29. Cómo asumir que me gusta el pijo sin morir en el intento
Cómo asumir que me gusta el pijo sin morir en el intento
Audra
Me miré en el espejo de cuerpo entero y suspiré insatisfecha.
Después de cinco intentos diferentes, me había decidido por un jersey rojo de cuello alto y unos pantalones negros que, tenía que admitirlo, me hacían un cuerpo espectacular.
El abrigo de cuadros esperaba en el perchero, completando un conjunto que intentaba parecer casual, pero que me había llevado casi una hora elegir.
Todo para una simple cena con amigos..., o al menos eso me repetía a mí misma.
Me recogí un mechón rebelde detrás de la oreja y solté un suspiro nervioso.
En teoría, solo íbamos a cenar al americano nuevo con Elaila y Ender.
En teoría, era una simple salida entre amigos, como las que había tenido mil veces.
En teoría, no tenía por qué estar tratando de decidir si ese pintalabios era demasiado rojo o demasiado poco.
La teoría y la práctica eran dos galaxias diferentes desde que mi estúpido cerebro había decidido que me gustaba Ryker. Mi insufrible vecino.
El señor Tengo-los-calcetines-ordenados-por-colores.
—¿Tú qué opinas? —pregunté girándome hacia la cama, donde mi gato me observaba con expresión de absoluto desinterés—. ¿Demasiado?
Peluso, que llevaba puesto un jersey con motivos navideños, me miró fijamente por unos segundos antes de soltar un maullido que podía interpretarse como cualquier cosa entre «te ves bien» y «dame de comer, esclava».
—Gracias por tu aportación —respondí poniendo los ojos en blanco—. Siempre tan constructivo.
El telefonillo sonó justo cuando estaba aplicándome la máscara de pestañas. Por supuesto que tenía que ser en ese momento. Corrí hacia la entrada, con cuidado de no empuñar la varita como un arma, y descolgué.
—¿Sí?
—¿Se puede saber qué narices estás haciendo? —gritó Elaila—. ¡Llevamos diez minutos esperándote abajo!
Miré el reloj: las nueve y cuarto. Vale, técnicamente llegaba tarde, pero solo un poco.
Además, la puntualidad era un concepto sobrevalorado.
—Ya voy, ya voy —respondí, intentando no sonar tan nerviosa como me sentía—. Dame dos minutos.
—Tienes uno, y contando —sentenció ella con tono impaciente.
Colgué el telefonillo bruscamente y respiré hondo antes de regresar al baño para terminar con la máscara. Justo cuando conseguí que mis pestañas parecieran pertenecer a un ser humano y no a un mapache desorientado, el timbre de la puerta sonó. Esta vez no era el interfono.
«¿Y ahora qué?», pensé, dirigiéndome a la entrada.
Abrí sin comprobar antes quién era por la mirilla y me quedé momentáneamente paralizada. Ryker estaba allí. Llevaba unos vaqueros negros que realzaban sus piernas y una sudadera blanca que destacaba con su pelo oscuro. Toda la estética minimalista y perfecta que cabía esperar de él.
—Elaila ha llamado —dijo con esa media sonrisa que últimamente me provocaba un inexplicable revoloteo en el estómago—. Me ha pedido que baje contigo para asegurarse de que no te has quedado dormida.
—Ya voy, ya voy —repetí, sintiendo cómo las mejillas se me encendían sin permiso—. Solo necesito coger mi bolso.
Regresé al dormitorio, conteniendo el impulso de gritar contra la almohada. La verdad es que la situación era bastante ridícula.
Tras coger el bolso y comprobar que llevaba las llaves, el móvil y el pintalabios, volví a la entrada, donde Ryker seguía esperando, ahora examinando con curiosidad los dibujos que tenía colgados.
—¿Este es el de la plaza que me enseñaste el otro día? —preguntó, señalando un boceto que había terminado recientemente.
—Sí —respondí, sorprendida porque se hubiera fijado—. Lo terminé hace poco.
Asintió con aprobación, con los ojos recorriendo los trazos del dibujo. Luego me miró y algo en su expresión cambió.
—Estás muy guapa, princesita —dijo con un tono que no sabía cómo interpretar. No parecía burlón, como otras veces. Sonaba casi... sincero.
Puse los ojos en blanco para disimular lo mucho que me había afectado su cumplido.
—Venga, no hagamos esperar más a tus fans —dije cogiendo mi bolso y dirigiéndome a la cocina para rellenar el cuenco de Peluso una última vez.
El gato acudió al instante, ronroneando. Era increíble cómo podía pasar de ignorarme olímpicamente a ser mi mayor admirador en cuanto oía que le ponía comida.
—Pórtate bien —le advertí mientras vertía las croquetas en su plato—. Nada de destrozar los cojines nuevos.
Como respuesta, Peluso hundió la cara en el cuenco con tanto entusiasmo que algunas croquetas salieron disparadas al suelo. Típico.
Cuando volví a la entrada, Ryker seguía esperando pacientemente, ahora revisando su móvil. Guardó el aparato en cuanto me vio.
—Lista —anuncié—. Vamos a comer hamburguesas hasta reventar.
Salimos al rellano y cerré con llave. El silencio entre nosotros era extraño.
Desde que había caído enferma y él me había cuidado, nuestra dinámica había cambiado sutilmente.
No más guerra de vecinos, no más pullas constantes.
En su lugar, había una especie de tregua silenciosa, un acercamiento tímido que ninguno de los dos parecía saber cómo gestionar.
Nos habíamos cruzado varias veces en la lavandería durante los últimos días y, en lugar de lanzarnos indirectas envenenadas, habíamos mantenido conversaciones casi normales. Sobre el tiempo, sobre la serie que estaba viendo, sobre los preparativos navideños que empezaban a adornar el portal.
Era desconcertante. Y agradable. Y aterrador.
Pulsé el botón del ascensor, evitando mirarlo directamente. ¿Desde cuándo me resultaba tan intimidante estar a solas con él? Ah, sí, desde que me había dado cuenta de que me gustaba. Estúpido cerebro traicionero.
El ascensor tardaba, como siempre. Me balanceé ligeramente sobre los talones, fingiendo que el diseño floral de la pared del rellano era lo más fascinante que había visto nunca.
—El ascensor de este edificio es una auténtica tortura —comentó Ryker, rompiendo el silencio—. Creo que va más lento cada día que pasa.
—Es parte de su encanto —respondí, agradecida por la conversación trivial—. Como las tuberías que hacen ruidos extraños a las tres de la mañana o los vecinos que tocan el piano a horas intempestivas.
—O las vecinas que cantan a Taylor Swift a todo volumen mientras se duchan —añadió con una sonrisa de medio lado.
—Oye, que eso es un servicio comunitario —protesté—. Deberías pagar por mis conciertos privados.
Por fin, el ascensor llegó con un tintineo quejumbroso. Las puertas se abrieron revelando la cabina vacía, iluminada por esa luz fluorescente que hacía que todo el mundo pareciera un cadáver recién exhumado.
Entramos y pulsé el botón de la planta baja, rozando sin querer su mano en el proceso. Un escalofrío me recorrió el brazo.
«Contrólate, Audra», me regañé mentalmente.
El ascensor comenzó su descenso y allí estábamos Ryker y yo, atrapados, fingiendo que todo era perfectamente normal, que no había ninguna tensión extraña creciendo entre nosotros desde hacía unos días, que el aire no se había vuelto de repente demasiado denso para respirar.
El problema no era el silencio, que de hecho resultaba sorprendentemente cómodo. El problema era mi cabeza, que no paraba de darle vueltas a algo que probablemente no existía. Química. Tensión. Ese no-sé-qué que creía percibir desde que me había cuidado durante la gripe.
Pero lo más probable es que fueran imaginaciones mías.
La fiebre me había dejado secuelas, claramente.
¿Por qué iba a interesarse Ryker por mí?
Después de todo lo que le había contado sobre mi padre, sobre mi madre.
.. Seguramente ahora solo me veía como a una pobre huérfana con un gato sin pelo.
La compasión no era atracción, por mucho que mi cerebro intentara confundirlas.
Cuando llegamos abajo, Elaila y Ender nos esperaban en la entrada del edificio, demasiado acaramelados para ser legal. Ender tenía su brazo alrededor de la cintura de Elaila, y ella se apoyaba en él como si fuera la cosa más natural del mundo.
—¡Por fin! —exclamó ella al vernos—. Pensaba que tendríamos que subir a rescatarte.
—El ascensor —respondimos Ryker y yo a la vez, como si lo hubiéramos ensayado.
Nos miramos sorprendidos por la coincidencia, y él esbozó esa media sonrisa que me provocaba cosas raras en el estómago.
La noche era fresca, una de esas noches finales de otoño en las que se agradece llevar un buen abrigo, pero no hace tanto frío como para que los dedos se te congelen. Caminábamos los cuatro juntos, Elaila y Ender por delante, perdidos en su burbuja de felicidad, y Ryker y yo unos pasos más atrás.
La conversación fluía, principalmente entre ellos dos, con alguna aportación ocasional por mi parte o por la de Ryker. Pero mi mente estaba en otro lado. Concretamente, en analizar cada mirada, cada gesto, cada tono de voz que él me dirigía. ¿Era cordialidad? ¿Amistad? ¿Algo más?
«Serénate, Audra —me regañé mentalmente—. Cualquiera diría que no has hablado con un hombre en tu vida».
Llegamos al restaurante americano, uno de esos sitios donde las hamburguesas tienen nombres extravagantes y todo se sirve en tablas de madera pretendiendo ser rústico.
Nos acomodaron en una mesa para cuatro cerca de la ventana.
Y, por supuesto —por supuesto—, acabé sentada justo al lado de Ryker. Olía a madera y a cítricos.
Un camarero se acercó a darnos la bienvenida y nos entregó las cartas. Era un chico más o menos de mi edad, alto, con una sonrisa amable y un aire despreocupado. Mientras nos explicaba los especiales del día, noté que me dirigía miradas discretas pero interesadas.
«¿Me está mirando a mí? —pensé confundida—. No, seguro que es política de la casa ser superamable».
Cuando volvió para tomar nota, se dirigió primero a mí, con una sonrisa profesional pero cálida.
—Yo tomaré una hamburguesa texana con extra de queso —pedí, devolviéndole la sonrisa por pura cortesía—. Y una jarra de cerveza, por favor.