Contigo ni en el ascensor 27. Si no la oyes, no existe, o eso me digo a mí mismo #3
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27. Si no la oyes, no existe, o eso me digo a mí mismo #3

Le tendí la primera pastilla, un analgésico que también bajaría la fiebre. Sus dedos rozaron mi palma al cogerla. Observé cómo se la tragaba con dificultad, haciendo una mueca que arrugó toda su cara.

—La siguiente —dije.

—Pareces disfrutar torturándome —se quejó.

Cuando llegó el momento del jarabe, su expresión cambió a una de genuino disgusto.

Olía intensamente a mentol y a algún tipo de fruta que no conseguía identificar.

—Esto huele como los pies del diablo —protestó mirando la cuchara con aprensión.

—Seguramente sabe peor —admití, sin poder evitar una sonrisa—. Pero te ayudará con esa tos que suena como si tuvieras un gremlin atrapado en los pulmones.

Me miró entrecerrando los ojos, como si evaluara si estaba burlándome de ella, pero finalmente aceptó la cucharada. Su cara al tragar el jarabe fue tan cómica, una mezcla de asco absoluto y sorpresa indignada, que tuve que morderme el labio para no reírme.

—¡Por todos los demonios! —exclamó con la poca voz que le quedaba—. ¡Esto está hecho con las lágrimas de Satanás!

Esta vez no pude contener la risa.

—Dicen que cuanto peor sabe la medicina, mejor funciona —comenté, devolviéndole el vaso de agua para que pasara el mal trago.

Bebió con avidez, como si intentara eliminar hasta el último rastro del sabor. Cuando terminó, se dejó caer contra las almohadas con un suspiro de agotamiento. Todo ese pequeño esfuerzo parecía haberla dejado extenuada.

Le puse la mano en la frente, comprobando su temperatura. Seguía ardiendo.

—Los medicamentos tardarán un poco en hacer efecto —murmuré, preocupado por lo alta que parecía la fiebre.

En ese momento, como si hubiera estado esperando su señal, Peluso entró en la habitación. De un salto limpio, se subió a la cama y se acomodó a los pies de Audra, observándonos a ambos con esos ojos enormes que parecían entender exactamente lo que estaba ocurriendo.

Me senté en el colchón junto a ella, sintiendo una extraña familiaridad, como si hubiera hecho eso cientos de veces antes. Como si cuidar de ella fuera lo más natural del mundo, y no algo del todo nuevo para nosotros.

—¿Cómo te sientes? —pregunté, aunque era una pregunta estúpida dadas las circunstancias.

Ella abrió los ojos, dos ranuras verdes entre párpados hinchados por la fiebre.

—Como si me hubiera atropellado un camión —respondió, intentando humedecerse los labios resecos— y luego hubiera dado marcha atrás para asegurarse de rematarme.

A pesar de todo, mantenía ese sarcasmo que tanto la caracterizaba.

—¿Por qué no te gustan los hospitales? —pregunté, recordando su negativa a ir a Urgencias.

La pregunta pareció sorprenderla. Durante un momento pensé que no iba a responder, que se cerraría como hacía siempre que la conversación se acercaba a algo personal.

Pero entonces, quizá por la vulnerabilidad de la enfermedad, o quizá porque simplemente estaba demasiado agotada para mantener sus muros en pie, suspiró y clavó la mirada en el techo.

—No es que no me gusten —murmuró finalmente—. Es solo que... a veces me traen malos recuerdos.

Se quedó callada, como si estuviera revisando esos recuerdos en su mente, decidiendo cuánto compartir. Sin pensarlo, alargué la mano y aparté un mechón de pelo húmedo que se le pegaba a la mejilla. Su piel estaba ardiendo bajo mis dedos, pero no se apartó ante el contacto.

—Mi padre murió de un ataque al corazón —dijo con voz queda, casi un susurro—. Fue muy repentino, muy... inesperado.

Tragó saliva con dificultad.

—No le detectaron a tiempo su problema cardíaco. Llevaba semanas con molestias, pero decía que era estrés. Trabajo, problemas con mi madre..., lo típico.

Sus ojos brillaban, pero no supe si era por la fiebre o por las lágrimas.

—Yo estaba sola en Urgencias cuando pasó —continuó, con la voz cada vez más tenue—.

Tenía diecisiete años. Esa noche había ido a una fiesta con unas amigas, nada importante.

Estábamos en casa de una de ellas cuando mi padre me llamó.

Dijo que iba camino del hospital, que se encontraba mal, pero que no me preocupara.

Hizo una pausa, respirando trabajosamente.

—Cuando llegué y pregunté por él, un médico me llevó a una habitación aparte. Esas salas pequeñas que tienen, ¿sabes? Donde siempre dan las malas noticias.

Asentí. Conocía esas salas demasiado bien.

—Ya estaba muerto —dijo, y su voz se rompió en la última palabra, como un cristal fino ante el impacto—. No pude despedirme ni nada. Simplemente... se fue.

El silencio que siguió estaba cargado de un dolor tan palpable que casi podía tocarlo. Me quedé quieto, sin saber qué decir. Cualquier frase de consuelo me parecía insuficiente, vacía ante la magnitud de lo que me estaba contando.

—¿Y tu madre? —pregunté al cabo con toda la suavidad de la que fui capaz.

Negó levemente con la cabeza y una sonrisa amarga se dibujó en sus labios resecos.

—No estaban juntos —respondió—. Bueno, legalmente sí, pero llevaban meses separados. Mi madre se había ido de casa hacía tiempo.

Se encogió de hombros, un gesto tan pequeño que apenas fue perceptible.

—Yo lo sabía porque mi madre tenía a otro —añadió con frialdad—. No se molestaba mucho en disimular. Mi padre lo sabía también, por supuesto. Pero, por alguna razón, ninguno daba el paso de divorciarse.

Peluso se movió en ese momento, acercándose más a Audra, como si percibiera su tristeza y quisiera consolarla. Ella extendió una mano y lo acarició distraída.

—Me fui de casa a los dieciocho —continuó, con la voz ahora más firme, como si hubiera pasado a una parte de la historia con la que se sentía más cómoda—. Trabajé de camarera, luego en una tienda de ropa. Me saqué la carrera a trompicones, entre turnos y exámenes. Y aquí estoy. Increíble, ¿verdad?

Trató de que sonara a broma, pero había algo desgarrador en su intento de restar importancia a lo que claramente había sido un período muy duro.

Asentí, procesando toda esa información que me ofrecía, esas piezas del puzle que era Audra Emrin.

De repente, muchas cosas empezaban a tener sentido: su feroz independencia, su reticencia a pedir ayuda, esa desconfianza hacia los demás que parecía tan arraigada.

No era solo por lo que le había hecho su ex; las heridas venían de mucho antes.

Me invadió una mezcla de admiración y tristeza tan intensa que casi me dejó sin aliento. Admiración por la fortaleza que había demostrado, saliendo adelante sola, construyéndose una vida a pesar de todo. Y tristeza porque nadie debería tener que ser tan fuerte siendo tan joven.

—Fuiste muy valiente —dije al fin, y nunca había dicho nada con tanta sinceridad.

Ella soltó un sonido entre risa y bufido que terminó en un acceso de tos.

—No siempre quiero ser valiente —murmuró cuando recuperó el aliento, con la voz rasposa y agotada—. A veces es tan... cansado.

Ese pequeño momento de vulnerabilidad, esa grieta en su muralla me mostró más de la verdadera Audra que en todos nuestros encuentros anteriores juntos.

—Te entiendo más de lo que crees —admití—. Todos esperan que sea... fuerte, todo el tiempo. El hermano responsable, el trabajador perfecto, el que nunca se equivoca.

—El señor Tengo-los-calcetines-ordenados-por-colores —añadió ella con un amago de sonrisa.

—Exacto. —Sonreí, agradecido por ese pequeño momento de ligereza—. A veces... a veces también estoy cansado, ¿sabes? De ser siempre el que mantiene el control. De no poder fallar nunca.

—¿Ryker Lancer admitiendo una debilidad? —murmuró con los ojos entornados por el agotamiento—. Debe de ser el fin del mundo.

—O quizá estés delirando por la fiebre y mañana no recuerdes nada —bromeé, pero luego me puse serio—. Desde que murió mi abuela, y tras el divorcio de mis padres..., siento que debo ser el pilar. Para Emma, para mi madre. Si yo me derrumbo, todo se viene abajo.

Ella me miró con una intensidad sorprendente para alguien con tanta fiebre.

—Somos un desastre, ¿eh? Tú no puedes soltar el control y yo no sé cómo pedir ayuda.

—La pareja perfecta —comenté sin pensar, y luego me sonrojé al darme cuenta de lo que había dicho.

Ella no pareció notarlo, o decidió dejarlo pasar.

—¿Sabes qué es lo peor? —continuó, con la voz cada vez más débil—. Que incluso ahora, tumbada aquí, sintiéndome como si me hubiera atropellado un autobús, una parte de mí está pensando en cómo levantarme para no ser una molestia para ti.

Pensé en mí mismo, en mi propia coraza de autosuficiencia, en cómo siempre hacía lo correcto, lo responsable. En cómo me había convertido en el perfecto hermano mayor para Emma, el empleado modelo, el hombre que nunca pierde el control. Y en lo agotador que resultaba a veces mantener esa fachada.

—No siempre tienes que ser fuerte, Audra —dije con suavidad—. A veces, solo debes dejarte caer. Dejar que otros te sostengan un rato. No pasa nada por necesitar ayuda de vez en cuando.

—¿Tú lo haces? —preguntó, desafiándome con la mirada.

—No —admití con honestidad—. Pero quizá deberíamos aprender juntos.

La miré, esperando una respuesta sarcástica, algún comentario satírico que restableciera la normalidad entre nosotros. Pero, en su lugar, vi cómo sus ojos se humedecían ligeramente.

—¿Sabes por qué nunca lloro delante de nadie? —susurró de repente.

Negué con la cabeza, sorprendido por el giro de la conversación.

—Porque la última vez que lo hice, cuando mi padre murió, mi madre me dijo que tenía que «ser fuerte» y «dejar de dar espectáculos». —Su voz tembló ligeramente—. Como si llorar por perder a mi padre fuera una inconveniencia para ella.

Sentí una oleada de rabia hacia esa mujer que no conocía.

—Llorar no es debilidad, Audra. Es simplemente ser humano.

—No sé cómo hacerlo ahora —confesó en un susurro tan quedo que apenas lo oí—. No sé cómo dejar que alguien más se encargue. Siempre he tenido que hacerlo yo todo.

Esas palabras me sacudieron más de lo que esperaba. Reconocí en ellas mi propio miedo, mi propia dificultad para abandonar el control, para confiar en que otros pudieran cuidar de mí.