28. Si tengo que estar enferma, prefiero que sea contigo #2
«Entre todos». No estaba acostumbrada a eso, a ser el centro de atención, a que la gente se preocupara tanto. Normalmente, cuando enfermaba, me las arreglaba sola. Con Peluso como única compañía, sobreviviendo a base de sopas instantáneas y series de Netflix hasta que pasaba la enfermedad.
Y ahora, de repente, tenía a tres personas en mi cocina, preparando el desayuno, trayendo café, organizando una maratón de series. Era abrumador en el mejor sentido posible.
Miré a Ryker, que había vuelto a la sartén y estaba sirviendo tortitas en cuatro platos. Peluso se frotaba contra sus piernas como si fueran amigos de toda la vida.
Y lo peor era que me gustaba. Me gustaba esa sensación de no estar sola. Me gustaba que Ryker no hubiera huido después de conocer mis traumas. Me gustaba que se hubiera quedado, que hubiera limpiado, que estuviera haciendo tortitas en mi cocina como si perteneciera allí.
Y eso me aterraba más que cualquier fiebre.
Nos sentamos a desayunar en la mesa del comedor, que Ryker había despejado de todos mis bocetos y materiales de dibujo, organizándolos pulcramente en una esquina.
Elaila distribuyó los cafés mientras Ender relataba una anécdota sobre un cliente particularmente difícil en la tienda de videojuegos y Ryker servía las tortitas.
Hasta se había molestado en añadir un poco de sirope dibujando espirales perfectas.
—Estas tortitas están buenísimas —declaró Ender tras el primer bocado—. Tío, ¿dónde has aprendido a cocinar así?
—Mi abuelo —respondió él, encogiéndose de hombros con modestia—. Siempre decía que un hombre independiente debería saber alimentarse con algo más que comida precocinada.
La conversación fluía a mi alrededor, pero yo me sentía ligeramente desconectada, como si estuviera observando la escena desde fuera.
Quizá fuera efecto de la medicación, o tal vez la extrañeza de ver a esas personas reunidas en mi mesa, compartiendo el desayuno como si fuéramos un grupo de amigos de toda la vida.
—Por cierto, estábamos pensando en ir a un americano el sábado —dijo Elaila, clavando su tenedor en un trozo de tortita con entusiasmo—. Dicen que hacen las mejores hamburguesas de la ciudad.
—Suena genial —asintió Ender.
—Si para entonces te encuentras mejor, claro —añadió Elaila, mirándome con preocupación maternal.
—Creo que para el sábado estaré recuperada —respondí, aunque la verdad es que apenas había procesado la invitación, distraída como estaba.
—Perfecto entonces —declaró Ryker con una sonrisa—. Nos vendrá bien salir los cuatro.
Los cuatro. Como si fuéramos una pandilla, un grupo consolidado. Como si fuera normal que quedáramos así.
Mi mirada se desvió hacia Ryker casi sin querer.
Estaba sentado frente a mí, la luz matinal iluminaba su perfil con ese tipo de claridad que parecía sacada de un anuncio de aftershave .
Con el pelo ligeramente despeinado y esa camiseta blanca que dejaba adivinar los contornos de sus músculos, parecía más relajado de lo que nunca lo había visto.
Y de repente, como si me hubiera golpeado un rayo, me di cuenta: estaba guapísimo.
No en el sentido objetivo en el que siempre había reconocido que mi vecino era atractivo.
Tenía ojos, después de todo. No, eso era diferente.
Era ese tipo de belleza que solo percibes cuando empiezas a mirar a alguien con otros ojos.
Cuando cada pequeño detalle —la forma en la que gesticulaba al hablar, cómo inclinaba ligeramente la cabeza para escuchar a Ender, la sonrisa que iluminaba su rostro cuando Elaila hacía un chiste— se vuelve fascinante, cautivador.
«Oh, no. No, no, no», pensé, sintiendo cómo el pánico me subía por la garganta.
Intenté concentrarme en mi desayuno, pero mi mirada seguía desviándose hacia él como si tuviera voluntad propia. Y, cada vez que lo hacía, notaba ese aleteo en el estómago, ese cosquilleo absurdo que no tenía nada que ver con la gripe.
—¿Estás bien? —La voz de Elaila me devolvió a la realidad—. Pareces un poco ausente.
—Sí, sí. Solo estoy un poco atontada por la medicación.
Ryker me miró con esos ojos color avellana que parecían ver demasiado, y sentí otro revoloteo en el estómago, esta vez más intenso.
«Mierda. Estoy jodida. Completamente jodida».
Seguí comiendo mecánicamente, contestando cuando me preguntaban, riendo cuando hacían alguna broma, pero mi cerebro estaba en otro lugar. Concretamente, estaba intentando procesar la terrible revelación que acababa de tener.
Me gustaba Ryker. No solo como vecino menos irritante de lo que pensaba.
No solo como el tipo que sabía hacer tortitas perfectas y que había cuidado de mí cuando estaba enferma.
Me gustaba en ese sentido que hace que tus rodillas se debiliten y que tu corazón decida convertirse en una batería de heavy metal.
Era el peor momento posible para darme cuenta. Con la cabeza embotada por la gripe, la nariz irritada de tanto sonarme y seguramente con un aspecto comparable al de un mapache atropellado.
Mientras Elaila contaba una historia sobre un cliente particularmente excéntrico en la tienda de ropa, me permití mirar a Ryker de nuevo.
Estaba riéndose, con esa risa profunda y genuina que tan pocas veces le había oído.
Y, cada vez que lo hacía, se le formaban pequeñas arruguitas alrededor de los ojos que le daban un aspecto más suave, más accesible que su habitual expresión contenida.
«¿Cuándo ha pasado esto?», me pregunté. ¿Había sido la noche anterior cuando me cuidó con ternura? ¿O venía de antes, del día del gimnasio, o incluso de aquella noche de tequila que apenas recordaba? ¿O quizá había estado ahí desde el principio, escondido bajo capas de irritación y enfrentamiento?
Fuera como fuese, era completamente aterrador.
Porque ya no podía negarlo, ni siquiera a mí misma.
Había caído. Había caído como una idiota, como una adolescente con las hormonas revolucionadas.
Yo, que había jurado no volver a sentir nada por nadie durante una temporada larga, que había construido muros tan altos precisamente para evitar eso.
Y ahí estaba, experimentando un terremoto emocional mientras comía tortitas con sirope.
Estaba aterrorizada. Porque sabía cómo terminaría. Había atravesado suficientes relaciones desastrosas para saber que eso solo podía acabar mal. Ryker y yo éramos demasiado diferentes, demasiado opuestos. El orden y el caos. La planificación y la improvisación. El control y la espontaneidad.
Además, ¿qué podría ver él en mí? Probablemente solo sentía lástima por la vecina patética con demasiados traumas y un gato sin pelo. Seguramente estaba siendo amable, como lo sería con cualquier otra persona enferma. No significaba nada especial.
Pero entonces recordé cómo me había mirado anoche, cómo había sostenido mi mano, cómo había dicho «Siempre lo haría» cuando le agradecí que me cuidara. Y una parte muy pequeña y estúpida de mi cerebro se atrevió a preguntarse: «¿Y si...».
«No. Ni se te ocurra».
La conversación seguía a mi alrededor, pero yo ya había dejado de prestar atención.
Estaba demasiado ocupada intentando calmar la tormenta que se había desatado dentro de mí.
Porque lo peor de todo es que sabía que no era algo superficial.
No era solo atracción física. Era más, mucho más.
Era la manera en la que me había escuchado, me había hecho sentir vista, comprendida.
Era cómo, de alguna manera, había atravesado todas mis defensas sin que me diera cuenta.
Y eso era lo que más miedo me daba. Porque significaba que ya era demasiado tarde para protegerme.
La voz de Elaila me sacó de mis pensamientos.
—¿Te apetece un poco más de café? —preguntó señalando su vaso.
Negué con la cabeza, incapaz de articular una respuesta coherente en ese momento. El pánico me subía por la garganta como si fuera a ahogarme.
¿Cómo había pasado? ¿En qué momento había permitido que Ryker Lancer, de entre todas las personas, se colara bajo mi piel de esa manera?
Y lo que era peor: ¿qué demonios iba a hacer ahora?
Porque, por más que intentara negarlo, por más que me aterrorizara la idea, por más que supiera que era una completa locura..., la verdad era innegable: me estaba enamorando.
Y eso me aterraba más que cualquier virus, más que cualquier fiebre, más que cualquier fantasma del pasado.
Porque significaba que, sin darme cuenta, había derribado todos mis muros.
Y ahora estaba completamente expuesta, vulnerable ante la posibilidad del dolor.
Y a pesar de todo el miedo, a pesar de todas las alarmas que sonaban en mi cabeza, no pude evitar sonreír.