresión neutra.

Ryker se marcharía. Se alejaría. Ya no oiría sus protestas cuando cantara en la ducha, ni tendría que pelearme con él por quién usaba primero la lavadora.

Ya no habría más encuentros en el rellano, ni. ..

Ni besos bajo la luz tenue del pasillo.

—Estoy segura de que es perfecta —dije finalmente, obligándome a sonreír—. Parece justo lo que buscabas.

Él abrió la boca para decir algo, pero Emma lo interrumpió recogiendo su mochila.

—¡Es supermegaperfecta! —exclamó, acariciando una última vez a Peluso antes de dejarlo en el suelo—. Pero yo le he dicho que debería adoptar un gato. La casa es muy grande para una persona sola.

—Los gatos son buena compañía —coincidí, evitando mirar a Ryker—. Aunque dan bastante trabajo.

—Deberíamos irnos —dijo Ryker, consultando su reloj—. Mamá está esperando.

Emma se me acercó y me dio un abrazo rápido e inesperado.

—Gracias por dejarme ver a Peluso —dijo, y luego añadió en un susurro conspirativo—: Me gusta mucho tu cabello así. Pareces más tú.

Se separó y caminó hacia la puerta con esa energía inagotable tan propia de los adolescentes. Ryker la siguió, pero se detuvo en el umbral, girándose para mirarme una última vez.

—¿Podemos hablar luego? —preguntó en voz baja, como si temiera ser rechazado.

Sentí el impulso instantáneo de decir no, de evitar la conversación, de esconderme de todo lo que había pasado la noche anterior. Era lo que siempre hacía: huir, levantar muros, protegerme. Pero algo dentro de mí se rebeló contra esa idea. Estaba cansada. De huir, de tener miedo.

—Vale —respondí finalmente—. Esta tarde, quizá. Necesito... ordenar algunas cosas primero.

La pequeña sonrisa de alivio que apareció en sus labios hizo que mi estómago diera un vuelco.

—Audra... —comenzó, y en su voz había una calidez que me asustó casi tanto como me atrajo.

—Luego, Ryker. Te prometo que hablaremos luego.

Él asintió, como si entendiera todo lo que no podía decir en ese momento, y salió al rellano, donde Emma ya esperaba impaciente junto al ascensor.

Cerré la puerta y me apoyé en ella, deslizándome hasta quedar sentada en el suelo. Peluso se acercó y empezó a frotarse contra mi pierna.

«¿Qué voy a decirle? —pensé mientras lo acariciaba distraídamente—. ¿Que me asusta lo que siento? ¿Que llevo años construyendo muros para que nadie pueda herirme y él ha conseguido colarse por debajo en cuestión de meses?».

Una cosa era lidiar con lo que sentía por él, y otra muy distinta era hacerlo sabiendo que tenía planes de marcharse. ¿Merecía la pena exponerme al dolor sabiendo que todo podría terminar antes incluso de empezar?

Pero entonces recordé la sensación de sus labios sobre los míos, la forma en la que todo había encajado, como si finalmente hubiera encontrado mi lugar en el mundo. ¿Valía la pena renunciar a eso por miedo?

Quizá Emma hubiese interrumpido nuestra conversación por alguna razón.

Quizá necesitara ese tiempo para ordenar mis pensamientos, para estar segura de lo que realmente quería.

Pero una cosa estaba clara: por una vez, no iba a huir.

No podía seguir viviendo con miedo a que todos, siempre, terminaran marchándose.