Contigo ni en el ascensor 25. ¿Cómo se supone que elijo casa y emociones a la vez? #2
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25. ¿Cómo se supone que elijo casa y emociones a la vez? #2

Y, mientras conducía de vuelta, me di cuenta de que la decisión era mucho más difícil de lo que debería ser.

Me dejé caer en el sofá, recién duchado y con el pelo aún húmedo.

El agua caliente había aliviado algo la tensión que llevaba acumulando desde la visita a la casa adosada, pero no había conseguido aclarar mi mente.

La nevera estaba prácticamente vacía —tendría que hacer la compra mañana sin falta—, así que estaba debatiéndome entre pedir comida japonesa o una pizza cuando empecé a oír ruidos al otro lado de la pared.

—¡Mierda! ¡Mierda, mierda! —la voz de Audra resonó con claridad, seguida de varios golpes sordos.

Me quedé quieto, escuchando con una sonrisa involuntaria formándose en mis labios. Un maullido agudo se sumó al caos y, luego, más golpes.

—¡Peluso, apártate! ¡No me estás ayudando! —la oí decir, exasperada—. ¿Por qué narices tienes que ponerte justo en medio? ¿Es que quieres que te aplaste con la escalera?

Otro maullido, este más indignado.

—No me mires así —continuó ella—. Tú también quieres que el cuadro quede bien. Es un retrato tuyo, por el amor de Dios.

Sonreí más ampliamente, imaginándome la escena. Audra subida a una escalera, tambaleándose peligrosamente, y Peluso observándola.

De pronto, se hizo el silencio. Esperé, extrañado por la repentina calma. Quizá hubiera conseguido colgar lo que fuera que estuviese intentando colgar. O tal vez se hubiera rendido. O, peor aún, se había caído de la escalera y estaba inconsciente en el suelo.

Estaba a punto de levantarme para comprobar si todo iba bien cuando oí un ruido en el rellano. La puerta de su apartamento abriéndose. ¿Iba a salir? Era tarde para visitas. Pero entonces sonó mi timbre.

Me quedé paralizado un segundo, con el corazón latiendo inexplicablemente más rápido. ¿Era ella? Por supuesto que era ella, ¿quién más podría ser a esas horas?

—¡Mierda! —murmuré, percatándome de repente de que solo llevaba puestos los pantalones del pijama.

El timbre volvió a sonar.

—¡Ya voy! —grité, levantándome de un salto y corriendo hacia la habitación.

Busqué frenéticamente la parte de arriba del pijama, que había tirado sobre la cama.

Me la puse a toda prisa y me pasé una mano por el pelo frente al espejo en un intento de parecer menos desaliñado.

¿Por qué narices me importaba tanto mi aspecto?

Solo era Audra, por Dios. No era como si fuera una cita o algo así.

El timbre sonó por tercera vez, con más insistencia.

Inspiré hondo y me dirigí a la puerta, tratando de calmar los latidos acelerados de mi corazón. Al abrir, me encontré justo lo que esperaba y, aun así, la imagen me dejó momentáneamente sin palabras.

Audra estaba allí, con el pelo recogido en un moño despeinado del que escapaban varios mechones pelirrojos. Llevaba un pijama peludo de color verde claro que la hacía parecer un peluche gigante, y en las manos sostenía un cuadro con un marco negro y un martillo.

La recorrí con la mirada de arriba abajo, sin poder evitar que una sonrisa se dibujara en mis labios. Estaba adorable. Ridículamente adorable.

—¿Me ayudarías a colgar un cuadro? —preguntó sin preámbulos, levantándolo como evidencia—. He estado a punto de matarme al caerme de la escalera. Dos veces.

—Sí, por supuesto —respondí, y no pude evitar añadir—: No permitiré que arriesgues tu vida por una obra de arte, por muy buena que sea.

—Mi héroe —replicó con sarcasmo, poniendo los ojos en blanco—. Iba a llamar a los bomberos, pero pensé que con tu complejo de Superman sería más rápido.

Extendí la mano para coger el martillo y nuestros dedos se rozaron. Fue apenas un instante, pero sentí un cosquilleo que recorrió todo mi brazo. Por la forma en la que Audra retiró rápidamente la mano, me pregunté si ella también lo habría notado.

La seguí hasta su apartamento, donde Peluso nos recibió sentado en el respaldo del sofá. Llevaba un jersey de rayas azules y blancas que le daba aspecto de marinero francés.

—Hola, campeón —lo saludé, y, para mi sorpresa, el gato soltó un maullido que sonó casi amistoso antes de saltar del sofá y frotarse contra mis piernas.

—Te ha dado la bienvenida oficial —comentó Audra, señalando la escalera apoyada contra la pared—. Ahora ya eres parte del mobiliario.

Me acerqué a examinar la pared donde quería colgar el cuadro. Había un clavo ya puesto, aunque estaba tan torcido que dudaba que pudiera sostener nada.

—¿Aquí? —pregunté señalando el lugar.

Ella asintió, observándome.

—Justo ahí —confirmó—. He intentado clavarlo, pero o bien la pared está hecha de acero o mis habilidades con el martillo son nulas.

Me subí a la escalera y lo examiné. El clavo estaba tan doblado que parecía un signo de interrogación metálico incrustado en el muro. No pude evitar reírme y mirarla.

—¿Qué? —se defendió, cruzándose de brazos—. Nunca se me ha dado bien el bricolaje. Mis habilidades están en otros campos.

—Ya lo veo —respondí, intentando controlar mi risa—. ¿Has usado el martillo o un bumerán para clavar esto?

—Muy gracioso, don Manitas —refunfuñó—. Si vas a burlarte, puedes irte por donde has venido.

—Solo estoy impresionado con tu creatividad —dije mientras sacaba el clavo torcido—. Necesito otro. Uno que no haya sido torturado previamente, a ser posible.

Audra rebuscó en una caja de herramientas sorprendentemente completa para alguien que no sabía usarlas y me tendió un clavo nuevo.

—Toma. Y menos comentarios, por favor.

Coloqué el clavo en posición y, con dos golpes precisos, lo hinqué perfectamente recto en la pared. El sonido metálico resonó en el salón, seguido de un silbido admirativo de Audra.

—Vale, eso ha sido impresionante —admitió a regañadientes—. ¿También tienes un título profesional de bricolaje o solo es un hobby?

—Es un don natural —respondí con falsa modestia, extendiendo la mano para que me pasara el cuadro—. Una de mis muchas cualidades ocultas.

—¿Tienes cualidades? Esa sí que es una novedad.

Me pasó el cuadro y, cuando lo vi de cerca, me quedé sorprendido.

Era un retrato de Peluso, pero no uno cualquiera.

Era absolutamente magnífico, con un nivel de detalle asombroso.

Cada arruga de su piel sin pelo, la intensidad de su mirada, incluso parecía capturar algo de su personalidad.

Estaba pintado con una técnica que mezclaba acuarela y tinta, creando un efecto casi fotográfico.

—¿Está recto? —pregunté, colocándolo sobre el clavo.

—Un poco más a la derecha —me indicó, dando pequeños pasos hacia atrás para verlo mejor—. No, demasiado. Un poco a la izquierda. Ahí, perfecto.

Lo ajusté según sus indicaciones, asegurándome de que quedaba perfectamente nivelado.

—¿Segura? ¿No quieres que lo mueva un milímetro más a la derecha, luego tres a la izquierda y después lo gire cuarenta y cinco grados?

—¿Siempre eres así de insoportable o haces un esfuerzo especial conmigo? —replicó, aunque la sonrisa en sus labios delataba que no estaba realmente molesta.

—Hago un esfuerzo especial contigo, por supuesto —dije bajando de la escalera para admirar el resultado—. Me inspiras.

El cuadro había quedado colocado con precisión, dominando la pared principal del salón. Era impresionante, no solo desde un punto de vista técnico, sino también por sus cualidades artísticas.

—Está perfecto —dijo Audra, observando su obra satisfecha—. Gracias.

—De nada —respondí, acercándome para ver mejor los detalles del cuadro—. Es fabuloso, Audra. Pintas de maravilla. La expresión, los ojos..., has captado perfectamente a Peluso.

Ella se sonrojó ligeramente ante el cumplido, algo que pocas veces había visto. Solía reaccionar a mis comentarios con sarcasmo o desconfianza, y ese rubor la hacía parecer más vulnerable, más auténtica.

—¿No has pensado en trabajar de esto? —pregunté con sinceridad—. Tienes un talento increíble.

Ella soltó una risa suave, casi melancólica.

—No —respondió, y luego pareció reconsiderarlo—. Bueno, antes sí. Quería ser profesora de plástica o de arte, algo así. Incluso empecé a prepararme las oposiciones, pero... por cosas... no pude seguir.

Desvió la mirada hacia Peluso, que se había subido al sofá y observaba el cuadro como si estuviera evaluando su propio retrato.

—Ahora sería imposible —continuó—. Es caro, no tengo apenas tiempo y no sé si podría... si sería lo suficientemente buena.

La observé en silencio, percibiendo en su voz ese tono de duda que rara vez mostraba. Audra siempre parecía tan segura, tan firme en sus convicciones, que verla dudar de su propio talento me resultaba desconcertante.

—¿Por qué no te ríes? —preguntó de repente, mirándome con suspicacia.

—¿Por qué iba a reírme? —repuse sorprendido.

—No lo sé... —Se encogió de hombros—. La gente suele hacerlo cuando hablo de mis «grandes aspiraciones artísticas».

—Jamás me reiría de tus sueños, Audra —dije con seriedad—. Y si alguien lo ha hecho alguna vez, es que era un imbécil.

Ella bajó la mirada, como si mis palabras hubieran tocado algo profundo, algo doloroso.

—¿Te apetece un café? —preguntó, cambiando bruscamente de tema—. Como agradecimiento por salvar mi pared de mis desastrosos intentos de bricolaje.

—No, pero gracias —dije, sintiendo un repentino nerviosismo—. Iba a pedir la cena ahora, de hecho.

Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera procesarlas por completo. En mi cabeza comenzó una batalla campal entre la parte racional y la parte impulsiva de mi cerebro.

«Invítala a cenar».

«No, mala idea, vuelve a tu apartamento».

«Pero es solo una cena...».

«Elaila te dijo que no la presionaras. ¿Qué parte de “murallas infranqueables” no has entendido?».

«Solo son unas pizzas. Entre vecinos. Nada serio».

«¿Y si lo malinterpreta?».

«¿Y si dices que no y pierde la confianza en ti?».

Audra me observaba con una ceja levantada, esperando a que terminara mi debate interno, que, para mi horror, parecía estar desarrollándose en un silencio cada vez más incómodo.