Contigo ni en el ascensor 31. Cuando el miedo y la felicidad se parecen demasiado
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31. Cuando el miedo y la felicidad se parecen demasiado

Cuando el miedo y la felicidad se parecen demasiado

Audra

En cuanto cerré la puerta, mis piernas cedieron.

Me deslicé lentamente hasta quedar sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la madera, como si necesitara ese soporte para no desintegrarme por completo.

Llevé los dedos temblorosos a mis labios, que aún conservaban la sensación de los suyos, cálidos y sorprendentemente suaves.

¿Qué acababa de pasar?

Ryker me había besado. Y yo le había correspondido. Y luego había huido como una cobarde.

El corazón me latía tan fuerte que podía sentirlo en la garganta, en las sienes, en cada rincón de mi cuerpo.

Había sido... Dios, había sido un beso que lo contenía todo.

Todo lo que siempre había buscado sin saber que lo buscaba.

Todo lo que jamás creí que iba a sentir porque estaba convencida de que algo en mí estaba irremediablemente roto, de que nunca volvería a funcionar del modo correcto.

Pero ahí estaba. Ese calor expandiéndose por mi pecho, esa sensación de vértigo, como si estuviera al borde de un precipicio y una parte de mí quisiera saltar mientras la otra se aferraba con desesperación al borde.

Sentí algo húmedo deslizándose por mi mejilla y me di cuenta de que estaba llorando.

Un suave ronroneo me devolvió a la realidad. Peluso se había acercado sigilosamente y me observaba con esa mirada penetrante que parecía ver a través de todas mis defensas. Se sentó frente a mí, su pequeño cuerpo estaba tenso, como si estuviera evaluando la situación antes de decidir cómo proceder.

—Ven aquí —murmuré, extendiendo los brazos hacia él.

Para mi sorpresa, no se resistió cuando lo atraje hacia mi pecho en un abrazo desesperado. Normalmente habría protestado ante tal muestra de afecto forzado, retorciéndose hasta liberarse, pero esta vez se quedó quieto, como si entendiera que lo necesitaba.

—La he cagado, Peluso —susurré contra su pelo inexistente—. La he cagado por completo.

Pero ¿qué había hecho exactamente? ¿Dejar que me besara? ¿O salir corriendo después?

Lo más probable es que ambas. Porque el beso había sido perfecto, tan dolorosamente perfecto que me había asustado hasta lo más profundo.

Y el miedo, ese viejo conocido, había tomado el control.

El miedo a sentir demasiado, a dejarme llevar, a caer en ese abismo sin fondo que era enamorarse de alguien.

Porque eso era lo que estaba pasando, ¿no? Me había enamorado de Ryker.

Y ahora me había besado. Y había sido tan bueno, tan correcto, que me aterrorizaba.

Porque las cosas buenas no duraban. Las cosas buenas se convertían en trampas, en espejismos que te hacían bajar la guardia solo para dejarte luego más destrozada que al principio.

Peluso se removió ligeramente en mis brazos, emitiendo un maullido. Aflojé mi agarre, permitiéndole acomodarse mejor.

—Lo siento, pequeño —murmuré pasando los dedos por su lomo—. Es que estoy muy asustada.

Y era cierto. Estaba aterrorizada. No tanto por el beso en sí, sino por lo que significaba. Por todas las posibilidades que abría, todas las puertas que dejaba entreabiertas. Puertas tras las cuales podría haber felicidad, sí, pero también tanto dolor potencial.

Me levanté del suelo con las piernas temblorosas, dejando que Peluso escapara de mis brazos para corretear hacia la cocina, probablemente ofendido por haber sido usado como paño de lágrimas durante tanto tiempo.

Caminé hacia mi habitación como una autómata y solté el abrigo por el camino, demasiado agotada emocionalmente para preocuparme por el desorden.

Me quité la ropa con movimientos mecánicos, dejándola en un montón desordenado sobre el sofá.

Cogí una camiseta enorme y me la puse mientras me arrastraba hasta la cama y me dejaba caer en ella.

El techo de mi habitación nunca me había parecido tan interesante. Lo miré fijamente, como si entre las pequeñas grietas y manchas pudiera encontrar alguna respuesta, alguna explicación a por qué me sentía así. Por qué un simple beso me había desarmado de esa manera.

Volví a llevarme los dedos a los labios, recreando la sensación.

Había sido un beso precioso. El mejor que había dado nunca, sin comparación.

No solo por la técnica —aunque Ryker, maldito sea, sabía perfectamente lo que hacía—, sino por la carga emocional que contenía.

Nunca, ni una sola vez en mi vida, había sentido algo así.

Esa conexión, esa intensidad, esa sensación de que todo encajaba por fin.

Era demasiado. Demasiado intenso, demasiado real. Demasiadas ganas de más, de volver a sentir sus labios, de perderme en sus brazos, de descubrir qué se sentiría al despertar a su lado. Me asustaba lo mucho que lo necesitaba de repente, cuando siempre me había enorgullecido de no necesitar a nadie.

Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano, tratando de calmarme lo suficiente para poder dormir. Pero cada vez que cerraba los ojos, lo veía. Ryker, con esa mirada intensa justo antes de besarme, con esa seguridad mientras decía: «Voy a besarte», como si enunciara una verdad universal.

Y lo peor era saber que estaba al otro lado de la pared. Tan cerca físicamente, y tan lejos de cualquier otra manera. ¿Qué estaría pensando ahora? ¿Estaría enfadado por mi reacción? ¿Confundido? ¿Arrepentido?

Una parte de mí, una pequeña pero insistente, me susurraba que debía salir, cruzar el pasillo y llamar a su puerta.

Hablar con él, explicarle que no era por él, que era por mí, por mis miedos, por mi pasado.

Pero otra parte, más fuerte, más arraigada, me mantenía clavada en la cama, paralizada por el terror a lo desconocido.

Así que me quedé allí, mirando al techo, con el corazón desbocado y mi caos mental, sabiendo que no me resultaría fácil dormir esa noche.

Un estruendo metálico me arrancó del sueño inquieto en el que finalmente había caído. Abrí los ojos desorientada, con la sensación de haber dormido apenas unos minutos, a pesar de que la luz que entraba por la ventana indicaba que ya era bien entrada la mañana.

Me incorporé despacio, sintiendo el cuerpo pesado por la falta de descanso.

A mi lado, Peluso dormía hecho un ovillo, completamente ajeno al ruido que me había despertado.

Probablemente había sido algún vecino tirando algo metálico, o quizá las tuberías, que últimamente sonaban como si un gnomo malhumorado las estuviera golpeando.

Me levanté y estiré los músculos agarrotados, tratando de despejar la niebla mental que aún me envolvía. Caminé hacia el baño arrastrando los pies, necesitando lavarme la cara y cepillarme los dientes con desesperación para sentirme un poco más humana.

El espejo me devolvió una imagen que bien podría protagonizar una película de terror: ojos hinchados por el llanto y la falta de sueño, el pelo enmarañado en todas direcciones y una palidez casi fantasmal. Pero lo que realmente me llamó la atención fue mi pelo.

Las raíces empezaban a notarse, con ese tono naranja zanahoria natural que siempre me había avergonzado y que llevaba años ocultando bajo capas de tinte semipermanente rojo intenso. Pronto tendría que volver a teñírmelo, esa tarea mensual que llevaba a cabo religiosamente desde la adolescencia.

«A menos que...».

Una idea se formó lentamente en mi cabeza. ¿Y si no lo hacía? ¿Y si dejaba que mi color natural creciera? ¿Qué pasaría si, por una vez, me permitía ser como era realmente, sin filtros, sin capas de protección artificial?

La idea me asustaba casi tanto como me atraía.

Ese naranja zanahoria que tanto había odiado, que había provocado burlas en el instituto, apodos crueles que aún recordaba con claridad: «Zanahoria», «Antorcha», «Cabeza de fósforo».

.. Esconderlo bajo un rojo intenso y rebelde había sido mi forma de apropiármelo, de controlarlo.

Pero ahora, después de la noche que acababa de pasar, después de ese beso que había sacudido los cimientos de mi existencia, la idea de otro cambio más no parecía tan descabellada.

Sin darme tiempo a reconsiderarlo, me vestí a toda prisa. Había una peluquería a pocas manzanas que abría los domingos por la mañana. Nunca había entrado allí, pero la había visto muchas veces de camino al trabajo.

Una hora después, estaba sentada en el sillón frente al espejo mientras la peluquera, una mujer de mediana edad con mechas azules, evaluaba mi cabello.

—¿Estás segura de querer volver a tu color natural? —me preguntó pasando los dedos por mis mechones—. Es un rojo precioso el que llevas.

—Estoy segura —respondí con firmeza.

—Por suerte, usas un tinte semipermanente —comentó después de examinar mi pelo más de cerca—. Podemos eliminarlo en una sola sesión. No será perfecto, pero estarás muy cerca de tu color natural.

Me sentí aliviada. Siempre había preferido los tintes que se iban desvaneciendo con los lavados, precisamente porque me daban la opción de cambiar si quería. Nunca me había atrevido a hacerlo, pero ahora agradecía esa precaución.

El proceso fue más rápido de lo que había esperado, y cuando finalmente terminó y la peluquera me mostró el resultado en el espejo, sentí una extraña ligereza. Como si, junto con el tinte, hubiera eliminado también parte del peso que cargaba.

Mi cabello había vuelto prácticamente a su tono natural, ese naranja zanahoria que hacía años que no veía. Era más claro, más suave que el rojo intenso al que estaba acostumbrada, pero también más auténtico.

Era curioso cómo un simple beso podía cambiarlo todo. El beso de Ryker había derribado una de mis barreras, y ahora, aquí estaba yo, quitándome otra capa de protección. Porque eso era lo que el tinte representaba, ¿no? Una máscara.

—Te queda muy bien —me aseguró la peluquera mientras me pasaba los dedos por el cabello una última vez—. Resalta tus ojos.

Frente al espejo de mi baño, después de volver a casa, me peiné el pelo ahora seco y observé el resultado nuevamente.

—Hola, Zanahoria —saludé a mi reflejo con una pequeña sonrisa—. Cuánto tiempo sin verte.