Contigo ni en el ascensor 27. Si no la oyes, no existe, o eso me digo a mí mismo #4
71%

27. Si no la oyes, no existe, o eso me digo a mí mismo #4

—Somos más parecidos de lo que pensaba —murmuré—. Yo tampoco sé ceder el control. Siempre pienso que, si no lo hago yo, nadie lo hará bien.

—El control es una ilusión. Lo descubrí cuando mi padre murió. Puedes planificarlo todo al milímetro y, aun así..., la vida encuentra la manera de desmoronarlo.

Sin pensar, tomé su mano. Estaba caliente por la fiebre y la notaba sorprendentemente pequeña dentro de la mía. Sus dedos, que había visto moverse con tanta precisión mientras dibujaba, ahora parecían frágiles, vulnerables.

—Quizá eso es lo que nos hace tan... intensos a los dos —reflexioné—. Tú, con tu caos controlado. Yo, con mi orden obsesivo. Ambos intentando aferrarnos a algo.

—Tendría más sentido si fuera al revés —murmuró con los ojos ya casi cerrados—. El caos como respuesta a la pérdida de control.

—Tal vez ambos estemos buscando lo mismo de formas diferentes —reflexioné—. Equilibrio. Seguridad. Un lugar donde las cosas tengan sentido.

Ella asintió débilmente.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó con un hilo de voz.

—Pues es sencillo —le dije, tratando de mantener un tono ligero a pesar del nudo que sentía en la garganta—.

Solo tienes que quedarte ahí tumbada mientras yo me encargo de todo.

Y tal vez mañana yo aprenda a dejarte pintar en mi salón sin tener un ataque de nervios.

Al menos por hoy, solo por una vez, no tienes que ser la más fuerte de la habitación.

Y yo no tengo que ser el que lo tiene todo bajo control.

Apretó mi mano levemente, un gesto tan pequeño, pero tan significativo, que sentí un cosquilleo en el pecho.

—Eres mucho mejor persona de lo que aparentas, Lancer —susurró, con los ojos ya cerrados.

—Y tú eres mucho más valiente de lo que crees, Emrin —respondí, usando su apellido como ella había usado el mío.

Audra asintió levemente y volvió a tumbarse, como si el esfuerzo de la conversación hubiera agotado las pocas fuerzas que le quedaban. La contemplé unos segundos mientras sonreía.

No quería solo traspasar sus murallas, no quería forzar mi entrada en su vida fortificada.

Quería ser el que le mostrara que había un mundo entero esperándola fuera de esos muros que tan meticulosamente había construido.

Quería enseñarle que la luz del exterior no quemaría, que no todo contacto humano terminaba en dolor.

Y, más que nada, quería ser suficiente para ella. Suficiente para que confiara, suficiente para que se apoyara cuando sus propias fuerzas fallaran. No para hacerla dependiente, sino para mostrarle que la verdadera fortaleza a veces viene de saber cuándo dejarse ayudar.

Me pregunté si alguna vez podría ser esa persona para Audra Emrin.

Si algún día me consideraría algo más que el vecino ordenado y obsesivo con el que compartía una pared demasiado fina.

Si mi presencia en su vida podría ser tan constante como mis rutinas diarias, tan segura como mi agenda perfectamente planificada.

La tapé con cuidado, asegurándome de que estuviera cómoda, mientras una certeza se instalaba en mi pecho: haría todo lo posible por ser ese alguien para ella, aunque ni siquiera supiera todavía qué significaba exactamente.

—Voy a seguir con lo que estaba haciendo —dije, apartándome de la cama—. Descansa un poco.

Ya estaba casi en la puerta cuando oí su voz, débil pero clara.

—¿Ryker?

Me giré.

—Gracias por cuidarme —murmuró.

Algo se removió dentro de mí, una calidez que se extendió por mi pecho y me hizo sonreír sin poder evitarlo.

—Siempre lo haría, princesita —respondí.

La comisura de sus labios se elevó ligeramente en una sonrisa cansada antes de que cerrara los ojos del todo. Me quedé un momento más, observándola, grabando en mi memoria la imagen de Audra dormida.

Salí de la habitación dejando la puerta entreabierta y me dirigí a la cocina. Peluso me siguió pegado a mis talones, como una pequeña sombra sin pelo con jersey de estrellas.

—Sé que me estás vigilando para que no robe ni toque lo que no debo —le dije mirando hacia abajo, hacia donde el gato me observaba con esos ojos enormes—. Muy profesional por tu parte.

Peluso maulló, como confirmando mis sospechas, y se sentó en medio de la cocina para supervisar mis movimientos.

Me puse a fregar los platos que se habían acumulado, mientras la sopa seguía hirviendo suavemente. El desorden del apartamento me llamaba, casi como un desafío personal. Terminé con la vajilla y pasé al salón, recogiendo revistas esparcidas y ordenando los cojines del sofá.

Una vez que tuve la sala razonablemente ordenada, pasé la fregona por el suelo de la cocina y recogí la última tanda de pañuelos usados. El apartamento ya no parecía el escenario de una catástrofe.

Miré el reloj: las once y media. Si ella seguía durmiendo, podría aprovechar para adelantar algo de trabajo. Fui un momento a mi piso para coger el portátil, un par de informes pendientes y, tras pensarlo un segundo, un pijama y mi neceser.

De vuelta en el apartamento de Audra, me instalé en el sofá, ahora ordenado y sorprendentemente cómodo. Peluso no tardó en acomodarse a mi lado, enrollándose como una pequeña bola sin pelo que ronroneaba suavemente.

—Así que al final has decidido que soy de fiar, ¿eh? —murmuré, rascándole detrás de las orejas—. Me alegra que hayamos superado nuestras diferencias. He pasado de ser el enemigo público número uno a tu nuevo compañero de sofá.

Peluso estiró una pata y la colocó sobre mi rodilla, un gesto que interpreté como de aprobación. O quizá solo estuviera marcándome como su nuevo territorio.

—¿Sabes algo, pequeño? —continué, hablando en voz baja para no despertar a Audra—. Tu madre es una mujer fascinante. Nunca había conocido a nadie como ella. Tan fuerte y frágil al mismo tiempo.

El gato levantó la cabeza, mirándome con esos enormes ojos que parecían entender cada palabra.

—No me mires así —le dije, sintiéndome extrañamente expuesto—. No estoy diciendo nada que no sepas ya. Tú la conoces mejor que nadie.

Peluso parpadeó despacio y volvió a acomodarse, esta vez apoyando su cabeza directamente sobre mi pierna.

—Supongo que esto significa que me has dado tu bendición —bromeé mientras pasaba suavemente mis dedos por su espalda—. O quizá que soy más cálido que el sofá. Nunca se sabe con los gatos.

El pequeño felino respondió con un ronroneo más intenso, un sonido sorprendentemente fuerte para un ser tan pequeño.

—Quizá el que necesitaba ayuda era yo —murmuré, más para mí mismo que para Peluso—. Quizá necesitaba un poco de este caos en mi vida perfectamente planeada.

Trabajé durante un par de horas, con el sonido de fondo de la respiración de Peluso y el burbujeo ocasional de la sopa. Era extraño lo tranquilo que me sentía en ese espacio que no era mío, rodeado de cosas de Audra, con su gato dormitando a mi lado, como si de alguna manera perteneciera a él.

Cuando la sopa estuvo lista, la probé con cuidado.

Serví un cuenco y lo coloqué en una bandeja junto con un vaso de agua, una servilleta y una cuchara. Me dirigí a la habitación de Audra.

Estaba despierta, recostada contra las almohadas, con la mirada perdida en algún punto del techo. Al verme entrar, sus ojos se iluminaron ligeramente, lo que provocó un vuelco en mi estómago.

—Te he traído la cena —dije, acercándome a la cama—. Mi especialidad: sopa de pollo para el alma enferma.

—Huele bien —comentó, incorporándose un poco más.

Dejé la bandeja sobre su regazo y me senté en el borde de la cama. La observé mientras comía despacio, con movimientos aún debilitados por la fiebre. Cada cierto tiempo, se detenía para tomar aliento o sofocar un acceso de tos, pero continuaba.

—Está buenísima —murmuró después de unas cuantas cucharadas—. No sabía que cocinaras tan bien.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí —respondí con una sonrisa.

Cuando terminó la sopa, la ayudé a recostarse de nuevo y dejé la bandeja en el suelo. Me senté junto a ella, observando cómo sus párpados luchaban contra el sueño.

—Me quedaré esta noche —le dije, no como una pregunta, sino como una declaración de intenciones—. Por si necesitas algo.

Sus ojos se abrieron un poco más al oírme.

—Sí, por favor —murmuró—. No quiero estar sola.

El tono en el que pronunció esas palabras me hizo pensar que se refería a algo más que solo esa noche, a algo más profundo que la simple soledad física.

—No tienes que volver a estar sola si no quieres —dije con suavidad.

Una sonrisa triste apareció en sus labios.

—Es muy fácil decirlo —respondió, negando ligeramente con la cabeza—. Hasta que me conozcas de verdad y veas el caos que soy.

Su comentario revelaba ese miedo tan primario que todos tenemos: que, al conocernos realmente, las otras personas se alejen. Que nuestro verdadero yo sea demasiado complicado, demasiado desordenado, demasiado intenso para que alguien quiera quedarse.

—He visto tu caos desde el principio —respondí—. Y eso me ha hecho estar aquí.

Nuestras miradas se encontraron, y por un momento, toda pretensión, toda barrera entre nosotros, pareció disolverse.

Sus ojos se cerraron lentamente. Su respiración se volvió más profunda, más regular, y supe que se había quedado dormida.

Me quedé unos minutos más observando su rostro en reposo, la forma en la que su pelo rojo se esparcía sobre la almohada, cómo su pecho subía y bajaba con cada respiración. Había algo casi sagrado en presenciar ese momento de vulnerabilidad, en que me hubiera permitido verla así.

Finalmente, me levanté con cuidado para no despertarla y recogí la bandeja.

Salí de la habitación dejando la puerta entreabierta.

Me puse rápidamente el pijama, cogí una manta y preparé el sofá para pasar la noche.

Luego cogí el móvil para escribirle un mensaje a Elaila, aunque dudé un segundo antes de enviarlo.

Sabía que era muy protectora con Audra, y no estaba seguro de cómo se tomaría el hecho de que fuera yo quien estuviera allí.

Audra está enferma. Tiene gripe. Estoy cuidándola.

Su respuesta llegó casi al instante:

¿Está bien? ¿Necesita algo? ¿Por qué no me ha avisado?

Me apresuré a tranquilizarla:

Está mejor. Ha cenado, se ha tomado los medicamentos y parece que la fiebre va bajando. Está durmiendo ahora.

Elaila tardó un poco más en contestar esta vez.

Mañana, Ender y yo nos pasaremos con el desayuno. ¿Necesitáis algo específico?

«No, creo que lo tenemos todo cubierto», escribí, sorprendiéndome a mí mismo por haber usado el verbo en plural, como si fuéramos un equipo, Audra y yo.

«Gracias por todo, Ryker —fue la respuesta de Elaila—. De verdad. Significa mucho».

Dejé el móvil en la mesita y me acomodé en el sofá. Peluso apareció de la nada y, después de evaluarme con la mirada durante unos segundos, decidió que era digno de compartir su espacio. De un salto, se instaló a mis pies, ronroneando suavemente.

Mañana sería otro día, con todas sus complicaciones, con Elaila y Ender viniendo a desayunar, con preguntas y decisiones que tomar. Pero, por ahora, en ese momento, todo estaba bien.

Cerré los ojos dejándome llevar por el cansancio, con el sonido de la respiración suave de Peluso como única nana.

Mi último pensamiento antes de dormirme fue para Audra, y cómo, casi sin darme cuenta, se había convertido en alguien por quien estaría dispuesto a traspasar cualquier muro, por muy alto que este fuera.