Contigo ni en el ascensor 30. Besarte fue la mejor mala decisión de mi vida
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30. Besarte fue la mejor mala decisión de mi vida

Besarte fue la mejor mala decisión de mi vida

Ryker

Una vez fuera del restaurante, el aire fresco de la noche me golpeó la cara, aunque ni siquiera eso logró calmar el torbellino de pensamientos que me invadía.

No podía dejar de pensar en ese maldito camarero y en su forma de mirar a Audra.

¿Quién se creía que era? ¿Y qué demonios le habría dicho cuando nos fuimos?

Elaila y Ender caminaban a nuestro lado, riéndose a carcajadas de alguna broma que yo no había oído. Estaban en su propia burbuja, felices, ajenos a mi debate interno. Pero yo solo podía mirarla a ella.

A Audra.

Caminaba con ese aire distraído tan suyo, jugueteando con el dobladillo de su abrigo mientras miraba las luces de la ciudad.

El pintalabios que llevaba al principio de la noche había desaparecido, probablemente devorado por la hamburguesa, pero sus labios seguían teniendo ese tono rosado natural que los hacía parecer increíblemente suaves.

Sus mejillas estaban sonrojadas, quizá por el frío, quizá por la cerveza, o quizá por lo que fuera que le hubiera dicho ese estúpido camarero.

Bajé la mirada hacia sus manos y una sensación extraña me recorrió el pecho cuando vi que seguía llevando mi anillo de papel.

Un anillo ridículo que había improvisado por puro instinto, sin pensar realmente en lo que hacía.

Pero ahí estaba, en su dedo, como si significara algo. Como si yo significara algo.

Sus manos eran pequeñas comparadas con las mías. Pequeñas pero fuertes, con dedos de artista y esas venas delicadas que se marcaban ligeramente. Manos que creaban, que daban vida a dibujos y pinturas, que cuidaban de Peluso con una ternura que me había sorprendido descubrir.

Debería estar prohibido mirar tanto a una persona.

Debería haber alguna ley contra quedarse embobado contemplando cada detalle, cada gesto, como si fuera la octava maravilla del mundo.

Pero no podía evitarlo. Era como si mi mirada tuviera voluntad propia y siempre, siempre, encontrara el camino de vuelta a ella. Como si ella fuera mi único camino.

Cuando llegamos a nuestro edificio, el aire se había vuelto más fresco.

—¿Os apetece subir a tomar un café? —preguntó Audra, dirigiéndose a todos en general, mientras buscaba las llaves en su bolso.

Elaila y Ender intercambiaron una mirada rápida, una de esas comunicaciones silenciosas que establecen las parejas y que me resultaba tan ajena.

—Mejor no —respondió ella, enlazando su brazo con el de mi amigo—. Mañana tenemos planes temprano.

—Muy temprano —añadió Ender con una sonrisa que dejaba claro que sus planes tenían más que ver con quedarse en la cama que con madrugar.

Nos despedimos entre promesas de repetir pronto, y Audra y yo entramos al portal.

Pulsé el botón del ascensor y me apoyé contra la pared, observándola mientras guardaba las llaves de nuevo en el bolso. La pregunta me quemaba en la lengua, así que simplemente la dejé salir.

—Ese camarero no te quitaba los ojos de encima, ¿te has dado cuenta?

Ella levantó la mirada sorprendida y luego soltó una pequeña risa que sonó a música en el silencio del vestíbulo.

—No digas tonterías —respondió, sacudiendo la cabeza—. Solo estaba siendo amable.

—¿Amable? —repetí, alzando una ceja—. Te miraba como si fueras el último trozo de tarta en una pastelería.

—Qué ridiculez —dijo, pero noté cómo se sonrojaba ligeramente, confirmando que ella también lo había notado—. Solo hacía su trabajo.

El ascensor llegó con su característico tintineo quejumbroso y las puertas se abrieron. Entramos y pulsé el botón del octavo piso. Ocho pisos, un espacio reducido y una verdad que me quemaba por dentro. Una combinación peligrosa.

—¿Y para qué te ha pedido que te quedaras? —pregunté, fingiendo desinterés, mientras el ascensor iniciaba su lento ascenso—. Si solo estaba siendo amable.

—Por nada especial —respondió, evitando mi mirada y centrándose en el panel de botones como si fuera fascinante.

—Eres una pésima mentirosa, Audra —dije cruzándome de brazos—. Que lo sepas.

—¿Y qué si me ha dicho algo? —contraatacó, girándose hacia mí con esa chispa desafiante en los ojos que tanto me gustaba—. ¿A ti qué más te da?

—Nada, solo curiosidad —me defendí, sintiendo cómo el ascensor subía tan lento que parecía estar tomándose su tiempo aposta—. Aunque es perfectamente comprensible. Con lo bien que te quedan ese jersey y esos vaqueros, es normal que llamaras la atención.

Sus ojos se abrieron ligeramente, sorprendidos por mi comentario.

—¿Estás celoso, Lancer? —preguntó, con una sonrisa traviesa bailando en sus labios.

—¿Celoso? No estoy celoso. Solo constato un hecho. Estás espectacular esta noche.

Una risa escapó de su garganta.

—Eres ridículo —dijo, pero la forma en la que mordió su labio inferior sugería que mis palabras habían causado algún efecto.

El ascensor continuó su ascenso, piso tras piso, mientras nosotros seguíamos con esa conversación que era más un baile que un intercambio de palabras. Un baile donde nos acercábamos y nos alejábamos, probando límites, buscando reacciones.

—¿Qué te dijo exactamente? —insistí, incapaz de dejar el tema—. Apuesto a que te pidió tu número.

—¿Y qué si lo hizo? —replicó—. ¿Te molesta?

—Me preocupo por ti —dije intentando sonar despreocupado—. Podría ser un psicópata.

—¿Un psicópata camarero? —preguntó alzando una ceja—. ¿Que asesina con servilletas y palillos?

—Los asesinos en serie tienen que trabajar en algo —argumenté.

Audra soltó una carcajada que resonó en el pequeño espacio del ascensor.

—Vale, ahora estoy completamente segura de que estás celoso —declaró apuntándome con el dedo—. Admítelo, Lancer. Te fastidia que otro tío se me acerque.

—Lo que me fastidia es que no veas lo evidente —respondí sosteniendo su mirada—. Cualquier tío con dos ojos en la cara se enamoraría de ti al verte. Es física básica.

Sus mejillas se tiñeron de un tono rosado que me pareció absolutamente adorable. Abrió la boca para responder, pero pareció quedarse sin palabras por un momento.

—¿Tu hamburguesa llevaba algo raro? —preguntó al fin—. Porque no dejas de decir tonterías.

—Mi hamburguesa estaba perfecta —aseguré sin poder apartar la mirada de sus labios.

Sus labios. Dios, sus labios. La forma en la que los humedecía con la punta de la lengua.

Cómo los fruncía ligeramente cuando estaba pensando.

La curva perfecta que formaban cuando sonreía.

Era una tortura observarlos y no poder acercarme, no poder comprobar si eran tan suaves como parecían, si sabrían a esa cerveza que apenas había probado o a la salsa barbacoa de su hamburguesa.

—Deja de mirarme así —dijo de repente, rompiendo mi trance.

—Así, ¿cómo? —pregunté, aunque sabía perfectamente a qué se refería.

—Como si... —Buscó las palabras, agitando las manos en el aire—. Como si quisieras comerme o algo parecido.

Una sonrisa involuntaria se formó en mis labios.

—Quizá es exactamente eso lo que quiero hacer.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Estás diciendo muchas estupideces seguidas —murmuró, pero no se apartó cuando di un paso hacia ella.

El ascensor se detuvo con una sacudida y las puertas se abrieron en nuestro piso. Ninguno de los dos se movió por un momento, como si salir de ese espacio confinado fuera a romper el hechizo que se había formado entre nosotros.

Finalmente, Audra salió primero y yo la seguí.

—¿Sigues llevando mi anillo? —pregunté señalando hacia su mano, donde la servilleta doblada seguía en su dedo.

Ella lo miró como si acabara de darse cuenta de que, efectivamente, el anillo seguía allí.

—Oh —dijo sorprendida—. Se me ha olvidado quitármelo.

—Te queda bien —comenté mientras caminábamos hacia nuestras respectivas puertas—. El papel es el nuevo diamante, ¿no lo sabías?

Puso los ojos en blanco, pero una sonrisa jugaba en la comisura de sus labios.

—Claro, y las piedras son el nuevo chocolate —respondió siguiéndome el juego—. ¿Hay algo más que deba saber sobre las nuevas tendencias?

—Sí —dije deteniéndome frente a su puerta—. Voy a besarte.

Sus ojos se abrieron como platos, y por un segundo pareció que se había quedado sin respiración. Luego soltó una risa nerviosa, apartando la mirada.

—No, no lo harás —respondió.

—Sí lo haré —insistí, acercándome un paso más—. A menos que me digas que no quieres que lo haga.

—Si lo haces, te pegaré —amenazó, pero había un temblor en su voz que la delataba.

—Correré el riesgo —murmuré, y sin darle tiempo a responder, cerré la distancia entre nosotros.

Durante un segundo eterno, Audra se quedó completamente inmóvil. Esperé el empujón, la bofetada, cualquier señal de rechazo. Estaba a punto de apartarme cuando, de repente, respondió.

Primero fue solo un suspiro, una rendición.

Luego sus labios cobraron vida bajo los míos.

Suaves, cálidos, perfectos. Sabían a cerveza y a esa sonrisa que me tenía loco desde hacía semanas.

Su boca se amoldaba a la mía como si lleváramos toda la vida besándonos, como si cada pelea, cada pulla, cada mirada, hubiera sido solo el preludio de ese momento.

Sus manos subieron temblorosas hasta mi pecho, no para apartarme, sino para aferrarse a mi camiseta, como si también ella necesitara quedarse en ese instante.

Y entonces supe que estaba perdido. Completamente perdido por esa mujer que me había vuelto loco desde el primer día, con sus canciones desafinadas y su gato sin pelo. Esa mujer que ahora se dejaba besar en el pasillo del octavo piso como si fuera lo más natural del mundo.

Como si siempre hubiéramos estado destinados a llegar a ese momento.

El tiempo se detuvo mientras la besaba. No existía el pasillo, ni el edificio, ni el mundo entero. Solo ella. Solo sus labios moviéndose suavemente contra los míos, su respiración mezclándose con la mía, el ligero temblor de sus manos cuando las apoyó en mi pecho.

Era un beso tierno, casi cuidadoso, como si ambos temiéramos romper algo frágil y precioso que acababa de nacer entre nosotros.

No había prisa, no había desesperación. Solo conexión.

Una conexión que había estado ahí desde el principio, oculta bajo capas de irritación y pullas, esperando a que fuéramos lo suficientemente valientes para reconocerla.

Sentí cosas que no podía explicar, sensaciones que iban mucho más allá del simple contacto físico.

Era como si algo dentro de mí hubiera estado dormido y de repente despertara, estirándose, reclamando un espacio que no sabía que existía.

No era solo deseo —que, por supuesto, estaba ahí, intenso y abrumador—, era algo más profundo, más complejo.

Algo que me asustaba y me fascinaba a partes iguales.

Cuando finalmente nos separamos, apenas unos centímetros, me sentía algo mareado, como si hubiera estado conteniendo la respiración demasiado tiempo. Apoyé la frente en la suya, intentando recuperar el aliento, intentando procesar lo que acababa de ocurrir.

Pero entonces, tan repentinamente que apenas tuve tiempo de reaccionar, ella se apartó.

De pronto, abrió los ojos como si acabara de despertar de un sueño y se hubiera encontrado en medio de una pesadilla.

Su mirada era puro desconcierto, una mezcla de «¿qué narices acaba de pasar?

» y «necesito salir de aquí ahora mismo».

—Audra... —murmuré, sin saber exactamente qué quería decir, solo que necesitaba decir algo, cualquier cosa para evitar que el momento se rompiera.

Pero era demasiado tarde. Ya se había alejado completamente, hurgando en su bolso con manos temblorosas hasta encontrar sus llaves. Las sacó con un tintineo que sonó demasiado fuerte en el silencio del pasillo.

—Buenas noches, Ryker —dijo con una voz que no parecía la suya, demasiado controlada, demasiado neutra.

Antes de que pudiera responder, había abierto su puerta, entrado en su apartamento y cerrado tras ella, dejándome solo en el pasillo con el eco de sus palabras y el fantasma de su sabor en mis labios.

Me quedé allí inmóvil, mirando la puerta cerrada como si esperara que mágicamente volviera a abrirse. Como si esperara que ella saliera y me dijera que todo estaba bien, que solo necesitaba un momento, que podíamos hablar de lo que acababa de suceder.

Pero la puerta siguió cerrada. Audra no salió.

La había cagado. Completamente. Había cruzado una línea que no debería haber cruzado, había presionado demasiado, demasiado pronto. ¿En qué estaba pensando? Después de todo lo que Elaila me había contado sobre su pasado, sobre lo cautelosa que era, ¿cómo había podido ser tan impulsivo?

El silencio del pasillo se volvió opresivo, como si cada segundo que permanecía allí, esperando, fuera una confirmación más de mi error.

Apoyé una mano en la pared, intentando ordenar mis pensamientos, intentando decidir qué hacer a continuación.

¿Debería llamar? ¿Disculparme? ¿O sería mejor darle espacio, dejar que procesara lo ocurrido a su ritmo?

No tenía respuestas. Solo la certeza de que algo importante había cambiado entre nosotros esa noche, y el miedo de que ese cambio pudiera no ser para mejor.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, pero probablemente fueron solo unos minutos, me di por vencido. Ella no iba a salir. No iba a hablar conmigo. Al menos, no esa noche.

Saqué mis propias llaves y entré en mi apartamento sintiendo un peso en el pecho que no había experimentado en mucho tiempo.

Me dejé caer en el sofá sin siquiera quitarme la chaqueta, mirando al techo como si pudiera encontrar allí alguna respuesta.

El recuerdo de sus labios, de su calor, de la forma en la que había respondido a mi beso antes de salir huyendo, seguía tan vívido que casi parecía que estuviera aún en mis brazos.

¿Cómo podía algo sentirse tan correcto e igual de equivocado al mismo tiempo?

Mañana tendría que enfrentarla. Tendría que encontrar alguna forma de arreglar eso, de explicarle.

.. ¿Explicarle qué, exactamente? ¿Que me estaba enamorando de ella?

¿Que llevaba semanas, quizá meses, conteniendo el impulso de besarla?

¿Qué, a pesar de todas nuestras diferencias, a pesar de todos nuestros enfrentamientos, no podía imaginar mi vida sin ella?

Cerré los ojos, sintiendo un cansancio que no tenía nada que ver con la hora. Mañana. Mañana intentaría arreglarlo.

Aunque, si era sincero conmigo mismo, no tenía ni la más remota idea de cómo hacerlo.