25. ¿Cómo se supone que elijo casa y emociones a la vez?
¿Cómo se supone que elijo casa y emociones a la vez?
Ryker
Tenía que ser una broma. No llevábamos ni diez minutos en el chalet adosado y mi padre ya estaba haciendo cálculos de cuántos nietos podría meter en cada habitación.
Su actitud de abuelo frustrado habría sido cómica de no ser porque la agente inmobiliaria, Sonia, una mujer de cincuenta y tantos con una sonrisa permanente y un traje rosa chillón, asentía a cada una de sus ocurrencias como si estuviera completamente de acuerdo con sus delirios.
—Esta habitación podría ser perfecta para tus futuros hijos —comentó mi padre, Lyall, asomándose a una estancia con unos grandes ventanales que daban al jardín trasero—. Imagínate, con un par de literas, aquí podrías meter a cuatro niños tranquilamente.
—Por supuesto, es un espacio muy versátil —confirmó Sonia guiñándome un ojo, como si fuéramos cómplices de alguna conspiración—. Muchas familias jóvenes buscan precisamente estas características. Espacio para crecer.
Suspiré, pasándome una mano por el pelo. Emma, a mi lado, sofocaba una risita mientras fotografiaba cada rincón de la casa con su móvil.
—Papá, ¿podemos centrarnos en si la casa me gusta a mí? Ya sabes, la persona que va a vivir aquí y pagar la hipoteca —dije intentando que mi tono no sonara demasiado cortante—. Además, antes de los hijos, habría que encontrar a alguien con quien tenerlos, ¿no crees?
—Por eso mismo te digo que es perfecta —respondió, pasándome un brazo por los hombros con ese entusiasmo tan suyo—. Cuando una chica lista vea esta casa, caerá rendida. Es la mejor inversión que puedes hacer para tu vida amorosa.
Emma soltó la carcajada que llevaba conteniendo, y yo le lancé una mirada asesina que solo consiguió que se riera con más fuerza.
—Lo que Ryker quiere decir —intervino, secándose una lágrima de risa— es que está buscando algo más práctico. Para él. Solo para él. Y quizá para cuando yo me quede.
—Exacto —agradecí la intervención de mi hermana, a pesar de su tono burlón—. Busco algo espacioso pero funcional. No necesito cuatro habitaciones y tres baños solo para mí.
—Nunca se sabe lo que el futuro te puede deparar —comentó Sonia con aire misterioso, antes de dirigirnos hacia la cocina—.
Y esta casa tiene muchas virtudes, además del espacio.
Por ejemplo, es extremadamente tranquila.
Las paredes son gruesas, los vecinos discretos.
.. Nunca tendrás que preocuparte por ruidos molestos.
«Paredes gruesas». Las palabras resonaron en mi cabeza, evocando inevitablemente a cierta pelirroja y su manía de cantar a Taylor Swift a pleno pulmón.
Una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios al imaginar mi apartamento actual, con sus paredes de papel, que dejaban filtrar cada suspiro, cada palabra, cada nota desafinada.
—¿Las paredes son realmente tan gruesas? —pregunté dando un golpecito en la más cercana, sorprendido por lo sólida que sonaba.
—Totalmente insonorizadas —aseguró Sonia con orgullo—. Podrías dar una fiesta aquí y los vecinos no se enterarían. O tener un bebé llorón, y nadie te llamaría para quejarse.
Mi padre asintió, claramente satisfecho con ese dato, como si ya estuviera imaginando a sus futuros nietos berreando sin molestar a nadie.
—O podría poner música sin tener que oír cómo la vecina de al lado maldice mis gustos musicales —murmuré, más para mí mismo que para los demás.
No debería haber dicho eso en voz alta. La imagen de Audra golpeando la pared cada vez que ponía jazz a un volumen ligeramente alto me provocó una sensación extraña en el pecho.
—¿Tienes problemas con tus vecinos actuales? —preguntó Sonia, olfateando como un sabueso la oportunidad de enfatizar las ventajas de su propiedad.
—No exactamente —respondí, incómodo de pronto—. Solo que el edificio es antiguo y las paredes muy finas. Se oye todo.
Miré a mi alrededor, examinando de nuevo el amplio salón, la cocina moderna, los acabados impecables.
La casa era objetivamente perfecta, con todas las comodidades que había incluido en mi lista de requisitos.
Espaciosa sin ser excesiva, moderna pero con personalidad, en una zona tranquila pero bien comunicada.
Y, sin embargo, algo no terminaba de convencerme.
Había una especie de frialdad, una ausencia que no conseguía identificar.
—Creo que necesito ver más opciones —le dije a Sonia, que intentó disimular su decepción con una sonrisa profesional—. Esta es muy bonita, pero no estoy completamente seguro.
—Por supuesto, lo entiendo perfectamente —respondió con ese tono comercial ensayado—. Aunque te recomendaría que no tardases mucho en decidirte. Estas propiedades se venden muy rápido, y tengo varios clientes interesados en esta zona.
—Lo pensaré —asentí sin comprometerme realmente.
Salimos. El sol de media tarde iluminaba el cuidado jardín delantero, haciendo que el adosado pareciera sacado de un catálogo. Mi padre, que había estado examinando el garaje, se acercó con ese entusiasmo que llevaba mostrando desde que empezamos la búsqueda.
—Esta casa es estupenda, hijo —comentó palmeándome el hombro—. Espaciosa, bien construida, situada en una buena zona. No entiendo qué más buscas.
—Es bonita, sí —concedí, buscando las palabras para explicar algo que ni yo mismo entendía del todo—. Pero le falta... algo. No sé exactamente el qué.
—Bueno, seguro que encontramos otras —dijo con una comprensión que agradecí—. Roma no se construyó en un día, ¿verdad?
Mi hermana, que había estado tomando fotos del jardín, se acercó con una sonrisa maliciosa que conocía demasiado bien.
—Le faltan vecinas pelirrojas —soltó—. Por eso no termina de convencerlo.
Le tapé la boca con la mano, notando cómo el calor me subía a las mejillas. Emma se retorció, apartando mi mano entre risas.
—¿Vecinas pelirrojas? —preguntó mi padre, mirándonos alternativamente con curiosidad.
—No es nada —me apresuré a aclarar, lanzándole a mi hermana una mirada que prometía venganza—. Solo tonterías de Emma.
—¿Cuándo vamos a volver a ver a Audra? —preguntó ella, ignorando deliberadamente mis señales para que se callara—. Me cae genial, y Peluso es lo más.
—¿Quién es Audra? —inquirió mi padre, que jamás dejaba pasar la oportunidad de interesarse por mi vida personal—. ¿Y qué es un «peluso»?
—No es nadie —respondí demasiado rápido—. Solo mi vecina. Y Peluso es su gato.
Él me miró con esa expresión que ponía cuando sabía que le estaba ocultando algo. Tenía un radar para esas cosas desde que era pequeño, una habilidad casi sobrenatural para detectar mentiras, especialmente las mías.
—Bueno, será mejor que nos vayamos ya —dije, cambiando de tema y sacando las llaves del coche—. Tengo que repasar unos informes para el lunes y ya se está haciendo tarde.
Nos despedimos de Sonia, que me entregó su tarjeta por tercera vez en lo que llevábamos de tarde, recordándome que la llamara si quería ver más propiedades o volver a visitar esa.
—Gracias por acompañarme hoy —le dije a mi padre mientras nos dirigíamos hacia nuestros coches, aparcados uno junto al otro—. Ha sido de ayuda tener otra opinión.
—Qué menos, hijo —respondió con una sonrisa—. Quiero ver la casa donde crecerán mis nietos. Si me dejas ser abuelo pronto, claro.
—Papá... —comencé, pero él levantó las manos en señal de rendición.
—Lo sé, lo sé. No te presiono —dijo con una sonrisa que desmentía sus palabras—. Solo digo que ya va siendo hora de que sientes la cabeza. No puedes pasarte la vida saltando de flor en flor.
—Estoy trabajando en ello —contesté.
Y era cierto. Desde hacía un tiempo, la idea de seguir con mi rutina de citas sin compromiso había perdido gran parte de su atractivo.
Ya no me apetecía conocer a chicas nuevas para una noche y luego olvidarlas.
La verdad es que no había tenido ninguna cita desde.
.., bueno, desde que Ender conoció a Elaila.
El recuerdo me provocó una sensación extraña en el pecho. La voz adormilada de Audra confesando que no quería enamorarse de mí. Mi respuesta, que ella probablemente no recordaba, admitiendo que para mí ya era demasiado tarde.
Llevaba toda mi vida adulta siguiendo un guion, un plan meticuloso para no convertirme en mis padres, para no repetir sus errores.
Un paso en falso y podría acabar como ellos: dos extraños compartiendo recuerdos envenenados.
Y, sin embargo, ahí estaba yo, contemplando seriamente la idea de arriesgarme con la persona más impredecible, caótica y fascinante que había conocido nunca.
—¿Y qué hay de esa vecina pelirroja? —preguntó a continuación mi padre, interrumpiendo mis pensamientos—. Me ha parecido que Emma la mencionaba por algo.
—Emma está obsesionada con su gato —respondí, intentando restarle importancia—. Es solo eso.
—Ya, claro. —Me miró con esa sonrisa que decía a las claras que no me creía ni una palabra—. Y yo nací ayer.
—Es complicado, papá —suspiré, rindiéndome ante su insistencia.
—Las cosas que merecen la pena siempre lo son —respondió con esa sabiduría tranquila que había desarrollado con los años—. Pero no dejes que eso te impida intentarlo.
Me dio una palmada en el hombro y se dirigió a su coche, donde Emma ya esperaba en el asiento del acompañante, saludándome a través del cristal con una sonrisa traviesa.
Quizá tuviera razón. Quizá estuviera buscando excusas para no enfrentarme a lo que realmente sentía.
La casa adosada era perfecta en todos los aspectos objetivos. Paredes gruesas, vecinos discretos, espacio de sobra. Todo lo que creía querer.
¿Por qué, entonces, la idea de no escuchar a Audra cantando desafinada en la ducha me hacía sentir un vacío en el estómago?
Monté en mi coche y arranqué, tratando de aclarar mis pensamientos. Tenía que decidir qué quería realmente. Una casa nueva con paredes gruesas y tranquilidad, o un apartamento antiguo con paredes de papel y una vecina pelirroja que me volvía loco en todos los sentidos.