Contigo ni en el ascensor 26. Epifanías con café y un mejor amigo demasiado enamorado #2
66%

26. Epifanías con café y un mejor amigo demasiado enamorado #2

—Al contrario —dijo con una convicción que me dejó descolocado—. Me tranquiliza. Es como tener un mapa para el futuro, pero uno que realmente me apetece seguir.

Guardé silencio, procesando sus palabras.

¿Un mapa para el futuro? Yo siempre había tenido mi propio mapa, meticulosamente trazado: ascensos en el trabajo, inversiones, la casa en las afueras que llevaba semanas considerando comprar.

Pero últimamente, en ese mapa empezaba a aparecer una silueta pelirroja con la que no contaba. Y eso me aterraba tanto como me atraía.

—¿Qué hay de ti y de Audra? —La pregunta de Ender me sacó bruscamente de mis pensamientos—. Os vi el otro día en el grupo. Parecíais muy cómodos juntos.

Suspiré, frotándome la nuca. Ya no tenía sentido negarlo, no después de que me hubiera presentado en su casa semanas atrás, prácticamente confesando que estaba colado por ella.

—Es complicado —admití al fin—. Ya sabes lo que me dijo Elaila aquel día. Lo de sus muros, lo de su ex, toda esa mierda que le hizo. No quiero meter la pata y que se aleje completamente.

Ender asintió comprensivamente.

—Ya, pero desde entonces habéis avanzado, ¿no? Os vi en esa foto del gimnasio, y Elaila me contó que cenasteis juntos el otro día.

—Sí, vimos Shrek mientras nos poníamos hasta arriba de hamburguesas —confirmé, sin poder evitar una sonrisa al recordarlo—. Y fue... fue genial, tío. Se puso un pijama peludo verde que la hacía parecer un peluche enorme, y estuvimos bromeando toda la noche. Hacía tiempo que no me reía tanto.

—Ya veo —dijo Ender con una sonrisa cómplice—. ¿Y eso te asusta?

—Lo que me asusta es que, sí, me gusta. Mucho.

Más de lo que debería —confesé bajando la voz, aunque no hubiera nadie cerca—.

Pero no sé qué hacer con eso. Cuando intento dar un paso más, noto cómo se tensa, cómo pone distancia.

Y luego hay momentos en los que parece que ella también. .., no sé, que hay algo ahí.

—¿Has probado a hablar con ella? —sugirió mi amigo.

Solté una risa seca.

—¿Y decirle qué exactamente? «Oye, sé que me odiabas hasta hace unas semanas, pero creo que me estoy enamorando de ti, aunque sé que tienes tanto miedo al compromiso que prácticamente huyes cuando un desconocido sonríe en tu dirección». Seguro que eso funciona de maravilla.

—Vale, quizá no en esos términos —concedió Ender, riéndose—. Pero Elaila dice que Audra necesita tiempo, que ha pasado por mucho. Si realmente te importa, quizá lo mejor sea ir poco a poco.

—Eso es lo que he estado haciendo. —Suspiré frustrado—. Cenas improvisadas, gimnasio, la ayudo con el bricolaje... Vamos, que ya solo me falta adoptar un gato calvo para demostrarle que me importa. Pero siento que estoy caminando por un campo de minas. Un paso en falso y todo se va a la mierda.

Ender me miró con compasión.

—Nunca pensé que llegaría el día en que te vería así por una chica —comentó, negando con la cabeza—. Tú, el rey del «una noche y fuera», sufriendo porque no sabes cómo acercarte a una mujer.

—Ya, es irónico —admití con amargura—. Y lo peor es que no puedo quitármela de la cabeza.

El otro día fui a ver una casa, ya sabes, para comprar.

Y todo el rato estaba pensando que las paredes eran demasiado gruesas, que no podría oírla cantar en la ducha.

¿Te das cuenta de lo absurdo que es eso?

Me he pasado meses quejándome de sus desafinaciones matutinas, y ahora la idea de no oírlas me parece insoportable.

—Eso, amigo mío —dijo él, señalándome con su dedo—, es lo que se llama «estar hasta las trancas».

—No me ayudas —gruñí, hundiendo la cara entre las manos.

—Al contrario —replicó—. Te estoy haciendo ver lo que ya sabes, pero no quieres admitir del todo: que esto va más allá de un simple capricho. Que realmente te importa. Y que estás dispuesto a esperar, a ir a su ritmo, porque crees que vale la pena.

Levanté la vista, considerando sus palabras. Tenía razón, maldita sea. A pesar de todos mis intentos de negarlo, de racionalizarlo, de contenerlo en una casilla ordenada, lo que sentía por Audra se había desbordado. Y eso me hacía sentir más vulnerable de lo que me había sentido en años.

—¿Y si la cago? —pregunté, verbalizando mi mayor miedo—. ¿Y si no puedo ser lo que ella necesita?

—Esa es la gran pregunta, ¿no? —respondió Ender, encogiéndose de hombros—. La que todos nos hacemos cuando alguien nos importa de verdad. No hay garantías, tío. Solo puedes intentarlo y esperar lo mejor.

—¿Así fue con Elaila?

—Sí y no. Con Elaila todo fue muy natural desde el principio. Como si nos conociéramos de toda la vida. Pero, aun así, tuve miedo. Todavía lo tengo a veces. Miedo a no estar a su altura, a decepcionarla. Creo que es normal cuando quieres a alguien.

Sus palabras se quedaron flotando entre nosotros, cargadas de una verdad que empezaba a comprender demasiado bien.

—La verdad es que quiero besarla —confesé, bajando la voz como si las paredes de la cafetería pudieran oírme—. Quiero hacerlo, pero no sé cómo ni cuándo. Ni siquiera estoy seguro de si debería intentarlo.

Ender frunció el ceño, adoptando esa expresión de hermano mayor que a veces me sacaba de quicio.

—Quizá no deberías —respondió, removiendo lo que quedaba de su café—. Quizá eso la eche para atrás, Ryker. No es tan sencillo como con otras chicas.

Me pasé la mano por el pelo, exasperado. No era la primera vez que teníamos esa conversación, pero nunca había sido tan explícito sobre mis intenciones.

—Es una mujer complicada, ya lo sé —admití.

—¿Y eso te detiene? —preguntó Ender, estudiándome con atención.

—No —respondí sin dudar—. Para nada. Al contrario, quiero atravesar esos malditos muros. Y una vez dentro, quedarme allí, aunque los muros que permanezcan caigan sobre mí.

Sentí un hormigueo en el pecho mientras las palabras salían de mi boca. Era la primera vez que verbalizaba lo que llevaba días sintiendo, lo que me despertaba por las noches y me hacía replantearme cada decisión.

—Aunque ella siga intentando alejarse —continué, sorprendiéndome a mí mismo por la intensidad de mi voz—. Necesito acercarme, ¿entiendes? Necesito que uno de esos ladrillos me golpee en la cara si hace falta.

Mi amigo soltó una risita, negando con la cabeza como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.

—Eres un puto poeta cuando te da —comentó, antes de volver a ponerse serio—. Mira, Elaila me ha contado bastante sobre Audra. Es normal, se conocen desde críos.

Asentí, recordando las advertencias que Elaila me había hecho aquel día. Sobre los muros de Audra, sobre su ex, sobre cómo debía ir con cuidado.

—Cuando ya llevaba bastante tiempo de relación con ese tío, Elio —continuó Ender, cruzando los brazos sobre la mesa—, Audra y ella estuvieron seis meses sin hablarse.

—¿Seis meses? —repetí sorprendido. Por lo que había visto, Elaila y Audra parecían inseparables—. ¿Por qué?

—Porque Audra estaba muy mal y no quería que nadie lo supiera —explicó con gravedad—. Nadie, ni siquiera su mejor amiga. Elaila fue quien se acercó, preocupada, y discutieron muchísimo. Tanto que dejaron de hablarse.

Intenté imaginar a Audra, mi Audra con su fuego y su descaro, tan hundida como para alejar a la única persona que probablemente intentaba ayudarla. Sentí una opresión en el pecho que me resultó casi dolorosa.

—Ha mejorado muchísimo con respecto al año pasado —prosiguió Ender—. Fue a terapia, trabajó mucho en sí misma. Pero, según Elaila, jamás volvió a ser la misma.

Me quedé en silencio, procesando la información. No era la primera vez que oía que Audra había cambiado, que se había vuelto más reservada, más desconfiada.

—Elaila tiene mucho miedo —me confesó, mirándome fijamente—. Y yo, como su novio, y como alguien que ve las cosas desde fuera, creo que deberías ir con cuidado.

—¿Por qué? —pregunté, aunque conocía la respuesta.

—Porque te conozco, Ryker —dijo sin rodeos—. Sé cuál ha sido tu recorrido con las tías. Y ella no es cualquiera. Esto va más allá de un ligue, incluso más allá de un amor.

Estamos hablando de una persona que se ha recompuesto poco a poco, sin ser nada.

—Fue a terapia —lo corregí—. No lo hizo sola.

—Lo sé —concedió—. Pero una cosa es que un profesional te ayude a poner los cimientos y otra muy distinta, reconstruir lo que había antes. Eso lo hizo sola, ladrillo a ladrillo.

La imagen que Ender estaba pintando me provocaba sentimientos contradictorios. Por un lado, admiración por esa fuerza interior que Audra debía de poseer para haberse recuperado de algo así. Por otro, una rabia intensa hacia el cabrón que le había hecho tanto daño.

—Mira, no quiero ponerme en modo protector —continuó Ender—, pero entiende que Elaila la quiere como a una hermana. Y después de todo lo que ha pasado Audra, es normal que esté preocupada.

—Lo entiendo —murmuré.

Y lo entendía de verdad. Si alguien le hubiera hecho eso a Emma, yo también querría arrancarle la cabeza a cualquiera que se acercara a ella con intenciones poco claras.

—¿Y qué quieres que haga? —pregunté con una frustración que no conseguía disimular—. ¿Que me aleje? ¿Que finja que no siento lo que siento?

Ender negó con la cabeza.

—No, quiero que seas consciente de lo que implica todo esto —respondió—.

Que no es un juego, que no es una chica más.

Que, si decides seguir adelante, tienes que estar dispuesto a aceptarla con todo su equipaje, con todas sus cicatrices.

Y, sobre todo, que debes darle el tiempo que necesite, aunque eso signifique ir más lento de lo que estás acostumbrado.

Había pasado tanto tiempo pensando en lo que yo sentía, en mis propias dudas y miedos, que no había considerado completamente lo que significaba para Audra dejar entrar a alguien de nuevo. El nivel de confianza, de vulnerabilidad que eso requeriría por su parte.

—No quiero hacerle daño. Es lo último que quiero.

—Lo sé —asintió Ender—. Pero las intenciones no siempre son suficientes. A veces hacemos daño sin querer, simplemente porque no entendemos del todo lo que la otra persona necesita.

Me quedé mirando mi taza vacía, sintiendo el peso de la responsabilidad que implicaban mis sentimientos por Audra. No era solo una atracción, ni siquiera solo amor. Era la posibilidad de ayudar a alguien a sanar por completo, o de empeorarlo todo irremediablemente.

—¿Crees que debería alejarme? —pregunté, temiendo su respuesta.

Él pareció considerarlo seriamente antes de contestar.

—No —dijo al fin—. Creo que deberías seguir como hasta ahora. Siendo su amigo, ganándote su confianza poco a poco. Y dejando que sea ella quien marque el ritmo.

—Eso puede llevar tiempo —murmuré.

—¿Y? —replicó Ender—. ¿Tienes prisa por ir a alguna parte?

La pregunta me pilló desprevenido. La verdad es que no, no tenía prisa. No había otro lugar donde quisiera estar más que cerca de Audra, aunque fuera solo como su vecino insoportable, como el tío que la ayudaba a colgar cuadros y compartía hamburguesas con ella mientras veían Shrek .

—Supongo que no —admití.

—Entonces dale tiempo —concluyó Ender—. Y si de verdad es importante para ti, si de verdad quieres atravesar esos muros y quedarte dentro, demuéstraselo. No con palabras, sino con hechos. Estando ahí, día tras día, sin presionar, sin exigir.

—¿Crees que funcionará? —pregunté, y de inmediato odié la nota de desesperación que se coló en mi voz.

Mi amigo se encogió de hombros.

—No tengo ni idea —respondió con honestidad—. Pero si hay alguna posibilidad de que funcione, será así. Con paciencia, con constancia. Demostrándole que eres diferente de lo que conoce, de lo que teme.

Asentí despacio, procesando su consejo. No era lo que quería oír, pero quizá resultaba necesario. La confirmación de que eso no sería fácil ni rápido, pero que merecía la pena intentarlo.

Y, mientras pagábamos la cuenta y nos preparábamos para irnos, me pregunté si sería capaz de ser el hombre que Audra necesitaba. No el que siempre había sido, directo y resolutivo, sino uno que supiera esperar, que entendiera el valor del tiempo y la paciencia.

Solo había una forma de averiguarlo.