29. Cómo asumir que me gusta el pijo sin morir en el intento #2
—Excelente elección —respondió, manteniendo un tono profesional pero amable—. Nuestra cerveza de barril es especial, creo que te gustará.
¿Era normal que los camareros te tutearan así? ¿O que te miraran como si fueras la única persona en la mesa? Quizá estaba viendo flirteo donde solo había amabilidad profesional.
Cuando el chico se marchó después de tomarnos nota a todos, Elaila me lanzó una mirada significativa que no supe entender. O sí, pero preferí fingir que no.
—¿Has visto cómo te miraba? —susurró, inclinándose sobre la mesa—. Creo que le has gustado.
—No digas tonterías —respondí, notando cómo me sonrojaba sin querer—. Solo está haciendo su trabajo.
—Te ha mirado más de lo normal —intervino Ender, ganándose un codazo de Elaila—. ¿Qué? Solo digo lo que he visto.
Ryker, a mi lado, se mantuvo extrañamente callado. Me arriesgué a mirarlo de reojo y vi que tenía esa expresión neutra, imposible de leer, que ponía cuando algo le molestaba pero no quería demostrarlo.
«Estás paranoica, Audra —me dije a mí misma—. Ryker no está celoso. ¿Por qué iba a estarlo? Solo somos vecinos que han establecido una tregua. Nada más».
El camarero regresó con nuestras bebidas, y casi me atraganto cuando vi el tamaño de la jarra que colocó frente a mí. Era enorme, como uno de esos tarros gigantes de cristal que usan en las ferias para guardar pepinillos. Debía de contener al menos un litro de cerveza.
—Nuestra jarra tradicional —explicó con una sonrisa—. Un poquito grande, pero la cerveza merece la pena.
—¿Un poquito? —Solté una carcajada incrédula—. ¡Aquí caben tres cervezas normales!
—Esa jarra es más grande que tú, princesita —comentó Ryker con una sonrisa burlona. Al menos algunos aspectos de nuestra relación seguían igual.
—No todos podemos ser jirafas como tú —le respondí, dándole un pequeño golpe en el brazo—. Algunos venimos en formato de bolsillo, pero con el doble de carácter.
—A ver, sujétala —me desafió, señalando la jarra gigante—. Quiero ver si puedes con ella o si te arrastra hacia abajo.
—¿Dudas de mi fuerza? —repliqué—. Observa y aprende.
Agarré la jarra con ambas manos y la levanté.
Pesaba bastante, pero me aseguré de que no se notara el esfuerzo.
La coloqué delante de mi cara de forma que solo mis ojos quedaban visibles por encima del borde, como si me estuviera escondiendo detrás de ella.
Ryker soltó una carcajada que me pilló por sorpresa.
—Espera, esto hay que inmortalizarlo —dijo sacando su móvil—. La enana y la jarra gigante.
—Si me llamas enana una vez más, te tiro la cerveza por encima —amenacé, pero mantuve la pose mientras él sacaba la foto.
Bajé la jarra, sintiendo un hormigueo en los brazos por el esfuerzo, y me encontré con su mirada. Había algo en sus ojos, un brillo divertido, cálido, que hizo que me olvidara momentáneamente de dónde estábamos.
Ryker siguió haciendo fotos, cambiando de ángulo como si estuviera en una sesión profesional. Me sentí extrañamente cómoda siendo el centro de su atención, a pesar de que normalmente odiaba que me fotografiaran.
—Ya está bien —dije al fin, dejando la jarra en la mesa—. Vas a gastar la batería.
—Solo estoy recopilando pruebas de que, en efecto, eres más pequeña que una jarra de cerveza —respondió con ese tono burlón que antes me sacaba de quicio y ahora me provocaba una sonrisa involuntaria.
El camarero regresó con nuestras hamburguesas, bandeja tras bandeja de comida que parecía suficiente para alimentar a un regimiento. Mi texana con extra de queso era casi tan grande como mi cara.
—¿Necesitáis algo más? —preguntó, dirigiéndose a mí específicamente.
—Creo que con esto podríamos sobrevivir a un apocalipsis —dije al tiempo que señalaba la cantidad absurda de comida que había sobre la mesa.
Él sonrió, asintió y se marchó, no sin antes lanzarme otra de esas miradas que me hacían sentir incómoda. O halagada. No estaba segura.
Mientras comíamos, la conversación fluía naturalmente entre los cuatro.
Elaila contaba una anécdota sobre un cliente exigente en la tienda y Ender intervenía con comentarios que la hacían reír.
Yo mordisqueaba mi hamburguesa, consciente de que era demasiado grande para mi boca, mientras hacía malabarismos para no mancharme el jersey rojo.
Mi mirada se desvió hacia las manos de Ryker mientras sujetaba la suya.
Tenía unas manos grandes y fuertes, con callos en las palmas que probablemente se debían a las horas que pasaba en el gimnasio.
Me pregunté, sin querer, cómo se sentirían esas manos entrelazadas con las mías.
Cálidas, seguramente. El tipo de manos que, cuando te sujetan, parece que no van a soltarte nunca.
«Por Dios, Audra, contrólate», me reprendí mentalmente, apartando la vista a toda prisa y fingiendo un repentino interés en la decoración del local.
La cena continuó entre risas y conversaciones triviales.
Cuando terminamos de comer, Ryker comenzó a jugar distraídamente con una servilleta de papel.
La doblaba y la desdoblaba una y otra vez, como si estuviera buscando la forma perfecta.
Sus dedos se movían con precisión, concentrados en lo que fuera que estuviese haciendo.
El camarero volvió a aparecer, recogiendo algunos platos y preguntando si todo estaba bien, dirigiéndose a la mesa en general, pero mirándome a mí.
—Todo perfecto, gracias —respondí educadamente.
Ryker puso los ojos en blanco y no pude evitar sonreír. ¿Estaba celoso? No, seguramente solo le parecía ridículo que el camarero fuera tan obvio.
Cuando el chico se marchó, volví a centrar mi atención en lo que hacía Ryker. Sus manos seguían trabajando en la servilleta, y ahora podía ver que estaba formando algo circular.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté al fin, incapaz de contener la curiosidad.
Levantó lo que parecía ser un anillo hecho con la servilleta de papel, perfectamente doblado y sorprendentemente simétrico.
—Un anillo —contestó, como si fuera lo más normal del mundo.
—¿Para qué?
—Para ti —dijo con esa media sonrisa que debería ser ilegal en al menos cuarenta países—. Toda princesa necesita su corona, y toda mano bonita merece un anillo.
«¿Acaba de decir que tengo las manos bonitas?». «Por Dios, Audra, compórtate, solo está siendo... ¿galante?». «¿Ryker? No, imposible. Seguro que es otra de sus bromas».
Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, tomó mi mano izquierda y deslizó el anillo de papel en mi dedo anular.
Tragué saliva, tratando de recuperar el control de mis pensamientos, que parecían haberse convertido en un revoltijo caótico. ¿Por qué un gesto tan tonto me afectaba tanto? Era solo Ryker siendo Ryker, jugando, provocando, como siempre hacía...
—Esperaba algo mejor —comenté, alzando la mano para examinar el anillo mientras intentaba parecer despreocupada, aunque mi pulso se había disparado como si acabara de correr una maratón—. Algo que no fuera de papel.
Sus ojos se clavaron en los míos, y por un instante todo el ruido del restaurante pareció desvanecerse.
—Bueno, es lo que hay —dijo con voz suave—. De momento.
Inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando mi reacción, y añadió:
—Aunque quizá, si te portas bien, el próximo sea de otro material. Todo depende de lo mucho que mejoren tus conciertos matutinos de Taylor Swift.
«¿Está flirteando conmigo? ¿O solo está siendo Ryker-insufrible-Lancer? ¿Y por qué narices no puedo dejar de mirar sus labios?».
—¿Estás diciendo que debo ganarme un anillo de verdad? —contraataqué, recuperando algo de compostura—. Muy de los años cincuenta por tu parte, Lancer.
—Solo digo que merece la pena esperar por algunas cosas —respondió sin apartar sus ojos de los míos—. Como un buen anillo. O una buena compañía.
El calor subió a mis mejillas de forma tan intensa que estaba segura de que mi cara ahora hacía juego con mi jersey. Elaila y Ender parecían haberse evaporado de la mesa; solo éramos Ryker y yo, encerrados en una burbuja invisible.
«Dios mío, ¿qué significa “de momento”? ¿Está insinuando lo que creo que está insinuando? No, imposible. Seguramente solo está siendo Ryker, provocándome como siempre. Pero entonces, ¿por qué no puedo respirar bien? ¿Y desde cuándo tiene esos hoyuelos cuando sonríe? ¿Siempre han estado ahí?».
—Tendré que recordar que te gustan los anillos —dijo guiñándome un ojo antes de darle un sorbo a mi cerveza—. Información valiosa para futuras ocasiones.
«No le des más vueltas, Audra —me dije, intentando centrarme en algo, cualquier cosa, que no fuera la sensación de sus dedos aún fantasmeando sobre mi piel o la manera en la que su nuez de Adán se movía al tragar—.
Es solo Ryker siendo Ryker. No significa nada.
No puede significar nada. Aunque... ¿y si. ..?».
Elaila y yo insistimos en pagar la cuenta a pesar de las protestas de los chicos. Mientras nos preparábamos para salir, el camarero apareció de nuevo y me detuvo suavemente por el brazo.
—Disculpa, ¿puedo hablar contigo un momento? —preguntó discretamente.
Ryker, que estaba a mi lado, se detuvo también, con una mirada interrogante.
—Ve con ellos, ahora os alcanzo —le dije, sintiendo una inexplicable necesidad de tranquilizarlo.
Asintió no muy convencido y se adelantó para reunirse con Elaila y Ender, que ya estaban en la puerta.
—¿Pasa algo? —pregunté al camarero, aunque ya me imaginaba lo que venía.
—Mira, sé que esto no es muy profesional —comenzó, pasándose una mano por el pelo con nerviosismo—. Perdona la pregunta, pero ¿alguno de tus amigos es... algo más que un amigo? No quiero entrometerme si estás con alguien.
Aprecié que al menos tuviera la decencia de preguntar primero.
—No, solo son amigos —respondí, aunque algo en mi interior protestó ante esa caracterización de Ryker.
—En ese caso, ¿te importaría darme tu número? —preguntó, ya más confiado.
Me pilló por sorpresa a pesar de que lo veía venir.
Pero, mientras dudaba, mi mirada se desvió hacia la puerta, donde Ryker esperaba junto a Elaila y Ender. Y algo en mi pecho se contrajo.
—Lo siento, pero... —Me aclaré la garganta, sorprendida por la verdad que estaba a punto de confesar—. Ahora mismo tengo a alguien en mente.
Él asintió comprensivo, sin perder la sonrisa.
—Lo entiendo. Ese chico tiene suerte.
—Gracias —dije, sintiendo un extraño alivio—. Y gracias también por la cena; estaba todo delicioso.
Salí del restaurante y me reuní con mis amigos mientras trataba de ignorar la mirada inquisitiva de Elaila.