27. Si no la oyes, no existe, o eso me digo a mí mismo
Si no la oyes, no existe, o eso me digo a mí mismo
Ryker
Las nueve y media de la noche y un silencio sepulcral. Eso era lo que me estaba volviendo completamente loco.
Llevaba un rato dando vueltas por el salón como un idiota, parándome de vez en cuando junto a la pared que separaba mi apartamento del de Audra, intentando captar cualquier sonido.
Pero nada. Ni el maullido histérico de Peluso, ni la voz desafinada de Audra cantando algo de Taylor Swift, ni siquiera el ruido de sus pasos.
Era extraño. A esas horas debería haber vuelto del trabajo, a no ser que hubiera quedado con alguien.
El móvil vibró en mi bolsillo por décima vez en los últimos quince minutos. El grupo. Cómo no. Desde que Elaila y Ender habían creado ese maldito grupo, no paraban de mandarse memeces a todas horas. Lo ignoré, como llevaba haciendo toda la tarde.
Volví a mirar el reloj, consciente de lo patético que resultaba mi comportamiento.
¿Desde cuándo me importaba tanto lo que hiciera la vecina?
Bueno, desde que había empezado a sentir cosas por ella, evidentemente.
Cosas que se intensificaban con cada día que pasaba, con cada pequeña interacción. Incluso con su ausencia, por lo visto.
No sabía qué hacer.
Miré hacia la puerta de mi derecha, como si pudiera atravesarla con la mirada y comprobar si Audra estaba en casa. Pero no, las puertas no eran transparentes, ni siquiera para los vecinos obsesionados.
Era raro. Llevaba sin oírla todo el día. Ningún sonido. Ni sus habituales discusiones matutinas con Peluso, ni el tintineo de su taza al desayunar, ni siquiera el rumor de la ducha.
El móvil volvió a vibrar. Lo saqué a regañadientes y vi que Elaila había etiquetado a Audra en un meme sobre gatos sin pelo a la moda, pero ella no había respondido. Si hasta su mejor amiga parecía desconocer su paradero, quizá realmente debería preocuparme.
Guardé el móvil de nuevo y me acerqué a la pared, tan cerca que casi podía sentir el tacto frío del yeso contra mi frente. «Esto es absurdo —me dije—. Eres un adulto, no un adolescente obsesionado con su crush ».
El problema es que eso era exactamente lo que parecía: un adolescente con las hormonas descontroladas, pendiente de cada movimiento de la chica que le gustaba. Solo que la chica en cuestión brillaba por su ausencia, y eso estaba empezando a inquietarme más de lo que quería admitir.
Me senté en el sofá, resignado. Quizá debería dejar de comportarme como un acosador y hacer algo normal, como contestar a ese grupo del que supuestamente formaba parte. Cogí el móvil y me dispuse a escribir.
Yo: ¿La parejita no tiene nada mejor que hacer que spammear el grupo con memes de gatos? ¿Tan aburrida es vuestra vida?
No pasaron ni tres segundos antes de que llegaran las respuestas.
Ender: Dice el tío que lleva todo el día desaparecido. ¿Quién es ahora el aburrido?
Elaila: Uy, perdona, ¿interrumpimos tus importantes asuntos en la lavandería del infierno?
Estaba a punto de contestar con algún comentario mordaz cuando lo oí: una tos. Una tos fuerte, de esas que salen desde lo más profundo de la garganta y te dejan sin aire. Venía del otro lado de la pared.
Guardé silencio, contuve la respiración para asegurarme. Y ahí estaba otra vez: otra tos, más ronca y prolongada que la anterior. Definitivamente venía del apartamento de Audra.
Me incorporé de un salto, sintiendo una mezcla de alivio (estaba viva, al menos) y preocupación (esa tos sonaba fatal). Dudé unos segundos sobre qué hacer. ¿Y si solo estaba resfriada y se enfadaba porque la molestaba? ¿Y si me mandaba a tomar viento por entrometerme? ¿Y si...?
«A la mierda», pensé. Si estaba bien, podría soportar su cabreo. Y si no lo estaba, me alegraría de haber ido.
Salí al rellano, cerré mi puerta y me planté frente a la suya. Llamé con los nudillos, primero suavemente y luego con más insistencia cuando no obtuve respuesta.
—¿Audra? —llamé, acercándome a la puerta—. ¿Estás bien?
—Déjame. —Su voz sonó tan ronca y débil que apenas la reconocí—. Vete.
—Abre la puerta —insistí, preocupándome más a cada segundo.
—No quiero. Vete —repitió, y le sobrevino otro ataque de tos.
—Si no abres, volveré a echar la puerta abajo —amenacé—. Y esta vez no será por un bicho.
Oí un gruñido seguido de un maullido que debía de ser de Peluso. Después, el sonido de pasos arrastrándose y el clic de la cerradura. La puerta se abrió apenas unos centímetros.
La visión que me encontré me dejó sin palabras.
Audra estaba envuelta en una manta enorme que le llegaba hasta los pies, con las mejillas tan rojas que parecían en llamas y el pelo recogido en un moño tan desastroso que desafiaba las leyes de la física.
Tenía la nariz completamente pelada, como si hubiera estado frotándosela con papel de lija, y los ojos vidriosos por la fiebre.
Estaba horrible. Y, aun así, sentí una punzada de ternura al verla tan vulnerable.
—Estás muerta —dije, sin poder evitar una mueca de preocupación.
—Muy gracioso —murmuró ella, con voz nasal—. Ya me has visto. Ahora vete.
Intentó cerrar la puerta, pero yo ya había colocado la mano para impedírselo. Sorprendentemente, no opuso resistencia. Quizá estaba demasiado débil para hacerlo, o quizá, en el fondo, no quería quedarse sola. De cualquier manera, sentí que había derribado un muro más.
Entré en su apartamento y me sorprendió encontrarlo sumido en una casi completa oscuridad.
Todas las persianas estaban bajadas, y solo la luz tenue de una lámpara en una esquina iluminaba el caos.
Había pañuelos usados por todas partes, tazas vacías en cada superficie y ese olor inconfundible que siempre acompaña a los constipados: una mezcla de mentol, sudor y tristeza.
Me acerqué a ella y, sin pedir permiso, le puse la mano en la frente. Estaba ardiendo, mucho más de lo que sería normal incluso con un resfriado fuerte.
—Joder, tienes mucha fiebre —dije, preocupado—. ¿Has ido a Urgencias?
—No —respondió, alejándose de mi mano para dirigirse al sofá, que estaba cubierto de pañuelos de papel, medicamentos y lo que parecían dibujos a medio hacer—. No podía moverme. Y tampoco quiero. No me gustan los hospitales.
Se tumbó con esfuerzo y se envolvió aún más en la manta, convirtiéndose en lo que solo podía describirse como un burrito humano. Solo su cara, roja y congestionada, asomaba por uno de los extremos.
Peluso apareció entonces y se subió al respaldo del sofá para observarme con desconfianza. Sin embargo, ahora solo podía pensar en Audra, temblando bajo su manta, con una fiebre que claramente necesitaba atención médica.
—¿Cuánto llevas así? —le pregunté, acercándome al sofá.
—Desde anoche. Suerte que me debían cuatro días de vacaciones.
Eché un vistazo alrededor. El apartamento era un completo desastre, incluso para los estándares habituales de Audra. Pañuelos usados, tazas vacías, mantas arrugadas y lo que parecía el contenido completo de su armario esparcido por el suelo.
—¿Has tomado algo? —pregunté, intentando no sonar tan preocupado como me sentía.
—Un ibuprofeno esta mañana —murmuró cerrando los ojos, como si incluso hablar le supusiera un esfuerzo sobrehumano.
—Eso no será suficiente —le dije negando con la cabeza—. ¿Has comido algo al menos?
—Lasaña —dijo tratando de incorporarse y fracasando miserablemente en el intento.
Asentí, procesando la situación. Tenía la cara tan roja que parecía a punto de explotar y, sin embargo, temblaba como si estuviera en medio de una tormenta de nieve. Necesitaba medicación adecuada, algo de comer y, sobre todo, no estar tirada en ese sofá rodeada de gérmenes.
—Vale, esto es lo que vamos a hacer —dije adoptando ese tono resolutivo que usaba en las reuniones de trabajo—. Voy a bajar al supermercado y a la farmacia de guardia. Compraré lo necesario para hacer una sopa y algo para esa tos y esa fiebre. Y mientras tanto, tú deberías meterte en la cama.
—Aquí estoy bien —protestó, envolviéndose aún más en la manta hasta parecer una oruga gigante.
—Ahí no estás bien —insistí, señalando el sofá cubierto de pañuelos usados—. Necesitas una cama de verdad.
Peluso eligió ese momento para soltar un maullido que, en mi imaginación desbordada, sonó a completo acuerdo con mi plan.
—¿Lo ves? Incluso tu gato está de mi parte —señalé, sintiéndome absurdamente triunfal por tener al felino como aliado.
—Mi sofá es muy cómodo para todo —murmuró.
No pude evitar reírme.
—Dudo mucho que para todo —repliqué, considerando lo incómodo que sería dormir ahí en su estado.
Sus ojos brillaron con un destello de picardía que la fiebre no había conseguido apagar.
—Eso aún no lo has probado —dijo con una voz que, a pesar de estar ronca, consiguió sonar muy sugerente.
Por un momento, me quedé sin palabras, procesando lo que acababa de insinuar. ¿Estaba Audra Emrin, en medio de su delirio febril, sugiriendo lo que yo creía? ¿O era mi imaginación, que me jugaba una mala pasada?
—Da igual —dije finalmente, aunque una sonrisa tonta se me formó en los labios sin poder evitarlo.
Audra me miró con esos ojos brillantes por la fiebre y soltó una risita que terminó en otro ataque de tos.
—¿Has pillado mi broma? —preguntó cuando pudo recuperar el aliento.
—Creo que sí —respondí, intentando mantener el tipo—. Veo que ni los virus pueden con tu sentido del humor.
—Ni con mi encanto natural —añadió, hundiéndose más en su nido de mantas.
—Eres una princesita enana y matona —dije negando con la cabeza—. Hasta con cuarenta de fiebre.
Ella negó débilmente, cerrando los ojos por un momento. Parecía agotada.
—¿Puedo coger tus llaves? —le pregunté, señalando el bolso que asomaba por debajo de una pila de revistas en la mesita.
Asintió sin abrir los ojos. Me acerqué, rebusqué en su bolso y encontré un manojo de llaves con un llavero de un gato de colores chillones que me arrancó una sonrisa.
—¿En serio? —dije levantándolo—. ¿Un gato? ¿No era demasiado obvio?
—Es irónico —murmuró, con los ojos aún cerrados—. Como mi vida.