Contigo ni en el ascensor 28. Si tengo que estar enferma, prefiero que sea contigo
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28. Si tengo que estar enferma, prefiero que sea contigo

Si tengo que estar enferma, prefiero que sea contigo

Audra

Me desperté con esa sensación de aturdimiento que sigue a una noche de fiebre alta.

Mi cabeza aún palpitaba ligeramente, pero nada comparado con el tambor de guerra que había retumbado en mi cráneo el día anterior.

La nariz me picaba y todavía sentía la garganta como si me hubiera tragado un estropajo, pero al menos ya no tenía la sensación de estar respirando a través del cemento.

Un rayo de sol se colaba entre las cortinas entreabiertas, proyectando una franja dorada sobre la colcha. Era ese sol tímido de invierno, que aparece sin mucha convicción, pero que aun así te regala algo de calidez.

Intenté recordar la noche anterior. Fragmentos confusos se agolpaban en mi memoria: Ryker entrando en mi apartamento, sus manos en mi frente, la medicación que sabía a rayos.

.. Y luego esa conversación. Esa maldita conversación en la que le había contado cosas que apenas comentaba con nadie.

El simple recuerdo me provocó un retortijón de ansiedad en el estómago.

«Genial, Audra. Nada mejor que un delirio febril para soltar todos tus traumas de golpe», me reproché mentalmente.

¿Y Ryker? ¿Se habría marchado después de aquello?

No lo culparía. ¿Quién en su sano juicio querría quedarse después de semejante despliegue de dramas y equipaje emocional?

Seguramente debió de salir huyendo en cuanto me quedé dormida, espantado por la perspectiva de una vecina con más problemas que un libro de matemáticas avanzadas.

Era el efecto que solía tener en la gente. Demasiado intensa, demasiado complicada. Nadie quiere lidiar con alguien que viene con tanto equipaje. Y la noche anterior le había mostrado a Ryker todo lo que arrastraba.

Me dolía el cuerpo como si hubiera participado en una maratón, pero aun así decidí apartar la manta y levantarme.

No podía quedarme en la cama eternamente, por muy tentador que fuera.

Además, cuanto antes comprobara que Ryker se había marchado, antes podría comenzar a construir mis murallas de nuevo.

Al incorporarme, un aroma inesperado llegó a mis fosas nasales. No solo podía oler, lo cual ya era un milagro en sí mismo, sino que lo que olía era... diferente. Limpio. A comida recién hecha. Nada que ver con el habitual olor a lienzo, pintura y caos que caracterizaba mi apartamento.

«¿Qué demonios...?».

Salí de la habitación con pasos vacilantes, aún débil, y me detuve un momento en el pasillo para recuperar el aliento. Maldita gripe. Me sentía como una anciana de noventa años con osteoporosis.

Cuando al fin llegué al comedor, la imagen que me recibió me dejó por un momento sin palabras.

Ryker estaba de espaldas en mi cocina, ligeramente encorvado mientras preparaba algo en una sartén.

Y allí, perfectamente acomodado sobre sus hombros anchos como si fuera su trono personal, estaba Peluso.

El muy traidor parecía estar disfrutando enormemente de su nuevo punto de observación privilegiado, con su cabeza calva asomando por encima del hombro de Ryker como un general que supervisara a sus tropas.

Sin embargo, lo que realmente me impactó fue el estado del apartamento.

Todo. Estaba. Ordenado. Las revistas apiladas pulcramente sobre la mesa de café, los cojines colocados simétricamente en el sofá, el suelo limpio y brillante, sin rastro de los pañuelos usados que habían formado pequeñas montañas por todas partes.

Incluso las cortinas estaban recogidas de forma elegante, permitiendo que la luz entrara a raudales.

La noche anterior recordaba mi apartamento como si hubiera sido el escenario de una batalla apocalíptica, con todas las muestras de mi decadencia gripal esparcidas por doquier. Y ahora parecía casi... habitable.

No solo no había huido espantado por mis confesiones nocturnas, sino que se había quedado, había limpiado mi casa y ahora estaba... ¿cocinando? Y aparentemente había conquistado a mi gato en el proceso. La simple idea me dejó tan descolocada que durante unos segundos no supe cómo reaccionar.

—¿Has limpiado mi casa? —pregunté, y mi voz sonó extrañamente ronca, como si no la hubiera usado en décadas.

Ryker se giró de golpe, claramente sorprendido por mi aparición.

Con el movimiento brusco, Peluso saltó con agilidad de sus hombros a la encimera, como si acabara de ser pillado en una travesura y quisiera disimular.

Llevaba lo que parecía una camiseta blanca y unos pantalones de pijama de cuadros, su pelo estaba ligeramente despeinado y tenía una espátula en la mano.

Era una escena tan hogareña, tan íntima, que por un momento me sentí como una intrusa en mi propio apartamento.

—Buenos días, princesa zombi —saludó con una sonrisa ladeada—. ¿Te ha dado permiso el médico para levantarte de la cama?

Me quedé allí plantada, todavía procesando la escena que tenía delante. Ryker dejó la espátula y se acercó a mí con paso decidido. Sin pedir permiso, puso su mano en mi frente.

—Ya no tienes fiebre —declaró aliviado y satisfecho.

—No —confirmé, todavía demasiado desconcertada para articular frases más complejas—. ¿Por qué... por qué has hecho todo esto?

Hice un gesto vago hacia la sala impecablemente ordenada, todavía sin poder creer lo que veían mis ojos.

Ryker se encogió de hombros, como si limpiar el apartamento de su vecina fuera la cosa más normal del mundo.

—Estabas enferma —respondió con sencillez—. Y todo el mundo sabe que, para recuperarse adecuadamente, el ambiente debe estar limpio. Los gérmenes proliferan en el desorden.

Su tono profesional al explicar algo tan básico me habría hecho reír en cualquier otra circunstancia. Pero seguía demasiado impactada.

—Espero no haberme sobrepasado —añadió—. Si he invadido tu espacio o algo así, lo siento.

Negué con la cabeza, incapaz de explicarle que lo que me dejaba sin palabras no era que hubiera ordenado mi caos, sino que se hubiera quedado. Que no hubiera salido corriendo después de mi pequeña exhibición de traumas familiares.

—Estoy haciendo tortitas —dijo regresando a la cocina, donde una sartén humeaba ligeramente—. Y Elaila y Ender vendrán pronto con café frío para tu garganta y seguramente algo más.

Como si hubiera oído su nombre, Peluso saltó de la encimera y se acercó a mí. Lo miré y me di cuenta de que llevaba puesto un jersey diferente del de anoche. Este tenía estampado de jirafas.

—¿Le has cambiado la ropa a Peluso? —pregunté, cada vez más estupefacta.

Ryker esbozó una sonrisa culpable mientras daba la vuelta a una tortita perfectamente dorada.

—Me ha parecido que combinaba con el desayuno —se justificó—. Y el de jirafas estaba en el primer cajón, así que supuse que era de uso habitual.

No sabía si reír o llorar.

—¿Estás bien? —preguntó, mirándome con preocupación—. Pareces un poco... ida.

—Sí, estoy bien —respondí, acercándome lentamente a la cocina—. Solo algo desconcertada.

Él sonrió, aparentemente satisfecho con mi respuesta.

—Genial. Entonces toca medicinas antes del desayuno —anunció sacando una caja de pastillas del armario—. Estas son para la tos y estas otras para la congestión.

Extendió la mano con dos pastillas de colores diferentes justo cuando unos golpes sonaron en la puerta. Cogí las medicinas y un vaso de agua que me ofrecía, mientras él se dirigía a abrir.

—¡Sorpresa! —La voz de Elaila resonó desde la entrada—. No he usado mi llave por si estabais haciendo cosas cochinas.

Me atraganté con el agua, tosiendo violentamente mientras las pastillas bajaban por mi garganta como piedras.

—¡Audra! —exclamó mi amiga al verme, corriendo hacia mí con los brazos abiertos—. ¡Mi pobre bebé enfermo!

Antes de que pudiera protestar, me envolvió en un abrazo demasiado apretado para mi dolorido cuerpo y comenzó a besarme toda la cara como una madre excesivamente protectora.

—¿Estás mejor? ¿Has tomado los medicamentos? ¿Por qué no me llamaste? Sabes perfectamente que podrías haberme llamado a cualquier hora —soltó sin respirar, sujetándome la cara entre las manos para examinarme mejor.

En la entrada, Ender saludaba a Ryker con un choque de puños y lo que parecía una conversación en voz baja que no alcanzaba a oír. Llevaba una bolsa de papel que desprendía el inconfundible aroma del café recién hecho.

—Estoy bien —conseguí decir cuando Elaila me soltó por fin—. O todo lo bien que se puede estar con una gripe del demonio.

—Ryker nos avisó anoche —explicó bajando la voz, como si me estuviera revelando un secreto de Estado—. Debo decir que me sorprendió bastante recibir un mensaje suyo diciéndome que estaba cuidando de ti.

Me lanzó una mirada que conocía demasiado bien.

Era su mirada de «tenemos que hablar de esto más tarde y no te librarás del interrogatorio».

Genial. Como si no tuviera suficiente con la gripe, ahora tendría que soportar el tercer grado de Elaila sobre Ryker y lo que estaba o no pasando entre nosotros.

Ender se acercó, sosteniendo en alto la bolsa de papel.

—¡Traemos provisiones! —anunció con entusiasmo—. Café helado para tu garganta y bagels recién hechos. Además de que vamos a buscar algo que ver.

No pude evitar sonreír ante su evidente intento de animarme. Ender tenía esa cualidad de hacerte sentir mejor solo con estar cerca, como un radiador humano de buen humor.

—¿Me estás diciendo que vamos a tener un maratón de series? —pregunté, notando cómo mi ánimo mejoraba ante la perspectiva.

—Por supuesto —confirmó, colocando la bolsa en la encimera—. Es el mejor remedio para la gripe, según estudios científicos totalmente inventados por mí.

Elaila puso los ojos en blanco, pero sonreía.

—Ignorad al friki —dijo sacando los cafés de la bolsa—. Lo importante es que te estemos cuidando entre todos.