Contigo ni en el ascensor 25. ¿Cómo se supone que elijo casa y emociones a la vez? #4
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25. ¿Cómo se supone que elijo casa y emociones a la vez? #4

Mi futuro se bifurcaba ante mí como un camino con dos senderos claramente marcados: podía elegir el orden, la previsibilidad, la paz que viene con el silencio y la soledad. O podía arriesgarme a algo más caótico, más impredecible. Más real.

¿Cómo podría volver a la tranquilidad de mi apartamento después de haber experimentado el caos vibrante del de Audra? ¿Cómo podría conformarme con el silencio cuando había oído su risa?

Quería acercarme más a ella, pero tenía que ir con cuidado. Elaila me lo había advertido: Audra tenía muros altos por una razón. Alguien le había hecho tanto daño que había decidido encerrarse para protegerse. Y lo último que deseaba era causarle más dolor.

Pero, a la vez, sabía que ya era demasiado tarde para mí. Lo que había empezado como una atracción física, como una curiosidad por esa vecina irritante que cantaba temas de Taylor Swift a deshoras, se había transformado en algo más profundo. Algo que no podía ignorar, por mucho que lo intentara.

Solo que ella probablemente no sentía lo mismo.

Para Audra, seguramente yo seguía siendo el vecino pedante, el musculitos obsesionado con el orden.

Una molestia con la que ahora tenía una tregua, nada más.

Y aunque eso dolía, tenía que aceptarlo.

Tenía que conformarme con lo que ella estuviera dispuesta a darme.

El timbre me sacó de mis pensamientos. Audra saltó del sofá y corrió hacia la puerta, aparentemente tan ansiosa como yo por distraerse con la comida.

—¡Por fin! —exclamó al abrir, y su entusiasmo me arrancó una sonrisa—. Me muero de hambre.

Pagué al repartidor a pesar de sus protestas.

—«Es mi casa, yo debería pagar», argumentó, pero me negué rotundamente— y volvimos al salón con nuestro botín.

—¿Y si vemos una peli mientras comemos? —sugirió, dejando las bolsas en la mesita.

Sin decirlo, ambos nos sentamos en la alfombra en lugar del sofá, como niños preparándose para un pícnic improvisado. Audra puso Shrek en la tele, porque según ella «es un clásico que nunca falla, y si no te gusta, no podemos ser amigos», y empezamos a desenvolver las hamburguesas.

El aroma a carne recién hecha, queso fundido y pan tostado invadió el salón, mezclándose con el olor dulzón del kétchup y el vinagre de los pepinillos.

—Dios, esto huele de maravilla —murmuró Audra, contemplando su hamburguesa como si fuera una obra de arte—. Incluso tiene mejor aspecto de lo que esperaba.

Dio un mordisco entusiasta y cerró los ojos con expresión de éxtasis. Una gota de salsa se deslizó por la comisura de sus labios, y tuve que reprimir el impulso de limpiarla con mi pulgar.

—Toma —dije en su lugar, ofreciéndole una servilleta.

—Gracias —respondió, pero antes de que pudiera limpiarse, el gato saltó a su regazo, casi haciendo que se le cayera la hamburguesa—. ¡Peluso! ¡Compórtate!

El animal la ignoró olímpicamente y se estiró para olfatear mi comida. Sin pensarlo demasiado, arranqué un pedacito de carne y se lo ofrecí en la palma de la mano.

—No deberías darle —me advirtió Audra—. Ahora ya te verá como una máquina expendedora de comida.

Peluso devoró el trozo con delicadeza y luego, como para demostrar que Audra tenía razón, se quedó mirándome fijamente, esperando más.

—Lo siento, amigo —le dije, rascándole detrás de las orejas—. Ración única. No quiero enfadar a tu madre.

Audra puso los ojos en blanco, pero sonrió.

—Es imposible enfadarse contigo —dijo, y por un momento pensé que se refería a mí, hasta que añadió—: ¿Verdad, Peluso? Te sales con la tuya siempre.

En la pantalla, Shrek discutía con Asno mientras avanzaban por el bosque. La luz del televisor bailaba sobre las facciones de Audra, suavizándolas, haciéndola parecer más joven, más vulnerable. Más real.

—Prueba —dijo de repente, ofreciéndome su hamburguesa—. Te aseguro que la mía está mejor que la tuya.

Acepté el bocado directamente de su mano, sin pensar en lo íntimo del gesto hasta que nuestras miradas se cruzaron.

—No está mal —admití, aunque en realidad estaba deliciosa—. Pero sigo prefiriendo la mía.

—Mentiroso —replicó con esa sonrisa torcida que hacía que me dieran ganas de besarla—. Si se te nota en la cara que te ha encantado.

Le ofrecí entonces un bocado de la mía y ella lo aceptó con un entusiasmo exagerado, haciendo ruiditos de satisfacción tan cómicos que no pude evitar reírme. Al masticar, una gota de queso quedó en su barbilla sin que se diera cuenta.

Esa vez, no me contuve. Extendí la mano y, con delicadeza, limpié la mancha con mi pulgar. Ella se quedó quieta, con los ojos muy abiertos.

—Tenías queso —expliqué, señalando mi propia barbilla.

—Oh —murmuró, y sus mejillas se tiñeron ligeramente de rosa—. Gracias.

Volvimos a la película y a nuestras hamburguesas, pero algo había cambiado en el ambiente.

Comimos entre comentarios sobre la película, risas compartidas y alguna que otra provocación mutua.

«Seguro que tú eres como lord Farquaad, todo obsesionado con el orden y la perfección», me había dicho, a lo que respondí que entonces ella debía de ser el Dragón, «todo fuego por fuera, pero con un corazón sorprendentemente tierno por dentro».

Peluso, satisfecho con su trozo de carne, se había instalado entre nosotros, observando la película y sirviéndonos de cómoda barrera física que aliviaba algo de la tensión.

Cuando terminamos de comer, me recosté contra el sofá, sintiéndome inexplicablemente feliz.

Había algo en esa noche, en la simplicidad de compartir una cena y una película con Audra y su gato, que me llenaba de una calidez que hacía años que no sentía.

No desde que era niño y mis padres estaban juntos, y los domingos por la tarde eran para películas y palomitas en el sofá de casa.

¿Cómo podía algo tan simple como eso sentirse tan especial?

¿Tan correcto? Me había acostumbrado tanto al frío de mi propia existencia meticulosamente ordenada que había olvidado lo que era sentir calor humano real.

El calor que viene de compartir risas, comida, un espacio.

De sentirse, por una vez, no solo visto, sino también comprendido.

No quería perder eso. No quería volver a sentir el frío de mi apartamento vacío, de mi vida perfectamente estructurada, pero carente de verdadera conexión.

No quería volver a un mundo donde Audra no fuera más que la vecina ruidosa al otro lado de la pared, donde nuestros únicos intercambios fueran pullas y quejas.

No deseaba volver a una vida donde ella no existiera en mi día a día, caótica, frustrante y perfecta precisamente porque no lo era en absoluto.

Y, mientras la veía reír con la película, con las piernas cruzadas sobre la alfombra y Peluso ronroneando a su lado, supe que tendría que tomar una decisión. La casa adosada o ese caos. La soledad perfecta o el desorden compartido. La seguridad de lo conocido o el riesgo de lo que podría ser.

Aunque esa decisión ya parecía estar tomada.