Contigo ni en el ascensor 25. ¿Cómo se supone que elijo casa y emociones a la vez? #3
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25. ¿Cómo se supone que elijo casa y emociones a la vez? #3

—¿Te apetecen unas pizzas? —solté finalmente, como quien salta al vacío sin paracaídas—. Iba a llamar y, bueno, siempre piden que encargues un mínimo para que te las traigan, así que...

Ella abrió los ojos, ligeramente sorprendida por la propuesta.

«¿En qué estás pensando, Lancer? Es una locura.

Has quedado como un adolescente nervioso.

¿Qué narices estás haciendo? Elaila te advirtió específicamente que no hicieras esto, que le dieras espacio.

Y aquí estás, sudando como un adolescente y balbuceando sobre pizzas.

Va a pensar que es una cita. Espera, ¿es una cita?

No, claro que no. Solo son unas malditas pizzas».

«Genial, Lancer. Lo has estropeado todo en tres segundos».

—Pizza no —respondió ella, y sentí cómo mi corazón caía en picado.

«Te lo dije —se burló la voz pesimista en mi cabeza—. Demasiado pronto».

—Pero hamburguesa con patatas, sí —añadió con una pequeña sonrisa que hizo que mi pulso se acelerara de nuevo.

—Perfecto —dije, intentando no sonar tan aliviado como me sentía—. Conozco un sitio que reparte hasta tarde. Hacen unas patatas crujientes por fuera y blandas por dentro que son una pasada. Voy a por mis llaves —añadí señalando la puerta—. Ahora vuelvo.

Salí deprisa de su apartamento, intentando ordenar mis pensamientos. ¿Qué narices estaba haciendo? ¿Cena improvisada con Audra? Un mes antes me habría parecido absurdo. Y ahora, de alguna manera, parecía lo más natural del mundo.

Volví a mi piso, cogí el móvil y las llaves, y regresé al suyo en tiempo récord. Cuando entré, la encontré jugueteando con el móvil, con Peluso instalado en su regazo. Había algo en aquella escena cotidiana que me resultaba extrañamente atractivo.

«Contrólate, Ryker. Solo son hamburguesas».

Me temblaban ligeramente las manos mientras marcaba el número del restaurante que tenía grabado en la memoria, algo que no me pasaba desde..., bueno, tal vez nunca.

Al tercer tono, una voz adormilada me contestó al otro lado de la línea.

—Búrguer, buenas noches. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Buenas noches —respondí con mi tono más formal—. Quería hacer un pedido a domicilio.

Audra dejó el móvil y se acercó rápidamente, inclinándose junto a mí para escuchar la conversación. Su cercanía repentina, con su pelo rozándome la mejilla y su aroma a vainilla inundando mis sentidos, me dejó en blanco por un momento.

—Dile que pongan mucho queso —susurró, tan cerca que sentí su aliento cálido en mi oreja.

Asentí, intentando concentrarme en la llamada y no en lo agradable que resultaba su proximidad.

—Sí, la dirección es calle Dertoru, número 5, piso 8. º A —le indiqué al dependiente, que parecía estar anotándolo todo con la velocidad de un perezoso con artritis.

—¿Qué tipo de hamburguesas tienen? —preguntó Audra en voz alta, ignorando completamente que estaba al teléfono.

Le hice un gesto para que bajara la voz, lo que ella interpretó como una invitación para acercarse aún más y pegar su oreja al teléfono. Me reí, disfrutando de su entusiasmo.

—¿Señor? ¿Sigue ahí?

—Sí, perdone. Quería pedir... —Miré a Audra, que esperaba con expresión expectante—. ¿Qué hamburguesas quieres?

—No lo sé —respondió con naturalidad, como si tuviera toda la noche para decidirse—. ¿Qué tienen?

Sonreí, preparándome para lo que intuía sería un largo proceso de selección.

—¿Podría decirme qué tipos de hamburguesas tienen disponibles? —pregunté al dependiente.

—Tenemos la clásica, la de queso, la doble de queso, la BBQ, la mexicana con guacamole, la vegana, la de pollo crujiente, la de pollo a la parrilla, la especial de la casa con tres carnes diferentes, la italiana con mozzarella...

A medida que el chico recitaba la lista, Audra iba cambiando de expresión, desde el interés hasta la duda absoluta.

—Para, para —me interrumpió, apretando mi brazo—. ¿Ha dicho vegana? Pregúntale de qué está hecha exactamente.

—Disculpe, ¿la hamburguesa vegana de qué está hecha exactamente? —pregunté, divirtiéndome con la situación más de lo que habría imaginado.

—Es una hamburguesa de garbanzos, zanahoria, cebolla y especias, con pan integral y mayonesa vegana —respondió el dependiente con tono monótono, como quien recita un texto ya demasiado familiar.

Repetí la información para Audra, que arrugó la nariz en un gesto de desagrado que, maldita sea, encontré adorable.

—No, eso no —decidió con firmeza—. ¿Tiene alguna con champiñones?

—¿Alguna con champiñones? —transmití la pregunta, sin poder evitar sonreír.

—Sí, la Fungi, que lleva carne de vacuno, champiñones salteados y salsa de queso azul.

—Tiene la Fungi, con carne, champiñones y salsa de queso azul —informé a Audra.

Ella pareció considerarlo por un momento, mordiéndose el labio inferior de esa manera que hacía que me distrajera por completo.

—Mmm, no sé. ¿Qué llevaba la mexicana?

Y así comenzamos una espiral de indecisión que parecía no tener fin.

Durante los siguientes cinco minutos, Audra consideró y descartó prácticamente todas las opciones del menú, mientras el dependiente al teléfono suspiraba cada vez de forma más audible, y yo disfrutaba de cada segundo del espectáculo.

—¿Y puede ser la de pollo pero con la salsa de la BBQ? —preguntó con total inocencia.

—Audra, el chico no es el chef, solo toma nota de los pedidos estándar —le expliqué, riéndome entre dientes—. A este ritmo vamos a cenar mañana.

—Es que no me decido —se quejó, pasándose una mano por el pelo—. ¿Tú qué vas a pedir?

—La de beicon y queso cheddar, como siempre —respondí. Era mi opción habitual, nada experimental, nada que pudiera salir mal.

—¿Y está buena? —preguntó mirándome con esos ojos verdes llenos de duda existencial por una hamburguesa.

—Es mi favorita —confirmé.

—Vale, pues yo quiero la misma —decidió al fin—. Pero sin pepinillos. Y la carne al punto. Y extra de queso. Y salsa aparte.

—Básicamente, quieres otra hamburguesa completamente distinta —señalé sin poder contener la risa.

—No, quiero la tuya, pero mejorada —argumentó con total convicción.

Me reí abiertamente mientras transmitía el pedido al cada vez más impaciente dependiente, que me aseguró que llegaría en unos cuarenta minutos si el repartidor no decidía cambiar antes de profesión.

—Y dos raciones grandes de patatas fritas —añadí—. Y dos refrescos de cola. Sin hielo la mía.

—¡Con extra de hielo la mía! —exclamó Audra, prácticamente gritándole al teléfono, aunque yo no lo tuviera en altavoz.

Para cuando terminamos de hacer el pedido, me dolían las mejillas de tanto sonreír.

Audra se había apoderado por completo de la situación, como hacía con todo.

Era un torbellino, imposible de ignorar, imposible de controlar.

Y lo más extraño era que, por primera vez en mi vida, no me importaba el caos. Lo disfrutaba.

—Por fin —suspiró ella, dejándose caer en el sofá—. Pensé que nunca acabaríamos de pedir.

—No me extraña, con tus indecisiones eternas —respondí mientras me sentaba a su lado—. Ha sido un proceso fascinante de observar.

—No soy indecisa —se defendió, cruzándose de brazos—. Solo soy... meticulosa con mis elecciones gastronómicas.

—¿Meticulosa? —repetí arqueando una ceja—. Has estado a punto de pedirle al pobre chico que te describa cada ingrediente y su origen.

—¡Es importante saber lo que comes! —protestó, aunque una sonrisa asomaba en la comisura de sus labios—. No como tú, que siempre pides lo mismo. ¿Dónde está el sentido de la aventura, Lancer?

—Mi sentido de la aventura se limita a probar nuevos tipos de café —respondí con sinceridad—. En la comida prefiero ir a lo seguro.

—Qué aburrido —sentenció negando con la cabeza—. La vida es demasiado corta para comer siempre la misma hamburguesa.

—¿Dice la chica que ha terminado pidiendo exactamente la misma que yo? —contraataqué.

—Con mejoras —puntualizó, levantando un dedo acusador—. Que no se te olvide.

Nos miramos y estallamos en carcajadas al mismo tiempo. Era sorprendente lo fácil que resultaba estar así con ella, relajados, bromeando. Como si las semanas de tensión, las discusiones a través de paredes finas, los robos mutuos de paquetes y correo, nunca hubieran existido.

O tal vez precisamente por todo eso, por conocernos en nuestras peores versiones, ahora podíamos disfrutar de las mejores.

Peluso, que se había alejado durante nuestra conversación telefónica, decidió volver a unirse a nosotros, saltando entre ambos y acomodándose como si el sofá existiera exclusivamente para su disfrute.

—Voy a por los platos —dijo Audra, levantándose de un salto.

Asentí y me levanté para ayudarla. Mientras ella buscaba servilletas, yo abrí el primer armario que encontré para sacar los platos.

—Segundo armario a la derecha —me indicó, señalando con la barbilla—. Los de diario están ahí.

Encontré una pila de platos coloridos, cada uno de un color y estampado diferentes.

Nada combinaba con nada y, aun así, todo parecía encajar perfectamente en el caótico universo de Audra.

Saqué dos, uno azul con estrellas blancas y otro rojo con pequeños lunares.

Tan diferentes entre sí como nosotros mismos.

Mientras rebuscaba en un cajón para encontrar los cubiertos, no podía evitar mirarla.

Lo llevamos todo a la mesita de café frente al sofá y, al dejar los platos, nuestras manos se rozaron brevemente. Una chispa me recorrió el brazo.

Me quedé mirando la mesa puesta, con nuestros platos desparejados, los vasos de colores y los cubiertos colocados en su sitio. Así sería vivir con alguien. Con ella. No más cenas solitarias en mi apartamento inmaculado, no más silencio roto solo por el tictac de un reloj demasiado caro.

La casa adosada que había visitado esa mañana apareció en mi mente. Perfecta, silenciosa, con paredes gruesas que no dejarían pasar ni un suspiro. Y terriblemente vacía.