Contigo ni en el ascensor 27. Si no la oyes, no existe, o eso me digo a mí mismo #2
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27. Si no la oyes, no existe, o eso me digo a mí mismo #2

Guardé las llaves en el bolsillo de mis vaqueros y me dirigí hacia la puerta.

—Ahora vengo —le dije—. No te muevas de ahí.

—Como si pudiera —respondió con un hilo de voz.

Salí al rellano sintiendo que algo había cambiado irremediablemente entre nosotros.

Por primera vez desde que nos conocíamos, Audra había dejado caer todas sus defensas frente a mí.

Y yo, que siempre había preferido mantener a todos a una distancia prudencial, me encontraba deseando acortar cada centímetro que nos separaba.

Bajé a la calle y caminé rápidamente hacia el supermercado veinticuatro horas de la esquina.

Compré todo lo necesario para hacer una sopa: pollo, verduras frescas, un paquete de fideos y algunas cosas extras, como zumo de naranja, galletas saladas y miel para la garganta.

También añadí a la cesta una caja de pañuelos de esos extrasuaves, después de ver el estado en el que tenía la nariz.

Después, me dirigí a una farmacia de guardia, que, por suerte, estaba a solo dos calles. La farmacéutica, una mujer mayor con gafas, escuchó atentamente mientras le explicaba los síntomas.

—Parece una gripe bastante fuerte —dijo asintiendo mientras seleccionaba varios medicamentos—. Aquí tiene un antitérmico, pastillas para la tos, un jarabe expectorante y estas pastillas para chupar que aliviarán el dolor de garganta.

Pagué, guardé todo en las bolsas y volví al edificio a paso ligero, sintiendo una urgencia que no podía explicar completamente. Como si cada minuto que pasaba lejos de Audra fuera un minuto desperdiciado.

Cuando llegué al apartamento, Peluso me recibió con un maullido que sonaba casi a reproche, como si me culpara por haber tardado tanto.

—Ya, ya, no me mires así —le dije, agachándome para acariciarle detrás de las orejas—. He vuelto lo más rápido que he podido.

El gato ronroneó brevemente antes de apartarse ofendido. Miré hacia el sofá y vi que Audra se había quedado dormida, en una posición imposible que le dejaría el cuello hecho polvo cuando despertara.

—Tu madre va a acabar con la espalda rota como siga durmiendo así —le comenté a Peluso, que me observaba desde la distancia como si evaluara mis intenciones.

Dejé las bolsas en la encimera de la cocina y me dirigí hacia el pasillo. La segunda puerta daba a su habitación.

Encendí la luz y eché un vistazo. La cama estaba sin hacer, con las sábanas revueltas, como si hubiera librado una batalla con ellas.

Había ropa desperdigada por el suelo y dibujos colgados en las paredes, algunos terminados y otros a medio hacer.

Era caótico, pero de alguna manera acogedor. Tan Audra.

Me acerqué a la cama, abrí las sábanas y ahuequé la almohada. Luego volví al salón, donde ella seguía durmiendo, respirando con dificultad por la nariz congestionada.

—Audra —dije en voz baja, acercándome al sofá—. Voy a llevarte a la cama, ¿vale?

Murmuró algo ininteligible, sin abrir los ojos. Sin pensarlo dos veces, la tomé en brazos. Pesaba sorprendentemente poco, como si su cuerpo fuera más ligero que su personalidad.

—¿Qué haces? —protestó débilmente, removiéndose sin fuerzas—. Puedo andar.

—Calla y déjate ayudar —respondí, ajustando mi agarre mientras la llevaba hacia la habitación.

Dejó de protestar y, para mi sorpresa, apoyó la cabeza en mi hombro. Podía sentir su aliento cálido en mi cuello, y el calor que irradiaba su cuerpo era preocupante. La fiebre seguía alta.

—No necesito un niñero —murmuró contra mi cuello.

—No —concedí, atravesando con cuidado el umbral de su habitación—. Solo a alguien que te cuide un poco. Todo el mundo merece y necesita a veces a alguien que lo cuide.

—Te odio —susurró.

—Lo sé —respondí con una pequeña sonrisa, entendiendo perfectamente lo que en realidad quería decir—. Es nuestro idioma particular, ¿no? Tú me odias, yo te saco de quicio. Y, aun así, aquí estamos.

—Qué trágico —murmuró, con un amago de sonrisa en sus labios resecos.

—Completamente —coincidí, mientras la depositaba con delicadeza en la cama.

Le quité la manta con la que venía envuelta desde el sofá, notando que estaba húmeda por el sudor de la fiebre, y la tapé con las sábanas limpias. Inmediatamente se hizo un ovillo, como un gato buscando calor.

—Voy a hacerte algo de comer —le dije, apartándole un mechón de pelo húmedo de la frente—. Después tomarás la medicación.

Asintió débilmente, sin abrir los ojos.

Salí del dormitorio, dejando la puerta entreabierta para poder oírla si me llamaba, y me dirigí a la cocina. Peluso me seguía como una sombra, observando todos mis movimientos.

Puse agua a hervir y empecé a preparar la sopa. Mientras cortaba las verduras, intenté poner un poco de orden en aquel caos. Recogí los pañuelos usados, los tiré a la basura, amontoné las tazas vacías en el fregadero y doblé las mantas que había esparcidas por el salón.

—Tu casa es un completo desastre, ¿lo sabías? —le comenté a Peluso, que se había subido a la encimera para supervisar mis tareas culinarias—. Aunque supongo que parte de la culpa es tuya. Apuesto a que tiras cosas al suelo solo por diversión.

El gato me miró con lo que solo podía interpretarse como indignación ofendida.

—Vale, lo retiro —concedí, echando los trozos de zanahoria y de cebolla en el agua hirviendo—. Toda la culpa es de tu madre. Seguro que tú intentas mantener el orden, pero es una causa perdida.

Peluso ladeó la cabeza, como evaluando mis palabras, y luego se sentó con toda su dignidad en el borde de la encimera, con la cola perfectamente enrollada alrededor de sus patas.

—¿Sabes qué es lo más extraño de todo esto? —le pregunté mientras cortaba más verduras—. Que hace poco más de un mes no podía ni verte, y ahora estamos aquí, teniendo una conversación más profunda que la mayoría de las que tengo con compañeros de trabajo.

El gato parpadeó despacio, un gesto que había leído en alguna parte que era una señal de confianza en el mundo felino.

—¿Puedo confesarte algo? —bajé la voz, como si realmente pudiera entenderme—. Creo que me estoy enamorando de tu dueña. Y es aterrador.

Peluso maulló con suavidad, lo que interpreté como una respuesta.

—Tienes razón —asentí, removiendo la sopa—. Ella probablemente me arrancaría la cabeza si me oyera decir eso. O se reiría en mi cara. No sé qué sería peor.

Seguí hablando con Peluso mientras cocinaba y limpiaba, consciente de lo absurdo de la situación.

Pero había algo curiosamente satisfactorio en poner un poco de orden en el caos de Audra, en preparar algo caliente para que se sintiera mejor, en cuidar de ella, aunque fuera solo por una noche.

Media hora después, mientras la sopa seguía cociendo a fuego lento y el aroma reconfortante de pollo y verduras comenzaba a inundar el apartamento, me apoyé en la encimera y contemplé el desorden parcialmente controlado.

Había conseguido recoger la mayor parte de los pañuelos usados y apilar las tazas sucias.

Peluso me observaba desde lo alto del frigorífico.

—Ya va siendo hora de que tu madre tome la medicación —le dije.

El gato ladeó la cabeza, lo que interpreté como una señal de acuerdo. O quizá solo estaba juzgando mi cordura.

Preparé meticulosamente la dosis de cada medicamento, leyendo tres veces cada prospecto, asegurándome de no equivocarme en nada. Separé las pastillas en un platito. No era solo el instinto básico de ayudar a alguien enfermo; era algo más profundo, más personal. Me importaba.

Llené un vaso con agua, añadí una cuchara para el jarabe y lo coloqué todo en una pequeña bandeja de madera que encontré escondida entre sartenes y cacerolas.

Antes de dirigirme a su habitación, me detuve a comprobar la sopa.

El caldo había adquirido un tono dorado, y el aroma me recordó a cuando mi abuela me preparaba lo mismo durante mi infancia, en aquellos días en los que estar enfermo significaba atención exclusiva y mimos extras.

—Vuelvo dentro de un momento —le dije a Peluso, que ya se había acomodado junto a los fogones, quizá atraído por el calor—. Intenta no quemarte, por favor.

Caminé despacio hacia el dormitorio, intentando no derramar el agua.

La puerta entreabierta dejaba escapar el sonido de una respiración dificultosa, entrecortada por pequeños accesos de tos.

Entré con cuidado, sintiendo que de alguna manera estaba adentrándome en un territorio íntimo, un espacio que revelaba más sobre Audra de lo que ella normalmente permitía.

La habitación estaba en penumbra, iluminada únicamente por la luz tenue que se filtraba desde el pasillo.

Audra seguía hecha un ovillo bajo las sábanas, con apenas un mechón de pelo rojo asomando.

Me acerqué y dejé la bandeja en la mesilla de noche, apartando con cuidado un despertador con forma de gato sonriente, varios lapiceros de colores y una pila de libros encabezada por un volumen desgastado de poesía.

Me senté despacio en el borde de la cama, dudando unos segundos antes de tocar su hombro.

—Audra —la llamé en voz baja, casi un susurro—. Tienes que tomar la medicación.

Se removió bajo las sábanas, emitiendo un sonido entre gruñido y quejido que encontré extrañamente adorable. Lentamente, como si le costara un esfuerzo sobrehumano, abrió los ojos. La mirada vidriosa que me devolvió hizo que mi preocupación aumentara. La fiebre seguía muy alta.

—Vamos, necesitas incorporarte un poco —dije pasando un brazo por detrás de sus hombros.

Sentí su cuerpo cálido, casi ardiendo, a través de la fina tela de su pijama. Era sorprendentemente ligera, como si toda esa personalidad explosiva estuviera contenida en un cuerpo que apenas pesaba. Con delicadeza, la ayudé a sentarse, apoyándola contra el cabecero de madera oscura.

—Esto es humillante —murmuró con voz ronca, apartándose un mechón de pelo que se le pegaba a la frente sudorosa.

—¿Qué parte? —pregunté, alcanzando el vaso de agua—. ¿Estar enferma o dejar que tu vecino insufrible te cuide?

—Ambas —respondió con un amago de su habitual mordacidad que me hizo sonreír.