Contigo ni en el ascensor 26. Epifanías con café y un mejor amigo demasiado enamorado
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26. Epifanías con café y un mejor amigo demasiado enamorado

Epifanías con café y un mejor amigo demasiado enamorado

Ryker

Acababa de salir de ver una casa antigua a solo diez minutos de mi apartamento en coche.

No sabía exactamente qué me había llevado hasta allí.

La agente inmobiliaria me había enviado el anuncio casi por casualidad: «Necesita reforma integral, pero tiene potencial», y algo en aquellas fotografías borrosas me había llamado tanto la atención que había concertado la visita para esa misma mañana.

Era un desastre: paredes desconchadas, suelos levantados, instalaciones obsoletas.

.., aunque había algo en aquel espacio que me resultaba extrañamente familiar.

Quizá era la luz que entraba a raudales por las ventanas redondeadas, o ese pequeño espacio circular que parecía estar pidiendo a gritos ser algo especial.

Me recordaba a Audra, aunque no sabía exactamente por qué.

Al espacio que ella necesitaría para crear, tal vez.

A la calidez que desprendía, a pesar del caos.

Era absurdo, por supuesto, pensar en ella mientras visitaba una propiedad, pero últimamente todo me llevaba a ella, como si mi brújula interior se hubiera reconfigurado para señalar en su dirección.

Seguía dándole vueltas a la casa cuando entré en la cafetería donde había quedado con Ender.

Nunca había visto a un ser humano adulto tan absolutamente patético.

Y lo digo con todo el cariño del mundo, porque Ender era mi mejor amigo desde que éramos dos críos compartiendo cromos en el patio del colegio.

Pero ahí estaba, contemplando su café con la mirada perdida y esa sonrisa de imbécil que no se le había borrado en las últimas semanas.

—¿Se puede saber qué te pasa? —le pregunté, dando un sorbo a mi americano—. Llevas cinco minutos mirando al vacío como si hubiera un portal interdimensional flotando sobre mi cabeza.

Ender parpadeó, volviendo a la realidad, y se encogió de hombros con esa expresión de felicidad absurda que me provocaba entre envidia y ganas de darle una colleja.

—Perdona, tío. Me he distraído.

—Ya, pensando en Elaila, supongo —comenté sin poder evitar una sonrisa burlona—. ¿Qué tal os va en la tienda? ¿Algún friki insoportable últimamente?

La pregunta pareció devolverle toda la energía. Ender trabajaba en una tienda de videojuegos y consolas que era el paraíso de cualquier jugador y el infierno de cualquier dependiente con paciencia limitada.

—Genial, tío. Hemos recibido la nueva consola y se está agotando como si la regalaran.

Los padres están desesperados con la Navidad a la vuelta de la esquina —explicó con entusiasmo—.

Aunque el otro día tuve que lidiar con un chaval que quería devolvernos un juego porque, según él, «era demasiado difícil y nadie lo había avisado».

—¿Y qué hiciste?

—Le expliqué que lo que decía en la descripción significaba literalmente «te vas a morir cincuenta veces antes de pasar de la primera pantalla». No coló —añadió riéndose—. Pero el jefe me respaldó. Ventajas de llevar cuatro años en el negocio.

Asentí, observándolo. Había algo distinto en Ender últimamente.

Seguía siendo el mismo tío despreocupado de siempre, con su perpetua camiseta de alguna serie friki y su capacidad para convertir cualquier conversación en un debate sobre por qué El Imperio contraataca era objetivamente la mejor película de Star Wars .

Pero había algo más, una especie de... ¿madurez? , ¿serenidad?

—¿Y qué tal con Elaila? —pregunté, yendo al grano—. Vais a hacer, ¿cuánto? ¿Un mes y medio?

La sonrisa que se le dibujó en la cara habría iluminado un estadio entero.

—El miércoles que viene —confirmó, como si estuviera contando los días, las horas y los minutos—. Y, tío... —bajó la voz, inclinándose sobre la mesa como si estuviera a punto de confesarme un secreto de Estado—, jamás había sentido algo así. Es que... no sé explicarlo.

—Inténtalo —lo animé. Ver a Ender, el soltero empedernido, completamente enganchado a alguien era un verdadero espectáculo.

—Es que Elaila lo es todo, tío —dijo con una sinceridad que me pilló desprevenido—.

Es divertida, inteligente, no se toma nada demasiado en serio, pero a la vez es superleal con lo que le importa.

Cuando estoy con ella, el tiempo vuela. Y cuando no estoy con ella, solo pienso en cuándo vamos a volver a vernos.

Dio un sorbo a su café, como para darse tiempo a encontrar las palabras.

—No me imagino con otra persona, Ryker —continuó, y la seriedad en su voz era algo que rara vez le había oído—. No ahora, ni en un mes, ni en diez años. Es que... la quiero, tío. Joder, es que la quiero tanto que a veces me asusta.

Me quedé mirándolo, sin saber muy bien qué decir. Nunca había visto a Ender así, tan vulnerable y al mismo tiempo tan seguro. Era como si hubiera descubierto algún secreto del universo que el resto de nosotros, pobres mortales, aún no comprendíamos.

—¿Y no te agobia? —pregunté finalmente—. Quiero decir, hace tres meses tu idea de compromiso era reservar mesa para una segunda cita.

Él soltó una carcajada.

—A mí me sorprende más que a nadie, créeme —admitió, negando con la cabeza—. Pero es que con ella es diferente. No es que me esté obligando a ser monógamo o algo así. Es que, sinceramente, no quiero estar con nadie más. No lo necesito. Con Elaila tengo... todo.

«Todo». La palabra quedó flotando entre nosotros, cargada de un significado que me resultaba a la vez fascinante y aterrador. ¿Era posible que alguien pudiera ser todo para otra persona? ¿No era eso una responsabilidad demasiado grande? ¿O quizá era precisamente eso lo que buscábamos todos?

Tenía que reconocer que, en realidad, eso no me sorprendía.

Ender siempre había sido el más sensato de los dos.

Siempre había hablado de sentar la cabeza antes que yo, de madurar, de formar una familia algún día.

La diferencia es que nunca había tenido prisa.

Al contrario, parecía disfrutar de su soltería como si fuera un estado de gracia que había que exprimir al máximo.

Pero no esperaba que fuera a ser tan rápido. Tan fulminante. Aunque, viéndolo ahora, con esa sonrisa permanente y esa mirada de pertenecer por fin a algún lugar, era evidente que estaba pillado hasta las trancas. Completamente enamorado de Elaila.

—Y el sexo, ¿qué tal? —pregunté sin rodeos—. ¿Está a la altura de toda esa palabrería romántica?

Ender se rio y se frotó el rostro con ambas manos, como si necesitara un momento para procesar la pregunta. Cuando me miró de nuevo, tenía las mejillas ligeramente sonrojadas, lo que ya era toda una respuesta en sí misma.

—Es maravilloso, tío —admitió con una mezcla de confianza y respeto—. Ella es maravillosa. Al principio era un poco raro, ¿sabes? Porque había demasiados sentimientos de por medio. No era como otras veces.

Dio otro sorbo a su café antes de continuar.

—Desde la primera noche, no he podido pensar en otra. Es como si hubiéramos encajado a la perfección.

No pude evitar sonreír ante su sinceridad.

Ender siempre había sido así: dulce, cariñoso, más blando que yo, por decirlo de alguna manera.

Era el típico tío que recordaba aniversarios, que preparaba sorpresas elaboradas, que se emocionaba con las comedias románticas que a mí me provocaban urticaria.

Y parecía que esa parte de su personalidad encajaba perfectamente con Elaila, que, a pesar de su carácter fuerte, tenía esa vena romántica que se complementaba con la suya.

—¿Y nunca discutís? —pregunté, genuinamente curioso—. Quiero decir, todas las relaciones tienen sus roces, sus momentos complicados.

—Claro que discutimos —respondió, encogiéndose de hombros—.

El otro día casi me mata porque cambié su configuración de la tele y no podía encontrar sus series.

Y yo me cabreé cuando llegó una hora tarde a cenar porque se quedó cotilleando con una clienta.

Pero es que incluso discutir con ella es diferente, ¿sabes?

—Diferente, ¿cómo? —insistí, tratando de entender qué tenía esa relación que la hacía tan especial para él.

—Discutimos, nos enfadamos, pero luego hablamos.

De verdad, quiero decir. No hay drama, no hay portazos, no hay silencios que duran días.

Es todo muy... adulto —explicó, y parecía algo sorprendido por su propia descripción—.

Y reconciliarse..., bueno, esa es la mejor parte —añadió con una sonrisa pícara.

—¿Cuánto dura el enfado? ¿Media hora?

—A veces menos —admitió, con una sonrisa que dejaba claro que no le importaba lo más mínimo ceder en una discusión si eso significaba volver a estar bien con ella—. Es que, cuando la miro, se me olvida por qué estaba enfadado.

—Dios, das vergüenza ajena —me burlé, aunque sin maldad—. Te has convertido en uno de esos novios empalagosos que tanto criticabas.

—Lo sé —confesó sin rastro de arrepentimiento—. Y me importa una mierda. Nunca he sido más feliz en mi vida.

Lo miré detenidamente, buscando algún rastro de duda, alguna grieta en esa fachada de felicidad absoluta.

Pero no había nada. Mi amigo, el escéptico del amor que solía bromear sobre los «pobres idiotas encadenados» cuando veíamos parejas en la calle, ahora era uno de ellos.

Y lo peor es que parecía encantado con su nueva condición.

—¿Y ya habéis hablado de... futuro? —pregunté intentando sonar casual, aunque la palabra me provocaba una especie de escozor en la garganta.

Ender dio vueltas a su taza, como si estuviera considerando cuidadosamente su respuesta.

—No de forma explícita, pero hay cosas que se dan por hecho —respondió finalmente—.

Como que pasaremos las Navidades juntos, que conoceré a sus padres cuando vengan el mes que viene, o que me acompañará a la convención de cómics de primavera.

Son planes, ¿sabes? Cosas que implican que seguiremos juntos dentro de seis meses.

—¿Y eso no te agobia?